Ojos en la noche Alba
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Alba

Cuando Carmen llegó al apartamento, este se encontraba completamente oscuro y pensó que Muriel se había ido.

Pero al encender las luces del salón, oyó:

—Hola, Carmen.

Allí estaba Muriel, sentada en uno de los sofás, con un vaso de whisky en la mano.

—Hola. No te había visto. ¿Qué haces ahí con las luces apagadas?

—Pensar.

—Bueno, no es frecuente que estés tan pensativa.

—Hoy me ha ocurrido algo espantoso.

Carmen dejó el bolso y la chaqueta sobre la barra de la cocina y se sentó frente a Muriel.

—Sí, lo sé.

—¿Cómo que lo sabes?

—Jeff me llamó al móvil para pedirme que fuera a buscarlo. Estaba tan afectado que no podía conducir.

—¿Y qué te dijo?

—Que te había encontrado en la cama con Rich.

—Sí, fue horrible. —Muriel tenía una sonrisa amarga en los labios. Y después de una pausa clavó sus ojos verdes en los de su amiga—. ¿Por qué lo hiciste?

—¿Hacer qué?

—¡Por favor, Carmen! —Su voz combinaba dureza y cansancio—. ¡No te hagas la tonta! ¿Por qué le contaste a Jeff lo mío con Rich?

—Yo no le he contado nada a Jeff.

—¡Mientes! ¡Solo tú lo sabías!

—¿Estás segura de que solo yo? Piénsalo bien.

—Yo solo se lo conté a mi amiga íntima, la que tenía toda mi confianza; a ti.

—¿Y Rich?

—No creo que se lo dijera a nadie.

—¿Ni para presumir de su conquista? —Muriel se encogió de hombros. Carmen prosiguió sin esperar respuesta—: ¿Y Lucía? ¿Crees que Lucía sabe lo vuestro?

—Supongo que Lucía lo sabe. Ella puede saberlo casi todo.

—¿Entonces? No era yo la única.

Muriel, pensativa, dio un trago a su whisky: luego inquirió:

—¿Y cómo explicas que Jeff pudiera entrar en el apartamento sin llamar a la puerta? ¿Cómo lo hizo?

Carmen se quedó mirando a su amiga a los ojos y luego desvió la vista al suelo antes de responder:

—Porque yo le dejé una llave escondida en la moqueta de la entrada.

—¿Que le dejaste una llave en la entrada? ¡Y acabas de decirme que no le dijiste nada! —Muriel se había incorporado de un salto.

—No le dije nada. Solo lo cité por correo electrónico, contigo, aquí, esta tarde. El resto lo vio él.

Muriel se quedó mirándola durante unos segundos sin reaccionar y luego estalló:

—¡Hija de puta! —Su tez enrojecía por momentos y sus ojos verdes brillaban, asesinos—. ¡Me prometiste que guardarías el secreto!

—Prometí no contárselo. Yo no le dije nada.

—¿Es eso una excusa? ¡No le dijiste nada!

—Apretando los dientes, Muriel le lanzó el whisky a la cara y estrelló el vaso con rabia en la pared.

Carmen tuvo el tiempo justo de cubrirse los ojos con el brazo—.

Muy propio de ti, falsa santurrona. ¡Hipócrita!

¿Qué importa que no dijeras nada, si hiciste que se enterara y de la peor forma posible?

Carmen continuaba sentada mirando al suelo y callaba. Muriel empezó a dar zancadas hacia la puerta, luego hacia la terraza y al fin se enfrentó de nuevo a su amiga.

—Pero ¿cómo has podido hacerme esto? ¡Yo confiaba en ti!

—Su tono ya no era agresivo, se lamentaba—.

Carmen, hace un montón de años que somos amigas; amigas íntimas.

Nos lo contamos todo. Yo te tenía total confianza.

—Carmen rompió a llorar—. Te he querido más que a una hermana.

