Medianoche #18
Carmen empezó a conducir con lentitud, sin rumbo fijo.
—Te invito a tomar algo y me cuentas lo ocurrido.
—No, Carmen. Conduce, o para el coche en algún sitio. No quiero ir a ningún lugar público.
Estacionó el coche al lado del muelle. Podían ver las arboladuras recortándose entre un cielo estrellado y las luces de los edificios del puerto.
Ella puso los seguros y se quedaron en silencio mirando la oscuridad, el suave vaivén de los mástiles y las luces, unas fijas, otras móviles, según los coches cruzaban a su espalda. Finalmente él habló:
—Ya sabes que últimamente Muriel estaba extraña. Desaparecía alegando que iba a ver a sus padres y yo sospechaba que quizá hubiera otro hombre.
—Sí. Y me pediste que te dijera si sabía algo. Y yo no sabía nada.
—Exacto. La notaba rara, hasta que recibí esta semana un correo electrónico suyo.
Me invitaba a una cita secreta, donde me daría una sorpresa, pero con la condición de mantener la confidencialidad a toda costa.
Ningún comentario a nadie, bajo ningún concepto podía responder al mensaje; tenía que borrarlo una vez leído.
Ni siquiera me estaba permitido pedirle cualquier aclaración a ella sobre nuestra cita; como si no existiera.
Era un juego como a los que a veces jugábamos antes, y yo me sentía muy feliz.
Las cosas mejoraban. —Jeff hablaba como para sí mismo, mecánicamente, con la mirada extraviada en el cielo.
Ni siquiera cuando calló para ordenar sus ideas, sus ojos buscaron los de su amiga—.
Así, cuando Muriel me dijo que este sábado no salíamos, que tenía mucho trabajo en la oficina en su nuevo puesto, yo sonreí, le dije que lo entendía y me pareció ver una mirada cómplice en ella. Me preguntaba qué estaba tramando.
»Esta tarde, siguiendo sus instrucciones, he ido a vuestro apartamento a la hora acordada y, después de subir, he encontrado la llave en el lugar indicado.
Esperaba algún tipo de broma en cualquier momento, ya entrando en el apartamento, o después en su dormitorio.
Incluso al verla en la cama con otro, estúpido de mí, aún esperaba que fuera alguna bufonada de mal gusto, pero no real. No aquello. No de verdad.
»Al ver su expresión y la de Rich, al fin lo comprendí. ¡Dios mío, quería morirme! No había broma, no era un chiste, no tenía gracia; era real. —Jeff estalló en un sollozo.
Carmen le cogió una mano y le pasó un brazo por el hombro, atrayéndolo hacia sí, y así estuvieron unos minutos, él en su desesperación y ella acariciándolo.
—Lo siento, Jeff —dijo cuando él ya empezaba a calmarse—. Siento mucho tu dolor y me alegro de poder estar contigo en este momento para tratar de consolarte.
Él se acurrucó contra su amiga sin decir nada. Y así pasaron un rato dándose calor el uno al otro.
—Debes reponerte, Jeff. No dejes que eso te hunda, debes volver a ser quien eres: un tipo brillante, alegre, feliz.
—No sé si podré. Es como si todo se hubiera derrumbado.
—Claro que podrás. Ya ves, yo he roto con Albert. Sí, es triste, pero la vida es así; la gente no encaja, no está hecha para el otro, o simplemente el tiempo en que coinciden no es el adecuado. Pero la vida sigue y al poco todo vuelve a su sitio y también regresa la felicidad.
—¿Tú crees que lo hizo a propósito?
—¿El qué?
—Citarme para que la viera con su amante. Para que rompiéramos.
—No lo creo. Podría haber escogido mil formas menos traumáticas de decirte que lo vuestro había terminado.
—Sí, es una tontería. Parecían sorprendidos. Pero si ella no envió el mensaje, ¿quién lo hizo?
—No lo sé, Jeff. Muriel me pidió que le dejara el apartamento esta tarde, yo creía que os veríais los dos. Y como ya no salgo con Albert, pasaba el rato en un café. Por eso pude venir a recogerte tan pronto. ¿Dejaste el coche en el aparcamiento?
—Sí.
—¿Qué harás ahora?
—No sé, Carmen. Imagino que lo mío con Muriel se terminó.
—¿Cómo que imaginas? ¿Volverías con ella si te lo pidiera? —La voz de Carmen sonaba escandalizada.
—No sé. Creo que aún la quiero, pero después de lo que ha pasado, pienso que es imposible recomponer lo nuestro.
Sacudió la cabeza con desesperación y apoyando los codos en sus rodillas se tapó la cara con las manos. Carmen lo estuvo observando en silencio durante unos minutos, preguntándose qué hacer. Era su gran oportunidad, pero ¿no sería prematuro insinuarse?
Deseaba abrazarlo de nuevo, besarlo. Pero tenía que ir con cuidado. Jeff necesitaba una amiga en este momento; no estaría preparado para una amante. ¿Cómo andar ese camino?
Empezó a acariciarle la nuca con suavidad y después de depositar un beso en su mejilla le dijo:
—Jeff.
—¿Sí? —Él se había incorporado y la miraba en la oscuridad.
—Somos amigos, lo hemos sido durante mucho tiempo. No te dejaré solo. —Le tomó la mano y la retuvo entre las suyas con ternura—. Cuidaré de ti.
Él puso su otra mano en las de ella, devolviéndole la caricia.
—Gracias, Carmen. —Dejó escapar un suspiro—. Gracias por ayudarme.
—No quiero que te quedes solo con tu angustia. Mañana iré a recogerte a tu casa.