Alba #6
—Me alegro mucho —concluyó Rich sin consultar a Jenny, la nueva ejecutiva—.
Porque habéis hecho un trabajo excelente en el pasado y ahora tenemos una nueva oportunidad de conseguir una cuenta muy importante.
Sería una lástima tener que disolver este equipo.
—Lo decía sonriendo, pero todos sabían que era una amenaza—.
Los aceites Wesson —continuó— preparan un concurso de agencia y he decidido que sea este equipo el que nos represente.
»Muriel y yo ya hemos discutido sobre el sumario que la compañía nos ha facilitado y sobre el plan en que basaremos nuestro trabajo.
—Muriel repartió un dosier a cada uno de los miembros del equipo.
Rich esperó a que terminara para continuar—.
Aparte de lo escrito en el documento, hay dos puntos adicionales que hay que tener en cuenta.
Primero: cómo posicionar mejor el aceite en los mercados étnicos, en particular el hispano, y no solo para la variedad de aceite de maíz, sino también para las mezclas vegetales.
Segundo: soluciones creativas para el punto de venta, ya sean de exposición de producto o de animación.
—Todos tomaban notas—. Ya sabéis cómo funciona eso. ¿Alguna pregunta?
Uno a uno negaron con la cabeza.
—Bien —intervino Muriel—, pues que cada cual estudie con detalle lo que aquí se describe y nos reuniremos el jueves a las cuatro de la tarde para discutirlo. ¿Algún conflicto de agenda?
Las agendas se abrieron y todos confirmaron su disponibilidad.
—Rich, en nombre del equipo, te doy las gracias por tus elogios y tu confianza. —Era Muriel la que hablaba—. No te defraudaremos. ¡Vamos a ganar esa cuenta para la agencia! Y ahora, si nadie tiene nada más que añadir, terminamos la reunión. Continuamos el jueves.
Los asistentes se levantaron y fueron saliendo de la sala.
—Rich, he de hablar contigo —le dijo Muriel cuando se quedaron a solas.
—Dime.
—No, en tu despacho.
—¿A qué viene eso de los mercados étnicos y de la promoción de punto de venta? —inquirió Muriel—. El documento del cliente no lo menciona para nada.
—Bueno, opino que es lo que le falta a ese documento para que podamos completar un buen trabajo.
—¿Opinas?
Muriel no terminaba de entender aquello y se sentía irritada.
—Sí. Tiene sentido —repuso Rich tranquilamente.
—¿No crees que debería pedir a Lucía que averiguara algo más sobre las necesidades reales de Wesson antes de meternos en proyectos que el cliente ni siquiera ha mencionado?
—No hace falta.
—¿Cómo que no hace falta?
—Precisamente los elementos que he añadido son fruto de las investigaciones de Lucía.
—Pero… —Aquella revelación sorprendió a Muriel; le costaba reaccionar—. Pero… Pero Lucía es mi amiga, y no me dijo nada de que le hubieras pedido…
—Bueno. —Rich sonreía—. También puede ser mi amiga, ¿no?
—No, Rich. Ella es mi amiga y yo soy su amiga. Te conozco. Tú solo quieres utilizarla.
—No sabía que tuvieras tan mala opinión de mí.
—Rich, hablemos claro. —Muriel fruncía el ceño y empleaba un tono enérgico—.
Yo acepté que ella fuera a tu casa porque tú y yo tenemos un pacto y yo confío en ti.
No está bien que le preguntes a mis espaldas.
Cuando ella estaba sola yo era su única amiga y me parece muy mal que la utilices y que me lo ocultes.
—Bueno. —Rich continuaba tranquilo y afable—. Si ella me ha dado esa información, ha sido porque ha querido.
—Porque sabe que tú y yo somos muy amigos. Pero creo que has abusado de mi confianza y de la suya.
—Un momento, Muriel, hablas como si Lucía te perteneciera. —El hombre la miraba ahora con expresión seria—. Te equivocas, no es tu esclava. Es una mujer libre y mayor de edad. Tú no puedes decidir por ella.
—Rich, o cambias de actitud o le buscaré otro trabajo a Lucía. Ahora empiezo a pensar que fui muy ingenua al dejarla que fuera contigo.
—¿Aún crees que puedes influir en ella? ¿De verdad crees que ella te hará caso?
—¡Claro que sí! —El gesto indignado de Muriel se había convertido en uno de preocupación—. ¡Es mi amiga!
—Te dije que también es mi amiga.
Él sonreía; demasiado seguro de sí mismo para el gusto de Muriel.
—¡Rich! ¿No habrás seducido a Lucía? —preguntó, alarmada.
Él se encogió de hombros.
—No seas tan mal pensada… Y ahora permíteme. Tengo otra reunión, no hay tiempo para escenas de celos. —Y la condujo, con suavidad, hacia la puerta. Pero Muriel, revolviéndose, lo empujó al interior del despacho.
—Espera un momento. ¿Te has acostado con esa chica?
—No te importa, Muriel. No tienes derecho a preguntarme eso.
—¿Cómo que no? ¿Y lo nuestro no me da derecho?
—¿Qué ocurre? —Él la miraba con prepotencia—. ¿Temes que te engañe como tú engañabas a Jeff?
—¿Cómo te atreves a censurarme? —Tenía lágrimas en los ojos—. ¡Precisamente tú!
—Mira, Muriel. —Su voz era dura—. No te consiento este tipo de escenas, ya basta. Vuelve a tu trabajo.
—No puedes tratarme así, Rich. Me haces sentir muy mal; tú y yo…
—Ya no hay más tú y yo —la cortó él—. Eso se ha terminado, Muriel.
