Ojos en la noche Mediodía #2
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Mediodía #2

—Sí, eso pensábamos. Llevaban años peleando —repuso ella—. Pero ya ves, don Agustín ha reaccionado como si se tratara de su mejor amigo. Nunca lo había visto así.

—Dicen que el odio y el amor están muy próximos.

—¡Qué triste! —sollozó Carmen—. Y que se dé cuenta tan tarde…

Agustín los guio al automóvil sin equivocarse y esperó de pie, silencioso y con la mirada perdida, a que Carmen abriera el coche.

—Tendremos que reclamar el cadáver para enterrarlo en Santa Águeda —dijo cuando se disponía a entrar en el vehículo.

—No se preocupe, padre Agustín —repuso don Pablo—. Yo conozco a quien nos ayudará en eso.

Pero entonces, cuando don Pablo estaba ya en el interior del coche, rápidamente, de entre la gente alguien se precipitó al interior del vehículo, empujando a Agustín.

—¡Don Anselmo! —exclamó Carmen.

—Callen y salgamos lo antes posible de aquí, por favor —pidió el viejo.

Todos montaron con rapidez y Jeff puso el coche en marcha.

—Gracias por recuperarme el sombrero, padre —le dijo a Agustín con una sonrisa cuando el coche se puso en movimiento.

—Se suponía que estaba usted muerto. —Carmen rompió el silencio cuando pararon en el primer semáforo de la avenida de la Revolución.

—Y en realidad me mataron —convino Anselmo, hundido en el asiento trasero, escondiéndose entre los dos curas.

—Juraría que era usted por quien yo recé y que fue a su cuerpo al que yo le di el último sacramento hace un momento. —Don Pablo no podía disimular su asombro y no dejaba de escrutar el rostro del viejo.

—¡Vamos, don Pablo! —Agustín saltó como impulsado por un resorte—. ¿No se dejará engatusar por este farsante? ¿No creerá que ha resucitado?

—Hombre, resucitar, no. Pero yo lo he visto… muerto.

—No se lo conté todo sobre este hombre, padre —interrumpió Agustín—. Es un tramposo y estoy seguro de que ha hecho alguno de sus trucos. No vaya usted a creer que es alguien especial como alguno de mis pobres feligreses cree.

—Bueno, pero yo… —insistió don Pablo.

—Esta vez usted me ha ayudado en el truco, don Agustín —dijo Anselmo.

—¿Yo? ¿Qué he hecho yo?

—¿Recuerda la medalla de la Virgen de Guadalupe que bendijo? —El viejo la sostenía con reverencia con las dos manos.

—¿Esa de aluminio que habías marcado de forma extraña?

—Esa. Me ha salvado.

—Pero ¿qué ocurrió? —inquirió Carmen ante el silencio sorprendido en el que se había sumido Agustín.

—Los vi esperándome en un coche frente a los apartamentos y regresé hacia la avenida de la Revolución.

Ellos me vieron y me seguían casi corriendo.

No pude despistarlos y al rato estaba agotado.

Entonces entré en ese garito en que una mujer se desnudaba en público; los hombres gritaban y el local estaba lleno a rebosar.

Por un momento pensé que los había perdido, pero al rato pude verlos, viniendo hacia mí.

Fui muy afortunado y más allá de los aseos encontré una puerta que daba al callejón trasero.

—Donde le vi muerto —dijo don Pablo.

—Deje que le cuente —prosiguió el chamán—. Al salir a esa calleja, corrí hacia la izquierda para alcanzar la calle, pero a unos metros me encontré con un hombre casi tan viejo como yo que me cortaba el paso. Tenía una navaja en la mano y me amenazaba:

»“Dame todo lo que llevas encima, compadre”, dijo. Se veía en su cara y en su forma de vestir que era indígena como yo. Apestaba a alcohol e iba en mangas de camisa y a cabeza descubierta.

»“Tú no quieres lo que yo llevo encima”, le contesté.

»“Dámelo todo o te rajo”, gritó.

»Yo temía que llegaran los matones, así que rápidamente le di mi cartera; quiso también la chaqueta y mi sombrero; se los puso. Al tocar la medalla de la Virgen de Guadalupe notó que era de aluminio.

»“Eso no lo quiero”, dijo.

»“Me has robado la muerte, hermano”, le advertí.

»Me miró sin comprender y se rio. Yo escapé corriendo hacia el otro extremo del callejón y él se fue en sentido contrario, precisamente hacia la puerta trasera del local del que yo había huido. Justo cuando yo salía a la calle giré la cabeza y vi cómo los dos individuos que me seguían lo agarraban.

»Los dos éramos viejos e indígenas, él llevaba mi chaqueta, mi sombrero y mis documentos.

En el mismo momento que me robaba ya supe que iban a matarlo a él en lugar de a mí.

Pero no hice nada por ayudarle. Tenía miedo.

