Medianoche #2
—Muchacha —le dijo—, usted tiene un don que debería trabajar. Usted puede sentir cosas.
Carmen se quedó helada. ¿Cómo lo sabía? Pero el hombre cambió de inmediato de tema. Las hizo sentar pidiéndoles que le contaran con detalle la situación en que Susan se encontraba. ¿Dónde vivía? ¿Cómo era su familia? ¿Conocía bien al muchacho? ¿Sentía algún síntoma? ¿Cuándo fue? ¿Cómo lo supo?
Al terminar el interrogatorio, el viejo hizo tender a Susan en la mesa, le palpó el vientre y, cerrando los ojos, dejó allí sus manos planas durante unos minutos. Al fin gruñó para sí, satisfecho:
—Aún no tiene alma.
Le dio un preparado para tomar allí y otro por la noche, y les pidió que volvieran al día siguiente. Así continuaron durante tres días y a la tercera noche Susan sintió fuertes retortijones y perdió mucha sangre. Y con ella su embarazo.
Carmen se alegró por su amiga, pero pronto empezó a sentirse mal consigo misma.
¿Era lícito lo que había hecho? ¿Habían ayudado a matar a un ser vivo?
A un niño. ¿Sería verdad, como dijo don Anselmo, que aún no tenía alma?
Según la Iglesia católica, lo que hizo era pecado mortal. Su conciencia no la dejaba en paz.
Fue a confesarse con don Agustín.
—¿Anselmo? —oyó a don Agustín exclamar desde detrás de la rejilla del confesonario.
—Sí, fue don Anselmo.
—¿Cómo te atreviste a ir a ver a ese brujo? —Su tono era alto, casi gritaba—. ¿Por qué no hablaste antes conmigo?
—Bueno, es que pensé que…
Carmen estaba azorada por la inesperada reacción violenta del sacerdote.
—¡Es un pecado gravísimo, hija! —cortó el cura—. ¡Tú eres tan culpable como tu amiga! ¡Y ese brujo pagano lo es mucho más! ¡Vamos ahora mismo a denunciarlo a la policía!
—No, padre. No puedo hacer eso.
—¡Claro que puedes! Y, además, debes. Es la penitencia que te impongo. Denúncialo a la policía por abortista. Es terrible lo que hiciste y has condenado tu alma. Ahora debes ayudarme a limpiar este pueblo de ese tipo inmoral.
Carmen esperaba encontrar comprensión, perdón, alivio a su angustia en su antiguo amigo, pero se veía chocando contra un muro de censura y condena.
Le dolía. No tanto por las palabras y el tono, sino porque el viejo confesor comprensivo se había trocado en acusador implacable.
¿Dónde estaba su amigo? Notó que un sollozo iba a salir de su pecho.
—No puedo denunciarlo —susurró.
—¡Claro que sí!
Y saliendo del confesonario, sin importarle el par de personas que esperaban, don Agustín, portando aún la estola al cuello, la tomó del brazo y la condujo a la sacristía.
Allí cerró la puerta y con sus ojos buscando los de Carmen, que eludía su mirada, la estuvo conminando para que presentara denuncia.
No podía hacer otra cosa para librar su alma de un pecado tan terrible.
Matar a un niño. Era horroroso. Gritaba.
Carmen no sabía qué decir. Solo cuando rompió a llorar pudo evitar que la presión continuara aumentando.
Al fin el cura dejó que se fuera, pero exigiendo que denunciara al viejo. Y al no presentarse ella en la iglesia el día siguiente, el propio sacerdote fue en su búsqueda.
Carmen trató de evitarlo, pero él siempre lograba alcanzarla y volvía a recordarle su pecado, como ángel exterminador en busca de castigo.
Sin embargo, Carmen sentía que no era a ella, que no era su pecado.
A quien quería exterminar era a Anselmo.
El sacerdote odiaba al viejo indígena con todas sus fuerzas.
Era don Agustín quien le había pedido a ella que le encontrara un empleo a Lucía en Estados Unidos.
¿Por qué ese interés por el bien de la nieta de su enemigo? Carmen no se lo explicaba. Sí, así debería ser en un mundo perfecto, pero… En todo aquello había algo que se le escapaba. ¿Qué estaba pasando? ¿Sabía don Agustín de los poderes de la muchacha?
Lucía cerró la ventana de su habitación y corrió el cerrojo de la puerta.
Llenó un vaso de agua en el pequeño aseo contiguo y lo situó con cuidado bajo el crucifijo de cerámica mexicana que colgaba de una de las paredes.
Descalzó sus pies y, arrodillándose bajo la cruz, frente al vaso, se persignó, y a continuación rezó un padrenuestro.
—Señor Jesús y santa Lucía, ayudadme —dijo al terminar, santiguándose varias veces y besando su mano cada vez que completaba el trazo de una cruz.
Con reverencia tomó el vaso con ambas manos para depositarlo en la cómoda frente al espejo, y rebuscando en uno de los cajones, extrajo de una caja de cartón una vela gruesa y unas cerillas. Puso la vela encima de un platillo de cerámica, entre el espejo y el vaso repleto de agua, y la encendió.
Apagó las luces eléctricas y al sentarse frente a la cómoda pudo ver su rostro, iluminado por la llama de la candela, reflejado en el espejo.
Grandes ojos oscuros y almendrados, tez aceitunada, pómulos altos.
Su rostro era joven y su expresión seria.
Apartó su mirada del espejo para ponerla en la llama y sintiendo sus pies desnudos en el suelo empezó a recitar aquellas palabras de la vieja lengua paipai casi extinta.
