Ojos en la noche Medianoche #9
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Medianoche #9

—Bueno. —Agustín suspiró mientras buscaba la forma de no inquietar demasiado a Alba—. Imagino que será una de esas tonterías de Anselmo para darme mala vida, pero hace unas noches vino tarde a casa diciendo que Lucía no era feliz allí, y que era por culpa nuestra, en especial por culpa mía.

—¡Anselmo! ¡Siempre con historias para asustar a la gente! —Y quedó pensativa—. Es un mal hombre, aunque quiere a Lucía. Pero no se apure, que si ocurriera algo, ella le habría llamado a usted o habría dejado recado donde mi vecina.

—Bien, pero si para el lunes no te ha llamado, hazlo tú.

—¿Yo? Bueno, ya sabe usted que he de ir a casa de mi vecina. Y seguramente se pondrá uno de esos gringos a los que no les entiendo palabra. ¿Por qué no llama usted?

—Yo tampoco los entiendo. Pero lo único que tienes que hacer es preguntar por Lucía. Comprenderán que es para ella.

Agustín estaba tentado de ofrecer a Alba su propio teléfono, pero se contuvo.

—De acuerdo. Aunque donde Adela siempre están escuchando la conversación. Pero si yo no consigo hablar con ella, llamará usted, ¿verdad?

—Sí, llamaré yo —repuso Agustín, pensativo. ¿Por qué no le ofrecía el teléfono de su casa? ¿Por qué le atemorizaba la idea?

Algo ocurriría, algo iba a pasar, lo presentía.

Carmen esperaba impaciente la fiesta de aquel sábado.

Rich no podía faltar y allí se encontrarían todos los protagonistas de la tragicomedia de amores cruzados en que se había convertido su vida.

¿Cómo se comportaría cada cual? Carmen no iba a perderse detalle.

Quizá al verlos juntos Jeff se diera cuenta de lo que pasaba, o al menos ella se hacía esa ilusión.

La nota comunicando el ascenso de Muriel se puso en el tablero de anuncios de la agencia aquel jueves y la noticia corrió como un reguero de pólvora.

Carmen lo sabía desde que Muriel se lo dijo justo al llegar a casa después de su primer encuentro amoroso con Rich. Pero entonces Carmen dudaba que el hombre fuera a cumplir su palabra.

—¡Montaremos una fiesta por todo lo alto! —exclamó Carmen cuando Muriel confirmó que era cierto, que la noticia se daba a conocer el jueves; se alegraba de todo corazón por su amiga, se sentía feliz de verdad.

—He pensado que podríamos celebrarlo en casa de mis padres —repuso Muriel—. Mis viejos se van a poner muy contentos y así les compensaré en algo el disgusto que tienen con esa mudanza.

—Me parece una gran idea —aprobó Carmen.

El apartamento que compartían era pequeño para una fiesta de casi cien personas y ella odiaba ver el estado en que quedaba después de una de esas celebraciones.

Además, sería una ocasión excelente para conocer un poco mejor a Lucía.

Desde que Muriel le había contado de lo que era capaz, experimentaba una gran curiosidad por ella.

Una vez le encontró trabajo con los padres de su amiga, se despreocupó por completo de la muchacha y ahora se sentía culpable.

Muriel, en cambio, disfrutaba de una excelente relación con ella.

Bueno, era cuestión de caracteres, se dijo.

Pero quería tener la ocasión de charlar y conocerla mejor.

Ahora Lucía y Carmen, junto con la madre de Muriel, se encontraban en la cocina preparando sándwiches, canapés, ensaladas y una gran tarta con una inscripción que rezaba «Felicidades, Muriel.

Mucho éxito». Como de costumbre, los invitados traerían sus propias especialidades en comida o postres y al final sobraría de todo.

Muriel había salido a comprar las bebidas con su padre y Carmen pensó que aquel era el momento idóneo para hablar con la chica.

—¿Cómo te va? —le preguntó en español.

—Muy bien, gracias, señorita. —Se la veía tímida. De grandes ojos almendrados, tez cobriza y larga cabellera negra, podría decirse que era bonita. Quizá más expresiva que bella, pero con un definitivo encanto étnico. Aunque nada la diferenciaba de otras muchachas de su edad. Parecía muy común.

—¿Te gusta Estados Unidos?

—Aquí hay grandes comodidades, señorita. Pero la vida es muy distinta.

—¿Echas de menos a tu familia?

La conversación derivó en tópica. En realidad, Carmen quería hablar de las velaciones, preguntar cómo ocurrían, entender qué había de verdad en esa historia, pero se le antojaba que después de intercambiar solo un par de frases sería prematuro. Ya encontraría otra ocasión.

—Sí, mucho. Pero más los primeros días. Ahora me voy acostumbrando.

—¿Hablas con el padre Agustín?

—De vez en cuando. Pero hará ya un mes que no. Disculpe, señorita, ahorita tengo que sacar estas bandejas al salón.

El diálogo quedó aplazado y Carmen se preguntaba si Lucía había usado las bandejas como excusa para rehuir la conversación. ¿Por qué habría hecho tal cosa? ¿Fue por su mención del cura? ¿O se encontraba incómoda hablando con ella?

Rich llegó el último, cuando los invitados terminaban de comer.

