Medianoche
—Voy a llamar a casa de sus padres.
El alcohol brillaba en sus ojos acuosos.
—¿Crees que es buena idea? —inquirió Carmen, cautelosa.
—¡Claro que lo es! —Jeff sentía crecer su indignación—. ¡No puede dejarme así, plantado, sin más! Quiero una explicación.
—Podría pensar que la controlas, y le sentaría mal. Ya sabes lo independiente que es.
—A la mierda si le sienta mal. Ya estoy harto de que todos temamos que se ofenda y que a ella no le importe en absoluto herir los sentimientos de los demás.
Carmen calló y miró a su alrededor, como si no lo escuchara, como queriendo evitar que él continuara con sus amargas quejas.
Pero mantuvo el oído atento. Sentía un involuntario placer con la indignación de Jeff.
El chico tenía razón, pero debía abstenerse de hacer comentarios de apoyo que, mañana, reconciliados y en una sesión amorosa o quizá de tiernos reproches, Jeff pudiera repetir. Temía la reacción de Muriel.
Cortó un pedazo de pizza y, de camino a su boca, lanzó una mirada fugaz a su amigo. No había tocado aún la comida y ya terminaba la primera cerveza.
Carmen no había podido arrancarlo del bar antes del cuarto whisky y le costó trabajo convencerlo de que debía comer algo.
—Te invito a cenar —le dijo tirando de su brazo—. ¿Te atreverás a rechazarme?
Finalmente aceptó, pero ahora él, ya en la pizzería, con la mirada perdida en las luces y las gentes que llenaban el local, continuaba rumiando su indignación, su tristeza.
—¿Por qué Muriel es así? —le preguntó de pronto a Carmen sin esperar respuesta—.
Desconsiderada, ambiciosa, solo piensa en lo que ella quiere y arrolla a los demás en su camino.
Muchas veces creo que me utiliza. Yo estoy ahí para cuando me necesita, pero si no puedo ayudarla en su próximo deseo o propósito, simplemente me aparta de su camino.
Me aparca hasta que vuelvo a serle de utilidad.
—Quizá eres demasiado severo con ella. Sí, es ambiciosa y quiere llegar muy lejos, pero en el día a día es agradable, abierta y desprendida con sus amigos. Creo que la situación por la que atraviesa su familia la ha afectado mucho.
—Sí, ya sé lo de su padre. Van a tener que vender la casa e irse a vivir a un apartamento pequeño.
—Cierto. Ha sido traumático. Incluso quizá ella tenga que ayudarlos en su manutención. El padre está hundido.
—Mala suerte.
—Muriel ya deseaba triunfar antes, pero creo que ahora su obsesión por el éxito es aún mayor.
—De acuerdo, pero eso no le da derecho a pisotearme. Préstame tu teléfono móvil, el mío lo dejé en mi coche.
—¿Estás seguro? Se lo puede tomar mal.
—El teléfono, por favor.
Jeff marcó el número sin vacilar.
—¿Señora Mahare? Buenas noches, ¿cómo está?
Carmen apreciaba la tensión en las bellas facciones del muchacho y notaba cómo el alcohol le hacía vacilar en alguna palabra.
—¿Podría ponerme con Muriel, si es tan amable?
Él lanzó una corta mirada a Carmen y luego sus ojos vagaron hacia el fondo del local.
—Ah, sí. Bien, gracias, señora. Dígale que he llamado.
—¿Qué te ha dicho? —interrogó Carmen, ansiosa.
Jeff tardó en responder. Estaba pensativo.
—Que había salido a dar un paseo con su padre. ¿Crees que es verdad?
—Debe de serlo. —Carmen también se quedó pensativa.
—Si te enteras de algo me lo dirás, ¿verdad, Carmen?
Muriel sentía cómo el placentero apretón de manos con el que sellaban el acuerdo se hacía más firme y correspondió a la presión de él.
Después vio cómo Rich, soltándole la mano, se levantaba y se situaba enfrente de ella.
Lo miró a los ojos. Él estaba serio. «Dios mío —se dijo—. Ahora ocurrirá. ¿Qué voy a hacer?».
Rich se inclinó hacia ella acercándole los labios, y cuando Muriel notó el contacto tibio y suave, entornó los ojos, disfrutando de la caricia.
«Debo detenerlo». Pero sus labios se entreabrieron mientras él los atrapaba con los suyos.
Fue entonces cuando Rich se sentó a su lado.
Esta vez al beso le acompañaba una caricia en el pelo y, al aceptarlo ella, se hizo profundo y apasionado.
No era ya una sorpresa. Debería haberlo sabido.
Quizá quiso negárselo a sí misma, pero sabía que ocurriría y estaba pasando.
Tenía que rechazarlo. ¿Pero cómo iba a reaccionar él?
Ella quería y no quería aquello. No era su intención llegar lejos, aunque la asustaba lo que podría ocurrir si lo cortaba tan pronto.
Pero el champán y el vino ingeridos la ayudaron a apartar los miedos.
Casi automáticamente, los brazos de ella lo estrecharon contra sí y cerrando los ojos devolvió la pasión que Rich ponía en su beso.
Sintió el deseo como un torrente desbocado y se dejó llevar. Anhelaba a aquel hombre.
Él era tan diestro con las caricias como con los elogios.
