Medianoche #16
Caballero salió a la puerta para esperar allí su destino, erguido, luciendo su hábito dominico, con un crucifijo de madera en las manos. Notaba cómo le temblaban las piernas. El patio que formaban los edificios de la misión se veía desierto.
La campana continuaba tañendo y muchos de los indígenas de la misión habían huido. Otros se ocultaban creyendo que era mejor quedarse, ya que, teniendo familiares o amigos entre la indiada de Jatñíl, esperaban salvar la vida.
El griterío anunció la llegada de los vencedores y de pronto derribaron el portón de madera que protegía el patio y que estaba situado al otro extremo de la capilla.
Eran muchos. Al verlo a él, solo frente a la iglesia, detuvieron su paso y callaron, pero fue un silencio momentáneo; enseguida empezaron los gritos y al poco se tornaron en amenazas e insultos.
Jatñíl, que se destacaba de los demás por su gran estatura, lo miraba con fiereza y avanzó hacia él blandiendo la maza.
Los demás lo seguían para no perderse detalle.
El fraile rezaba, pero las palabras le brotaban automáticamente y sus manos temblaban.
Los curiosos iban llegando de todos lados.
Jatñíl estaba a menos de treinta metros y su rostro, inexpresivo por lo común, mostró una sonrisa cruel.
Aquello colmó de miedo a Caballero y al avanzar Jatñíl volteando la cachiporra por encima de su cabeza, el miedo se transformó en pánico. Y el fraile, aun con las piernas temblando, se puso a correr para salvar la vida. Todos en la plaza gritaron entusiasmados. ¡El espectáculo sería mucho mejor!
Entró en la iglesia, para salir de inmediato por la puerta de la sacristía.
Allí no había nadie. Corrió por los edificios, pegados unos a otros, hasta el de las mujeres solteras.
La casa estaba abierta durante el día, pero él la cerraba con llave por la noche para impedir que las chicas pecaran con los hombres.
Necesitaba ver a María, aunque fuera por última vez.
Nadie lo vio entrando; todos parecían haber huido.
Se sintió inmensamente feliz al ver que ella estaba allí, recibiéndolo con la sonrisa de siempre. Le esperaba.
—¡Padre! —dijo ella intentando tomarle la mano para besarla—. ¿Se encuentra usted bien? ¿No le hicieron nada?
—Jatñíl viene hacia acá. —Él sujetaba sus manos entre las suyas—. Quiere matarme.
—¡Dios mío! —exclamó ella, angustiada, mirando a su alrededor—. Aquí no hay donde esconderlo, apenas hay muebles. —Sus hermosos ojos se habían agrandado por el miedo.
—Intentaré llegar al monte sin que me vean.
—¿Al monte, padre? —Ella lo miraba con tristeza—. Jatñíl es nativo tipai y conoce el monte tan bien como usted conoce la palma de su mano. Lo cogerán de inmediato. Busque un escondrijo en la misión y así los indios amigos le podremos ayudar.
—Pero ¿dónde, María?
—¡Bajo mis faldas! —dijo ella de repente.
—¿Bajo tus faldas?
—Sí, fingiré que estoy tejiendo. —María se mostraba enérgica—. Y estaré sentada sobre su cabeza.
—Pero si me descubre también te matará a ti.
—No lo creo. Jatñíl es pariente mío y debe perdonarme. ¡Dese prisa, que llegan!
Cuando el indio, maza al hombro, abrió la puerta de un patadón, vio a su prima y después de recorrer la estancia con la vista, preguntó:
—¿Cómo te va, pariente?
María no supo qué contestar y estalló en llanto.
—Por favor, no me mates —suplicó.
—No tengas miedo —respondió el caudillo—. Al que ando buscando es al padre, porque bautiza a la fuerza a la gente de mi tribu, y luego tienen que trabajar en la misión como esclavos, tal como tú ahora. No sois libres, vivís como el ganado. Él lo pagará con su vida.
Después de pronunciar ese discurso que atribuían a Jatñíl, el hombre, maza al hombro y arco a la espalda, reanudó la búsqueda del dominico mientras las llamas quemaban ya la iglesia.
Jamás pudo encontrarlo.
Y así fue como el fraile Caballero pasó de dar su vida en martirio por la fe a ofrecer su cabeza como asiento para las jóvenes y redondeadas nalgas de María.
Agustín no podía creer que Caballero se hubiera ocultado bajo las faldas de María.
¡Era un infundio de aquel Rojo! ¡Una mentira!
Un tipo como Félix Caballero habría muerto como mártir.
Aún lo veía sujetando la cruz, con su hábito blanco y marrón, tendido en un charco de sangre, frente a su iglesia en llamas.
Además, como sirvienta en la misión, María no debía de vestir grandes faldas de vuelo y habría resultado obvio que ocultaba a alguien debajo. También era evidente que una indígena en el año 1840 no llevaba ropa interior y el contacto de ambos hubiera sido carne contra pelo. Inquietante.
Pero había algo más que le turbaba; la intimidad entre María y el fraile que el relato denunciaba. Parecía como si vivieran un intenso romance. ¡Pecado!
