Ojos en la noche Mediodía #10
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Mediodía #10

Carmen se quedó sin aliento. Como si la hubieran golpeado en la boca del estómago.

Era su peor pesadilla. ¡El regreso de Muriel!

Había sido feliz pensando que quizá no la vería más, y que tampoco Jeff volvería a verla.

A veces sentía que no lo merecía, que aquel hombre era demasiado para ella, y que solo una situación afortunada había propiciado tenerlo.

Claro que ella había ayudado un poco a la suerte; traicionando a su amiga.

¡Y Muriel regresaba ahora! Y en una situación de poder aún mayor. No podía ser.

Debía de tratarse de una patraña.

—No lo puedo creer, Jeff. ¿Quién te ha contado esa tontería? La gente inventa rumores solo para fastidiar.

—No creo que sea un bulo. Me lo ha contado su antiguo jefe, Mike. Sabes lo mal que se llevaban. Y ahora ella será su jefa. Lo sabe de buena tinta y le disgusta muchísimo.

—¡Dios mío! ¿Qué haremos ahora?

Él se encogió de hombros. Definitivamente no parecía compartir la preocupación de Carmen. Se tomó su tiempo ponderando la respuesta mientras cortaba el siguiente pedazo de carne.

—No lo sé. Quizá deberíamos esperar y ver con qué actitud se presenta. Luego evaluamos y decidimos si hay que buscar otro empleo o no.

Esa respuesta no tranquilizó a Carmen. Con una mirada intensa, repuso:

—Pues yo creo que deberíamos empezar a buscar trabajo ahora mismo.

El sol caminaba hacia poniente y las sombras de los árboles se estiraban hacia oriente.

Unas nubecillas blancas al oeste cubrían el astro a cortos intervalos y luces, sombras y reflejos caían sobre un mar inquieto.

Por el sendero de la colina, flanqueado de unos olivos escuálidos, se recortaban las siluetas de dos personajes paseando.

Uno era alto, andaba erguido y tieso dentro de su larga sotana negra y se tocaba con una boina del mismo color.

El otro, un campesino indígena, vestía sombrero de fieltro claro, chaqueta de un color gris indefinido y pantalones oscuros.

—Lucía se encuentra bien físicamente; hoy se ha quitado la venda y casi no se le nota nada. Pero no se ha recuperado aún del susto que le diste —comentó el alto—. Está disgustada y llora con facilidad.

—No se preocupe, padre. Pronto estará bien también en eso. Olvidará a aquel mal hombre. ¿Usted cree que volvería con su antiguo novio?

—Su madre me ha dicho que Santiago ha ido a verla y que ella se ha mostrado amable, pero sin alegrías. No parecía sentir ningún tipo de interés por él.

—Me gustaría que encontrara un buen chico y que se casara aquí —murmuró Anselmo.

—Pues mucho me temo que su intención a medio plazo es volver a cruzar la frontera. Ese hombre le consiguió un permiso de trabajo que aún es válido.

—Qué mal. Sería lindo que se quedara aquí con nosotros.

—Sí que lo sería.

Anselmo detuvo su paso, quedándose como ensimismado mirando el mar.

—¿No pensarás hacerle otra brujería a tu nieta para cambiarle la vida? —inquirió el sacerdote—. ¿Verdad?

—No —repuso el viejo después de una pausa—. Le he dado vueltas a la idea, pero ella será libre de hacer lo que quiera. Ahorita estaba pensando en usted.

—¿En mí? —Había alarma en la voz del cura.

—¿Sabe? Creo que usted y yo nos parecemos.

—¿Sí? —Agustín soltó una risa divertida—. Esta sí que es buena. Dime, ¿en qué nos parecemos?

El viejo le dirigió una mirada en la que el cura no pudo apreciar ni diversión ni enfado.

—Los dos queremos a Lucía. Y nos disgustan muchas de las cosas modernas, en especial las del otro lado de la frontera.

Ambos somos peleones, orgullosos y tozudos.

Creemos en lo espiritual y por eso mismo, o por tontos, somos pobres en lo material.

Tratamos de ayudar a los demás, aunque cada uno lo haga de forma distinta.

Usted con sus misas, sus confesiones y consuelos de recompensas en el otro mundo y yo con mis conjuros y hierbas para curar cuerpo y espíritu.

Usted cree en el diablo. Yo también. Usted cree en su Dios y yo creo en el mío.

Y nuestros dioses y diablos son muy parecidos.

Somos dos viejos que creen en el espíritu, en la gente, mientras en este mundo de jóvenes casi todos van en búsqueda de electrodomésticos, de ropas a la moda, de coches; todo eso.

Quieren cruzar la frontera, buscar un futuro material lejos de aquí.

—El viejo reanudó su andar y Agustín lo siguió—.

Somos parecidos, y apenas queda gente como nosotros.

Agustín no dijo nada; su mirada andaba perdida en la colina, como buscando al diablo que bajó de ella unas noches atrás.

—Tienes razón —musitó al rato.

—Nos estamos quedando solos. —Anselmo estaba encantado por el asentimiento que el cura le había concedido y prosiguió con entusiasmo—.

Así, ¿por qué pelearnos? Al fin y al cabo, entre nosotros es fácil entendernos.

¿A quién podría contarle usted que pasó una noche con el diablo?

Sus propios jefes creerían que se ha vuelto loco.

