Ojos en la noche Alba #2
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Alba #2

—Bueno, ya sabes —continuó el hombretón al cabo de unos instantes—. A los chaperos se los convence dándoles miedo o dinero. Este cobró unas cuantas patadas en el estómago. Cuando le dije que le iba a dar en la cara fue cuando llegamos a un acuerdo en el precio.

—¿Cuánto?

—Cinco mil antes del trabajo. Luego, si las fotos están bien, quince mil más. Si es en vídeo serán veinticinco mil.

—Hummm…

—Vamos, hombre. Es un buen trato.

—Bien, adelante.

—¿Cuándo te cargarás al viejo O’Donell? —quiso saber Charly.

—Ese tío me ha estado cerrando el paso en el partido. No sé si es que le caigo mal o por instrucciones de mi cuñado. ¡Que si yo tenía poca clase, poco estilo! Necesitaba quitarlo de en medio.

—Como hicimos con la mujer esa.

—Exacto, esa zorra pensaba que tenía más posibilidades que yo para el segundo puesto.

—Pues no creo que las tenga después de cómo le dejé la cara y del par de llamadas que le hizo mi socio.

—Esa ya no cuenta. Ha dicho que se retira de la política. Está aterrorizada.

—Bueno, pues una menos, y en unos días tendrás lo que necesitas para cargarte al viejo ese.

—Tendré más que eso. Lo tendré a él; podré manejarlo a mi antojo. ¡Me besará el culo! Ya no hace falta destruirlo, solo usarlo bien.

—Eres listo, Rich. Y nadie podrá detenerte mientras yo esté contigo haciéndote el trabajo sucio.

Pero dime, ¿cómo supiste todos los detalles de este asunto?

En un principio pensé que habías contratado a otro detective, y eso me molestó mucho.

Imagínate, después de todo lo que he hecho por ti…

Sería como traicionar nuestra amistad. Después pensé que tú odias compartir tus negocios con muchos.

Por tanto, no creo que ningún profesional me esté haciendo la competencia.

¿Pero quién te ha dado la información? ¿Cómo sabías tanto?

—Yo soy quien paga. No tengo por qué revelarte mis fuentes.

—También me pagas por trabajos donde me la juego. Si hay alguien más metido en este asunto, yo debo saberlo.

—Hummm…

Y Rich se quedó mirando la pantalla sin contestarle.

La música era agobiante. Una mujer con peluca, rostro difuso y bata asestaba una y otra puñalada a la muchacha rubia desnuda en la ducha. La sangre salpicaba y corría junto al agua.

Charly ya no esperaba respuesta, aquellas imágenes le encandilaban. Sus dientes de perro brillaban en una sonrisa feliz.

Al salir del cine, Rich conducía distraído; encontrarse con Charly Cara Perro le recordaba invariablemente una infancia que él quisiera olvidar.

Su madre quería que fuera actor, como ella. Decía que era guapo, inteligente, seductor…, que su hijo lo tenía todo para triunfar. Y él estaba convencido de ello.

Lo hizo asistir a clases de interpretación y estaba muy ilusionada con la prueba para el papel de Michael en la nueva película de Maxwell. Ensayaron el texto cien veces y él se lo sabía a la perfección.

Ella lo acompañó al estudio y después de una larga espera hicieron que Rich pasara, solo, a un hangar donde montaban decorados. Un par de hombres sentados en unas sillas lo esperaban. Reconoció a uno de ellos. Lo había visto por casa últimamente y lo saludó.

—Buenos días, señor Maxwell.

—Hola, Rich —respondió este—. A ver cómo lo haces. Empieza.

—¿Me dan el pie?

—No hace falta, empieza por donde quieras.

Rich comenzó su acto, aunque pronto advirtió que los hombres no prestaban atención. Eso lo inquietaba, pero hizo un esfuerzo para calmarse y continuó con su papel tal como lo había ensayado.

Maxwell le contaba algo al otro hombre, cuchicheando, y con sus manos mostraba unos pechos grandes; el segundo empezó a reírse.

El chico estaba desconcertado, pero se forzó a seguir. No le atendían y empezaba a sospechar que bromeaban sobre su madre. Eso hizo que se le subiera la sangre a la cabeza, se sentía mal, muy mal.

—… Y este pequeño hijoputa… —pudo entender que Maxwell decía por lo bajo al segundo hombre lanzándole una mirada a él.

Aquel tipo se fue, sin despedirse, antes de que él terminara y el otro se lo quedó mirando con agresividad.

—Ya basta —dijo después de unos minutos, y con una mueca desagradable añadió—: Puedes irte, ya te avisaremos. —Le señalaba la salida—. Pequeño bastardo…

Lo último fue dicho entre dientes, en voz baja, pero Rich lo oyó con toda claridad.

Jamás antes se había sentido tan humillado, tan confundido; notaba lágrimas en los ojos y tuvo que apoyarse en uno de los decorados durante unos minutos para intentar calmarse; no quería que su madre lo viera en aquel estado.

La noticia de que le habían dado el papel a otro, un muchacho que ya había trabajado en un par de películas, disgustó muchísimo a su madre, pero no fue ninguna sorpresa para él.

