Medianoche #15
Todo era demasiado limpio, aséptico y de diseño en aquella parte de la ciudad.
Allí era donde se erguían los enormes edificios modernos de las grandes corporaciones.
Muchos adoraban esa arquitectura lineal y metálica que desafiaba al cielo.
Él no. Él amaba Broadway en su cruce con la Cuarta y la Séptima, donde los edificios eran de piedra, ladrillo y estuco.
Viejos y desconchados, pero con alma de haber vivido mucho, de haber visto infinidad de vidas pasar entre sus muros.
Cada individuo, cada existencia, deja su rastro en las cosas.
La fuerza creativa estaba allí, entre la suciedad de la calle donde la gente se movía como hormigas hablando español con distintos acentos.
Las tiendas en edificios bajos, los pequeños restaurantes atestados, la música latina sonando; rancheras, cumbias, merengue…
Aquello inspiraba a Jeff. Allí sentía las vibraciones de lo bastardo, de la creatividad en crecimiento.
Hacia aquel lugar escapaba él a veces a la hora del almuerzo a recuperar su inspiración, agotada entre cuatro paredes y líneas rectas, mientras comía unos tacos o una hamburguesa.
Muriel estaba extraña y distante últimamente. En especial, después del éxito logrado con Friendlydog, ya no tenía tiempo para él, como si ya no lo quisiera, como si su presencia molestara en ocasiones. Eso le había preocupado mucho, e incluso llegó a plantearse que lo suyo con Muriel se moría.
Pero en los últimos días la notaba más amable y cariñosa.
Parecía que la relación se normalizaba, más aún después de esa cita misteriosa que ella le había dado para el sábado.
¡Estaba impaciente porque llegara el momento!
Volvía la Muriel juguetona y divertida que él amaba.
Reconstruirían su amor, y él le pediría que asignara a su relación el tiempo que él precisaba.
Estaba cansado de ser siempre el tercero, siempre detrás del trabajo y de la familia de ella. Lo arreglarían, todo sería como antes.
Jeff, paseando contento por la calle, hinchó sus pulmones de aire, como si quisiera llenarlos de la luminosidad del día, y de nuevo se sintió feliz. Muy feliz.
Ya la primera vez, muchos años atrás, que oyó el relato se sintió inquieto. Pero últimamente, desde la visita de Anselmo acusándolo, aquella historia, la del fraile Caballero, se había convertido en obsesión. El pensamiento lo asaltaba en sus rezos, cuando comía, al dormir.
A veces llegaba en forma de pesadilla: la campana de su iglesia repicaba llamando al arma a los fieles. Pero nadie acudía y él estaba solo en el templo, vestido con un hábito dominico, rezando arrodillado frente al altar. Y entonces entraba Jatñíl y, al oírlo, Agustín se volvía hacia él.
El caudillo indio, con el arco colgado a la espalda, blandía ya su clava de dura madera de mezquite. Agustín sabía que iba a matarlo. Era la hora del martirio.
Los dos hombres quedaban frente a frente mirándose a los ojos y, sin pronunciar palabra, Jatñíl elevaba su maza de guerra para romperle el cráneo.
Él también alzaba su mano, para perdonar a su verdugo: «Yo te bendigo, en el nombre del Padre, del Hijo…
». Y justo antes de que el primer golpe le partiera la frente, Agustín veía en las pupilas de su asesino la mirada de Anselmo.
Aquellas imágenes eran recurrentes, y a pesar de lo terribles que parecían, Agustín obtenía placer en ellas. ¡La muerte en martirio por la fe! La máxima aspiración de un misionero. ¡Dar esta vida terrena por salvar almas indígenas para el cielo! Por amor a Dios, Nuestro Señor.
Pero no era eso lo que un tal Clemente Rojo, un oscuro individuo que tuvo cargos políticos en Baja, había escrito hacía más de cien años sobre la destrucción de la misión de Guadalupe, ubicada en el cercano valle del mismo nombre.
Agustín había repasado una y otra vez aquellos textos, escritos cuarenta años después de que la misión fuera pasto de las llamas, y basados en relatos que el autor atribuía a los indígenas, pero que sin duda estaban destinados a desacreditar el sistema misional y justificar la decisión del Gobierno mexicano de entonces de secularizar las misiones.
Incluso había ido al valle de Guadalupe en busca de los restos de la misión y localizó la pequeña meseta que se elevaba a seis metros por encima del valle. Había una descripción de las ruinas datada en 1935 del investigador norteamericano Peveril Meigs, pero él no pudo encontrar nada.
Agustín reconstruía los hechos, disgustado, y sin poder evitarlo se ponía en la piel de aquel último misionero. Su nombre era Félix Caballero.
La guerra había empezado diez años antes del trágico fin de la misión de Nuestra Señora de Guadalupe del Norte.
Esta fue la última de las misiones establecidas en Baja California, cuando México ya era independiente y las misiones habían sido secularizadas.
Por aquel entonces muchas estaban ya abandonadas.
