Ojos en la noche Alba #15
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Alba #15

Le costaba reconocer en aquella ciudad la Tijuana de su juventud cuando su búsqueda de conocimiento, ese pecado de Lucifer, lo había llevado allí.

Algunos de los que entonces conoció debían de estar muertos, y el resto, irreconocibles.

Cuando llegó por primera vez a Tijuana, la ciudad se estaba recuperando de la crisis en que cayó al terminar la ley seca en Estados Unidos y empezó la prohibición del juego en México.

Antes, la ciudad había florecido con el tráfico de alcohol, la prostitución y las apuestas.

Entonces los gringos cruzaban la frontera a miles en búsqueda de alcohol y diversión.

Y aun antes, ni siquiera se llamaba Tijuana; la llamaban Ciudad Zaragoza.

La recuperación vino gracias a que el Gobierno mexicano había declarado Baja California zona libre de impuestos, y así, los gringos volvieron, no solo a gozar de la noche los fines de semana, sino por el exotismo y las buenas oportunidades de compra.

Desde aquel entonces de sus recuerdos, hacía casi cincuenta años, Tijuana había cambiado dramáticamente.

Se había convertido en la cuarta ciudad del país, gracias a la producción de las industrias de confección, electrónica, de recambios de automóvil, a las maquiladoras [12] de la frontera, al pujante comercio, al turismo y al desarrollo urbanístico de la costa.

Sus distritos modernos contenían museos, universidades, bibliotecas, lujosos hoteles y multitud de centros comerciales.

Y crecía de forma imparable. La gente se amontonaba, construyendo legal e ilegalmente en un desorden lleno de color a lo largo de la frontera, en las colinas, en precario equilibrio al borde de cañones y barrancos.

La mano de obra, ya permanente o solo de paso, abundaba.

Eran miles los que querían cruzar la frontera y no tenían papeles.

No obstante, en la parte antigua, en el distrito norte, la más cercana a la frontera, a la izquierda del río, la ciudad seguía teniendo aquel sabor libertino, algo canalla, pero cargado de vida y humanidad, de antes.

Pero incluso allí, sumergido en aquella marea humana, Anselmo sentía miedo. ¿Qué hacía tan lejos de casa? Lo que parecía buena idea a la luz del sol se le antojaba estúpido ahora.

La música brotaba de los restaurantes, bares y discotecas que poblaban la avenida.

Pero las gentes que paseaban, que entraban y salían de los locales eran extrañas.

Y Anselmo buscaba en los rostros una cara familiar.

En Santa Águeda conocía a todo el mundo y le costaba concebir que allí fuera un tipo anónimo en una ciudad en que la gente se cruzaba sin saludarse, como si todos fueran desconocidos entre ellos.

Eso no ocurría en la vieja Tijuana, la de aquel tiempo, cincuenta años atrás.

Cuando veía a alguno con aspecto de campesino, un indígena semejante a él, el corazón se le aceleraba y buscaba, ansioso, rasgos familiares en su rostro.

Pero incluso los nativos eran también desconocidos, sin duda llegados, en su mayoría, de México continental. Anselmo los saludaba cuando se cruzaban: «Buenas noches», igual que lo haría en Santa Águeda. Pero en este lugar, ni siquiera las gentes de la tierra como él respondían siempre al saludo.

Llegó casi al final de la avenida, a la esquina con la calle Artículo 123, allí donde los mariachis aguardaban, con sus elegantes, y en muchos casos raídos, trajes charros de anchos sombreros, charlando, fumando un pitillo, a que alguien los contratara para una serenata.

Su ensoñación. La primera que tuvo con el águila y el ratón. De repente recordó. El águila atacaba en la calle, en un lugar parecido adonde él se encontraba en ese momento. Era de noche, pero también había luz como ahora. Y luego las fauces del perro.

Sintió el temor renacer y buscó, acariciando su medalla de la Virgen, protección, tranquilidad. Sí, estaría mejor rezando con los seminaristas que no en las calles de su visión.

Y se dispuso a regresar apretando el paso.

—¡Carmen! —Cuando su tía le pasó el teléfono, notó alarma en la voz de don Agustín—. Mario, el panadero, el que llevó a Anselmo a Tijuana en su ranchera, no aparece.

—¿Y qué significa eso? —quiso saber Carmen.

—Es muy extraño. Mario regresó y su vehículo está estacionado frente a su tienda. Pero él no está.

—Quizá haya ido a por un trago a la cantina.

—¡Exacto! Eso es lo que hubiera hecho normalmente. Pero allí no lo han visto. Lo hemos estado buscando y parece como si la tierra se lo hubiese tragado. A quien sí vieron fue a una pareja de forasteros preguntando por Anselmo. Alguien les dijo que Mario lo llevó a Tijuana.

—¡Dios mío!

Carmen miró alarmada a Jeff. Este la contemplaba sin entender. Se encontraban en la sala de estar de la casa de la tía y conversaban en espera de la cena cuando el teléfono interrumpió.

—¿Cree que pudieron hacerle algo a Mario para que les dijera dónde dejó a Anselmo?

—Ese es mi temor.