—¿Qué es lo que se ha terminado?
—Nuestra aventurilla. Se acabó.
—¿Pero así? —Ella lo miró sorprendida—. ¿Sin más?
—Fue bonito, Muriel. —Él suavizó ahora su tono—. Estuvo bien. Pero sabíamos que no podía durar. Ahora vuelve al trabajo.
—Un momento, Rich. No tan deprisa. He perdido a mi chico por tu culpa. ¿Y ahora te has cansado de mí y me dejas? ¿Como quien usa un clínex para luego tirarlo? No acepto eso.
—Lo de tu novio es tu problema. Además, casi tenemos un disgusto por tu imprudencia. Mira, mi relación contigo me está complicando la vida. Se acabó, Muriel, y me da igual si lo aceptas o no. No tienes elección.
—Lucía vendrá conmigo. —Muriel había arrugado ligeramente el ceño y ahora hablaba con firmeza—. Tu casa no es un lugar adecuado para ella. Sus padres en México no aceptarían que estuviera con alguien como tú.
—Mira, putilla. —El hombre la agarró del brazo y le hizo daño.
Ella lo miraba sorprendida; Rich podía ser duro en algún momento en el trabajo, pero siempre había sido respetuoso—.
Ella se va a quedar conmigo porque lo va a querer así.
Y ni se te ocurra meterte por medio y menos molestar a su familia.
—¿Así que engañas a tu mujer en tu propia casa con Lucía?
—¿Desde cuándo te preocupa engañar a los demás, Muriel?
—Rich rio de forma desagradable—. ¿Me quieres dar tú una lección de moral?
—Luego se puso serio y otra vez le clavó los dedos en el brazo—.
Lo que vas a hacer ahora es ponerte a trabajar.
Y lo vas a hacer muy bien, mejor que nunca, y harás que Carmen y Jeff trabajen a la perfección.
Además, como te pongas tonta con Lucía o conmigo te garantizo que te daré una patada en el culo y que te irás a la puta calle. ¿Me has entendido?
Muriel lo miró fijamente.
—Contesta. ¿Me has entendido? —Los dedos de Rich presionaban su brazo.
Ella se sacudió de la garra del hombre, asintiendo lentamente con la cabeza. Pero había una mirada de desafío en sus ojos.
Muriel cerró la puerta de su recién estrenado despacho con el pestillo, se sentó, apoyó la frente y los brazos encima la mesa y rompió en sollozos.
¿Cómo podía ocurrirle esto? En pocos días había perdido a su chico, a su amante y a su mejor amiga.
Su mundo se desmoronaba. Sabía que corría riesgos, pero jamás pensó que todo saliera mal. Ahora Jeff la consideraba una prostituta y Rich la trataba como tal. Intentó analizar sus sentimientos.
Ella había engañado a Jeff y ahora sufría el castigo. Pero quizá aún pudiera recuperarlo.
Rich, maldito Rich. La había utilizado, ella creyó en él; se lo dio todo, se lo confió todo. Ahora él no solo la abandonaba, sino que se llevaba a Lucía.
Y Carmen. Su amiga íntima la había traicionado de forma innoble. ¡Le dolía tanto su engaño! Encima le robaba su amor, a Jeff.
Todos estaban en su contra. ¡Había sido una estúpida inocente al confiar su corazón y sus secretos a aquellos miserables! Habían abusado de su buena fe.
Pero a Muriel Mahare no podían hacerle aquello impunemente. Ella no era de las que se escondían a llorar y a deprimirse por mucho tiempo. Ella se cobraría venganza. Carmen y Rich pagarían por aquello.
—¿Que usted me ofrece una alianza? —John Carlton tenía sus grandes mejillas enrojecidas y la evaluaba con su mirada—. ¿Qué beneficio saco yo de una alianza con usted?
El hombre estaba arrellanado en su sillón y chupó su puro sin dejar de observarla.
A Muriel no le había sido fácil lograr que Carlton le concediera aquella cita fuera de la oficina.
Lo había llamado a su casa alegando que era un asunto confidencial en extremo y que debían encontrarse en un lugar donde Rich no pudiera saber de su conversación.
Carlton la citó en su club de fumadores de cigarros y ahora ella, consciente de que volvía a correr grandes riesgos, sentada en el extremo del sofá de piel y con el corazón en un puño, estaba dispuesta a ganar la batalla.
—Necesita tener a su lado a ejecutivos de mi nivel que controlen cuentas importantes, como ocurre en mi caso.
Su voz sonaba firme.
—¿Por qué motivo, señorita? —La miraba, astuto.
—Usted lo sabe, señor Carlton. Rich Reynolds le ha propuesto un nuevo reparto de acciones por el que su familia, usted, su esposa y su hermana, perderán el control de la agencia.
Y ha aceptado, ya están arreglando la cuestión jurídica.
El motivo que Rich aduce es que si no cede, él personalmente y los ejecutivos claves que controlamos las cuentas importantes abandonaríamos la agencia para fundar otra, llevándonos a los grandes clientes y dejando la agencia actual en nada.
—Lo cual es de una absoluta inmoralidad —añadió el hombre, ceñudo. Y le dio una profunda calada a su puro.
—Sí que es inmoral, pero él está dispuesto a hacerlo. —Muriel sentía que había captado la atención de Carlton y bebió lentamente de su refresco light .
El hombre no dijo nada y, soltando una voluta de humo, extendió el brazo para alcanzar su vaso de la mesilla esquinera y dar un trago de whisky.