Alba #14
Al oírle, Carmen advirtió que se había olvidado por completo de Jeff.
Dijo que era su novio y él se esforzó con unas cuantas palabras en español.
—Buenas tardes —dijo—. Encantado.
—Bueno, es estupendo que esté usted bien —continuó Carmen, dirigiéndose al viejo—. Su nieta estaba muy preocupada, cree que quieren matarlo.
—Tiene razón —dijo, escueto, el viejo.
—Bueno, contadme —terció Agustín—. No entiendo por qué los gringos pueden tener interés en cruzar la frontera para asesinar a un viejo brujo.
—Como ya le dije, Lucía tiene poderes —repuso Anselmo—, ella puede ver lo que ocurre en un lugar distante.
Su patrón lo supo e hizo por seducirla, convirtiéndola en su amante.
Así, usaba los poderes de mi nieta para conseguir sus fines ilícitos; incluso para asesinar.
Lucía ha roto la ley, nuestra ley. Y ya le dije que iba a frenar sus poderes; mi nieta no podrá velar mientras esté con ese hombre.
Por eso él me quiere mal. Sabe que he sido yo quien ha cegado la otra visión a Lucía.
Conozco a ese hombre. Ahora ya sé quién es.
Un tipo poderoso y seductor, que no tiene escrúpulos en mandar asesinar a quien lo molesta.
Por eso me tomé tan en serio su visita. Por eso me atreví a subir en la moto.
—¿Y qué va a hacer ahora? —Carmen estaba asustada—. Este pueblo es muy pequeño y no será difícil dar con usted. ¿Dónde se va a esconder?
—Lo envío a Tijuana hasta que pase el peligro —dijo Agustín—. Tengo un amigo que es párroco allí y que lo acogerá. Posee un pequeño albergue para seminaristas. —Luego se dirigió a Anselmo—: ¡Pero no se te ocurra decirle que eres brujo!
Anselmo sonrió levemente, pero no dijo nada.
—¡Nosotros lo llevaremos! —propuso Carmen.
—Gracias, Carmen —dijo Agustín—, pero ya está arreglado. Mario, el del horno, vendrá en unos minutos para llevarlo en su furgoneta a Tijuana.
—Pero quizá sería mejor que lo hiciéramos nosotros, de camino de vuelta.
—No, ni pensarlo. Vosotros llamaríais demasiado la atención en ese gran coche americano. Ve a ver a tu tía y a tus primos. Estoy seguro de que les darás una alegría.
Carmen accedió. Le apetecía enseñarle el pueblo a Jeff. Y se despidieron deseándole mucha suerte a Anselmo.
Tan pronto salieron, Agustín se dirigió al interior de la iglesia para oficiar; se hacía tarde y los fieles estarían impacientes. Cuando el monaguillo había salido, el cura notó un tirón en la casulla. Era Anselmo.
—Espere un momento, padre. —Y abriéndose la camisa, extrajo una medalla de aluminio que colgaba de su pecho—. Bendiga como sacerdote esta medalla.
Agustín la contempló preocupado.
—Anselmo, ¿qué es eso?, ¿qué son esas marcas, esas incisiones? ¿No serán símbolos del diablo?
—No tienen nada que ver con ningún diablo. Son símbolos de protección, padre.
—¿Un amuleto? ¿Quieres que como sacerdote católico bendiga un amuleto? ¡No pienso hacerlo!
—¿Pero no ve, hombre, que es la Virgen de Guadalupe?
—Sí, pero ¿y esas marcas?
—¡No sea así! Mi vida está en peligro y la Virgen me protegerá. Además, si no bendice mi medalla y luego me matan, no vivirá usted tranquilo el resto de su vida.
Agustín contempló el colgante con cuidado mientras reflexionaba.
—Bueno, sí que es la Virgen de Guadalupe, pero tú le has estado haciendo cosas a esa medalla.
—No tengo hoy suficiente poder para protegerme solo. Necesito que me ayude con el suyo de sacerdote. No hay nada malo en la medalla, lo juro.
—Arrodíllate.
Y Agustín bendijo el colgante de aluminio y a su propietario. Su semblante serio mostraba la tensión en la marca de las mandíbulas apretadas. No le gustaba aquello, pero debía ayudar al viejo.
—Pónganos unas cervecitas, patrón. —Joe lucía su mejor sonrisa.
El bar estaba concurrido, la televisión tenía el volumen bajo y en una mesa se jugaba a las cartas.
Los forasteros se quedaron en la barra y cuando el tabernero trajo las cervezas, Joe intentó entablar conversación.
—Bonito pueblo, amigo.
De nuevo brillaba su sonrisa.
—¿Es la primera vez que vienen?
Emiliano, el patrón, agradeció la oportunidad. Aquellos hombres no parecían turistas y llamaban la atención. ¿Qué buscarían unos extraños en el pueblo un sábado por la tarde?
—Sí, la primera vez.
—¿Vienen de lejos?
—De Mexicali.
—Y ¿qué los trae por acá?
—Mi amigo Carlos —repuso señalando a Charly. Este saludó con la cabeza y el tabernero hizo lo propio—. Pues que se ha quedado sin voz y ahora va perdiendo el oído. Ya casi no oye.
Emiliano escuchaba atentamente desde detrás de la barra e hizo una mueca de contrariedad.
—¡Pinche! —exclamó.
—Pues vea usted que los doctores no le saben encontrar nada. Así que nos llegó noticia de que ustedes tienen acá un curandero muy bueno y vinimos a ver si lo puede arreglar.
