Alba #4
Su corazón latía como si fuera a saltarle del pecho. Notaba cómo sus propios senos, a través del escote que mostraba su parte superior, se agitaban en una respiración rápida, ansiosa.
—Sí, eres muy hermosa.
—Gracias, Jeff. Pero ¿has pensado alguna vez en tener algo más conmigo?
—¿Pensado? —Su mirada se dirigió involuntaria a sus senos—. Sí, bueno, pero no me había planteado…
—Pues plantéatelo.
Los dos se miraron en la penumbra y ella, aproximando lentamente la mano a su mejilla, empezó a acariciarlo.
Cuando le acercó sus labios, su corazón latía alocado; pensaba que se jugaba toda una vida en unos minutos, en el intento de un beso.
¿Cómo reaccionaría él? Pero Jeff la aceptó, y ambos se unieron en un abrazo.
Carmen se sentía morir de dicha, un placer tan grande que no le habría importado que su vida terminara en ese momento, en los brazos de él.
Lo había soñado tantas veces, lo había deseado tanto…
, y por fin llegaba aquel maravilloso instante en que Jeff era suyo.
Sin embargo, a pesar de aquel gozo, pudo oír una vocecita escondida en algún rincón de su cerebro que, inoportuna, preguntaba: «¿Por cuánto tiempo? ¿Unos minutos? ¿Unos días?».
—Lucía, necesito que me ayudes. Es algo muy importante para mí. —Muriel la miraba, suplicante.
Muriel tenía la costumbre de acompañar a Lucía al centro comercial al menos una vez cada quince días. Era una buena oportunidad para charlar, ir de compras y dar un paseo.
Y ahora se encontraban precisamente tomando café en un local decorado al estilo latino y que daba al paseo central del centro comercial.
—¿Qué es? —quiso saber Lucía.
—Este fin de semana he tenido un disgusto con Jeff. Hemos roto. Carmen ha sido la culpable, quiere quitármelo. Necesito saber si se acostaron.
—Muriel, tú sabes que no soy capaz de entrar ni en el pasado ni el futuro. Solo puedo ver lo que ocurre en el momento en que velo.
—Bueno, entonces averigua si lo hacen.
—Pero Muriel… —Lucía la miraba con sus grandes ojos almendrados; sus pómulos altos le daban un aire aristocrático de princesa india—. ¿Qué ganas sabiendo eso? Solo te puede hacer daño.
—Quiero que Jeff vuelva conmigo.
—Después de lo ocurrido no te va a ser fácil.
—¿Después de lo ocurrido? ¿Qué sabes tú de lo que ocurrió?
—Lo sé todo.
—¿Estabas allí?
—Sí.
—¡Pero Lucía! —se escandalizó Muriel—. ¿A quién vigilabas? ¡No es ético espiar así la intimidad de la gente!
Lucía se echó a reír. Al fin Muriel, dándose cuenta del motivo, la acompañó con una risa menos espontánea.
—Es lo que precisamente te estoy pidiendo ahora, ¿verdad?
—Sí.
—Se ve distinto cuando esto le pasa a otro que cuando te ocurre a ti. Lo cierto es que no me ha gustado que estuvieras allí. Prométeme que no me seguirás.
—No lo puedo prometer. A veces me aburro y sigo a la gente que conozco. —Y su voz sonó más enérgica que de costumbre cuando le dijo—: Muriel, si quieres tener alguna oportunidad de recuperar a Jeff, debes dejar a Rich.
—Aún no, Lucía. No quiero cortar con él.
—¿Y así piensas recuperarlo? ¿Diciéndole que ya no ves a Rich? ¿Engañándolo?
Muriel hizo un gesto de abatimiento.
—No sé. Estoy confundida, Lucía. No quiero dejar a Rich, pero no puedo soportar la idea de que Jeff y Carmen estén juntos.
—Debes dejar a Rich, Muriel. —De nuevo su voz sonaba imperiosa—. ¡Debes dejarlo ya!
Muriel la miró sorprendida. Jamás antes había visto esa firmeza en Lucía, ni tampoco esa expresión tan dura. La muchacha estaba cambiando.
Cuando Muriel abrió los ojos vio los tonos pastel de las paredes. ¿Dónde estaba? Tardó unos instantes en situarse. Sí, claro, en la habitación del hotel, y sentía el calor del cuerpo de su amante a su lado.
Definitivamente, aquel no estaba siendo un encuentro memorable.
Habían tenido que recurrir a un hotel a falta de otro lugar adecuado, y Rich no puso la pasión de veces anteriores; su habilidad de seducir había menguado.
El recuerdo de su última cita, del incidente con Jeff, parecía interponerse entre ambos.
Y además estaba esa sensación, ese extraño sentimiento de que eran observados y que le producía a Muriel una incómoda aprensión.
Acarició el pelo de su amante, que dormitaba de espaldas a ella. Iba a preguntarle si la quería, como hacía con Jeff, ¿pero era apropiado hablar de amor? Seguramente, no. Rich se dio la vuelta aún con los ojos cerrados y, al abrirlos, dijo:
—Hola.
—Hola, cariño. ¿Cómo te ha ido?
—Estupendamente, ¿y a ti?
—También. —Aquello le sonaba a Muriel como un tópico obligado.
