Ocaso #18
Antes de desaparecer definitivamente, el muchacho sirvió unos whiskies, cambió la música ambiente a un canal de música bailable y moderó la intensidad de la luz de la suite.
Con el vaso en la mano, Rich la condujo a contemplar de nuevo las luces de la ciudad, mientras el mozo retiraba la mesa.
La vista del corazón del downtown era ahora mucho más bella de como Muriel la había percibido a su llegada, y al moverse un poco hacia atrás lo notó a él.
Era un roce ligero que le produjo placer.
Ella hizo como si no se percatara del contacto y se mantuvo expectante.
¿La cogería por el talle o por los hombros? ¿Qué haría Rich?
Pero él se limitó a comentar lo hermosa que era la vista y no hizo más.
Y cuando el mozo se despidió, después de preguntar si deseaban algo, él propuso que se sentaran.
En el camino, Muriel lanzó una rápida mirada a la gran cama que se distinguía a través de las puertas correderas, medio cerradas, que separaban el amplio salón de un no menos amplio dormitorio. ¿O estaban las puertas medio abiertas?
Al acomodarse, ella en el sofá y él en el sillón, solo los separaba la mesilla esquinera. De hecho, sus pies casi se tocaban.
—Lo tienes todo para triunfar. —Rich gozaba de la atención casi reverente con la que Muriel lo escuchaba—. Eres inteligente, trabajas duro y has demostrado tener un sorprendente sexto sentido para captar lo que nuestro cliente quiere, incluso antes de que él mismo lo sepa. ¡Muy bien, Muriel!
—Gracias, Rich.
Ella sentía que se sonrojaba. Tenía una excelente opinión de sí misma, pero poquísimas veces antes le habían dedicado tales alabanzas.
Y nunca alguien a quien ella respetara tanto como Rich.
Una felicidad intensa llenaba su pecho y le producía una embriaguez aún mayor que todo el champán y el buen vino que había bebido.
Era como flotar y pensó que quizá solo el amor complacido podría superar el gozo de aquella saciedad, de aquel estallido de vanidad satisfecha que experimentaba.
—Pero eres mucho más que una gran profesional.
—¿Qué más soy, Rich? —preguntó ella levantando la barbilla y dejando su cuello al descubierto.
—Eres una mujer muy hermosa.
—Gracias. ¿Lo crees de verdad? —Ella bebía las palabras de él tan pronto salían de su boca, miraba aquellos labios y esperaba ansiosa que se formara en ellos el siguiente elogio.
—¡Claro que sí! Tienes unos ojos seductores y una sonrisa que provoca. Pero ¿a que no sabes qué es lo que más me gusta de ti? Profesionalmente hablando, claro.
—¿Qué es?
—Cómo manejas la seducción para conseguir tus deseos.
—¿Tú crees que yo hago eso? —preguntó ella, sonriente.
—¡Claro que sí! Y lo haces con una gran habilidad. Seduces, cautivas, pero aparentando que ocurre como por accidente, que tú no lo pretendes.
—¿Así que crees que lo hago a propósito? —Muriel rio.
—Absolutamente. Tienes medidos todos tus pasos.
Ella volvió a reír.
—No me creas tan mala, Rich. Me sale así. Siempre he sido coqueta.
—Sí, pero no haces nada para evitarlo, solo lo dosificas para que sirva mejor a tus fines.
—¿Y eso es malo?
—No, ¡es perfecto!
—Pero tú también haces lo mismo.
—¿Yo?
Rich sonreía.
—Sí. También juegas con la seducción.
—Quizá también lo haga. —Él quería huir de aquella conversación—.
Pero hablemos de ti, es mucho más interesante: eres joven para el nivel profesional que has conseguido, pero demostraste ser muy capaz, y más ahora, después del éxito de Friendlydog.
Creo que debería considerar concederte más responsabilidades.
—Y observó en silencio el efecto que sus palabras producían.
Muriel estaba apoyada en la mesilla, como intentando acercarse más a él, y lo miraba con intensidad esperando su siguiente frase. Pero él quería que fuera Muriel quien hablara.
—¡Estupendo! —Al fin ella lo hizo—. La verdad es que creo que estoy lista para afrontar una mayor responsabilidad y además creo que me lo merezco. ¿Qué es lo que tienes en mente?
—Estoy en proceso de decidirlo, quizá incluso pueda conseguirte acciones de la agencia y convertirte en socia.
—¿De veras? —Muriel no podía creer lo que estaba oyendo. El salto sería inmenso para ella; aquello, llegando tan pronto, superaba sus sueños más ambiciosos.
—Sí, pero antes tengo que saber que voy a poder contar contigo sin condiciones. Ya te he dicho que se acercan tiempos difíciles. Los detalles los conocerás más adelante. Necesito saber que puedo confiar en ti.
—Puedes contar conmigo, sin condiciones —dijo ella, seria, con mirada intensa.
—¿Palabra?
Él le tomó la mano por encima de la mesilla. Su alianza brillaba a la luz de la lámpara.
—¡Para lo que sea, Rich! —repuso ella asiendo su mano con fuerza.
«Esto va bien —se felicitó Rich—. Ella será un buen aliado».
Rich había mezclado un cóctel perfecto: mucho lujo, vanidad insuflada con las lisonjas adecuadas, un lugar con glamour, la promesa de un futuro brillante.
Muriel estaba eufórica, como en una nube.
Sus ojos relucientes y sus labios húmedos reflejaban la luz de la lámpara de cristal.
Él era un maestro en seducir, y decidió que aquel era el momento de añadir la pasión.