Ojos en la noche Medianoche #7
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Medianoche #7

Agustín recordó de nuevo su llegada a Santa Águeda, veintiocho años atrás.

Era como si hubiera vivido toda su vida aquí.

Casi ni se acordaba del seminario, ni de cuando tuvo sus parroquias primero en España y luego en Ciudad de México.

Él quería ayudar al prójimo, tal como Jesús enseñó.

Quiso ir a América a salvar almas como antes hicieron todos los ejércitos de curas y frailes que, siguiendo el mismo camino, le precedieron. Deseaba ser misionero.

Quería enseñar. Pero aquí, en América, mirando a su prójimo, también él aprendió mucho.

Aprendió sobre la pobreza, la injusticia y la humillación.

Aunque gran parte de eso bien que lo recordaba de España.

Decían que era un cura problemático. Se metía en política y tenía broncas con la policía defendiendo a sus feligreses.

Él jamás entendió demasiado lo de la teología de la liberación; pero sí entendía de fidelidad a los suyos y de defender lo que creía justo.

No aceptaba la cultura de la mordida. Aseguraban que sin ella muchos pequeños funcionarios y policías no podrían siquiera comer.

Y debían dar una parte a los jefes para poder conservar su puesto.

¡Siempre pagan los pobres! Para él eso era pecado, y lo denunciaba al igual que hacía con muchas otras cosas.

En cambio, absolvía al que robaba al rico para dar de comer a su familia.

Si eso era ser conflictivo, él lo era. Y no podían acallarlo.

Quizá por eso sus superiores le enviaron al destierro. Al desierto del norte. Eso creía también Agustín al principio. Pero luego entendió que no era un desierto, porque allí había almas y supo aceptar su destino, porque aquellas gentes de Santa Águeda le necesitaban a él.

Y allí lo encontró. Halló el paganismo representado en aquel brujo al que muchos seguían.

Ya tenía enemigo. Aquella era la tarea a la que Dios le destinaba para salvar almas para su reino.

Así, luchando contra Anselmo y Anselmo contra él, a veces con pequeñas victorias, otras con pequeñas derrotas, habían envejecido los dos.

—¡Otra noche de insomnio! —volvió a clamar hacia la pequeña llama, que en la oscuridad absoluta iluminaba de forma sorprendente—.

Dios mío, ¿habremos hecho mal enviando a Lucía tan lejos?

¡Maldito viejo! Insinúa que su madre, Alba, y yo nos queremos.

Alba vino desde el sur, desde el continente a la península de Baja, para trabajar en el olivo y el chile.

Aquí conoció a José Cuero y se casaron, pero gracias a su buena formación católica jamás se dejó engañar por su suegro y lo cierto es que tampoco su marido quiso forzarla a aceptar el paganismo de Anselmo.

Cuando el pobre José murió en aquel desdichado accidente con su camión, Alba vino a mí para que la consolara como confesor.

Y pude apartarlas a ella y a mi pequeña Lucía de la influencia del brujo.

Estaba muy preocupada, pobre chica, con una hija de pocos años y la amenaza del abuelo y sus brujerías.

Alba tuvo que ganarse la vida y la de su hija lavando ropa, cosiendo y limpiando en algunas casas como la mía.

¡Claro que la amo! ¡Pero Dios, dame fuerzas para amarla solo como se ama al prójimo y no como mujer!

¡Es tan fácil caer en el abrazo que consuela las soledades!

El deseo carnal se esconde muchas veces, traidor, detrás del amor fraterno.

»Y el maldito viejo lo sabe. O lo intuye.

Parece leer mi pensamiento, para golpearme donde más me duele.

Sabe cómo sufro a veces por ella. ¡El otro día me comparó con el fraile Caballero, el que dicen que levantaba las faldas a las indígenas de la misión!

¡Viejo miserable! Solo me contengo por ti, mi Señor, mi Dios. Para evitar el escándalo…

»¿Y si al fin del sufrimiento Dios no existiera?

¡Malditos pensamientos, no me aterroricéis!

Una vida malgastada, una mala pasión sufrida en lugar de gozada, ¡qué horrible perspectiva!

El maldito brujo lo sabe, y me tortura. Disfruta torturándome.

¿Cómo puede saberlo? A veces evito mirar a Alba, que se crucen nuestras miradas.

Que nadie descubra ese amor oculto. Pero con el brujo de nada me sirve disimular.

»¡Dios, mi Señor, dame fe! ¡Ayuda a Alba! ¡Ayúdame!

Y, apoyando la cabeza sobre la madera del reclinatorio, Agustín rompió en sollozos.

La pequeña llama del altar parpadeó en una extraña corriente de aire y Agustín sintió un sobresalto; notaba como si alguien más estuviera allí, oculto en la oscuridad, en su iglesia.

Al chupar, la lumbre iluminó su pipa de barro, dándole a la noche un efímero punto de luz rojizo.

Anselmo, sentado bajo la enramada que le servía de porche trasero, miraba las estrellas.

Cuanto más viejo se hacía, más le costaba dormir.