Me oculté entre la gente, en la otra acera, y vi cómo salían esos individuos felicitándose el uno al otro.

No sabía qué hacer, a dónde ir, así que permanecí escondido entre el gentío y pude ver cómo al rato unos hombres entraban en el callejón, quizá para acortar camino, y que poco después salían gritando.

Se formó un tumulto y enseguida llegó la policía y luego vi a don Pablo y a Carmen.

No quise alertarlos por si esos hombres estaban aún por allí; por eso los seguí hasta el coche sin darme a conocer.

—Ha sido la Providencia —exclamó Agustín, santiguándose.

—Sí, ha sido la Providencia.

Don Pablo se santiguó también.

Carmen vio por el retrovisor que Anselmo hacía lo mismo.

«Las fotos coinciden. Es el mismo individuo —se decía Rich, satisfecho, comparando la foto del documento de identidad de Anselmo con la copia de la que le quitó a Lucía—. Ese cabrón de Charly lo ha logrado de nuevo. Es bien caro pero muy bueno».

Aquella tarde había llegado a la sede de Reynolds había jugado muy fuerte, se había arriesgado mucho, pero merecía la pena.

El partido lo nombraría sustituto de John al frente de la campaña como candidato republicano, y podía contar con la práctica totalidad del equipo electoral del difunto.

Al fin y al cabo, tenía el apoyo de la hermana y la esposa de John, con lo que podría recomponer la mayor parte de las relaciones e influencias que este tenía.

Ya se había encargado él de eliminar en el momento oportuno a sus enemigos. Y además, estaba Lucía; esa era la pieza definitiva. Con ella a su lado, podía lanzarse a la conquista del puesto de senador y después…

«Bien —se dijo—. No debería plantearme objetivos demasiado altos tan pronto, pero ¿quién me impedirá soñar con la Casa Blanca dentro de algunos años?

Claro que queda una pieza suelta: Muriel.

Está resentida, aún puede ser peligrosa, sabe demasiado y es capaz de todo. ¡Otro encargo para Charly Cara Perro!».

De repente sintió una inquietud. Su vista recorría el amplio despacho, los ventanales, los arbolillos de decoración, los cuadros modernos que colgaban de las paredes. Como si buscara a alguien.

Todo estaba igual, él no podía ver nada distinto, pero ya no disfrutaba de su intimidad.

Quizá no estuviera solo. Lucía podía estar observándolo.

Y tuvo miedo. Se maldijo por su estupidez y rápidamente abrió un cajón de la mesa, sacó un sobre blanco e introdujo el documento de identidad de Anselmo en él.

Luego giró la otra foto de forma que la imagen quedara oculta y, acercándose a una pared, movió uno de los cuadros y dejó al descubierto una caja fuerte.

Después de pulsar la combinación y abrirla, depositó el sobre y la cerró de inmediato.

Más tarde ya encontraría la manera de hacer desaparecer el documento.

Luego tomó la otra foto y, siempre manteniendo la imagen oculta a la vista, la puso en la trituradora de papel y se deshizo de ella.

—He llamado a Lucía para contarle que no pudimos encontrar a don Anselmo —dijo Carmen.

—¿Cómo se lo tomó? —quiso saber Jeff.

Era ya lunes por la tarde y paseaban por el embarcadero de Marina del Rey.

—Muy mal. Se puso a llorar al teléfono. Cree que le ha pasado algo a su abuelo y, aunque no lo mencione, está culpando a Rich.

—Y con razón. Es una lástima que la muchacha sufra así.

—Sí, pero si Rich sospechara que Anselmo sigue vivo, su vida volvería a peligrar.

—Es lamentable que el viejo tenga que protegerse de su propia nieta.

—Ha perdido la cabeza por Rich —dijo Carmen con convicción—, pero nunca traicionaría conscientemente a su abuelo.

—¿Hiciste lo que te pidió el brujo?

—Sí, esta tarde le he mandado un sobre a don Agustín por mensajero para que se lo entreguen en mano. No lo envié directamente por precaución; se supone que don Anselmo está muerto.

—¿Qué objetos pusiste?

—Una foto de Rich sacada del anuario de la compañía y una firma suya original de una nota que envió a mi departamento hace tiempo con órdenes de compra de medios.

—¿Y qué va a hacer el viejo con esas cosas?

Jeff se detuvo para ver mejor la expresión de Carmen.

—No lo sé —ella tenía un aspecto demasiado inocente—, pero me lo imagino. Algún rito de protección para Lucía.

—¿Protección? —Jeff la miraba, escéptico—. Si solo es protección, ¿para qué quiere una foto de Rich Reynolds y un objeto que haya estado en contacto con él? ¿No crees que puede estar planeando venganza?

Carmen lo miró; sus ojos oscuros estaban más abiertos que de costumbre.

—No lo sé —repitió, encogiéndose de hombros—. Pero es posible… —En sus labios asomaba una sonrisa enigmática.