Muriel había rehusado un par de veces la invitación a cortar la tarta.

«Hasta que llegue todo el mundo», decía, y al repasar Carmen los asistentes, pudo ver que solo faltaba uno: Rich.

También se fijó en que su amiga observaba, inquieta, la puerta con frecuencia.

Vino solo; vestía con elegancia informal y, todo sonrisas, saludó uno a uno a los empleados de la agencia que se encontraban entre los asistentes.

Carmen vio el semblante de su amiga iluminarse cuando Rich, muy cumplido y formal, le estrechó la mano felicitándola por su promoción.

Fue entonces cuando Muriel permitió a Jeff, por fin, dirigir unas palabras a los asistentes.

—Es duro cuando la novia de uno se convierte en su jefe. —Los invitados rieron—. En especial cuando ya tenía antes la costumbre de actuar como si lo fuera. —Aquí arrancó carcajadas de la concurrencia.

Todos conocían a la pareja y el gusto de ella por la manipulación. Muriel estaba radiante y se unió a las risas.

—Pero mal que me pese, he de reconocer que si alguien merece una promoción en la agencia, esa es Muriel. Por su tesón, su buen trabajo y sus extraordinarios logros. ¡Felicidades, Muriel!, ¡felicidades, jefa!

Jeff se inclinó hacia Muriel para besarla en la boca, mientras los invitados aplaudían.

Rápidamente, Muriel apartó los labios para poner la mejilla lanzando una mirada hacia un ángulo de la habitación.

Al seguir su mirada, Carmen se encontró con Rich que, copa en mano, un poco distante del corro que se había formado en torno a la tarta, apoyado en la pared y sonriendo irónico, contemplaba el rechazo de Muriel a Jeff.

—Gracias a todos, gracias, Jeff —repuso Muriel—. La verdad, para ser sincera, coincido con lo que Jeff acaba de expresar. Por suerte es muy amable y no ha contado lo que realmente piensa de mí. —El grupo rio de nuevo—. Pero mis éxitos no son solo míos, sino de todos los que trabajamos como equipo.

»Por ello quiero dar primero las gracias a papá y a mamá por el amor que siempre me han dado.

—Muriel levantó la copa hacia sus padres, que sonreían con lágrimas en los ojos—.

Y a todos los compañeros que tanto me ayudáis.

¡Gracias, papás! ¡Gracias, amigos! —Y esperó a que terminaran los aplausos—.

También debo agradecer al señor Reynolds, aquí presente, su apoyo.

—Hizo un gesto hacia Rich y varios giraron la cabeza para verlo—.

Por mucho que se trabaje y por muchos resultados que se logren, sin el reconocimiento de los superiores no hay progreso. ¡Gracias por tu confianza, Rich!

Hubo más aplausos. Él se limitó a sonreír mientras ofrecía un pequeño saludo levantando su vaso.

Carmen buscó con la mirada a Jeff. Le ofrecía el cuchillo a Muriel para que partiera el enorme pastel. «Maldito tonto —se dijo—. No sospecha nada».

Lucía estaba fascinada; aquella era la oportunidad de conocer en carne y hueso a algunas de las personas que ya había visto antes en sus velaciones.

Existían, no eran solo un sueño. Ella ya estaba convencida de ello, pero conocerlos era un privilegio.

Muriel la presentaba como «mi amiga» y ella agradecía que no hiciera patente su condición de servicio, aunque fuera obvia.

Había temido encontrarse sola entre tanta gente con la que jamás había hablado antes y, peor aún, con la barrera de su pobre inglés.

Pero no fue así. Jeff la sacó a bailar un par de veces y tanto Carmen como Muriel la presentaban a la gente, involucrándola en las conversaciones.

Pero fue Rich el que la impresionó. Esperaba con ansiedad su llegada para comprobar que era tal cual lo había visto.

Su sonrisa confiada, simpática; su aspecto maduro pero atlético.

De alguna forma aquel hombre era suyo. ¡Sabía tanto de él!

Lo seguía con la vista y sus miradas se cruzaron varias veces.

Entonces su corazón se aceleraba y ella apartaba su mirada de inmediato, no sin antes ver que él sonreía.

Al fin, en un momento en que, distraída, miraba a la gente bailar, oyó su voz a sus espaldas.

—Tú eres Lucía, ¿verdad? —Su sonrisa formaba hoyuelos. Ella asintió con la cabeza—. Me llamo Rich Reynolds. Encantado.

Y le tendió la mano.

—Encantada —repuso Lucía creyendo que su corazón se paraba y estrechando con brevedad la mano de él.

—¿Qué tal? ¿Te diviertes?

—Sí, mucho. Desde que vine de México no había tenido la oportunidad de acudir a una fiesta.

—¿Estás contenta trabajando para los padres de Muriel? —Hablaba despacio, para que lo entendiera con claridad.

—Sí, son muy amables.

—Pero me he enterado de que la próxima semana se mudan a un apartamento pequeño, y que ya no necesitarán ayuda fija.

—Sí. El martes empezamos la mudanza.

—¿Y qué harás tú?

La sonrisa continuaba en sus labios y sus ojos azules brillaban.

—No lo sé aún. No conozco a casi nadie aquí. Quizá vuelva a México.