Pero tenía más tiempo para recordar, más tiempo para pensar.

Como en aquella enramada hecha de troncos y matas recién cortados que sus paisanos construyeron para él hacía ya casi setenta años.

Setenta años… ¡Tanto tiempo! Era otro mundo, casi otra vida…

—Mira al fuego, mi hijito. Es la puerta para otros lugares —le decía la abuela—. Si aprendes a abrirla, podrás ver y saber mucho. Mira cómo baila el fuego. Mira cómo se forman las imágenes.

La mujer estaba sentada en el suelo, bajo la densa enramada que les había cobijado del sol en el día, y apoyaba el brazo en su hombro, protegiéndolo.

A su lado estaban los regalos que los demás clanes habían traído para el niño.

Cestas, arcos, mantas, flechas… Debía de tener ya cuatro años y aquel era uno de los recuerdos más antiguos que guardaba.

Algunos de los paipais rodeaban la gran hoguera y dándose las manos cantaban, saltando hacia arriba a la vez, siguiendo una cadencia repetitiva. Era el gran xatupimac , la danza del fuego. Sombras y luces tremolaban en la noche.

Él forzó de nuevo su vista, como había hecho tantas noches antes, hacia las llamas de la hoguera.

Y de pronto, lo vio por primera vez. Vislumbró imágenes de un pueblo distinto, muy hacia el norte, donde las chozas parecían montes de tan altas y la noche se iluminaba con una luz que no era la del fuego.

Pronto aquella visión se desvaneció y él se encontró de nuevo sentado junto a su abuela, viendo la hoguera y a los paisanos bailar y cantar.

—He visto cosas dentro del fuego, abuela. Cosas que nunca antes vi.

La mujer sonrió.

—Se ha abierto la puerta. Sabía que tarde o temprano verías. Tú tienes el don, hijito. Lo tienes.

Aquella era la noche del día de la presentación de Anselmo como miembro del clan.

Le costó un buen trabajo a la abuela convencer al hechicero y a los demás para que el chico fuera aceptado plenamente en el grupo.

Para el resto de los niños aquella ceremonia se celebraba entre el primero y el segundo año de edad.

Cuando ya se sabía que el pequeño iba a sobrevivir.

Pero a Anselmo le llamaban Haw’ama.i: el que mató a su madre.

Esta, con solo catorce años, era casi una niña, y murió en el parto.

Anselmo no contaba con posibilidades de sobrevivir y los viejos dijeron que había que dejar que muriera y quemar su cuerpo junto al de la madre.

No se trataba de una crueldad. Los tiempos eran duros para aquel grupo paipai, de vida casi nómada, y no había lugar para un bebé sin madre.

Narraban casos en que, en otros clanes, las madres vendían sus hijos a colonos mexicanos.

No se encontraba suficiente comida para todos.

Pero la abuela fue rotunda al negarse. Lavó al niño en agua caliente y lo enterró en cenizas con la cabeza fuera «para que le dieran fuerza» y mantenerlo en calor.

Así lo tuvo un día y luego volvió a bañarlo.

El cordón umbilical fue enterrado para que no lo comieran los coyotes; aún era parte del niño y tampoco podía quemarse como se hacía con los muertos.

La abuela rezó a Mitapá y a Jesucristo para que el niño viviera y para que llegara a ser un gran hechicero.

Con solo treinta y pocos años, aquella mujer estaba provista de fuerzas más que suficientes para encargarse del chiquitín, y fue capaz de convencer a una muchacha del clan, que perdió su propio bebé días antes, para que lo amamantara.

Decían que el niño había matado a su madre, que no podía vivir.

La abuela contestaba que no era culpa del pequeño, y que si el hechicero hubiera sido mejor, su hija no hubiera muerto.

Esa actitud no gustó a la comunidad, y mucho menos al chamán. Pero la abuela tenía su poder y se salió con la suya. Era temida: sabía leer en el fuego, conocía los efectos de las diversas hierbas tan bien como el hechicero e interpretaba los sueños.

En el clan estaban convencidos de que, si ella se lo propusiera, sería capaz de convertirse en una bruja poderosa. De haber sido hombre hubiera sido un gran doctor de sueños simup kwisiyay , pero las mujeres no podían ejercer de chamán.

Pronto la abuela le empezó a alimentar con miel, atole [9] de bellota, de piñón y de distintas semillas; y el niño salió adelante.

Y al fin, cuando pasaba ya de los cuatro años, aceptaron, a regañadientes, presentarlo a los demás grupos paipais que acudían a la pizca del piñón.

Pero continuaba siendo Haw’ama.i, el que mató a su madre.

Debía de haber algo malo en él; la comunidad se mostraba recelosa.

¿Qué dirían ahora que el niño había empezado a leer en el fuego?

—No le cuentes a nadie que has abierto la puerta —le pidió la abuela.

—De ahí te viene que estés solo.

Anselmo vio una sombra a su lado y reconoció al viejo coyote.

—A veces no lo suficiente —repuso Anselmo—. Hay un bicho que siempre le visita a uno en el peor momento.