Medianoche #8
Cuando le conoció, Coyote era poco más que un cachorro, y él un niño. Ahora era un animal muy viejo, casi sin dientes. Solo podía comer carroña e insectos. Claro que lo más probable fuera que no necesitara comer porque ya estaba muerto; por eso, en sus sueños siempre venía del sur y allí regresaba.
—Los demás te consideraron diferente desde que naciste. Pero tú no has hecho mucho por acercarte a ellos.
—He buscado el saber. Esa ha sido mi falta.
—Sí, el conocimiento te ha cambiado, te ha hecho distinto de los tuyos. Pero no estás solo porque sepas más. —El animal parecía sonreír y la lengua le colgaba por un lado de la boca—. Es porque no quieres enseñar lo que sabes.
—¡Déjame en paz!
Y Anselmo hizo el gesto de buscar una piedra para ahuyentar al coyote.
Jeff quedó con el rotulador suspendido sobre el panel en el que diseñaba una valla publicitaria.
Su mirada buscaba la luz, pero se encontró con la ventana que solo mostraba más ventanas, las de la mole de cemento y cristal que se erguía al otro lado de la calle.
—¡Maldita sea! —explotó, trazando frenéticos rayones encima del dibujo, como pretendiendo rasgar el papel.
Después lanzó el rotulador contra el vidrio de la estúpida ventana que le dejaba ver otras ventanas, que escondían otros estúpidos como él mismo.
—¡Mierda! ¡Mierda! —gritaba golpeando el dibujo con la base del puño—. ¡Esto es una mierda!
—Pero ¿qué pasa? —Sara acudió asombrada. No eran infrecuentes tales derrames emocionales en Jeff, y cuando ocurrían eran todo un espectáculo—. Pero ¿qué has hecho? ¿Por qué te has cargado el diseño? ¡Estaba muy bien!
—¡Esto es una mierda! —dijo escondiendo la cabeza entre los brazos, encima del tablero.
—¿Qué tienes? —Sara apoyó la mano en el hombro de él para consolarlo—. ¡Pero si la creatividad de esa campaña nos está saliendo fenomenal! ¿Qué te pasa?
Jeff mantuvo su pose desesperada por unos momentos, sin responder. Luego, al incorporarse, Sara pudo ver sus ojos azules húmedos.
—Nada, Sara. Nada, pero algo va mal.
—¿Cómo que mal? ¡Todo está saliendo de maravilla! Pero si incluso, para variar, resulta que vamos adelantados con respecto al programa de trabajo.
—Algo no funciona —repuso Jeff, ahora en voz baja. Se levantó y de camino a la puerta se puso la chaqueta.
Sara lo vio salir preocupada, aunque no sin cierta decepción. El show del Jeff desesperado había sido extremadamente corto y no alcanzó el nivel de espectáculo del que el chico era capaz.
Carmen estaba reunida con su asistente cuando Jeff cruzó la puerta de su despacho.
—Tengo que hablar contigo —dijo sin saludar.
—Buenos días, Jeff —repuso Carmen en tono educado.
—Buenos días. Tengo que hablar contigo.
—¿He de cancelar mi reunión o puedes esperar unos minutos?
—Es urgente.
—Perdona, Tania —dijo Carmen dirigiéndose a su asistente con una sonrisa—. Parece que tenemos una urgencia creativa.
—No importa —repuso Tania recogiendo sus papeles.
—¿Y bien? —preguntó Carmen, secretamente complacida, una vez su asistente hubo salido—. ¿En qué te puedo ayudar?
—Salgamos fuera del edificio.
—¿Qué?
—¡Que no aguanto más aquí! Te invito a un café fuera.
—¿Qué está pasando con Muriel?
Jeff calentaba sus manos sujetando el tazón de café.
—No sé qué pasa con ella. Dímelo tú —repuso Carmen, cautelosa.
—Últimamente va a ver a sus padres con demasiada frecuencia.
—Tú sabes que lo están pasando muy mal, en especial el padre.
—Sí, lo sé. Pero no me invita a ir con ella, y cuando telefoneo resulta que ha salido a dar un paseo y no se puede poner.
—¿Y bien?
—Creo que algunas veces no va allí.
—¿Y adónde va?
—No lo sé. Pero algún motivo debe tener cuando me lo oculta.
—¿Y cómo sabes que no está con sus padres?
—Ayer dijo que iba; conduje mi coche varias veces por delante de la casa, y el suyo no estaba.
—Podía estar en el garaje.
—Muriel nunca aparca en el garaje de sus padres. Hay mucho espacio en la calle y siempre lo deja allí.
—A lo mejor estacionó en otro lugar y su padre fue a recogerla.
—No había pensado en eso, pero no es lógico. No lo creo.
—Pero es posible.
Jeff se quedó pensativo siguiendo con la vista a un par de muchachas que entraban a la cafetería. Después sus ojos buscaron los de Carmen, y dijo:
—Quiero una respuesta sincera. Aunque me duela. ¿Está saliendo Muriel con otro?
Carmen esperaba la pregunta y tenía lista la réplica, pero aun así se sintió turbada.
No podía decirle que sus sospechas eran correctas.
Le prometió a Muriel guardar su secreto; ambas habían sido inseparables desde que se conocieron en la universidad, y en este momento era su única amiga íntima.
No podía traicionarla así. Ojalá Jeff se diera cuenta por sí mismo, los viera juntos, despertara de una maldita vez. Pero ella no se lo diría.
Esperaba que, de romperse la pareja, pudiera tenerle, pero no creía que su relación con el muchacho fuera posible si se convertía en la culpable de la ruptura.
