Medianoche #17
En aquel momento el hombre se giró y Jeff se quedó helado al verle la cara.
¡Era Rich Reynolds! Jamás hubiera creído que Reynolds participara en una fiesta sorpresa de ese tipo.
Hubiera esperado que cualquiera de sus amigos formara parte de la broma, pero no él.
Y su expresión… su expresión era de un realismo en exceso logrado.
Parecía muy sorprendido, demasiado sorprendido.
Jeff agarró el extremo de la colcha con fuerza.
Vio que su novia la sujetaba del otro lado y cómo Rich, al darse cuenta de la situación, se unía a Muriel en el empeño de continuar cubiertos.
Ahora era cuando en las comedias de televisión sonaban las risas de lata.
Sí, daba mucha risa ver al gran jefe sujetando la colcha junto a su novia.
Aún se sentía protagonista de una comedia barata filmada por una cámara oculta.
Entonces Jeff dio un tirón con tanta rabia y fuerza que casi los arrastró.
Pudo ver lo suficiente para advertir que estaban desnudos.
Y comprendió que nadie vendría riendo por detrás a darle palmaditas en la espalda, que aquello no era una fiesta, que la felicidad se había acabado, que Santa Claus no era mágico, que el sueño se había convertido en pesadilla, y la comedia en drama.
La realidad iba a doler mucho y ya empezaba a desgarrársele algo por dentro.
Cuando soltó el edredón y se llevó las manos a la cabeza como para ayudarse a entender aquello, los otros buscaron ocultar sus cuerpos en la ropa, pero cada uno en extremos opuestos, evitando tocarse.
—¿Por qué, Muriel? ¿Por qué? —Se dio cuenta de que era estúpido hacer una pregunta que no tendría respuesta.
Su dolor derivó en odio y tomó con ambas manos la lamparilla de noche del lado de Muriel.
La base de la lámpara era un jarrón de porcelana de tono bermellón y al tirar de él encontró la resistencia del cordón eléctrico.
En un segundo tirón lo arrancó elevando, amenazante, la lámpara, ya ciega, por encima de su cabeza.
Solo la otra luz iluminaba la escena. Muriel se cubrió por entero con la colcha, adoptando una posición fetal, como si eso pudiera protegerla del golpe.
Rich había saltado ya por el otro extremo de la cama, tapándose el pubis con uno de los almohadones.
—Jeff, muchacho, tranquilízate —le dijo mientras tendía una mano hacia delante como para suplicar o protegerse—. No hagas nada de lo que luego puedas arrepentirte. Lo siento mucho, de verdad. Pero estas cosas pasan a veces. Lo siento. Anda, cálmate.
Quizá fuera la postura sumisa y desamparada de Muriel, o tal vez la voz de Rich, lo que hizo que se centrara en él y se le aproximó blandiendo su arma.
—Por favor, Jeff. Cálmate, hombre. Lo siento, lo siento mucho. —Era una voz suplicante—. Déjalo ya. Déjame y me voy de inmediato. No ganas nada atacándome. Por favor.
La rabia de Jeff empezó a enfriarse. Aquel hombre implorante, aquel viejo, no era un rival.
Era una equivocación, aquello no estaba ocurriendo; no lo entendía, no quería creérselo.
Al bajar la lámpara y dar un paso atrás notó de reojo el movimiento de su propia imagen en el espejo de la cómoda.
Y se giró para mirarse. Allí estaba él, en la penumbra, de espaldas a la luz, los ojos a punto de romper en lágrimas.
Sintió una gran compasión por el infeliz del otro lado. ¿Qué sería ahora de él?
—¡Payaso, estúpido! —se espetó en un murmullo, antes de estrellar la lámpara con todas sus fuerzas contra su propia imagen.
Al huir de la habitación vio el bulto que formaba Muriel en el edredón; no se detuvo.
Tampoco lo hizo en el salón, ni al abrir la puerta, ni al salir dando un portazo.
Pero entonces, ya en el pasillo, tuvo que apoyarse contra una pared y unas lágrimas desbordadas, aunque misericordes, mojaron el elegante estucado.
Carmen consultó su reloj. La tarde del sábado transcurría lenta y melancólica mientras ella apuraba su segundo café.
La soledad hacía que sus dotes de observación se agudizaran, y ella jugaba a adivinar qué se ocultaba detrás de las expresiones de enfado de la pareja que discutía dos mesas más allá.
Ella tenía pelo rojo de temperamento encendido, y él, cabello oscuro engominado.
No llegaría la sangre al río, decidió; era una suave pelea de enamorados, un poco de pimienta para aderezar el amor.
A través del amplio ventanal veía los coches del aparcamiento y las luces de los que recorrían la avenida.
Aquel era un lugar especializado en cafés, y también —tentación— en sabrosos pasteles.
Carmen quería limitarse a un solo trozo, pero la sensación de desamparo y su profunda inquietud requerían otro relajante pedazo de pastel de almendras.
Sin embargo, tenía tiempo, quizá tuviera demasiado tiempo, hasta la hora de regresar a casa y esperaría antes de pedir nada más.
Su atención se dirigió a una pareja madura que tomaba su café en silencio.
Tenían la mirada perdida de quien ha agotado hace años los temas de conversación.
Como con Albert antes. Ella estaba acostumbrada a la protectora monotonía, a saber que tenía con quien salir.
Pero, aunque doliera, no se arrepentía de su soledad, al menos hasta ese momento.
Sin embargo, no se fiaba de su bienestar momentáneo; sabía que la soledad a veces apetecía, ofreciendo ese sabor íntimo, sabroso, dulzón, pero que podía tornarse insoportable, enloquecedora.
Fue entonces cuando su móvil sonó. Carmen dio un respingo y empezó a buscarlo, nerviosa; estaba muy cerca, justo en la parte de arriba de su bolso.
—¿Diga?
—Carmen.
La voz sonaba ahogada.
—¡Jeff!
—Carmen, por favor, ¿puedes recogerme?
—Sí. ¿Qué te ocurre? ¿A qué viene esa voz?
—Ya te contaré, pero te necesito, ¿puedes venir?
—Sí, ¿dónde estás? ¿En tu casa?
—No. En la puerta de entrada de la tuya.
—¿Qué ha pasado? ¿Has discutido con Muriel?
—Ven, por favor.
Carmen salió a toda prisa del café. Estaba solo a cinco minutos en coche de donde Jeff la esperaba, y al llegar lo vio, apoyado contra la pared, abatido.
—¿Qué pasa, Jeff? —inquirió justo cuando el muchacho subía al vehículo. Entonces pudo ver sus ojos enrojecidos, aún acuosos.
—He encontrado a Muriel en la cama con un hombre. —Carmen no dijo nada, pero le lanzó una larga mirada—. Era Rich Reynolds. Estaba con el gran jefe, ya sabes, el que promociona a la gente. ¡Pero arranca de una puta vez! ¡Quiero irme lejos de aquí!