Ojos en la noche Medianoche #3
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Medianoche #3

Rich dejó el bolso en una mesilla, y la tomó de las manos. Lentamente acercó sus labios a los de ella sin encontrar resistencia. El beso fue cálido.

—Rich. No, por favor —dijo ella, separándose—. Salgo con un chico. Lo quiero.

—¿Y qué tiene que ver? —Había brusquedad en su voz—. Eso no tiene por qué cambiar nada. Yo estoy casado, y tú lo sabes.

—No es lo mismo.

—¡Claro que es lo mismo! ¡No seas niña, Muriel! —El tono era suave pero autoritario—. No lo van a saber, y mañana tu chico te querrá lo mismo. Y mi esposa también a mí. Todo será igual para ellos, pero nosotros tendremos algo propio, algo maravilloso.

Muriel lo miraba a los ojos. Estaban húmedos y había súplica en ellos. Rich la cogió de la cintura, le sonrió y empezó a desplazarla ligeramente hacia su objetivo.

—Muriel, tú y yo tenemos un trato —le susurró—.

Ahora eres mi mejor amiga, mi aliada. Debo poder confiar en ti.

Tienes que estar de mi lado, sin reservas; y si cumples yo me encargaré de que triunfes como nunca soñaste.

Pero quiero saber que puedo confiar íntimamente en ti.

Es una alianza. Es tarde para volver atrás, el paso definitivo ya está dado.

—Sonaba a ligera amenaza—. De pronto, a mi edad me he enamorado de ti.

Te deseo como nunca he deseado a ninguna otra mujer.

Y te va a gustar. Es la firma de nuestra alianza.

Ella sentía en la parte de atrás de sus piernas el contacto blando de la cama y en su bajo vientre la dureza de él.

—No puedo traicionarlo.

—No importa lo que hagas, él no sabrá nada.

La presencia de un rival lo excitaba mucho más. Al besarla en el cuello, ella percibió el poder de aquel hombre. Muriel sintió, como a cámara lenta, que caía de espaldas sobre el lecho.

Lucía notaba su cuerpo sentado en la silla y el imperceptible temblor del reflejo de la llama en el agua, pero ella no estaba allí.

Su otra parte, su mente, su espíritu, se encontraba en la habitación del hotel.

Oía la conversación, veía los cuerpos, percibía el aura y las chispas de pasión saltando entre ellos.

«No, que no ocurra. No lo hagas, Muriel», suplicó en silencio a su amiga.

Él hablaba y hablaba ahora serio, luego con media sonrisa.

Sus ojos azules, sus mejillas firmes; la muchacha amaba a aquel hombre, y al verlo con Muriel, se daba cuenta de que sentía celos y envidia.

No quería que ocurriera, no quería que se amaran.

—No puedo traicionarlo. —La voz de Muriel sonaba tenue.

—No importa lo que hagas, él no lo sabrá —repuso con suavidad, casi al oído, mientras la empujaba levemente, depositándola en la cama.

Rich enredaba sus manos en la melena de Muriel, acariciándole las raíces del pelo, y dando por terminada la conversación, depositó un beso en su cuello.

—No, por favor —murmuró ella en un último intento, pero se mantuvo quieta mientras él la besaba ahora en la mejilla, luego en la boca.

—No, por favor —murmuró a su vez Lucía.

Rich insistía con sus labios en los de Muriel mientras continuaba acariciándola y al fin ella respondió al beso y, estrechando al hombre, le acarició suavemente la nuca.

Lucía sintió cómo la pasión los sumergía como las olas en marea alta y supo lo que iba a pasar en unos instantes.

Debía salir de allí. ¡Ya! Iban a hacer el amor y no era lícito quedarse. Pero había sido alcanzada por aquel delirio y cual mariposa de alas empapadas era incapaz de emprender el vuelo. «Debo irme. Debo huir», se dijo, pero no podía apartar la vista de los amantes.

Muriel no opuso resistencia cuando Rich le quitó la chaqueta y sus manos, hábiles, comenzaron a desabrochar la blusa. Lucía vio cómo su amiga cerraba los ojos y boqueaba gimiendo de placer cuando el hombre le besaba los senos.

Quería escapar, salir de allí, pero el ardor de los amantes la atrapaba como remolino en río oscuro.

Y su cuerpo, sentado en su casa, actuaba por sí mismo.

Sus manos levantaron la falda, la derecha penetró debajo de la braguita y cuando los dedos atravesaron el vello púbico su respiración se hizo más intensa.

Mientras, en la habitación del hotel una fuerza irresistible atraía a su parte allí desplazada hacia el cuerpo de los amantes.

Era como si un torbellino la succionara.

Muriel yacía sin ropa boca arriba en la cama y el hombre, también desnudo, la besaba en el vientre, camino del sexo.

Conforme él bajaba, las piernas de ella se abrían.

El cuerpo astral de Lucía tomó la misma posición que el cuerpo físico de Muriel, fundiéndose con ella.

Percibió cómo Rich penetraba a su amiga y cómo también la penetraba a ella.

Al rato Muriel se estremecía en un intenso orgasmo.

Entonces fue cuando Lucía experimentó algo que jamás había sentido en su vida.