El estigma de la traición los perseguiría para siempre.
Deseaba conservar a su amiga y conocía a Jeff.
De decírselo ahora, en unos minutos estaría montándole una escena a Muriel en la propia agencia; no iba a tener reparos en escupirle al rostro que Carmen se lo dijo.
¿Cómo podría, entonces, mirar de nuevo a su amiga a la cara?
Su situación laboral pagaría también las consecuencias de esa indiscreción; se iba a buscar enemigos y quizá perdería su empleo.
Y ¿qué diría Muriel? No le iba a quedar otra opción que negarlo. No solo por no perder a Jeff, sino por no perjudicar a Rich. ¡Vaya un escándalo! Al final Jeff las enfrentaría a las dos, y en un careo frente a frente, Muriel ganaba con toda seguridad. Y Carmen se moriría de vergüenza.
No, aunque odiaba la situación, aunque también le prometió a Jeff decirle si Muriel le engañaba, aunque sufría viendo al chico desesperado, aunque deseaba a Jeff para ella, solo tenía una respuesta:
—No sé nada, Jeff. —Y se quedó mirándole a los ojos, maldiciéndose a sí misma y deseando parecer convincente.
—¿Seguro, Carmen? ¿No estarás protegiéndola?
—No sé nada, Jeff.
El muchacho pareció relajarse, esbozando una sonrisa. Carmen se notaba peor.
—Bueno. Tú eres su mejor amiga. De ocurrir algo, lo sabrías.
Carmen miró hacia los hombres que ocupaban la mesa de al lado; luego le dijo:
—Bien, Jeff, es hora de volver al trabajo. Anda, cálmate. Todas las relaciones pasan por malos momentos. La mía con Albert, por ejemplo. No va bien. —Y observó la reacción de Jeff—. No durará mucho. Así es la vida. Quizá tu relación con Muriel tampoco sea eterna. ¿Qué harías si rompieras con ella?
Jeff guardó silencio. Después miró su taza de café.
—No lo sé, Carmen. Me cuesta aceptar que pueda llegar a ocurrir. Aunque sé que es posible.
—¿Qué harías?
Carmen intentaba disimular su ansiedad.
—Supongo que tendría que rehacer mi vida. —Suspiró.
—¿Otra chica?
—¡Pues claro! ¡Aunque lleve perilla no soy gay! —dijo soltando una carcajada.
Era el típico cambio de humor de Jeff.
—Bueno, pues ponme la primera en la lista de candidatas. Estoy segura de que muchas se pelearían por ti —repuso Carmen, también riendo, pero disimulando el nudo que sentía en el estómago.
—¡Gracias, Carmen! ¡Eres una gran amiga! —Jeff mostraba su amplia sonrisa—. Siempre me ayudas a salir de mis neuras. ¿Qué haría sin ti?
Y tras rebuscar en su bolsillo depositó unos dólares encima de la cuenta. De camino a la puerta, Carmen se odió a sí misma un poco más.
El sol estaba ya bajo y el cielo tenía un color azul profundo.
Agustín se sintió orgulloso de su iglesia, en ese momento tan hermosa, con la fachada principal iluminada por un sol clemente que pintaba tonalidades rosas en el encalado nuevo de solo unos meses.
Al cura le encantaba aquel edificio que revivía el estilo de la misión de Nuestra Señora de Loreto Conchó, la primera de ambas Californias.
Claro que la torre era mucho más humilde, pero aun así era una bonita iglesia.
Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra interior.
Sí, allí estaba el grupo de mujeres que cambiaban las flores, limpiaban y decoraban la iglesia para las ceremonias del sábado y el domingo.
Agustín fue a saludarlas una por una, preguntando cortés por sus familias.
Sin aquellas voluntarias, no podría mantener un templo digno.
Pero con una de ellas, la que barría en el ala derecha, fue particularmente breve. Era alta, con el cabello recogido atrás, y poseía unos grandes ojos negros.
—Buenas tardes, Alba. ¿Cómo estás? —preguntó en voz más baja que al resto.
—Muy bien. Gracias, padre. ¿Y usted? —Su sonrisa era tierna.
—Bien. —No sonaba convincente—. Voy al confesonario. Espera unos minutos por si alguien quiere acudir primero. Luego ven tú, por favor.
La mujer, asintiendo con la cabeza, lo miró con una arruga de preocupación en la frente.
—Ave María Purísima.
—Sin pecado concebida.
—¿Qué ocurre, padre Agustín? —preguntó, intrigada.
—No, nada, solo quería saber de Lucía. ¿Cómo se encuentra? Hace mucho tiempo que no me llama.
—Bien. Está bien. Aún siente alguna añoranza por nosotros y por Santa Águeda, pero parece que se va adaptando. Ya sabe, al principio, a pesar de haber estudiado aquí algo de inglés, no se enteraba de nada. Ahora lo entiende casi todo.
—¿Con quién va? ¿Tiene amigas?
—No, no tiene amigas de su condición. Pero se lleva muy bien con la hija de la casa y hablan mucho.
—¿Y con Carmen? La chica que la recomendó a sus patrones.
—No la menciona nunca.
—¿Cuándo te llamó por última vez?
—Está espaciando las llamadas. Antes telefoneaba dos y tres veces por semana. Esta semana ni siquiera hemos platicado. Ya sabe que no tengo teléfono en casa. Llamó donde Adela, vinieron a decírmelo; pero yo no estaba y dejó recado de que anda bien. No ha vuelto a comunicarse.
—Cuando hables con ella, dile, por favor, que me llame.
—¿Algún problema?
—No lo sé.
—Entonces, ¿por qué se preocupa?