Ocaso #16
—Que nos espía, Jeff. Esa mujer no solo obtiene información para Muriel. Nos ha estado vigilando.
—¿Cómo puedes saber eso? —Jeff la miraba asombrado.
—La he visto, la he sentido.
—Pero ¿cómo?
—Es difícil de explicar. De la misma forma que ella puede desplazarse astralmente, yo puedo sentir si ella está en la habitación donde yo estoy.
Es parte de un don que tengo desde pequeña y del que he querido librarme durante mucho tiempo sin éxito.
—Jeff tenía su vaso levantado camino de la boca, pero no llegó a beber.
Miraba a Carmen y la escuchaba con atención—.
En estos últimos días he notado, a veces, una presencia extraña.
Durante la presentación que hicimos para la Metropol.
En casa, estando solas Muriel y yo. No sabía qué pasaba, no sabía por qué aquellas sensaciones de la infancia volvían a mí, me daba miedo.
Ahora ya sé lo que notaba. Era ella, era esa tal Lucía.
Jeff aprovechó la pausa para tragar el whisky que le quedaba.
—¿Qué sentías, qué veías? —quiso saber mientras depositaba el vaso en la barra.
—Una luz difusa, una forma corpórea. Y la percepción de una presencia, algo que no puedo explicarte y tú no puedes entender si nunca lo has sentido.
Jeff meneó la cabeza, incrédulo, y se mantuvo en silencio mientras Carmen lo observaba con atención.
—Además —continuó ella—, ese nombre, «velación»…
—¿Qué ocurre con el nombre? ¿Tiene algún significado en español?
—Sí, lo tiene. Demasiados. Puede venir de «velo» y entonces quiere decir tapar, esconder.
Pero también puede significar lo contrario; como el velo de la novia que cubría la cara de las mujeres en su boda antiguamente.
Velo que primero cubre para luego descubrir.
Puede venir también de «vela». Iluminación, ver, conocer lo que está oculto.
Pero en México también simboliza pasar la noche despierto.
En general frente al cuerpo de un muerto, velándolo.
—Carmen hizo una pausa y su mirada se tornó pensativa—.
No me gusta, Jeff. Es brujería y en la tierra de mi padre se le tiene mucho respeto a eso. Muriel no sabe con lo que está jugando.
—¿Y qué va a pasar ahora? —preguntó Jeff al rato deslumbrando a Carmen con el azul de sus ojos.
—Muriel debe saberlo, debe saber que es peligroso. Quizá Lucía le haya proporcionado información importante y por eso cree que controla la situación. Pero no sabe nada. No controla nada. Esa mujer actúa por su cuenta. Porque también la vigila a ella.
—¿A Muriel?
—Sí, claro. Ya te lo dije. Lucía espía a Muriel.
«Apuesto dos a uno a que lo consigo». Hundido en uno de los sillones del hall del Biltmore, desde donde controlaba la entrada principal del hotel, Rich esperaba ufano.
Le encantaban las recepciones de los grandes hoteles y en particular la de este, con su arquitectura lujosa de techos altos decorados con nubes y ángeles y con el gran estilo de principios del siglo XX .
Eran lugares donde residía lo inesperado.
Gentes que entraban y que salían, construyendo negocios de millones de dólares, hilando amores prohibidos, o que acudían atraídos, como él hoy, por la aventura y una apuesta consigo mismo.
Muriel era una mujer hermosa, inteligente, con encanto y mucha ambición. Y en aquel sábado en que se encontraron a solas en la oficina, él sintió electricidad entre ellos. Manzana tentadora.
Ahora su pensamiento seguía a la gente que deambulaba. Un tipo con zapatillas deportivas cargando un maletín y portando trajes. Una pareja de edad con aspecto norteño y de mucho dinero. El muchacho de impecable uniforme con su carrito dorado lleno de maletas.
Consultó su reloj de pulsera. Se retrasaba, pero no lo suficiente aún para inquietarse.
Y entonces la vio. Cruzaba la puerta con paso decidido. Vestía un traje de chaqueta de tonalidad casi negra, elegante. La falda corta y sus medias oscuras moldeaban sus largas piernas encaramadas en zapatos de tacón de aguja.
Rich permaneció sentado contemplándola satisfecho mientras ella se detenía mirando a su alrededor. Al fin, al encontrarlo, le dedicó una amplia sonrisa antes de acercarse. Su melena negra enmarcaba unos seductores ojos verdes y los labios dibujaban una promesa.
Rich se levantó para cogerle la mano en ademán de besársela. Pero solo era un gesto medido.
—Me alegro de verte, Muriel.
—Hola, Rich.
—Te agradezco que hayas podido venir a pesar de avisarte con tan poco tiempo.
—Tuve que cancelar otro compromiso, pero no importa.
—Bien. Gracias por hacerlo. ¿Qué tal si vamos al bar?
—¿Bar? Creía que íbamos a cenar.
—Sí, por descontado. Pero primero te invito a una copa para celebrar haber ganado la cuenta de Friendlydog. Supongo que la aceptarás, ¿verdad?
Muriel le lanzó una mirada intencionada, escrutadora, para luego suavizarla sonriendo.
Le gustaban el porte elegante y el pelo canoso de Rich, le conferían un aire sólido, enigmático.
Las facciones agradables y su sonrisa segura le daban aspecto de galán de cine.
Pero sobre todo notaba poder en aquel hombre.
