Ojos en la noche Ocaso #15
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Ocaso #15

—¡Claro! Me preguntabas por qué lo del diseño de marca de Friendlydog; por qué razón teníais tú y tu equipo que emplear tanto tiempo en el desarrollo de algo que el cliente ni siquiera había insinuado.

¿Creías que era un capricho mío? ¡No! Le pedí a Lucía que visitara a menudo a los responsables y que me informara.

Ella me dijo que los de la Metropol consideraban prioritario desarrollar un nuevo diseño de marca, ya que en sus estudios de mercado aparecía que el actual era anticuado.

¡Y acertó en todo! Los de la Metropol se quedaron impresionados al ver que no solo habíamos identificado el problema, sino que les adelantábamos propuestas válidas para solucionarlo.

Esa fue la clave para lograr la cuenta. ¡Y dejamos, además, claro que el mérito es nuestro y no de mi jefe! ¡El pobre está fuera de juego!

—¿Que esa chica estuvo espiando a la Metropol por encargo tuyo? —Jeff no salía de su asombro—. ¿Y me has hecho trabajar todas esas horas solo porque te lo dijo una adivina?

—Efectivamente. —Muriel levantó su copa con gesto y sonrisa triunfante—. ¡Y hemos ganado!

—Es brujería —insistió Carmen.

—Llámalo como quieras, brujería o chamanismo, pero lo cierto es que hemos ganado.

—Muriel estaba molesta y había dejado de sonreír—.

Te he dado la explicación científica de cómo funciona, y la habilidad de Lucía nos puede ayudar muchísimo en el futuro.

—Hizo una pausa para mirarlos a ambos, y muy seria continuó—: Os he confiado lo ocurrido porque sois mis mejores amigos.

Espero que esto no salga de aquí. Primero porque disponemos de una ventaja que nos ayudará a subir como la espuma y segundo porque no nos creerían.

Cuidaré de esa chica como si fuera la gallina de los huevos de oro.

—Ándate con cuidado, Muriel. Quizá te estás metiendo en algo que no puedes controlar.

La gente que tiene ese tipo de habilidades no las usa por beneficio económico, todo lo más para su propia subsistencia si lo precisan.

Recurren a ello para ayudar a los demás, pero no para espionaje industrial.

Cuando ese tipo de poderes se emplean en busca de beneficios o para perjudicar a alguien, aunque sea al tonto de tu jefe, ya no es magia o chamanismo. Es brujería.

—Bobadas, Carmen. Lucía me ha ayudado porque es mi amiga. Eso es todo.

—¿Y qué te ha pedido a cambio?

—Nada.

—Espero que sea como tú dices. ¿Y está dispuesta a seguir ayudándote?

—Desde luego, Carmen, ¡te he dicho que es mi amiga! —El tono de Muriel denotaba irritación—. No entiendo tus reparos. Deberías alegrarte.

—Lo siento, Muriel, pero esos temas me asustan.

—No hay nada escondido, Carmen, todo es limpio. —Muriel consultó el reloj y apuró parte de su copa—. Y ahora tengo que dejaros porque voy a llegar tarde.

—¿Llegas tarde? ¿Adónde llegas tarde? —Jeff sonaba entre sorprendido y alarmado—. ¡Pero si hemos quedado tú y yo para esta noche!

—¡Oh!… Sí, Jeff, lo siento. Pero es que me ha llamado mi madre; me dijo que mi padre sigue en ese estado de pesimismo y de total desánimo por lo de su trabajo.

Teme que pueda coger una depresión muy seria.

Me ha pedido que vaya a cenar y estoy segura de que cuando le cuente este éxito se van a alegrar muchísimo.

Disculpa que no te invite, pero él no desea ver a nadie que no sea de la familia.

—¡Pero Muriel! Si esta misma tarde me has prometido que…

—Las cosas han cambiado, lo siento mucho. Tengo que irme. —Se levantó del taburete y besó a Carmen. A continuación, depositó un beso, con la punta de sus labios, en los de Jeff—. Ya lo arreglaremos, cariño, no te preocupes. Oye, tengo mucha prisa. Invitas tú a los cócteles, ¿verdad, Jeff?

Y cogiendo su bolso, Muriel salió por la puerta del bar con paso decidido.

—Estoy jugando con fuego. —Muriel hablaba sola mientras conducía su coche al salir del aparcamiento de la oficina—. Jeff se ha disgustado y como se entere tendré un serio problema.

Amaba a aquel chico. Admiraba su inteligencia creativa, su mente aguda y rápida y aquellas ocurrencias suyas que le provocaban la risa.

Y tenía un indudable encanto masculino. Pero en asuntos prácticos demostraba una inocencia casi infantil.

No solo carecía de la sutileza necesaria para jugar sus cartas dentro de la agencia, sino que despreciaba «las conspiraciones y los politiqueos», como él los llamaba.

Estaba equivocado; cuando se tenía ambición, y él la tenía, se debía ser sensible a lo político, por muy bueno que se sea profesionalmente.

Habían discutido muchas veces sobre el asunto. Ella se lo explicaba pacientemente, pero Jeff insistía en no querer saber nada de cualquier cosa que sonara a una estrategia de carrera profesional y a apoyarse en las personas adecuadas.

«Disfruto en mi trabajo creando —decía—. Soy muy bueno en lo mío, y quiero que se me reconozca por mi labor y no por hacer la pelota al jefe».