—¡Ah, don Anselmo!
—Sí. Creo que así lo llaman.
—Sí que es muy bueno. Pero no sé yo si lo de la voz…
—No se pierde nada por probar.
—¡Claro que no! ¿Así que en Mexicali saben de don Anselmo? —Emiliano estaba orgulloso por la importancia que aquello confería al pueblo.
—Sí, y no solo uno, sino que fueron varios los que nos lo dijeron.
—Pues don Anselmo viene aquí casi cada tarde. —El patrón sonrió ufano—. Esto es como su segunda casa.
—¡Ah! Pues nos hará un favor si nos lo presenta.
—Hoy no lo he visto. Quizá esté en su ranchito.
—Venimos de allá y no lo encontramos.
—¡Antonio! —gritó el patrón a una mesa. Los que jugaban a las cartas detuvieron el juego para mirarlo—. ¿Viste a don Anselmo hoy?
—No, no lo vi.
—Se ha ido a Tijuana —repuso otro de los jugadores, un viejo de boca desdentada.
—¿A Tijuana? —se asombró Emiliano—. ¿Qué ha ido a hacer don Anselmo a Tijuana?
—No lo sé. Me encontré a Mario y dijo que lo llevaría con su camioneta a Tijuana. Y no hablamos más.
—Lo siento, amigos —les dijo el tabernero—. Parece que han hecho su viaje en balde. Es extraño, porque don Anselmo sale poco del pueblo. Mala suerte.
—Pues sí que es una pena —repuso Joe meneando la cabeza, contrariado, y componiendo una expresión de tristeza—. Pobre Carlos, estaba tan ilusionado, creía que ese hombre lo iba a curar.
—Pues tendrán que venir otro día.
—Es que es muy difícil que podamos repetir el viaje. —Y de repente preguntó, como si su mente se iluminara con una gran idea—: ¿Y no sabrá ese Mario dónde lo encontraríamos en Tijuana?
—No sé. Es el dueño de la panadería. Tiene la tienda en su casa, dos calles más arriba, se lee en el cartel. Pregúntenle cuando regrese.
Don Pablo, el cura amigo de Agustín, lo había acogido con amabilidad y lo había alojado en un piso cercano a la avenida de la Revolución, propiedad de la Iglesia.
Estaba habitado por dos seminaristas, de paso por Tijuana, que lanzaban a Anselmo miradas de curiosidad.
Tanta como él sentía al observarlos a ellos, aunque era obvio que el extraño allí era él.
Lo invitaron a rezar el rosario y Anselmo aceptó, pero advirtiéndoles que rezaría en voz baja.
La monotonía del rezo tuvo un efecto relajante, tranquilizador. Se dejaba llevar por la cantinela mientras se ensimismaba en un trance despierto. Quizá por ello y por la tensión sufrida la cabeza le cayó sobre el pecho en un repentino sopor. Entonces lo sintió.
«Algo no va bien, puedo olerlo en el aire», se dijo a sí mismo.
Era el águila, podía sentir el batir de sus poderosas alas. El águila de cabeza blanca se acercaba. Notó un nudo en el estómago y se puso a acariciar la medalla de la Virgen de Guadalupe que llevaba colgada del cuello.
El ave de su ensoñación. Majestuosa, depredadora y terrible. Lo estaba buscando. ¿Cómo había sido tan estúpido de dejarse llevar hasta allí? ¡Claro! Tijuana era la ciudad de su sueño. En aquel lugar, el águila, pico hambriento, caería sobre él.
Se estremeció. ¡Habría estado mucho más seguro en Santa Águeda, escondido en una casa amiga!
Miró a los seminaristas, que casi en un trance seguían con los ojos cerrados, desgranando una a una las cuentas del rosario y recitando sus oraciones.
Eran extraños, desconocidos, no harían nada por él.
Estaba solo. Y aquel lugar era como una prisión. Una trampa.
Se puso de pie.
—Perdonen que interrumpa —dijo—, pero tengo que irme ahorita mismo.
Los otros detuvieron su rezo y lo miraron sorprendidos.
—¿Pero adónde quiere usted ir, buen hombre? —preguntó el que llevaba la voz cantante.
—Quizá dé un paseo por la avenida de la Revolución.
—¿Cuándo regresa? ¿Es que tiene otro lugar donde pernoctar?
—No, no conozco a nadie más. Pero no se preocupen, volveré sin hacer ruido por si ustedes duermen. El cura me dejó unas llaves.
—Cuidado con las calles del final de la avenida. —El seminarista sonreía—. El distrito norte no tiene muy buena reputación. Rece y cuide su alma, hermano.
Anduvo hacia la avenida de la Revolución, hacia el bullicio de la gente, hacia la ilusoria protección que, al estar entre muchos, siente la oveja en el rebaño.
Una mezcla variopinta de personajes de ambos lados de la frontera lo arropó, escondiéndolo.
La gente pasaba junto a él, rozándolo en ocasiones, hablando fuerte, riendo.
Allí se sentía protegido.
Las gentes del norte, algunas rubias, muy blancas y otras oscuras, que venían de turismo o solo buscando diversión por unas horas, se mezclaban con los lugareños. Disfrutaban del paseo en la noche que ya cubría la ciudad, de sus luces, del pálpito de sus calles.
Otros intentaban subsistir, desde las tiendas de recuerdos que permanecían abiertas hasta muy tarde o vendiendo lo que podían a los transeúntes: pañuelos, marionetas, cerámicas, postales o simplemente mendigando.