Sintió lo que su amiga sentía. Sintió la tensión, el vacío, el delirio, el lento estallido y también algo más; cómo Muriel se emborrachaba con el poder de aquel hombre notándolo en su interior.

Fue algo desconocido hasta el momento y más intenso que ninguna otra sensación antes vivida.

Era la primera vez que Lucía hacía el amor.

Notó un golpe en el pecho como si su corazón se fuera a detener y por un momento temió por su vida.

¡La muerte! ¡El castigo por su pecado! Pero al abrir los ojos se encontró, sofocada por la pasión, en su habitación iluminada por aquella vela cuya llama aún palpitaba al ritmo de sus jadeos.

Tenía la falda levantada y la mano entre las piernas.

Poco a poco fue recuperando plena consciencia de dónde se encontraba y supo que ya no era virgen. Aún lo era en lo físico, pero no en espíritu. Su cuerpo continuaba sentado frente a la vela, pero parte de ella se había quedado en el hotel.

Anselmo hizo una genuflexión frente a su pequeño altar.

Una imagen de la Virgen de Guadalupe y otra del Sagrado Corazón de Jesús.

Estampas de santa Lucía; de san Sebastián asaeteado; de la Mano Poderosa, llagada de crucifixión y con un santo en cada dedo; del Niño de Atocha vestido de peregrino; del arcángel san Miguel, espada en una mano y balanzas en la otra, pisoteando a un diablo vencido; del ángel de la guarda; de san Martín caballero, y de muchos otros.

También había unos pequeños muñecos esculpidos en palo de hierro y emplumados, «cuñados», como los llaman los indios cochimíes.

Se santiguó, cogió una larga astilla de pino y prendió el extremo de la bujía de aceite que ardía permanentemente frente a su altar.

Y con ella fue dando luz al grupo de velas que, a un nivel más bajo, rendían tributo a los santos.

Las velas. Las velas son gente y cada una de ellas tiene grabado un nombre.

Nombres de pacientes a los que está curando o de algún conocido que necesita protección, ayuda.

Y también los nombres de la gente que ama.

Aunque ya todos a los que quiso estén muertos, excepto dos mujeres, y ambas lo abandonaron.

Teodora, su esposa, se había ido lejos, hacía años, allá con los paisanos de Santa Catalina; ya ni dolía ni importaba. Pero cuando unos meses antes su pequeña Lucía partió hacia aquel mundo lejano, extraño y hostil de Estados Unidos, una gran pena ocupó su vacío. La distancia tiene algo de muerte.

El viejo se santiguó para luego arrodillarse con lentitud y, apoyándose en las manos, inclinar su frente tres veces al suelo.

Tendiendo los brazos en cruz y con los dedos de las manos extendidos, empezó a recitar sus oraciones; las cristianas, en español, las otras en las lenguas paipai, cochimí y kiliwa.

El ranchito se llenó de palabras, murmullos y exclamaciones que las paredes devolvían al viejo y que este escuchaba con atención. Un ronroneo extraño le inquietaba.

Finalmente inclinó de nuevo su frente tres veces, y se incorporó con trabajo.

A continuación, susurrando las viejas palabras sagradas, fue apagando con sus dedos desnudos, de yemas endurecidas, las velas una a una.

Al encontrarse frente a la última, cirio alto y blanquísimo, el viejo se quedó inmóvil con la mano suspendida en el aire.

Era la luz más querida, era la vela de Lucía.

En la cera líquida, en la base de la llama junto a la mecha encendida, el hombre pudo ver una diminuta mancha roja.

¡Sangre! Anselmo sintió que su piel arrugada se estremecía y el temor erizaba el vello de sus brazos.

—¡Dios mío, Lucía! —Las palabras sonaban a lamento angustiado—. ¿Qué te ha pasado? ¿Qué has hecho?

Tras una larga indecisión pareció que al fin Anselmo reaccionaba, moviéndose con rapidez.

Puso una jofaina encima de la mesa, sacó un garrafón de debajo del altar y la llenó de agua.

A continuación, tomó el cirio y trazando, en hábil movimiento, una curva de luz en la oscuridad de la estancia, derramó parte de la cera fundida sobre el agua.

Gotas traslúcidas y opacas, de formas y tamaños distintos, flotaron en el líquido.

Anselmo arrugó los ojos mientras, bajo la luz del cirio, estudiaba las señales con atención.

—¿Por qué, Lucía? ¿Por qué? —se quejó al fin. Fijó su mirada pensativa en la llama, murmurando—: Maldito seas, Agustín. No te perdonaré que la apartaras de mí. No te perdonaré lo que le hiciste a mi niña. —Y apretando los puños, añadió—: Te hago responsable y has de pagar por ello.

Anselmo apagó el cirio, salió de la casa y se lanzó a la noche, ya iluminada por la luna.

Cuando Anselmo llegó a Santa Águeda solo las menguadas luces municipales alumbraban algunas de las esquinas. Al cruzar la oscura fachada de la iglesia, se quitó su sombrero blanco de campesino, inclinando la cabeza con respeto.

Se detuvo frente a la puerta de una casa vieja e ignorando el timbre eléctrico golpeó con el picaporte.