Alba #17
El aspecto de la calle había cambiado. Aquella era una zona donde pocos turistas se aventuraban.
Era local y barriobajera. Había muchos hombres, y las mujeres se apostaban en hilera apoyadas en las paredes con vestidos ajustados y muy maquilladas.
Eran indígenas o mestizas muy jóvenes que trataban de captar a sus clientes con una sonrisa o sujetándolos por el brazo para que las miraran.
Se vendían mucho más baratas que las blancas que trabajaban en los bares y discotecas de dos calles más abajo a la espera de los más ricos.
Sus caras tenían rasgos familiares para Anselmo, que sabía de muchas jóvenes de Baja que en el pasado se prostituyeron allí para dar de comer a los suyos.
Aquella zona soportaba un bullicio mayor aún que el de la avenida de la Revolución.
Los hombres se apiñaban en las puertas de los locales y muchos tenían el mismo aspecto campesino que él.
Quizá mozos agrícolas de granjas cercanas, obreros construyendo para el boom inmobiliario de la costa, peones de fábrica; varones que, solitarios o en grupo, buscaban diversión yendo al distrito norte de Tijuana a gastarse en bebida y mujeres lo ganado durante la semana.
Muchos deseaban una mujer, pero solo algunos tenían el dinero y la disposición para pagar por ello.
Anselmo estaba sin aliento, y sabía que aquellos tipos se abalanzarían sobre él de un momento a otro. No podía correr indefinidamente por las calles. Giró a la derecha en la siguiente esquina y vio la puerta de un local que parecía abarrotado. Quiso buscar refugio allí.
Con empujones y «con su permiso», Anselmo empezó a abrirse paso. Algunos se giraban, molestos, agresivos por el alcohol, pero al verle las arrugas en la cara lo más que hacían era darle un manotazo en el hombro.
—¡Pinche viejo! ¡No chingue! —gruñían.
Pero Anselmo continuó hacia el interior y sintió alivio al pensar que sus perseguidores, precisamente por ser más fuertes y jóvenes, lo tendrían más difícil. Aquella era su última esperanza.
Era un local amplio con una larga barra a su izquierda que llegaba hasta el fondo y a la derecha un gran espacio atestado de gente y una tarima iluminada por focos que hacía las veces de escenario, donde una muchacha, bien formada y todo redondeces, bailaba al ritmo de la música, quitándose la última pieza de ropa.
El lugar estaba lleno de humo y los hombres, copa en mano, rugían. A través de un micrófono, un tipo subido en la barra gritaba a la muchedumbre:
—¡Pero aplaudan a la chamaca, cabrones! ¡Aplaudan!
Una ovación recompensó tanto a la muchacha como al animador.
Anselmo no prestaba atención alguna al espectáculo. Ahora tenía otro problema; si sus perseguidores lo alcanzaban allí, eran muy capaces de terminar con él sin importarles la gente. El sueño del águila presagiaba que nadie lo ayudaría. Tenía que encontrar una salida a toda costa.
Cuando Charly vio entrar a Anselmo en el bar soltó una maldición.
—Ese viejo nos lo está poniendo difícil.
—No te preocupes, lo alcanzaremos. —Joe cruzaba ya la calzada para entrar al local—. Sígueme, no hables, deja que lo haga yo. Que no te identifiquen como gringo, ¿de acuerdo?
— Okey —repuso Charly.
Abrirse camino no resultaba fácil y Joe tenía que dar explicaciones y excusas a cada momento. Al fin encontró el argumento adecuado:
—Lo siento, pero no puedo más. ¡Tengo que ir al chingado retrete!
Con esas palabras y componiendo una expresión de angustia, conseguía paso y risas incluso de los más pendencieros; Charly iba detrás como su sombra.
—¿Y ese también? —le preguntaba alguno.
—¡Lo mismito, compadre! —Y eso daba incluso más risa.
Hasta el momento, seguir a Anselmo había sido relativamente fácil en la avenida de la Revolución. Su sombrero blanco de ala ancha, que solo se quitaba para acostarse, era un excelente punto de referencia. Pero en aquel lugar, muchos llevaban el mismo tipo de sombrero.
—Separémonos —dijo Joe cuando estaban en el centro del local—, que no pueda esconderse.
Y con lentitud fueron peinando la sala, escudriñando todas las caras. Había algunos viejos, pero vestían distinto. Charly consultaba la foto de vez en cuando. Muchos tenían la tez cobriza y alguno arrugas; sería fácil confundirse.
—Yo no lo he visto, ¿y tú? —inquirió Charly cuando llegaron al fondo.
—Tampoco —dijo Joe—. Ese maldito viejo se habrá escondido en el retrete. ¡O quizá el local tenga una salida de emergencia!
—¡Pues claro que la tiene!
Y Charly Cara Perro se dirigió a toda prisa a la puerta que indicaba ASEOS ; Joe lo seguía.
—Inspecciona a los hombres —le dijo a este, mientras él entraba en la zona femenina.
Allí solo encontró a un par de muchachas retocándose el maquillaje y que, ante su entrada violenta, lo miraron alarmadas.
— I am sorry —se disculpó mostrando sus dientes perrunos.
El lugar hedía a orines y Joe comprobó que ninguno de los tipos en los urinarios era Anselmo, pero que había alguien encerrado en el excusado.
—¡Abre, chingado! —le gritó Joe al tiempo que hacía ceder la puerta de un patadón.
Allí había un individuo sentado, de mirada beoda. Se masturbaba. Le levantó el puño y el otro, asustado, se cubrió la cara.
—¡Pinche cabrón! —le dijo medio riendo y deseando golpearle.
Pero no había tiempo que perder y regresó al pasillo, donde su jefe comprobaba un par de puertas cerradas. La tercera tenía un pestillo descorrido y, al abrirla, descubrieron que daba a un solitario callejón trasero. Y allí vieron al viejo huyendo a paso rápido.
—¡El cabrón creía que nos había despistado! —murmuró Joe mientras se lanzaba hacia él a la carrera.
Al oír los pasos en la calleja, el viejo se giró y al verlos encima intentó correr. Fue inútil; en unos instantes, Joe ya lo sujetaba de la chaqueta.