Sus labios besaban y sus dedos buscaban el placer que ella escondía en su cuerpo.
Y pronto aquellas manos hábiles, llegando a su zona íntima, comprobaron que la mujer lo deseaba, que estaba lista.
Rich se levantó y, besándola con ternura, tiró de ella hasta incorporarla, conduciéndola delicadamente hacia la gran cama de la habitación contigua.
La mente de Muriel funcionó por un momento con toda lucidez.
¡Iba a la cama con Rich! Y por mucho que la atrajera aquel hombre, amaba a Jeff.
Estaba comprometida, le debía fidelidad; quería compartir su futuro con él.
Esa misma mañana le había prometido hacer el amor por la noche, pero aquí, ahora, estaba a punto de hacerlo con otro.
¿No se había dicho a sí misma que podría controlar la situación?
Se sintió muy mal y, reuniendo todas sus fuerzas, apartó a aquel hombre.
—No, Rich, por favor. —Su voz sonaba firme—. No puedo.
—¿Qué ocurre?
—Tengo que irme, Rich. Lo siento. Amo a otro hombre.
Carmen conducía, lentamente, hacia su apartamento; se sentía agotada. Escuchaba un blues que sonaba, suave, en la radio.
«Es como un niño», pensó con una sonrisa triste.
Jeff terminó la jornada borracho y lloroso y ella lo había acompañado a casa para evitar que condujera.
Cuando él la abrazó al despedirse, su estúpido corazón se aceleró, y a pesar del tufo a whisky que el muchacho desprendía, lo mantuvo contra su cuerpo todo el tiempo posible.
¡Qué día tan intenso! La noticia de que habían ganado la cuenta de Friendlydog, la sorprendente revelación de Muriel sobre Lucía, su intempestiva despedida en el bar.
¿Adónde había ido? Carmen no podía creer que hubiera ido a casa de sus padres.
Y luego el desconsuelo de Jeff. El chico le partía un corazón ya resquebrajado por su culpa.
«Señor, Dios mío —suplicó—, que se fije en mí.
Ojalá me quisiera». Pero Lucía desplazó a Jeff de su mente.
¡Qué extraño! A pesar de haberla recomendado a instancias de don Agustín, el párroco de Santa Águeda, casi no la conocía; de hecho, solo la había visto un par de veces al visitar a los padres de Muriel.
Era una muchacha indígena, de diecinueve o veinte años, de mirada viva e inteligente.
Se había sentido casi aliviada cuando Muriel contó lo de la velación y las habilidades de la chica.
Aquello explicaba los fenómenos insólitos que había presenciado y que la tenían intranquila.
Al contrario de Jeff, ella sí que creía.
Pero a su vez, la inquietaba, la asustaba. Aquel tipo de poder no era lícito.
Recordaba a don Agustín, su confesor cuando iba a Santa Águeda de vacaciones.
Alto, con su sotana negra y el pitillo en la mano; tierno, comprensivo, sonriente y con aquel peculiar acento al hablar que no perdía a pesar de los años.
De niña iba a verlo cuando le venían las premoniciones, se las contaba, le pedía ayuda.
Ella confiaba en él, y él la había ayudado a manejar y a vencer poco a poco aquel detestable don.
A veces con la oración, otras con sus charlas y su buen humor.
—Dios no quiso que viéramos el futuro, Carmencita —le decía—.
Al contrario, quiere que trabajemos para ser mejores y para hacer un mundo mejor.
El futuro lo hacemos nosotros. Por ahí hay un diablillo que te está jugando una mala pasada.
—Sonreía, dándole un pellizco en la mejilla—.
No le hagas ningún caso. Verás cómo se va.
Reza un padrenuestro a las almas del purgatorio cada vez que venga a molestarte.
Pero don Agustín también tenía una parte menos amable; era enérgico, insistente, tozudo y tenía un genio vivo y malhumorado cuando algo no le gustaba.
Recordaba aquella ocasión, ya en la universidad, cuando se tomó unos días para preparar exámenes y fue a Santa Águeda con Susan, una amiga.
Se alojaron en casa de Alicia. A la segunda noche su amiga estalló en un llanto incontrolable y, al fin, confesó que había descubierto días antes que estaba embarazada; no quería a aquel muchacho y deseaba abortar.
Un bebé entonces habría estropeado su vida para siempre.
Llorosa, le preguntó qué era lo que podía hacer.
Entonces Carmen recordó lo que las muchachas del pueblo comentaban del viejo indígena llamado don Anselmo, que vivía en un ranchito cercano a la playa.
—La vida debe seguir su curso —les dijo el viejo—. Yo no soy quién para cambiar su orden.
—Pero usted lo hace todos los días. Sana, salva vidas —le argumentó Carmen mientras su amiga, que no entendía español, asistía esperanzada al debate.
—Pero es distinto.
—Por favor, sálvele la vida a mi amiga.
Cuando Carmen tradujo la negativa, Susan empezó a suplicarle al viejo, en su idioma, pero este se mostró inflexible.
No obstante, decidieron regresar al día siguiente. Era por la tarde y encontraron a don Anselmo bajo un enramado de exuberantes buganvillas malvas, fabricando velas a partir de la cera de las abejas que cuidaba.
Su cara arrugada esbozó una sonrisa amistosa. Carmen dedujo, asombrada, que las estaba esperando.