—¿Ha llamado a la policía?

—Sí, avisamos al policía de Santa Águeda. —Agustín hablaba más rápido de lo habitual—. Y él avisó a los patrulleros; los puntos de control que el ejército mantiene en las carreteras han sido alertados. Pero seguramente esos tipos llegaron ya a Tijuana.

—¿Y qué podemos hacer?

—Voy a Tijuana a recoger a Anselmo y a traerlo de nuevo al pueblo. Hay que sacarlo de aquel lugar. —Agustín parecía determinado—. ¿Me lleváis en vuestro coche?

—Sí, claro.

—Podría buscar a alguien del pueblo que me llevara —se disculpó—, pero no quisiera que este asunto se hiciera público.

—No busque a nadie —afirmó, decidida, Carmen—. Nosotros vamos con usted.

Al llegar a la casa del cura él los estaba esperaba en la puerta fumando un pitillo.

Se le notaba tenso. Carmen se sorprendió al verlo vestido de calle: unos pantalones grises, camisa blanca y una chaquetilla, quizá de segunda mano, de un azul grisáceo.

No parecía él. Le faltaba el alzacuello y la inseparable boina que lo acompañaba en sus salidas.

Carmen se sintió ridícula al pensar que así, de incógnito, don Agustín perdía mucho de su divina autoridad.

Casi no les dio tiempo a que pararan. Con una asombrosa energía para su edad, tiró al suelo la colilla, la pisó, abrió la portezuela trasera del automóvil y saltó al interior.

—He llamado a don Pablo, mi amigo, y me ha dicho que unos hombres acaban de preguntar por Anselmo. Dijeron que venían de mi parte. ¡Y él les dio la dirección del piso de propiedad de la Iglesia donde se aloja!

—¿Cómo supieron dónde preguntar? —inquirió Carmen.

—He de suponer que se lo habrá contado el pobre Mario. —La voz de Agustín denotaba preocupación.

—¿Han alertado a Anselmo? —quiso saber Carmen.

—Mi amigo ha enviado a un muchacho.

—Jeff, acelera hacia Tijuana —dijo Carmen en inglés.

Anselmo regresó angustiado; el presagio de su visión lo amenazaba, quería encontrar refugio.

Salió de la concurrida avenida de la Revolución por la misma esquina que había memorizado para no perderse. Sí, aquella era la calle y un bloque más abajo estaba la puerta del edificio del apartamento. Ya podía verlo. Buscó las llaves en su bolsillo y un tintineo oculto las anunció.

Estaba tenso, tenía miedo, o quizá era su instinto, que lo alertaba del peligro. Redujo el paso.

Había varios vehículos estacionados en la vía y al avanzar iba escudriñando por si alguien lo esperaba en uno de ellos.

Y allí, en la acera contraria a la puerta de la casa, había un coche aparcado, con las luces apagadas; le pareció ver que algo se movía en su interior. Anselmo se detuvo y dio un paso atrás.

Quizá no fuera nada, quizá eran dos enamorados acariciándose, pero el viejo sentía el latido de su propio corazón y el temor le golpeó como si algo sólido hubiera chocado contra él. Dio media vuelta, regresando a paso vivo hacia el bullicio, hacia la gente.

—Ese podría ser. —Joe alertó a su jefe cuando divisó al viejo—. Viste tal como nos dijo el panadero.

Charly Cara Perro se quedó mirando al hombre que se acercaba.

Habían obtenido de Mario la dirección y el nombre del sacerdote amigo de Agustín.

Pero a pesar de los golpes que le propinaron, el panadero no pudo decirles dónde estaba alojado Anselmo.

Solo sabía que dejó al viejo en la iglesia de donde don Pablo era párroco y que después de desearle suerte él había regresado de inmediato a Santa Águeda.

Cuando visitaron a don Pablo, este, al que Agustín no había alertado, creyó que eran realmente amigos, y al desconocer el peligro, no tuvo problemas en indicarles dónde se alojaba Anselmo.

Vieron al viejo acercarse despacio y Charly extrajo de su chaqueta la foto que Rich hizo reproducir a partir de la que sustrajo de la habitación de Lucía.

—Está aún lejos para verle la cara con tan poca luz —dijo—. Pero tiene que ser él. Lleva la chaqueta gris claro y el sombrero blanco de ala ancha, tal como nos contó ese hombre. Prepárate.

Fue entonces cuando Anselmo se detuvo mirando en su dirección.

—¿Qué le pasa? —murmuró Joe—. Parece como si se oliera algo.

—¡Maldita sea! —exclamó Charly, golpeando con rabia el volante—. ¡Se nos escapa!

Y puso en marcha el automóvil.

—Si se mete en la avenida de la Revolución, el coche nos servirá de poco. Mejor vamos tras él a pie —advirtió Joe.

—De acuerdo.

Cuando se apearon, Anselmo giraba ya a la izquierda entrando en la arteria principal. Los dos hombres empezaron a correr hacia la esquina.

—No es bueno llamar la atención. —Charly moderó su paso al llegar a la avenida—. Lo seguiremos de cerca, pero no vamos a correr a no ser que lo vayamos a perder de vista.