Lo notaba en sus gestos, en sus movimientos, en sus palabras. La atraía.
—Acepto.
Se instalaron en una mesita del bar, lleno de gente en la barra, bullicioso y concurrido en aquella hora. Un grupo de hombres de negocios discutiendo sobre béisbol, turistas orientales que parecían esperar al guía y gentes varias, difíciles de catalogar entre turismo o trabajo.
Rich pidió champán, y cuando lo sirvieron levantó su copa para brindar.
—Por la más prometedora de las ejecutivas de nuestra agencia.
—Gracias.
Chocaron las copas y bebieron.
—Muriel, estoy seguro de que es a ti a quien debemos este éxito. Tu parte, y en especial el trabajo hecho en las propuestas de diseño de marca, fue determinante para que ganáramos. Muy inteligente.
Ella dibujó una sonrisa cauta y siguió escuchando con atención. Le encantaban los elogios y mucho más si estos provenían de Rich.
—¿Cómo conseguiste convencer al equipo creativo para que lo hiciera?
Debieron de trabajar muchas horas. Mi experiencia con ellos es que sin un encargo formal de sus jefes jamás desarrollan un proyecto tan costoso.
He comprobado que no recibieron orden oficial para rediseñar la imagen de la marca; sin embargo, lo hicieron y su aportación fue decisiva. ¿Cómo lo lograste?
—Mi trabajo consiste en persuadir, Rich, y soy muy buena en mi trabajo.
Rich sonrió ante la audacia. Desde luego, aquella muchacha tenía mucha seguridad en sí misma.
—¿Cuáles son tus ambiciones?
Ella se sobresaltó frente a una pregunta tan directa.
—¿A corto o a largo plazo?
—Ambos.
—Ahora quiero el puesto de Mike —repuso Muriel, sin vacilar y mirándolo a los ojos intensamente—. Y luego ya veré. —Una sonrisa—. Quizá el tuyo.
El hombre tomó un sorbo de champán; disfrutaba de la conversación.
—Sí, creo que, como tú dices, eres buena en tu trabajo. Quizá incluso tanto como proclamas. Y eres ambiciosa, pero las cosas en la vida no vienen solo porque tú las quieras. Hay que trabajar duro por ellas.
—¡Pero Rich! ¿Insinúas que no trabajo suficiente? ¡Si estoy quemando mi juventud para lograr que tu agencia triunfe!
—Aunque seas brillante y trabajes mucho, hace falta algo más.
—¿Qué más?
—También necesitas pertenecer a un grupo, no estar sola, tener quien te apoye.
Muriel escrutaba con su mirada verde la sonrisa, ingenua en apariencia, de aquel hombre.
—¿Y qué hay que hacer para conseguirlo?
—No lo sé. Yo no tengo el secreto. —Él amplió su deliciosa sonrisa —. ¿Qué opinas tú?
—Tampoco lo sé —repuso con cautela—. Pero estoy segura de que, dada tu experiencia, sí que tienes alguna idea.
—Adivino que funciona con acuerdos no escritos, tipo: tú me ayudas a mí y yo a ti. Hoy haces algo por mí, yo lo hago mañana por ti.
—¿Y qué quieres que haga yo hoy por ti? —Ahora ella lo miraba inocente.
Rich dejó que la pregunta flotara entre los dos. Y levantando la copa de champán, se entretuvo atisbando las luces del bar a través del vidrio, después la puso frente a Muriel y fue bajándola, con lentitud, mirando por encima del borde de cristal primero sus ojos y luego sus labios.
—Es muy posible que tarde o temprano estalle una lucha de poder dentro de la agencia. Te quiero a mi lado.
—¿Y qué comporta eso?
—De momento, no mucho. Después dependerá de lo que ocurra.
—Dime más. ¿A qué me obligo estando contigo?
—Ya veremos cuando la ocasión surja. Eso es todo lo que puedo contarte ahora. —Su mirada se había vuelto dura—. Lo tomas o lo dejas.
—Es ambiguo.
—Es como es. ¿Trato hecho?
Su voz era perentoria, estaba serio.
Ella pensó con rapidez. No perdía nada y sería estúpido desaprovechar la oportunidad de aliarse con Rich.
—¡Trato hecho!
Muriel levantó su copa y un suave tintineo de cristal sirvió de rúbrica para aquel misterioso acuerdo del cual ella desconocía los términos. Sintió temor. Presentía que acababa de alistarse como peón en un juego muy peligroso.
El maître apareció con los menús y con una inclinación de cabeza los ofreció, primero a Muriel y luego a Rich. Recitó los platos especiales del día y se fue concediéndoles unos minutos para pensar.
—¿Sabes que la agencia tiene una suite reservada en el hotel?
—No, no lo sabía.
—Es en el último piso, y pensé que te gustaría ver la vista que tiene sobre la ciudad. —Hablaba mirando la carta, como si la informara de algo nimio y obvio—. Lo he arreglado todo para que nos sirvan allí la cena.
Muriel se lo quedó mirando mientras múltiples pensamientos surcaban su mente.
No recordaba haber oído nunca que la agencia tuviera una suite permanente en el Biltmore.
Aquella cena podría convertirse en muy íntima, demasiado.
Podría terminar en la cama; claro, eso era lo que él buscaba.
Pero no, ella no quería traicionar a Jeff. No lo haría. Lo amaba.