Al entornar él los párpados se hizo el silencio y Muriel se quedó mirando el pelo rubio canoso del hombre, su fuerte mandíbula y su hoyuelo en la barbilla. ¿Cuánto duraría lo suyo? ¿Se harían realidad alguna vez sus sueños de poder y éxito? Hoy todo parecía más lejano.
Rich abrió de pronto los ojos, consultando su reloj de pulsera.
—Es tarde —dijo, incorporándose en la cama.
—Sí, es tarde —corroboró ella.
La sensación de vacío se hizo más intensa.
Anselmo despertó de su sueño con una sensación húmeda en la mano. Al principio dudaba sobre qué sería, y tanteando en la oscuridad se dio cuenta de que Coyote estaba ahí y lo lamía.
—¿Eres tú, Coyote? —preguntó.
—Sí, Anselmo. Soy yo.
—¿Y qué quieres? —Definitivamente aquel animal se estaba tomando demasiadas confianzas. Debía de chochear de puro viejo. ¡Lamiéndole la mano como si fuera un perro! ¿A qué venían esos mimos?—. ¿Por qué me despiertas?
—¿Te acuerdas cuando íbamos a la pizca del piñón?
Anselmo suspiró evocando las imágenes en la oscuridad.
—Sí, claro que me acuerdo, Coyote. ¡Qué tiempos aquellos!
—Era muy bello…
Las estrellas estaban mucho más cerca, y la resina de pino, al arder en la fogata, lanzaba múltiples pavesas al cielo oscuro.
La brisa nocturna y el aire caliente del fuego las hacían subir cruzándose unas con otras, muy arriba.
Y él se acurrucaba junto a su abuela, cubiertos con una manta, y oía las historias que se contaban alrededor de la fogata.
Era hermoso. Era el tiempo del copá jala’pa , que en kiliwa significaba «cuando los piñones están maduros».
En aquella zona de la sierra Juárez, alrededor del lago Hanson, donde los pinos ponderosa eran altos y las grandes rocas, de formas redondeadas como esculpidas, se esparcían aquí y allá en la pradera, guardaba sus mejores recuerdos de niñez y primera juventud.
Todos los años, en agosto y septiembre, distintos clanes nativos, paipai, kiliwa y también cucapá, subían al monte a recoger el piñón. «La pizca del piñón», la llamaban.
Cuando Anselmo alcanzó los diez años, empezó a acompañar a la abuela que, junto a la nueva familia de su padre, tíos y primos, formaban uno de los grupos. Dormían al raso y al amanecer él ayudaba a la abuela a preparar el desayuno para los demás: huevos, frijoles, tortas de maíz y un buen café.
A las seis se quedaban los dos solos en el campamento y los otros iban en busca de árboles nuevos donde trepaban para arrancar las piñas.
Los de abajo las recogían para meterlas en sacos y, con la ayuda de burros, llevarlas al campamento.
A veces Anselmo los acompañaba y hacía caer con un palo los conos de las ramas bajas y cuidaba de los animales.
A estos les encantaba que les peinara el lomo con piñas viejas, abiertas y desprovistas de resina.
El aire era transparente y se podía ver muy lejos.
En el campamento, las piñas se colocaban al sol, esperando que se abrieran por sí solas con el calor.
Los paisanos conversaban y reían, estaban alegres y de buen humor.
Con piñas menos maduras se recurría a una hoguera de ramas pequeñas, en especial de salvia o manzanita para que el fuego no fuera demasiado fuerte.
Había que estar atento a sacar los conos cuando se abrían; después se ponían en una lona para batirlos con palos.
Al final se aventaban para seleccionar los piñones por tamaño.
Cuando agotaban los árboles de una zona, el campamento se trasladaba a otra, y así hasta terminar la temporada, durante la cual una familia podía obtener hasta cien kilos de piñones.
Entonces empezaba la fiesta. Los distintos grupos se juntaban y llegaban tratantes de Ensenada, los llamados «globeros», para comprar el piñón, pocas veces con dinero y las más trocándolo por mercancías.
Se organizaban juegos y también había baile donde los chicos y chicas de distintos clanes y tribus se conocían.
Recordaba aquellos veranos, junto a la abuela, como el tiempo más feliz de su vida.
Y fue en la pizca del piñón, muchos años después, fallecida ya la abuela, donde conoció a su segunda esposa.
Anselmo se había acostumbrado a la vida en Tijuana, como sobador y curandero, pero una noche soñó con Coyote. «La abuela está enferma —le dijo el animal mostrándole los dientes—. Va a morir pronto».
Anselmo se despertó sobresaltado sin que le diera tiempo de responder al coyote o para preguntarle más.
Allí no había fogatas, pero sí velas y Anselmo usó una para velar.
Pudo ver en el fuego de la llama a la abuela en su jergón, respirando trabajosamente; se ahogaba, le quedaba poca vida.
Anselmo ganaba mucho para un paisano y había ahorrado un buen dinero, así que compró un par de mulas y, cargando sus pertenencias, se fue al sur.
Cuando llegó a su tribu, la abuela casi no podía andar. Al poco murió. Pero antes le dijo:
—Ya sabes bastante. Mucho más de lo que deberías saber, fuiste demasiado lejos en Tijuana.
Abriste puertas que no se deben abrir. No vuelvas allí, quédate con nosotros.
Sé que la mujer cucapá a la que dejaste para ir a Tijuana tiene otro marido e hijos, y la que tienes en Tijuana no es buena.
Déjala. Ve a la fiesta del piñón y toma a una paisana como esposa.