Pero el fraile Félix Caballero logró fundar la suya en junio de 1834, en plena guerra, sin protección armada del Gobierno y en contra de los designios de este.
Su fe, su valor y su rebeldía hacían que Agustín lo admirara con pasión.
Uno de los hechos que le sorprendía de aquella historia era que el líder de la revuelta que terminó con Guadalupe fue el capitán Jatñíl, un jefe indígena tipai de la región de Nejí que había colaborado con los frailes trabajando voluntariamente en las misiones, y luego dándoles protección, en ausencia de ayuda del Gobierno, combatiendo a las tribus rebeldes.
Desde 1830 hasta 1840, Jatñíl y Ñicuarr, otro importante cacique indígena de San Antonio Necua, a pesar de sus rivalidades, lideraron grupos guerreros para defender en repetidas ocasiones a los misioneros, frente a indígenas hostiles.
Eran tiempos de frecuentes hambrunas a causa de la prolongada sequía que había castigado Baja desde 1750 y las gentes se desesperaban.
Jatñíl peleó contra una tropa de más de mil indígenas paipais y cucapás, y salvó a la misión de San Vicente de ser arrasada. También defendió a las misiones de San Diego y Santa Catalina de los asaltos de los grupos de los rebeldes indígenas Pedro Pablo y Martín Cartucho.
Pero inesperadamente, en 1840, Jatñíl lideró una revuelta de kiliwas, paipais, kumiais y cucapás contra la misión de Guadalupe del Norte. Ñicuarr, que continuaba leal a la misión, la defendió con sus hombres, pero finalmente fue derrotado.
Agustín creía que la destrucción de la misión había sido un episodio más de la lucha por el poder local.
Ante la ausencia de autoridad por parte del Gobierno central, los dos caudillos indígenas se enzarzaron en una guerra por el dominio del territorio, y la misión, situada entre ambos, pagó por ello.
La historia que el tal Rojo contaba —decía que Jatñíl destruyó Guadalupe del Norte por el maltrato recibido por los misioneros al bautizarlo a la fuerza— le resultaba inverosímil a Agustín.
¿A qué misionero se le ocurriría azotar o presionar al caudillo indígena que lo defendía?
No tenía ningún sentido. Además, los alcaldes o capitanes indígenas que los misioneros nombraban coincidían con los líderes naturales indios y eran respetados por los propios sacerdotes.
Agustín imaginaba al fraile arrodillado frente al altar de la pequeña iglesia de adobe de Nuestra Señora de Guadalupe, y su diálogo interno mientras la campana tocaba a rebato.
La noticia de que la indiada de Ñicuarr había sido derrotada por la tropa de Jatñíl acababa de llegar y el fértil valle de Guadalupe, entonces menos generoso a causa de la ininterrumpida sequía, se llenaba de nativos armados que avanzaban hacia el altiplano donde se encontraba la misión.
«Señor, hacedme digno. Dadme valor para afrontar el martirio», rezaba el fraile. Todos sabían que Jatñíl había hecho promesa de matarlo.
Aquella era su hora. Le habían enseñado a desear el martirio.
Él no lo buscaba, pero no estaba dispuesto a huir; aquella misión era la obra de su vida.
En el seminario aprendió que el martirio por la fe, como el de los primeros cristianos en el circo de Roma, era la muerte más deseable, camino directo al cielo, a la santidad.
Todos sus pecados quedarían perdonados y él sabía que tenía varios por expiar.
Y aquel era el momento. Pero la paz de espíritu que la proximidad del cielo debía proporcionarle no llegaba. Tenía miedo.
En los últimos tiempos, desde que Ñicuarr, el jefe indígena defensor de la misión, empezó a sufrir derrotas, el fraile se imaginaba con frecuencia como san Sebastián en las estampas religiosas: asaeteado a causa de su fe.
Pero seguramente Jatñíl no malgastaría flechas; le partiría el cráneo con su clava de madera de mezquite.
Jatñíl decía que él bautizaba a los indígenas a la fuerza.
¿Y qué? Casi todos los bautizos de adultos eran voluntarios y solo a los muy reticentes se los forzaba, y lo hacía para salvarles el alma.
También lo acusaban de maltratarlos. Pero es que algunos, sin azotes, no trabajaban.
Jatñíl y su tropa se habían aprovechado durante diez años de los suministros obtenidos de las misiones.
¿Y ahora azotar perezosos se había convertido en crimen?
De eso, de luchar por la subsistencia de la misión, de salvar almas para Dios. De eso lo acusaba Jatñíl.
Pero él, el fraile Caballero, a pesar del miedo que lo atenazaba, daría ejemplo a todos los indígenas con su martirio.
¿Pero dónde esperar la muerte? ¿Rezando en el altar?
No, mejor a la puerta de la iglesia, protegiéndola con su vida, a la vista de todos.
Para que los nativos que presenciaran su sacrificio pudieran relatarlo a sus hijos y a sus nietos.