¡Pero Carmen! ¿Por qué? —Ahora Muriel también sollozaba—. ¿Por qué lo has hecho?

—¡Porque lo quiero! —respondió Carmen entre lágrimas—. ¡Lo quiero y no puedo evitar quererlo!

—¿A quién? ¿A Jeff?

—Sí. —Las lágrimas corrían por sus mejillas.

Muriel se quedó mirando a su compañera, sorprendida.

—No me habías dicho nada.

—¿Qué te iba a decir, si era tu novio?

—O sea, que has montado esta traición para quitármelo. —Muriel volvía a indignarse.

—Sí. —Ahora Carmen se levantó y se enfrentó a ella—.

Lo siento mucho, pero no tenías derecho a engañar a Jeff de esa forma.

Te dije que no era justo, que no era honrado, que se lo dijeras, que dejaras a uno o a otro.

Pero tú, no. Lo despreciabas, te burlabas, te reías de él; era humillante.

Y yo en mi papel de paño de lágrimas. Venía a llorar conmigo tus desplantes, tus burlas, y yo sufría tanto o más que él.

Porque yo lo amo. No era justo. No tenías derecho a hacernos eso.

Deberías haberlo dejado cuando te liaste con el jefe, dejarlo libre; ese doble juego era inmoral.

—¿Inmoral? ¿Ahora quieres darme lecciones de moralidad?

—Muriel subió el volumen de su voz—. ¿Tú, que has traicionado a tu mejor amiga?

¡Eso sí que es inmoral! Yo confié totalmente en ti, te lo contaba todo, con pelos y señales, no tenía intimidad contigo, te lo habría dado todo, ¡maldita sea!

¡Todo! ¡Después de tantos años juntas! ¡Éramos más que hermanas! ¡Y me haces eso por un tío!

—¿Todo? ¿Me habrías dado a Jeff?

—¿Jeff? —Muriel se quedó pensando—. ¡Diablos! ¡Él es mi novio!

—Ya. Tu novio… ¿Número uno o número dos? —Carmen usaba ahora un tono sarcástico—. ¿Y cuando quería acostarse contigo y le mentías con lo mal que estaba tu padre para follar con Rich? ¿Qué turno tenía Jeff en tu cama? ¿Eh?

Muriel, roja de indignación, echó con rapidez la mano atrás y la estrelló en la cara de su compañera. El golpe sonó como un trallazo e hizo que Carmen se tambaleara, pero esta, sin protegerse, solo puso su mano en la parte dolorida.

—¡Cómo te atreves a hablarme así! —le gritó Muriel lanzándole el siguiente bofetón a la otra mejilla.

Carmen no quiso esquivarlo; había esperado la agresión física antes y sentía un extraño alivio con los golpes—.

¡Traidora! ¡Maldita seas, Carmen! ¡Me duele más que tú me hayas hecho esto que romper con Jeff!

—Los ojos de Muriel se llenaron de nuevo de lágrimas y estalló en sollozos—.

Yo no le hacía daño —continuó cuando pudo controlar el llanto—.

Lo mío con Rich quizá no hubiera durado mucho y todo habría sido como antes. ¡Y ahora lo voy a perder!

El silencio se hizo entre ambas y Carmen se sentó. Al cabo de unos minutos Muriel hizo lo mismo.

—Lo siento, Muriel —dijo Carmen al rato—, pero no pude aguantar más.

Él me pedía que le contara qué te pasaba, si había otro hombre, y yo le daba excusas.

Y tú presumiendo de tus aventuras con Rich.

Y yo aguantando al soso de Albert para no volverme loca.

Y Jeff, que regresaba a lamentarse conmigo, contándome tus crueldades.

Y yo amándolo cada vez más. Lo siento, Muriel, no podía más, pero como te prometí no decirle nada…

—¡Entonces montaste el maldito show de hoy! ¡No me hagas reír! ¿Y dices que no se lo dijiste?

