Ocaso #17
Ese era el momento de decirle que prefería cenar en el restaurante, que no iba a subir a la habitación. Sí, eso haría, mejor decir no ahora que tener que pararle los pies arriba. Claro que, incluso en la suite, ella era capaz de negarse con la habilidad precisa; sabía manejar a la gente.
Además, ¿iba a darle la impresión de que le tenía miedo?
¡Claro que no! Estaba segura de que él continuaba evaluándola, midiendo sus reacciones.
Ella controlaría la situación, si fuera necesario, sin problemas.
No, no pasaría nada. Al menos nada que ella no quisiera.
Aunque aquel hombre era atractivo en extremo.
Podía oler su perfume; perfume de poder.
Pero no pasaría nada. Ella amaba a Jeff y no lo traicionaría.
Sus miradas se encontraron cuando él levantó sus ojos de la carta. Rich sonreía y ella se estremeció.
—¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Jeff ya había pedido su tercer whisky y la gente hablaba muy alto para hacerse oír por encima del bullicio. El bar estaba lleno. Pero la conversación entre Jeff y Carmen languidecía. Fue entonces cuando él lo dijo:
—Pareces tú más mi novia que Muriel.
A Carmen le dio un vuelco el corazón.
—¿Por qué lo dices?
Intentó disimular su azoramiento con una breve sonrisa.
—Porque últimamente paso más tiempo contigo que con ella.
—Ya sabes que Muriel es muy activa y siempre está ocupada.
—Demasiado. —Jeff hizo una pausa, como para aclarar sus pensamientos, mientras paseaba la vista por el bar.
Luego sus ojos buscaron los de Carmen y pareció perforarla con su mirada—.
¿Qué está pasando? Siento a Muriel distante; creo que está perdiendo el interés por mí.
Tú la conoces bien, sois amigas íntimas. Cuéntame qué le pasa.
Carmen tragó saliva. ¿Qué podía contestarle?
¿Que el último plantón fue porque Muriel estuvo almorzando con Rich sin molestarse en avisarlo o en contárselo?
Sus intereses personales y su lealtad para con su amiga entraban ahora en un serio conflicto.
No había nada que ella deseara tanto como tener a Jeff, pero la ruptura entre Muriel y Jeff no garantizaba en absoluto que él se interesara por ella.
Es más, mientras Jeff saliera con Muriel, lo tendría cerca.
Si rompían antes de que él mostrara algún interés por su persona, el chico quizá desapareciera para siempre de la vida de ambas. No podría soportar dejar de verlo.
—No lo sé. Pienso que ha sufrido un gran estrés estos días con la presentación de Friendlydog y que luego la espera, hasta saber el resultado, ha sido aún peor.
—Creo que es algo más que estrés…
Carmen bebió de la ancha copa y le lanzó una mirada cálida.
Se sentía atractiva. ¿Podría seducir a Jeff o simplemente estaba tan ciego con Muriel que no la veía a ella?
Carmen deseaba ahora tener el don que tanto la asustaba y que tanto había querido evitar de intuir el futuro.
Pero el futuro con Jeff se mostraba completamente opaco para ella y se sentía condenada a sufrir todas las incertidumbres y todas las dudas del mundo.
—Muriel es muy ambiciosa, Jeff, tú lo sabes. Y esa ambición la hace estar más tensa de lo que tú y yo podamos estar.
—Pero hay algo más, Carmen. Hay algo más —repuso Jeff, negando con la cabeza.
Su mirada se perdía en un mundo interior mientras tomaba un sorbo de su vaso. Carmen apreciaba tristeza en sus palabras y sintió una gran ternura por él. Deseaba abrazarlo.
—¿Hay otro hombre? Dímelo, Carmen. Tú eres mi amiga, tengo que saberlo.
—No sé nada, Jeff.
—Si te enteras de algo, ¿me lo contarás?
La miraba suplicante, ansioso. Carmen desvió la mirada, callando; no sabía qué decir.
—Por favor, Carmen. —Apoyó su mano en la de ella y Carmen sintió que se deshacía—. Por favor.
Sus miradas se enredaron la una en la otra.
—Por favor, Carmen. Prométeme que si averiguas que hay otro hombre me lo contarás.
Tenía una lágrima en la mejilla.
—¡Di que sí! —murmuró.
Ella no podía apartar sus ojos de los de él.
—Por favor, di que lo harás —insistió con desespero.
—Sí.
En el momento de entrar en la habitación, Muriel deseó huir.
Se sentía expectante, excitada y, raro en ella, algo tímida.
La vista sobre la ciudad que Rich le mostraba no era, ni con mucho, lo espectacular que él le había anticipado.
Acostumbrada a la altura de su despacho en la oficina, aquel hotel, construido a principios del siglo pasado, resultaba un edificio bajo.
El sonido de otra botella de champán descorchándose a sus espaldas la hizo volverse.
«Es una encerrona, lo tiene todo preparado», pensó al verlo poner la botella en una cubitera repleta de hielo. Rich le ofreció un nuevo brindis.
—¿Sabes que en esta suite se citaron en un buen número de ocasiones el presidente Kennedy y Marilyn Monroe?
—No, no lo sabía.
—Pero no busques ninguna placa de bronce conmemorativa en la pared… Bueno, aún no. En este hotel aún creen que la discreción es parte del negocio. —Rich le dedicaba una amplia sonrisa de mirada azul. Alzó su copa en un brindis—: Por Marilyn.
—Por John F.
Al bajar su copa, Muriel se encontró con la mirada de Rich, una mirada que tiraba de ella como si fuera un lazo. Deseaba escapar y dio un paso atrás. Él parecía percibir su turbación y, siempre con la sonrisa acunándose en sus labios, se sentó en un sofá como para darle un respiro.
—Claro que han cambiado la decoración y el mobiliario —dijo, abarcando con un gesto los muebles contemporáneos, las paredes y las alfombras de colores crema, tostados y pastel—. ¡Qué pena! —Y se quedó mirándola desde su asiento.
Ella, de pie y sujetando la copa con las manos, contemplaba su entorno afirmando con la cabeza.
—¿Sabes que en este hotel se entregaron once ediciones de los Oscar?
—Pues no.
Muriel se sentía ridícula por su reacción anterior y acudió a sentarse en un sillón cercano a Rich. Ella no le tenía miedo, podía controlar la situación.
—Y que aquí han rodado un montón de películas, desde Vértigo hasta Bugsy y El golpe . —Rich inició un relato explicativo sobre el lugar y, conforme él charlaba, Muriel se dejaba arrullar por la conversación mundana, repleta de historias de glamour y sueños de champán; se relajaba, cogía confianza.
Un maître y un camarero subieron a servir la cena en un carrito que una vez dispuesto se convirtió en una mesa soberbiamente adornada con manteles y flores.
Supervisado el montaje, la aceptación de los vinos y que ambos estaban satisfechos con el primer plato, el maître dejó el servicio en manos del mozo.
Este, discreto, desaparecía para aparecer con el siguiente plato mostrando un perfecto sentido del tiempo y anunciando siempre su llegada con un discreto toque en la puerta.
Nunca entraba hasta que Rich lo invitaba a hacerlo; intimidad perfecta.
Rich era un conversador fascinante y la colmaba de elogios. Una cena espléndida, pero Muriel sentía que los halagos la llenaban más que la comida.