—Es cierto. No tengo buena reputación entre mis superiores y su opinión no mejoraría si les cuento que pasé una noche en la puerta de la casa de un brujo, peleándome con el diablo. —Una sonrisa acudió a sus labios—. Solo puedo hablar de eso contigo.

—¿Lo ve?

—Sí, somos parecidos en muchas cosas, pero ambos pertenecemos a mundos distintos.

Mundos enfrentados. Yo vine aquí con una misión que cumplir.

Y tú llevas veinte años interfiriéndola con supersticiones y paganismos.

Tengo que evitar que confundas a las buenas gentes y que con tus historias antiguas los apartes de la Santa Madre Iglesia.

No puedo dejar que les hagas eso y pelearé para evitarlo hasta que me muera.

—El problema es que usted vino aquí como los antiguos conquistadores…

—¡Alto ahí! —Agustín se detuvo sujetando a Anselmo por el brazo—. ¡Eso sí que no te lo consiento! La conquista, como todo acto físico de dominación militar, fue violenta y tuvo muchas cosas lamentables. ¡Yo jamás he actuado así!

—No físicamente, pero sí mentalmente. Usted se ha otorgado la autoridad y el derecho a poseer la única verdad.

Ha asumido que todo lo que yo diga o crea es falso.

Y se lo ha hecho creer a muchos. ¿No es eso un tipo de conquista?

Las gentes lo tratan de usted y usted los tutea a todos. ¿No es eso un acto de conquista?

—No quiero ofender cuando tuteo a mis feligreses. Lo hago para estar más cerca, para llegar mejor a sus corazones.

—¿Y tutearme es la forma de llegar a mi corazón?

—Tengo la misión de dar a conocer la palabra de Dios. —Agustín se sentía incómodo con la pregunta e intentó sortearla—. Y su palabra sagrada me confiere cierta autoridad.

—¿Pero es que Dios solo le habla a usted?

—¡Por favor, Anselmo! No vine a pelearme contigo y estamos otra vez en las mismas. —Adelantó su paso dejando al viejo atrás.

—¡Espere, padre! —Anselmo le tiró de la sotana—. Yo tampoco quería hoy pelea.

Y anduvieron un rato en silencio con las manos a la espalda.

—¿Sabe cuál ha sido el resultado de nuestras batallas?

El cura no contestó.

—Les hemos pedido a las gentes que tomen partido.

Usted o yo. Muchos se han relajado y han tomado ambos caminos.

Vienen a verme a mí y también van a misa.

Pero otros se oponen a uno de los dos. ¿Se da cuenta de que una parte del pueblo está en contra suya?

Al final pondrán una de esas iglesias de madera que construyen los protestantes y se quedará usted sin clientes.

—Yo no tengo clientes —repuso Agustín, ofendido—. Son fieles a la Iglesia y a Nuestro Señor Jesucristo. Yo no tengo nada…

—Bueno, como quiera llamarlos —lo cortó Anselmo—. El caso es que muchos jóvenes ven nuestra guerra ridícula y pasan absolutamente de ambos. ¡Es absurdo!

Agustín se encogió de hombros.

—¡De acuerdo! —dijo—. Si crees que es absurdo, entonces te propongo un trato. Si tú no interfieres en mi trabajo, si no te metes en asuntos de religión, entonces yo te apoyaré, y te recomendaré como curandero. O si lo prefieres, diré que eres un doctor naturista, de esos que no tienen título.

—¿Título? —Anselmo se echó a reír de buena gana, mostrando los huecos de sus dientes perdidos—. ¿De qué me habla, padre? ¿Para qué podría querer yo un título?

—Bueno —dijo el cura, molesto—, si te vas a burlar, olvídate.

—No, me parece un buen inicio, padre —se apresuró a aclarar. En realidad, pensaba que no necesitaba para nada la publicidad del cura, pero no quería ofenderle—. Solo que lo del título me hizo gracia.

—Pues tengo otra condición para ti.

—Diga.

—Debes venir a misa todos los domingos, cumplir como un buen cristiano y dar ejemplo en la comunidad.

—Pide mucho, padre. Va a parecer como que usted gana y yo pierdo.

—No. Ya buscaremos la forma para que no te sientas humillado. Te elogiaré en público, diré que eres muy bueno curando. Ya verás cómo lo hago bien.

—La verdad, padre, es que a mí me encantan sus ritos, respeto a los santos y a la liturgia. Cuando asisto a misa puedo ver la energía que sale de las manos del cura cuando bendice y el poder que despide la Santa Forma consagrada.

—¿Asistes a misa?

—Lo hacía en Tijuana y aquí, a veces, antes de que usted viniera. Yo creo, padre. A mi manera, pero creo.

—¡Estupendo! —Agustín estaba eufórico—. Entonces tú te encargas del cuerpo y yo del alma, ¿trato hecho?

—Yo también tengo mis condiciones.

—¿Cuáles? —inquirió el cura sorprendido.

—No puedo prescindir de la parte espiritual, de la parte mágica en mis curaciones.

Es clave para que los pacientes sanen. No son solo las hierbas o las pociones las que curan, es la energía, es la fe.

Tengo que invocar a las fuerzas que flotan en la naturaleza.

Esas fuerzas tienen nombres y apellidos.

Y esos nombres son paganos para usted. Tendrá que aceptar eso. Si no, no funciona.

—¿Y por qué no haces las invocaciones en nombre de Nuestro Señor y de nuestros santos?

—Ya los uso, también invoco su ayuda y su poder. Pero existen otras fuerzas espirituales, más fuertes a veces.

—¿Son buenas?