Alba #5
Era primavera y cuando los ritos fúnebres de cremación de la abuela terminaron, Anselmo continuó con el grupo.
Pero todo era distinto, o quizá fuera él el que había cambiado; notaba que era forastero.
Ya antes los suyos sentían aprensión hacia él, pensaban que guardaba algo maligno; su madre murió para que él naciera. Era Haw’ama.i.
La familia de su padre lo acogió, aunque con recelo. Era un extraño chamán. Además, un hombre de veintiséis años sin esposa no resultaba nada común.
Y con ellos fue a la pizca del piñón. Se presentó con su par de mulas, muchos regalos y prestigio de hombre de medicina y espíritu. Después de observar a todas las mujeres casaderas, Anselmo se decidió por Teodora.
Pidió para bailar a la muchacha, se gustaron y sus padres les permitieron acostarse juntos aquella noche. Ella tenía trece años. Anselmo llegó a un acuerdo con la familia de la chica y pagó con parte de los regalos que traía. Y así tuvo esposa.
Al replantear su vida, Anselmo no se hizo a la idea de subsistir de la caza y de recolectar en el monte; tampoco lo atraía contratarse como temporero en los cultivos del interior o en los ranchos.
Aquella era la vida de sus paisanos, de su familia, pero no la suya; quiso ir a la costa, junto al océano.
Teodora y él recorrieron varios lugares trabajando como peones agrícolas.
Al poco llegaron a Santa Águeda y a Anselmo le agradó aquel oasis que, gracias al riachuelo del mismo nombre, crecía entre el océano y el pedregoso desierto que los separaba de las tierras fértiles del interior.
Trabajaron en la aceituna, en los campos de chile, en viñedos y en huertas.
Pero no podía quedarse impasible frente al sufrimiento ajeno y empezó a curar a los que lo necesitaban.
Y así, su fama de hombre de medicina y de espíritu creció; también sus ingresos y al poco pudo comprar unas tierras al sur de Santa Águeda, al lado de la playa.
Había percibido agua subterránea allí, hizo un pozo y luego construyeron su ranchito.
Criaban calabazas, frijoles, maíz, algunos olivos, y en las laderas secas del monte, nopales. [10]
También tenían gallinas, pero Anselmo gustaba más de cuidar colmenas de las que sacaba miel y cera para las velas que él mismo preparaba.
Allí nació su hijo. El muchacho iba a la escuela en Santa Águeda.
No creció como indígena, sino como mexicano.
El campo no le interesaba, ni tampoco la medicina de su padre.
A él le entusiasmaban los motores, quería conducir automóviles y tan pronto alcanzó la edad obtuvo un trabajo como conductor de camión.
El chico se enamoró de Alba, una muchacha mexicana que trabajaba de temporera, y se casaron.
Por aquel entonces el nuevo cura, un español que venía de Ciudad de México, llevaba ya años en el pueblo.
El antagonismo entre el sacerdote y Anselmo estalló tan pronto se conocieron.
Don Agustín consideraba que Anselmo, que no acudía a misa, realizaba prácticas paganas y adoraba a Mitapá Cuchepon, el creador bueno, pero también a Mitapá Parktai, el malo, y a otros antiguos dioses paipais; era un peligro para las almas de sus feligreses.
Y se puso a predicar contra él y su medicina.
Anselmo no quiso buscar ninguna conciliación y esperaba que el impulsivo cura se equivocara en algo para dejarlo en ridículo.
Pronto Santa Águeda se dividió en dos. Los que estaban con don Agustín y los del lado de Anselmo.
Pero muchos los alternaban; acudían a misa, y luego iban a escondidas a ver a Anselmo en busca de remedios para sus males.
Alba era católica practicante y se unió desde el primer momento al grupo del cura.
—Yo no me casaré como una india de las montañas —le dijo a Anselmo tan pronto se conocieron—, sino en la iglesia, como buena católica.
La boda la celebró don Agustín y también el bautizo de Lucía, pero el viejo no acudió. Alba dejó de hablarle.
Solo intercambiaron unas pocas palabras al morir el hijo de Anselmo, cuando se despeñó su camioneta en una de las curvas cercanas al pueblo. A partir de entonces, Alba no permitía que su hija Lucía viera a los abuelos.
Teodora no era feliz; no se relacionaba con los mexicanos del pueblo y su marido había dejado de ser un paisano.
Añoraba a sus paisanos paipais, a su familia.
Añoraba los montes en agosto, cuando la recogida del piñón.
Ya antes de que su hijo se casara, Teodora asistía cada año a este evento y pasaba largos periodos con su gente.
Aún era una mujer joven; encontró a otro hombre y se quedó los suyos.
Anselmo hizo poco por retenerla. Le regaló una mula, dinero y le deseó una buena vida. Lo único que habían tenido en común era un hijo.
El viejo vivía cerca de la playa a la que los chiquillos iban con frecuencia y entonces Lucía lo visitaba. O a veces él se la encontraba en el pueblo. De este modo, a pesar de la oposición de Alba, Lucía mantuvo contacto con el abuelo, y este empezó a enseñarle su saber. Él la quería con pasión.
Anselmo estaba convencido de que el cura, sabiendo de esos contactos, había persuadido a Alba primero y luego ambos a Lucía para que ella fuera a trabajar a Estados Unidos. Pensaban que así la librarían de su influencia.
