Ojos en la noche Mediodía
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Mediodía

Llegaron al apartamento y, mientras don Pablo subía para hablar con los seminaristas, ellos inspeccionaron la calle. No, no había nadie esperando en ningún automóvil ni tampoco vieron a nadie que respondiera a la descripción de los dos matones. Simplemente, no estaban allí.

—Vamos a buscarlo donde los garitos —propuso Carmen.

La zona estaba atestada de gente y tuvieron que aparcar unos bloques más allá. Se separaron en dos grupos para peinar las calles uno en cada acera.

—Es como buscar una aguja en un pajar —le dijo Carmen a Jeff.

—Mejor —repuso el muchacho—. Así tiene más posibilidades.

En una esquina, al lado de uno de los carritos de venta de tacos, Carmen se sorprendió al ver, totalmente fuera de lugar, a dos muchachos de tez cobriza vestidos de uniforme.

En su sombrero tipo militar estaba escrito EJÉRCITO DE SALVACIÓN en español.

Al cruzar, Carmen pudo oír cómo una mujer ya mayor con los labios pintados de rojo subido les proponía salvarlos a ellos por diez dólares cada uno.

Tenían aspecto de total impotencia para rescatar almas y estaban agarrados a un poste de luz, como si temieran que la corriente de vicio y pecado los arrastrara a ellos también.

Carmen se dijo que habrían acudido allí por iniciativa propia.

No podía imaginar superiores tan cretinos como para enviar semejantes misioneros a aquel lugar.

Los bares estaban abarrotados y era difícil explorarlos.

Carmen se quedaba fuera con don Pablo, expuesta a las miradas curiosas de hombres que la ponderaban al detalle, como poniéndole precio, y a la actitud agresiva de las mujeres.

Era blanca, alta, no tenía aspecto de prostituta y, lejos de la avenida de la Revolución, en aquel lugar y hora, no se veía a ese tipo de mujer.

Mientras, los otros dos intentaban abrirse paso en el interior tratando de encontrar a Anselmo.

—¿Qué ocurre? —protestó el viejo mientras forcejeaba para zafarse de Joe—. ¡Suéltame!

—¡Cállate, estúpido! —Joe lo agarraba del cuello de la chaqueta—. ¡Como grites de nuevo, te sacudo!

—¡Te digo que me sueltes! —insistió.

La bofetada sonó como un trallazo en el callejón, mientras el sombrero blanco de alas anchas de Anselmo volaba para aterrizar en algún rincón oscuro. La cara surcada de arrugas por el sol y la edad quedó ahora expuesta a la pobre luz del lugar.

No se había recuperado aún cuando Charly lo agarró de la camisa, y empujándolo hacia atrás, hizo que su espalda chocara contra la pared con un sonido sordo de huesos.

—¡La documentación! —exigió Joe, perentorio.

Pero el viejo estaba como aturdido y los miraba ahora con ojos muy abiertos.

Charly seguía sujetándolo del pecho de la camisa y lo aprisionaba con fuerza contra la pared.

La sonrisa de perro del hombretón ya bailaba en su boca.

Su tamaño era enorme frente al del anciano y este no tenía la menor posibilidad de zafarse de aquella garra. Tampoco lo intentaba.

—¿Qué quieren? —musitó al fin.

No se molestaron en responder. Joe lo cacheaba con rapidez profesional. Lo primero que encontró fueron unas llaves que dejó caer al suelo y luego una navaja de campo, que guardó en su bolsillo.

—¡Mira lo que tenemos aquí!

Al registrar el bolsillo derecho de la chaqueta había encontrado una pequeña billetera de aspecto escuálido.

Joe dio unos pasos para acercarse a una zona más iluminada y extrajo algunos billetes y un documento de identidad.

—Anselmo Cuero —leyó.

Luego, lanzando una mirada al viejo, devolvió el documento a la billetera y la guardó en un bolsillo de su pantalón.

—Es él; es nuestro hombre —le dijo en inglés a Charly.

El chasquido de una navaja automática al abrirse sonó en el callejón.

—No, se equivocan… —farfullaba el viejo cuando el reflejo afilado del acero surcaba ya el aire hacia su cuello.

Un certero tajo le abrió la tráquea en una curva que buscaba la yugular.

Cayó de rodillas, con los ojos desorbitados, intentando contener con ambas manos los borbotones de sangre que brotaban de su garganta. Al empezar a toser, ahogándose en su propia sangre, supo que moriría, que ya había empezado a morir. Intentó rezar.

Charly, mostrando sus caninos, lo tumbó de una patada en el pecho. Luego, con cuidado para no mancharse, lo sujetó con su pie en el suelo, inclinándose con rapidez para horadar con varios cuchillazos la zona del corazón.

Después se apartó para contemplar su obra. La sangre se expandía rápida por el oscuro pavimento, y el cuerpo, tumbado boca arriba, no se movía. El trabajo estaba hecho. Sin precipitarse, limpió su navaja en la chaqueta del muerto, la cerró y la metió en su bolsillo.

Fueron hacia la entrada del callejón y allí Charly, sonriente, levantó la mano. Joe la palmeó al estilo de los jugadores de baloncesto al felicitarse.

—Buen trabajo —dijo Joe cuando se incorporaron a la multitud—. Y ahora, a casa.

—Dame la cartera.

—Sí, jefe —repuso obediente Joe.

Charly, sin dejar de andar, sacó los pocos pesos que contenía la billetera, se los dio a Joe y se la guardó en el bolsillo.