Lo hacía en voz alta, autoritaria, sintiendo la fuerza, el poder y complaciéndose en el ritmo extraño del sortilegio.
Luego, abandonó su mirada al reflejo de la llama en el agua, dejándose ir. Sus músculos se aflojaban y su vista se perdió en el minúsculo movimiento de fuego y agua. Poco a poco fue entrando en un profundo ensimismamiento, en trance.
Y lo buscó, buscó a aquel hombre que Muriel le había pedido tantas veces que buscara para luego contarle sobre él. Ella jamás lo había visto en persona, pero lo conocía tanto que ya era como un amigo en aquel país extraño.
Era un hombre atractivo de unos cincuenta años, de fácil sonrisa, seguro de sí mismo, simpático, muy simpático. Pelo rubio entrecano y cuerpo aún musculoso.
Ella sabe que él no es feliz con su esposa, que está insatisfecho, pero que no puede dejarla. La mujer tiene el dinero, y él la ambición, el amor por el lujo y el poder.
Y ella, Lucía, se ha acostumbrado a seguirlo, aun sin que Muriel no se lo pida, es una costumbre que ha pasado a formar parte de su vida. Es una forma de huir de su soledad, de la rutina asfixiante que vive en este país agresivo, donde es extranjera e ilegal.
Empezó la búsqueda; no estaba en la oficina, tampoco en casa. Lucía sentía desasosiego, estar con él, aun de aquella forma extraña, la hacía sentirse bien, la tranquilizaba. Él se había convertido en su amor secreto, en una necesidad. Pero ¿dónde estaba?
«Dios mío —se dijo—, ¿cómo he llegado a depender tanto de ese hombre?
Me he enamorado de él. Sin conocerlo, solo por su imagen, por su voz.
—Ella sabía que era una locura, que de contárselo a su abuelo, este le diría que no era lícito, que estaba prohibido—.
Pero me ha pasado, abuelo. Quizá porque estoy muy sola.
Quizá porque necesito amar a un hombre».
Suspiró. Lo encontraría, lo buscaría en aquella enorme ciudad. Y vagando en el inmenso océano de almas de la noche, su instinto rastreó los pequeños indicios que la conducían a aquel amigo al que jamás había visto físicamente.
¡Al fin! ¡Allí estaba Rich! Se incorporaba de un sofá tirando de la mano de una mujer. Ella se levantó. Tenía la cara arrebolada y sus ojos verdes miraban al hombre, encendidos. ¡Era Muriel!
«¿Muriel? ¿Qué hace Muriel a solas con él? —Y notó que era una escena íntima—. No, Muriel, no —se dijo, horrorizada—. ¡Tienes novio!». Lucía sentía sorpresa, decepción, celos. ¡Su mejor amiga era ahora su rival! No sabía que hubiera algo entre ellos. ¡Debía de estar empezando en aquel momento!
Los labios de Rich estaban coloreados por el carmín de ella, y la conducía hacia la cama.
«¡No, que no ocurra!», suplicó para sí la muchacha.
No, no quería que pasara. Sentía envidia, celos.
Su cuerpo se encontraba frente a la llama en su habitación, pero su conciencia estaba en el hotel, muy cerca de la pareja.
Sin embargo, no podía hacer nada. Era incapaz de gritar y deseaba tirar de ella en dirección contraria, pero sin cuerpo le era imposible hacerlo.
«No, Muriel, no lo hagas. —Su amiga se arrepentiría—. No, Muriel, no lo hagas», repitió.
Entonces ella se detuvo deshaciendo la unión de las manos.
—No, Rich, por favor. —La voz de Muriel sonaba firme—. No puedo.
—¿Qué ocurre?
—Tengo que irme, Rich. Lo siento. Amo a otro hombre.
Lucía sintió un gran alivio. «Gracias, Dios mío —se dijo—, no ocurrirá nada».
Rich pudo ver la expresión de temor en los ojos verdes de Muriel cuando ella apartó su mano de la suya con suavidad, pero con fuerza.
—No, Rich, por favor —murmuró—. No puedo.
Su melena negra enmarcaba una cara deliciosa, coloreada más por la excitación que por el maquillaje.
Sus cejas se fruncían ligeramente. La deseó aún más que antes, aquella resistencia encendía su pasión hasta convertirla en fuego.
Estaba dispuesto a darlo todo, o al menos a prometerlo todo, con tal de conseguir a aquella mujer.
—¿Qué ocurre?
—Tengo que irme, Rich. Lo siento. Amo a otro hombre.
«Hay otro hombre —pensó él—. ¡Claro que lo hay! Debe de haberlo, casi siempre hay otro hombre. ¿Y qué? No la dejaré escapar solo por eso».
Vio cómo con gesto decidido ella se dirigía al sofá para recoger su bolso. Se interpuso en su camino hacia la puerta, mostrando un rostro compungido.
—Espera, Muriel, no te vayas aún. —Ella lo escuchaba sujetando su bolso contra el pecho—. Tú no quieres que todo lo hablado, todo lo soñado, todo lo sentido en esta noche termine con un portazo. ¿Verdad que no quieres?
Ella lo miró a los ojos y calló.
—Claro que no quieres. Yo tampoco; eres mi aliada, una profesional con un futuro brillante, una mujer maravillosa, y nuestra relación debe continuar. Anda, deja el bolso.
Él lo tomó de las manos de ella.
—Rich. —Su voz era enérgica—. Devuélvemelo. Me voy.
—De acuerdo. Pero quédate solo unos minutos más. —Sonreía—. Relájate.