—Lo siento. Quizá al final lo hice de la peor forma.

—¿Que si lo hiciste mal? ¡Claro que sí! ¡Peor imposible! ¡De la forma más humillante! Porque ya veo, ¡quieres quedártelo tú!, ¿verdad? ¿Y te crees que lo tendrás?

Carmen miró al suelo sin responder.

—¡Pues como me llamo Muriel que no será tuyo!

—¿Qué vas a hacer? —Ahora Carmen la miraba fijamente a los ojos—. ¿Vas a dejar a Rich? ¿Cómo impedirás que busque mi oportunidad?

—No lo sé. —Muriel vacilaba. Y luego añadió, más resuelta—: Pero tú no te lo quedarás. Yo haré que no disfrutes de tu traición. Él volverá a mí cuando yo quiera que vuelva.

—Siempre has estado muy segura de eso, ¿verdad?

Muriel la bella, Muriel la brillante, Muriel la que siempre tiene varias opciones que tomar y varias oportunidades para escoger.

Y yo detrás como tu sombra. Pues bien, yo no tengo ocasión de escoger.

Esta es mi única oportunidad. Amo a Jeff.

Y es ahora o nunca. Lo apuesto todo por él.

—No te saldrás con la tuya, amiguita.

Los ojos verdes brillaban con fuego en su interior.

—¿A que sí?

Los ojos oscuros de Carmen mantenían la mirada, acuosos pero firmes.

El acomodador partió la entrada que Rich le tendía y lo acompañó a su asiento. Hacía unos minutos que había empezado la película, pero el cine estaba casi vacío.

Rich parecía más interesado en la parte de atrás del local que en la pantalla; al cabo de unos minutos, se levantó y anduvo hasta la última fila.

Allí a la derecha vio a un individuo corpulento y cuando la pantalla se iluminó, los dientes de este brillaron en una sonrisa que mostraba colmillos de perro de presa.

—Hola, Rich —lo saludó al sentarse a su lado.

—Hola.

—Ya sabes que no me gusta el cine —dijo el hombre—. ¿Por qué esa manía de encontrarnos en este tipo de lugares? ¿Por qué no vienes a mi casa y tomamos una copa?

—¿Otra vez, Charly? ¿Es que no quieres entenderlo? ¿O tratas de presionarme para sacar más dinero? —El otro mostró de nuevo sus dientes—. Sabes que no conviene que nos vean juntos y menos desde que te fichó la policía.

—Y menos aún desde que quieres hacer carrera política, ¿verdad?

—Ya vale. Me dejaste un mensaje conforme habías conseguido algo. Si lo tienes, tendrás dinero, si no, olvídate de mí. Ya sé que tu especialidad es la extorsión, que disfrutas con ello, y que conoces todos los métodos; pero ni lo intentes conmigo.

—Vamos, Rich, nos conocemos de toda la vida. Llevo muchos años trabajando para ti y sabes que soy de total confianza. Podrías ser más generoso.

—Ya lo soy y si lo que traes me sirve, lo seré mucho más.

—¡Te traigo pura dinamita!

—¿Qué es?

—Tenías razón. El viejo O’Donell lleva una doble vida. Padre de familia y homosexual. Mantiene a un jovencito. El muchacho se hace llamar Bobby.

—¡Vaya! Eso es lo que yo te conté a ti. ¿Qué más hay?

—¡Que lo logré!

—¿Qué lograste?

—El chaval trabajará para nosotros. Tendrás fotografías y es posible que saquemos un vídeo.

—¡Bien, Charly! Ahora sí que estoy impresionado. ¿Cómo lo conseguiste?

—Te encantan los detalles. —Sus dientes volvían a brillar—. ¿Verdad?

Rich se interesó de repente por la película dejando la pregunta del hombre sin respuesta. Una rubia de grandes ojos azules conducía un coche en medio de una gran tormenta.