Alba #16
Al llegar a Tijuana se dirigieron a la iglesia de don Pablo; estaba arrodillado en uno de los bancos, rezando.
Les confirmó lo sucedido con esos individuos que vinieron preguntando por Anselmo, pero solo fue capaz de describirlos vagamente.
El muchacho que había enviado al apartamento regresó contando que un hombre fue a preguntar por el viejo.
Los seminaristas dijeron que había salido a pasear y el tipo indicó que esperaría abajo. Anselmo no había regresado aún.
Carmen y Agustín se miraron. Jeff, con sus limitados conocimientos de español, no había podido seguir el relato y Carmen le informó en dos frases rápidas.
—¡Vamos en su búsqueda! —propuso.
—Pero ¿dónde estará? —inquirió Agustín, muy preocupado.
—No creo que quieran raptarlo, ni que necesiten hacerlo hablar —repuso Carmen—. Solo quieren asesinarlo para que Lucía vea de nuevo.
—Entonces hay que localizarlo antes de que lo encuentren ellos —señaló Jeff—. ¿Hacia dónde iría usted, padre Pablo, si quisiera huir de unos asesinos que lo persiguieran?
—¿A pie? —preguntó el cura una vez Carmen tradujo.
—Sí.
—Me mezclaría con la gente en la avenida de la Revolución. En un sábado por la tarde como hoy está atestado. Es fácil perderse allí.
—Pero ¿y si lo siguieran de cerca y peligrara en la calle? —Ahora preguntaba Carmen—. ¿Dónde buscaría refugio?
—Bueno. —El buen padre carraspeó—. Sé que al final de la avenida, alrededor de las calles Primera y Coahuila, hay una zona donde la multitud se amontona.
Hay locales de mal tono, con baile, striptease y prostitución.
La gente está hombro con hombro. Allí es donde un hombre puede esconderse con mayor facilidad.
—Y por lo que he oído, también es donde uno puede morir con mayor facilidad —añadió el padre Agustín.
—Era una zona peligrosa —el padre Pablo asentía con la cabeza—, pero últimamente ha mejorado bastante, hay mucha policía.
—¿A qué esperamos? —dijo Agustín, impaciente—. ¡Tenemos que encontrarlo antes de que lo maten!
—Vayamos primero al apartamento —propuso Carmen—. De topar con esos tipos avisaremos a la policía desde mi móvil. ¿Podría usted reconocerlos, don Pablo?
—Creo que sí.
—¡Entonces, vamos! —Agustín hizo gesto de encaminarse al coche—. Y si no lo encontramos en el piso…, que Dios nos perdone… pero lo buscaremos entre las prostitutas. —Luego, dirigiéndose al padre Pablo—: ¡Y quítese el alzacuello antes de salir! No es la indumentaria más adecuada para esta fiesta.
Anselmo oyó el motor del coche arrancando, después golpes de portezuelas que se cerraban y antes de incorporarse al paseo, mirando atrás, pudo ver a los dos hombres.
Allí, por fin se materializaba el presagio, el águila planeaba sobre él.
Aquellos eran los mensajeros de la muerte.
Avivó el paso sorteando a la gente. Pretendía despistarlos.
La avenida era una confusión de sonidos: bocinas, risas y música invadiendo la calle desde locales que parecían competir en estruendo.
Pero el ruido se convertía en su mente en silencio.
El mismo silencio que en su visión del águila.
Al cabo de un rato llegó a una esquina, un cartel indicaba CALLE DÍAZ MIRÓN , y se lanzó a través del cruce sorteando a los vehículos que frenaban protestando con prolongados bocinazos.
Al llegar al otro lado la gente que esperaba el cambio de semáforo le gritó recriminándole su imprudencia.
Había tomado distancia y se volvió para ver a aquellos individuos que esperaban poder cruzar disimulando sus intenciones, pero buscándolo a él con la mirada.
Les llevaba ventaja y siguió avanzando, a paso rápido, aunque sin correr, esquivando a unos y a otros.
Un grupo de jóvenes gringos de ambos sexos salieron de un bar persiguiéndose entre carcajadas.
Uno rociaba a los demás con cerveza. Un muchacho golpeó el hombro de Anselmo y lo hizo tambalearse.
Su mirada se dirigió hacia atrás. No vio a sus perseguidores entre el tumulto y eso le alarmó aún más.
¿Dónde estarían? Cuando se puso de nuevo en marcha, casi corría.
En la siguiente esquina, la luz estaba verde y los vehículos parados; cruzó la calle junto a la gente, y sintió alivio.
¡No podía dejar que se le acercaran! ¿Pero adónde iría?
¿Dónde encontraría refugio en aquel mar de caras desconocidas?
Sin detener su marcha buscó en su pecho la medalla de la Virgen de Guadalupe y se la llevó a los labios para besarla. «¡Ayuda, mi señora! ¡Ayuda!».
Antes de llegar al siguiente cruce los vio.
Mantenían la distancia. Uno lo seguía por la acera y el otro por la calzada, por detrás de los coches estacionados.
El río de gente detenía a los automóviles y Anselmo se apresuró a cruzar.
Jadeaba. Al girarse de nuevo para mirarlos, sintió un sobresalto.
¡Los tenía casi encima! Uno de ellos mostró sus dientes en una sonrisa canina.
¡Las fauces del perro de la visión! Su miedo se volvió pánico.
No podría aguantar aquel ritmo, pero a pesar de ello empezó a correr zigzagueando entre la multitud.
Llegó a la esquina donde los mariachis aguardaban contratos; los coches circulando cortaban el paso.
¡No podía detenerse! Giró a la izquierda y se introdujo en la calle lateral.
Allí encontró unos carritos bien iluminados vendiendo tacos, con sus tortillas, vegetales varios y carne pastora; había mucha gente, y pensó que quizá disfrutara en aquel lugar de una relativa seguridad.
Pero al mirar atrás, vio que sus perseguidores habían acortado distancia y, atemorizado, cruzó a la otra acera entre los coches.