La imagen de aquella pasión ilícita acudía a su mente una y otra vez culpándose al sentir, al pensarlo, un placer muy distinto, pero incluso mayor que el que experimentaba al imaginar su propia muerte como mártir por la fe.
Y cuando en sus pensamientos figuraba el rostro de la María del relato, veía las facciones de Alba.
Estaba convencido de que Alba también habría arriesgado su vida por él si ambos hubieran vivido, como María y Félix, la destrucción de la misión de Guadalupe del Norte.
Le costaba reconocerlo, pero debía aceptar que, de nuevo, ese maldito brujo, Anselmo, tenía razón. Quizá él amara a Alba. Quizá Alba lo amara a él. Pero la virtud estaba en eso, en resistir la tentación. El diablo también tentó a Jesucristo, pero el Señor supo resistir.
Él resistiría. Cumpliría sus votos. Aunque doliera.
Ese brujo, Anselmo, lo estaba acosando como el diablo hizo con el Señor en el desierto: tentándolo con Alba.
Haciéndole recordar sus dudas, sus flaquezas, causándole el terrible sufrimiento de dudar de Dios, el dolor lacerante de cuando la gracia de la fe, que proclamó san Agustín, lo abandonaba.
«Conoce mis puntos débiles, sabe dónde herirme —se dijo Agustín—. Quizá sea él el verdadero diablo. El diablo de la duda, el diablo de la tentación».
A Jeff le divertía aquello. Hacía tiempo que no jugaba a la intriga con Muriel, y ese era un indicio de que las aguas regresaban a su cauce. El mensaje con que lo había citado no podía ser más misterioso.
Aparcó su coche en la zona de visitantes del complejo de apartamentos y cruzó el vestíbulo sin que los guardas de recepción le pidieran explicaciones. Ya era conocido en la casa.
Al tomar el ascensor sentía ese placer anticipado que le cosquilleaba en el estómago. ¿Qué travesura habría preparado Muriel?
Sí, la llave estaba allí escondida en la esquina y apareció con solo levantar el extremo de la moqueta.
Escuchó detrás de la puerta. No se oía nada y girando la llave en la cerradura fue abriendo la puerta con cuidado.
Podía pasar cualquier cosa. Desde una fiesta sorpresa a que le cayera un cubo de agua encima.
Con los músculos en tensión y una sonrisa en los labios, Jeff entró cauteloso, encontrándose la luz del gran salón, que albergaba comedor y cocina, apagada.
Las cortinas estaban descorridas y la luz nocturna de Marina del Rey iluminaba la estancia discretamente.
No, allí no parecía que hubiera nadie esperando para sorprenderlo.
A no ser que se escondieran en la parte de la terraza que él no podía ver.
O detrás de la barra de la cocina. No, si hubiera alguien en el apartamento, se ocultaría en los aseos o en los vestidores de las habitaciones.
Se detuvo para escuchar. El ruido era exterior: un tráfico distante, quizá una conversación lejana o el televisor de un vecino.
Entonces vio luz tras la puerta entornada de Muriel.
¡Su chica lo esperaba en la habitación! ¡Aquel podía ser un encuentro erótico de alta intensidad!
¿Estaría vestida? ¿O no? Pero Jeff no descartaba que aparecieran todos cuando él pretendiera meterse en la cama con ella.
Se sentía protagonista, y como si una cámara oculta fuera retransmitiendo en directo todos sus movimientos a un público escondido que reía a intervalos, como en las telecomedias.
No se fiaba de la diabólica mente de Muriel cuando ambos competían en embromar al otro.
La puerta abría hacia él y no hizo ningún ruido.
Jeff entró con cautela; a la derecha estaba el dormitorio y a la izquierda el vestidor y el baño, donde quizá aguardaran escondidos los invitados.
Antes de mirar hacia la cama, se fijó en ambas puertas; estaban cerradas.
Y al observar el dormitorio se sobresaltó; ¡las lámparas de las mesillas de noche iluminaban a una pareja en la cama!
«¡Diablos! ¡Esta sí que es buena! —se dijo, mientras constataba que ambos estaban cubiertos con ropa de cama y que la melena negra de la chica era idéntica a la de Muriel—.
Esperan que monte el espectáculo del marido sorprendiendo a su mujer en la cama con otro.
Entonces saldrán todos a reírse de mi cara».
Esta vez Muriel había hecho un derroche de malicia e imaginación.
La broma empezaba a ser pesada. Sí, los demás se iban a reír mucho, y a él no le quedaría más remedio que celebrar la gracia, aunque aquello no tenía nada de gracioso.
Esperaba que ambos estuvieran muy vestidos debajo del edredón y avanzó para tirar de la colcha.
Al acercarse reparó en la ropa esparcida por el suelo, ropa de calle, interior femenina y masculina; los muy cabrones no habían descuidado detalle de realismo. Entonces fue cuando Muriel, dándose la vuelta, exclamó al verlo:
—¡Jeff!
Abría los ojos y la boca como muy sorprendida.
—Y ahora con actuaciones —se dijo Jeff esperando oír de un instante a otro las risas a sus espaldas—. Ja, ja —hizo como si riera y tomó un extremo de la colcha para tirar de ella.