Giró a la derecha, entrando en Grand Avenue, mientras meneaba la cabeza con disgusto al recordar lo terco que se mostraba Jeff cuando conversaban sobre ese tema.

Sus pensamientos regresaban: ¿por qué le había mentido?

¿Por qué no le había dicho adónde iba realmente?

Quizá porque intuía el enfado de Jeff y, aunque aquella cita era importante para su progreso profesional, no deseaba tener una discusión por ese motivo.

Además, le había prometido una velada romántica aquella tarde, no iba a cumplir y eso le pondría de un humor terrible.

Claro que cuando ella quedó con Jeff no había recibido aún esa invitación…

Era un asunto profesional, sin duda. Pero entonces, ¿por qué no le dijo la verdad? ¿Sería porque quizá la cita no fuera tan de negocios como ella deseaba creer?

Sí. Sería porque intuía algún peligro detrás de la invitación y porque una cierta dosis de peligro seducía a Muriel Mahare.

Hizo otro giro a la derecha, colocando su coche en la doble fila de los que entraban en el área de recepción del hotel Biltmore.

Miró hacia las puertas, a la abundante tropa de mozos uniformados, y pudo oler el lujo del hotel más cinematográfico del mundo.

Respirando hondo bajó el parasol del automóvil para enfrentarse con su imagen en el espejo del reverso.

Sí, el maquillaje estaba bien. Y ella también.

Se dedicó una breve sonrisa. Quizá el carmín precisara un retoque, pero no era urgente.

—Buenas tardes, señorita.

Un muchacho sonriente le abría la portezuela.

—Buenas tardes. —Puso la marcha en posición de aparcamiento, cogió el bolso del asiento del acompañante y bajó del vehículo.

Los ojos del chico fueron a sus piernas mientras ella descendía. Muriel lo miró seria pero divertida, mientras el botones reaccionaba con aire culpable, dándole el resguardo del aparcamiento.

—¿Equipaje? —preguntó mientras señalaba el maletero.

—No, gracias. —Ahora ella le sonrió.

—Que tenga una muy buena estancia, señorita.

—Gracias.

Con paso decidido y después de oír el sonido de sus tacones en el pavimento, antes de hundirlos en la mullida alfombra, Muriel cruzó la puerta que le abrían cortésmente.

Jeff miraba incrédulo la salida. Como esperando a que Muriel regresara riéndose y le dijera: «Era broma, bobo».

Pero no volvió. Carmen, subida aún en el taburete del bar, hundía la mirada en el fondo de su copa como si se tratara de un pozo.

Era testigo incómoda del chasco encajado por su amigo.

No era la primera vez que Muriel hacía algo semejante, ni tampoco sería la última. Ella era así.

Al fin, Jeff soltó un resoplido y girándose hacia ella estalló.

—¡No me puedo creer que me haga esto! —se lamentó—. ¡Precisamente hoy! ¡Esa mujer me está volviendo loco!

Carmen se limitó a mover la cabeza en un gesto neutro que quería ser de apoyo pero que no la comprometía a nada.

Sentía una mezcla de vergüenza ajena al presenciar el plantón con el que Muriel acababa de obsequiar a Jeff y de placer, al quedarse a solas con él.

Ya había vivido ese tipo de situación antes.

Él, lamentándose del maltrato que Muriel le infligía, y ella, sirviendo de paño de lágrimas.

Para Carmen aquellas sesiones tenían un sabor agridulce; disfrutaba de la amistad y confianza con la que Jeff se le sinceraba, pero sufría oleadas súbitas de celos que con un sabor amargo ascendían de su estómago a la garganta.

Reprimir el deseo de consolarlo con una caricia le suponía un esfuerzo tremendo.

—¿Habíais quedado?

Era una pregunta estúpida, pero le salió antes de poder evitarla.

—Me prometió una velada romántica.

—¡Vaya! —exclamó intentando no imaginar la escena.

No dijo más y, a pesar de la música del local, un espeso silencio empezó a flotar sobre sus cabezas como un nubarrón de tormenta. Jeff mantenía su mirada perdida en la puerta.

Carmen quiso retomar la conversación por donde no doliera.

—¿Qué opinas de la historia que nos ha contado sobre esa chica, Lucía?

Jeff la miró sorprendido, como si regresara de un lugar distante.

—No lo creo —dijo al cabo de unos momentos de reflexión—. Y me hace dudar de su sensatez. Muriel está muy rara últimamente. —Hizo una seña al barman—. ¿Qué quieres tomar, Carmen?

Ella dijo que tenía suficiente con el cóctel y Jeff pidió un whisky. Luego volvió al silencio.

—Pues yo creo que va demasiado lejos con su prisa por prosperar en la agencia. Está abriendo una puerta que debería mantener cerrada —dijo Carmen después de ordenar sus pensamientos.

—¿A qué te refieres?

—A lo que nos contó sobre Lucía.

—¿Pero tú te lo crees? ¿Crees que esa mujer tiene las habilidades que Muriel dice?

—Sí, lo creo.

—¡Pero vamos, Carmen! —Ahora Jeff la miraba con interés—. ¿Piensas que ella podría estar aquí, ahora, vigilándonos, escuchando lo que decimos?

—Sí, podría hacerlo.

—Pues yo digo que Muriel nos ha gastado una broma.

—No, no es broma. Va muy en serio y además eso explica algo muy raro que me preocupaba.

—¿Qué es?