Lo lograron. Fue la más terrible venganza del sacerdote. Anselmo, sin su nieta, estaba ahora solo, muy solo.
—El conocimiento —le repetía al coyote—. El pecado de Lucifer. El orgullo del saber. Y ese maldito cura. Eso me condenó a la soledad.
—Comparte con los demás lo que sabes, Anselmo… —empezó a decir Coyote, pero el viejo lo interrumpió.
—Cómo me gustaría volver por un momento al copá jala’pa , al aire claro, a la brisa fresca que agitaba los pinos, a las estrellas que entonces eran más grandes, más brillantes, allí arriba en la sierra Juárez, a ser niño, a pizcar piñón y a estar con la abuela.
¡Qué tiempo tan maravilloso! ¿Verdad, Coyote?
Anselmo no obtuvo respuesta. Se dio cuenta de que hablaba solo; el coyote se había ido.
Rich le sonrió cuando recogía la mesa. Lucía respondió con un gesto tímido después de observar a Sharon, la esposa, y comprobar que ella no la veía.
—Me voy a la biblioteca a trabajar un poco —anunció él en voz alta, levantándose de la mesa y dirigiéndole a Lucía una mirada de complicidad.
—Bien, cariño —repuso Sharon sin apartar apenas la vista del libro—. Yo leeré o quizá vea la televisión. Te esperaré en la cama.
—De acuerdo, mi amor, hasta ahora. —Y salió del comedor.
Se encontraron en la biblioteca con un cálido beso de amantes.
—¿Cómo estás, bonita?
—Esperándote todo el día.
—¿Asististe hoy a tu clase de inglés?
—Sí.
—Debo conocer al profesor. —Rich mostraba una expresión seria—. Me voy a poner celoso.
—Ya sabes que es una mujer, ¡tonto!
—Así me gusta. No quiero que venga ningún jovencito a enamorarte.
Ella miró al suelo como avergonzada.
—¿Pudiste ver lo que te pedí? —continuó él, cambiando súbitamente de tema.
—No tuve tiempo.
—¿Cómo? ¿Es que Cindy te da demasiado trabajo? Dime qué pasa y yo lo arreglaré.
—No es Cindy.
—¿Sharon?
—Tampoco.
—Entonces, ¿qué te ocurre?
—Estuve vigilando a una pareja en la cama. —Ahora ella lo miraba fijamente con sus ojos oscuros—. No tuve tiempo de ver nada más.
Él tragó saliva; parecía un poco desconcertado, pero se recuperó pronto.
—No deberías espiar a tus amigos, Lucía.
—Quizá no, pero lo hago. —Ahora ella levantaba la barbilla, desafiante—. Y lo que vi me afectó tanto que quizá no pueda volver a ver por una temporada.
—Pero Lucía…
—Rich, debes escoger… Ya sabes que puedo saber lo que haces. —Su tono era firme—. ¿No crees que tres mujeres a la vez son demasiadas?
—Pero tú ya sabías que yo estaba casado.
—Eso hacen dos. Ella y yo.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Acepto a Sharon, por ahora —le lanzó una mirada dura—, pero no a Muriel.
—¿Quieres que la deje? —Rich estaba sorprendido, de pronto aquella muchacha le imponía condiciones, lo obligaba a negociar. Lucía estaba cambiando con rapidez, mostraba un carácter fuerte, desconocido.
—Sí —respondió, mirándolo a los ojos.
—Pues yo quiero que veas «eso».
—Dame primero tu palabra.
—Sois el equipo de mayor éxito de la agencia —dijo Rich—.
Y estoy convencido de que continuaréis siéndolo.
—Miró a Jeff—. Si hay algún impedimento personal para que trabajéis juntos, os agradeceré que quien lo tenga lo diga ahora.
Será lo mejor para todos. Quiero armonía.
Si alguien no se encuentra a gusto, ya sea en el equipo o en la agencia, que lo haga saber y buscaremos un arreglo.
Carmen notaba la tensión en el ambiente. Sin duda, Rich temía que lo sucedido en los últimos días afectara al negocio; estaba dispuesto a afrontarlo y a ponerle remedio, y de paso reafirmaba su autoridad frente a Jeff.
Los reunidos alrededor de la mesa, Muriel, Jeff, Carmen y Jenny, la ejecutiva que cubría la posición que Muriel había dejado vacante con su promoción, guardaron silencio.
—Jeff, tienes algún problema con la continuidad del grupo?
Jeff lo miró un instante a los ojos. Carmen no supo descifrar qué había en aquella mirada. ¿Desafío? ¿Odio?
—No —dijo al cabo de unos momentos en tono altivo—. Tenía problemas, pero los solucioné.
Su mirada intensa se dirigió a Muriel y luego volvió a Rich.
—¿Muriel?
—No puedo asegurarlo ahora. Debemos ajustarnos como equipo. —Su vista se fue por un momento a Carmen—. Si surge algún problema, te lo haré saber de inmediato.
—¿Carmen?
—Por mi parte, todo bien —mintió. No le hacía ninguna gracia que Jeff y Muriel siguieran trabajando juntos. Pero ella no se descolgaría del grupo; así podría controlar, o al menos saber lo que ocurría.