—Estamos en paz. —Mostraba de nuevo sus caninos—. Considérate pagado.

—Muy divertido, jefe —refunfuñó Joe, pero guardándose el dinero—. Ya pasaremos cuentas cuando transformes ese documento en unos miles de dólares.

«Dios mío. ¡Ayúdame a ver!». Lucía velaba en la noche. La llama se alargaba buscando el techo y su reflejo en el agua permanecía inmóvil. Sus ojos se nublaron. ¡Lo había intentado tantas veces en los últimos días!

Pero la entrada a su don, a la herencia que había recibido de su abuelo, permanecía cerrada. Se secó los ojos, y levantándose, fue a beber un poco de agua al aseo.

Se miró al espejo, musitando:

—Por favor, abuelo, perdóname. Déjame que vea. Lo necesito desesperadamente. Si no, voy a perder a Rich. —Miraba sus propios ojos enrojecidos—. Por favor, abuelo —suplicó otra vez.

Recitó la oración, hizo de nuevo lo que el rito ordenaba y dejó perder su mirada en el reflejo de la llama en el agua.

¡Al fin! ¡Al fin veía! Sintió un gran alivio. Cruzaba el espacio, y en su camino surgían imágenes.

«Gracias, abuelo». Y fue a buscarlo a su ranchito. Quería verlo, quería darle las gracias de alguna forma, aunque él no supiera que ella estaba allí.

Pero el ranchito estaba oscuro, abandonado. Las gallinas se habían refugiado en el gallinero y la mula se mostraba impaciente, no había comido.

Lucía sintió miedo, desazón y un peso de angustia en el pecho. «Don Anselmo, abuelo. Dios mío, ¿dónde estás? ¿Qué te ha pasado?».

Fue a buscarlo en la taberna, aun sabiendo que no se quedaba en el pueblo hasta tan tarde. No estaba allí, y cualquier otro intento resultó completamente inútil. ¡No se encontraba en ningún lugar!

Lucía notaba el dolor creciendo en su interior y de pronto regresó, encontrándose frente al reflejo de la llama que bailaba al compás de los sollozos que agitaban su pecho de forma incontrolada. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Sus peores temores se confirmaban. Al fin podía ver, pero no al abuelo. ¡Había deseado tanto recuperar su visión! ¡Pero no a costa de la vida de Anselmo! Habría preferido mil veces perder su don para siempre antes que pagar ese precio.

—Imposible encontrarlo entre esa multitud —murmuró Agustín saliendo del tercer local—. Pero estoy seguro de que esos tipos lo tendrán tan difícil como nosotros.

Ese pensamiento le tranquilizó un poco, se dijo que igual exageraban, que el peligro para Anselmo no era tanto y que quizá pudieran hacer una pausa en el próximo bar y tomar una cerveza.

Pero su sonrisa se desvaneció de repente al ver la expresión de Carmen.

—¿Qué ocurre? —le preguntó Jeff.

—Allí, en la callejuela —dijo ella señalando el lugar—. Don Pablo ha ido a ver. Hay un hombre muerto.

Jeff y Agustín se abalanzaron hacia la entrada del callejón; los curiosos lo bloqueaban y no pudieron avanzar más.

Había un silencio expectante solo roto por los recién llegados que preguntaban por lo ocurrido.

Al parecer, la policía, que a aquella hora patrullaba la zona con frecuencia, estaba allí y mantenía a la multitud a raya.

Entonces vieron a don Pablo, que se esforzaba por abrirse paso y salir de entre la muchedumbre.

Los tres lo rodearon. Llevaba un sombrero de campesino en las manos.

—Estaba en el suelo y lo recogí. Nadie me llamó la atención por llevármelo —musitó mientras daba vueltas cabizbajo al sombrero—. Lo he visto antes, fíjense en la pequeña pluma que tiene en la cinta.

—¡Es el de Anselmo! —exclamó Agustín.

—Dios mío. —Carmen se sentía desolada—. ¿Está seguro de que es el suyo? ¿Está usted seguro de que estaba muerto? ¿No estaría ni siquiera herido de consideración?

—Los policías y los que lo encontraron dijeron que estaba cosido a puñaladas. Muerto. Un policía conocido dejó que lo bendijera y rezara un momento por él. Aun sin los ungüentos sagrados, le di la extremaunción.

—¿Era él? ¿De verdad? —insistió Carmen.

—Sí.

—¡Que Dios se apiade de su alma! —murmuró Agustín, santiguándose—. ¡Pobre pagano! —Y bajando la cabeza empezó a rezar en murmullos.

Don Pablo hizo algo semejante y Carmen los imitó, mientras Jeff los miraba con una triste mezcla de curiosidad y respeto.

—No era mala persona —dijo Agustín sacudiendo la cabeza cuando terminó su rezo—.

Un poco pagano, pero al cabo me di cuenta de que creía en Dios.

Quizá fui demasiado agresivo con él. Quizá me pasé de santo, tal vez fui un poco inquisidor.

—Hablaba consigo mismo y dando la espalda a los demás.

Con su sombrero entre las manos y ademán desolado, emprendió el camino de regreso al coche—.

Muy inquisidor —le oyeron murmurar al rato.

—Creía que se odiaban —le comentó Jeff a Carmen siguiendo a los otros dos.

Agustín iba delante, ausente, como sonámbulo, y ni siquiera se había girado para ver si los demás lo seguían. Don Pablo lo precedía en silencio a un metro de distancia y ellos detrás, aún más lejos.