Sospechaba desde el mismo momento en que hizo la prueba que la decisión ya estaba tomada y que Maxwell montó aquel engaño para librarse de la continua insistencia de su madre.

Aquel hombre se había aprovechado de ella, después se había burlado de ambos y lo había humillado a él de forma indecente.

Aquella experiencia cambió su vida. Rich se dijo que no permitiría que nadie más lo ofendiera así, que no iba a seguir intentando convertirse en actor, pero que llegaría muy alto, al precio que fuera, hasta situarse por encima de todos los Maxwell de este mundo; sabrían quién era él.

Sería un águila, alas de poder, pico hambriento, que volaría por encima de cualquier otro cazador o carroñero, dispuesta a destruir a quien quisiera limitar su vuelo.

—¿Cómo te fue la prueba? —le preguntó Charly al salir de la última clase de la mañana.

A Rich se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se contuvo. Había pasado una mala noche; no lograba conciliar el sueño y cuando pudo dormir tuvo pesadillas.

—¿Qué te pasa? —insistió Charly, extrañado al verlo silencioso y con esa expresión amargada.

Rich se había prometido que no contaría la humillación sufrida a nadie, que el secreto moriría con él, pero su personalidad extrovertida no lo dejaba mantener tal propósito y, agarrando a su amigo del brazo, lo llevó a un rincón donde nadie pudiera oírlos.

Y allí se lo contó todo.

A simple vista aquellos muchachos no tenían nada en común. Rich no solo era inteligente y buen estudiante, sino que se lo consideraba el chico más popular de la clase y sus compañeras coincidían en que era guapísimo.

En cambio, a Charly lo llamaban Cara Perro por el aspecto canino de sus dientes que se acentuaba al sonreír.

Era un joven agresivo y siempre dispuesto a pelear.

Todos decían que pertenecía a una banda de adolescentes que operaba en la zona de Hollywood; presumía de robar coches y llevaba una navaja escondida.

Pero había un par de coincidencias que configuraban una extraña camaradería entre ambos: los dos vivían en la zona más pobre de Hollywood solos con la madre.

El padre de Rich se fue de casa el día en que comprendió que nunca llegaría a ser un actor importante y lo último que sabía de él era que se había vuelto a casar y que regentaba un negocio relacionado con deportes náuticos en Seattle.

El amor de aquel hombre por su madre había desaparecido incluso antes de que sus sueños de triunfo murieran.

La pareja se conoció en el Actor’s School de Pasadena, vivieron un tórrido romance, pero al fin solo les quedaba un hijo en común.

Y eso no era suficiente. La madre había logrado interpretar algún papel secundario de cierta envergadura diez años antes, pero ahora solo de vez en cuando conseguía un trabajito de actuación sin importancia.

Vivía de maquillar a actrices que sí habían triunfado y de la esperanza de que Rich, que lo tenía todo para el éxito, llegara a ser un gran actor.

Rich conocía la sordidez de querer triunfar en Hollywood y no conseguirlo; veía en su madre el peaje que ella pagaba por mantener esperanza en su carrera y no se le escapaba que había estado rondando a Maxwell, ofreciéndole lo que él quisiera a cambio de un papel para su hijo.

Por eso el insulto y la burla de aquel hombre le dolían mucho más.

Charly Cara Perro tampoco recordaba a su padre.

Ni siquiera sabía quién era; un actor, decía su madre.

Ella también se identificaba como actriz, y quizá lo hubiera sido alguna vez, pero Charly sabía que era, lisa y llanamente, una prostituta.

Ya de pequeño se acostumbró a pasar las noches solo y a que aparecieran hombres en casa que por pagar se creían con derecho a cualquier cosa.

Pero el único derecho que tenían era por lo que pagaban por adelantado. Solo por eso.

Su cara mostraba cicatrices, recuerdo de golpes recibidos y olvidados. Se había ganado multitud de palizas de tipos borrachos o de proxenetas a los que su madre llamaba novios y que intentaban mandar en casa y en ella.

De pequeño se escondía por puro instinto de supervivencia, pero al crecer dejó de hacerlo.

Mostraba sus dientes al sonreír y atacaba.

Y cuando lo hacía era un perro de presa; todo el odio, todo el resentimiento acumulado durante años salía, y sin importarle su propio daño no cejaba hasta que sus rivales, tipos duros, hombres hechos y derechos, se batían en retirada.

No tenía nada que perder y esa rabia, esa locura homicida, pero a la vez fría y serena, lo hacían temible.

Cuando Rich le contó la humillación sufrida y cómo los favores que su madre hizo a Maxwell le fueron devueltos en forma de insultos, la expresión en la faz de Charly cambió, y al esfumarse la sonrisa de perro, Rich vio en aquel rostro un odio intenso.

—Dame una foto de ese tipo y dime dónde puedo encontrarlo —murmuró mientras le lastimaba el brazo al apretárselo con furia.

Charly Cara Perro aceptaba que pudieran llamarlo hijo de puta, eso es lo que era, pero no consentía la falta de respeto, la burla.

No fue difícil encontrar la foto de Maxwell; aparecía de vez en cuando en las revistas de Hollywood que su madre compraba.

Charly dejó de asistir a la escuela y al reaparecer lo atrajo a un rincón tranquilo.