Ocaso #14
—Rich me ha llamado para decirme que estamos listos para la firma. Solo queda por acordar algún punto sin importancia. Pero como la Metropol no ha comunicado aún su decisión a las demás agencias participantes en el concurso, la noticia es confidencial.
—¡Fantástico!
—¡Sí! Voy a decírselo a Carmen y, al salir esta tarde, tomaremos una copa para celebrarlo. ¡Que nadie más se entere! Si empiezan a correr rumores, los de la Metropol se molestarán y eso puede estropear la firma.
—¿Y para contarme eso me has traído aquí?
—Lo siento, ha sido una mala idea; solo quería besarte sin que nos vieran. Salgamos.
Entreabrió la puerta observando con cuidado el exterior. Y antes de que Jeff pudiera reaccionar, Muriel se alejaba ya con paso enérgico por el pasillo, como si nada hubiera ocurrido.
Jeff se quedó frente a su imagen en el espejo del aseo. ¿Tenía cara de sorpresa o solo de tonto? No sabría definirla. Decidió irse de aquel lugar lo antes posible.
Pero justo al salir se encontró con Sara.
—¡Jeff! —dijo contemplándolo, sorprendida—. ¿Qué hacías tú ahí dentro?
Él acababa de abrocharse el cinturón, pero reaccionó rápido.
—Creatividad, Sara. —Pensó que la situación tenía su gracia—. Hay que variar. ¡Ha sido un pis de lo más creativo!
—¿Sí? —dijo Sara contemplándolo de pies a cabeza—. Pues yo de ti me subiría la cremallera. —Y le señaló la bragueta—. No pierdas tu creatividad por ahí.
—Gracias —repuso, arreglándose el pantalón.
Entonces vio que Muriel llegaba ya a los ascensores después de cruzar la sala.
—Hablamos luego. ¡Me he topado con las musas! Tengo un montón de ideas.
Y salió corriendo en pos de su novia. La alcanzó cuando pulsaba el botón.
—No has tenido una mala idea, al contrario, es genial —le dijo—. Solo que no vale con iniciarla, hay que terminarla.
—Ya te he dicho que después. Ahora, compórtate.
Justo entonces llegaba el ascensor con varios pasajeros y después de entrar Muriel se quedó mirando a Jeff muy seria y en silencio. Pero cuando las puertas se cerraban, sabiéndose fuera de su alcance, le sacó burlona la lengua para dedicarle después una amplia sonrisa de triunfo.
Jeff cerró un ojo, la apuntó con el dedo en un signo de «ya te pillaré» y pensó que la espera hasta cumplir su silenciosa amenaza se le iba a hacer interminable.
Se encontraban en la barra de un bar cercano a la oficina celebrando la consecución, al fin, de la cuenta de Friendlydog.
Ellas, encaramadas en los altos taburetes de la barra, ofreciendo una hermosa vista de sus piernas, y Jeff, de pie frente a ellas.
Habían levantado las copas, brindaron con cóctel de champán y rieron a carcajadas cuando Jeff contó su encuentro con Sara a la salida del aseo de señoras.
Carmen los acompañó en sus risas, mientras imaginaba la tórrida escena contra la puerta del aseo; sentía dolor y celos ante la evidencia de la pasión de Jeff por Muriel.
Las caras aún se mostraban alegres cuando Carmen, solo festiva en apariencia, acusó a Muriel de ocultarles algo: había llegado el momento de que les explicara los misterios de los últimos días. Las sonrisas se desvanecieron cuando Muriel inició su relato.
—Sí, es cierto. Os he estado ocultando algo. —Muriel hizo una pausa—. Y ahora os lo voy a contar.
Tomó un sorbo de la copa que sostenía en la mano y miró la expresión de las caras de Carmen y de Jeff.
—Al principio no sabía si era una bobada de una pobre muchacha sin educación o si se trataba de algo serio —prosiguió—.
Temía que me considerarais una crédula a la que estaban engañando y por eso no os dije nada.
Todo empezó cuando a la chica de servicio de casa de mis padres le ofrecieron un empleo mejor pagado y decidió marcharse.
¿Recuerdas, Carmen, esa chica mexicana, bien recomendada, que conocías y que me dijiste que estaría contenta de trabajar por poco dinero? Se llama Lucía.
—Sí, claro que la recuerdo. Don Agustín, el párroco de Santa Águeda, el pueblo donde yo pasaba los veranos, me pidió que le encontrara trabajo. Tenía problemas con sus papeles, pero conocían a alguien que la ayudaría a cruzar la frontera. Y pensé que con tu familia estaría bien.
—Sí. Entró de forma ilegal, pero a mis padres les convenía; les están yendo mal las cosas y no pueden gastar mucho dinero. Lo curioso del caso es que, al comentar el asunto, de forma casual, Anne, la socióloga, se mostró muy interesada. Y mucho más cuando supo que Lucía venía de Santa Águeda.
—¿Por qué? —inquirió Carmen, sorprendida.
—Tú sabes que Anne, aparte de hacer algunos trabajos como freelance en la agencia, está muy metida en política y además resulta ser una buena antropóloga, ¿verdad?
—Sí, en ocasiones me ha preguntado sobre México… —Carmen se interrumpió de repente con una expresión extraña—. Por cierto…
—¿Qué?
—¿Habéis oído lo que le hicieron?
—No. ¿Qué le hicieron? —preguntó Muriel, curiosa.
—Un hombre la atacó golpeándola y cortándole la cara. Está en el hospital.
—¿Y cómo se encuentra? —quiso saber Jeff.
—Me han dicho que evoluciona bien, pero que no desea ver a nadie.
—¿Cómo sucedió?
Los ojos verdes de Muriel, más grandes que de costumbre, brillaban alarmados.
—No me han contado los detalles, pero por lo visto está deprimida y no quiere hablar.
—¡Dios mío! ¿Cómo pueden ocurrir este tipo de cosas? Tenemos que ir a visitarla.
—¡Claro! Pero yo esperaría a que estuviera en su casa —aconsejó Carmen.
—Sí, será mejor —convino Muriel.
Todos quedaron en silencio.
—Bien, pero ¿qué querías contar sobre Anne? —inquirió Jeff al rato.
—Pues que la invité un día a casa de mis padres. Le hizo algunas preguntas a la chica en español y me dijo después que Lucía era la nieta de un chamán muy poderoso y que quizá poseyera alguno de los poderes del viejo. Quería seguir viéndola para saber más.
—¿Poderes? —Carmen estaba intrigada—. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque sé que a ti no te gustan esas cosas; las has evitado siempre. Y como tú me habías recomendado a la chica, pensé que este asunto no te haría ninguna gracia.
Carmen se encogió de hombros. Luego preguntó, pensativa:
—¿Chamán? ¿No sería don Anselmo? Es el único curandero de Santa Águeda.
Había algo en aquella historia que a Carmen no le encajaba.
—No sé, no me lo dijo —repuso Muriel, y después de hacer una pausa continuó con su relato—: Pero el caso es que debió de llegar un momento en que Lucía se cansó de la pobreza y sucumbió a la tentación de las riquezas del norte.
El asunto me intrigaba y me esforcé en establecer una buena relación.
No fue difícil. Ya sabéis que a mí no me cuesta entablar conversación —sonrió—.
Está sola aquí y tiene un extraordinario interés en aprender sobre nuestro país.
Siempre que visito a mis padres la ayudo en la cocina y charlamos un buen rato.
Nos hemos hecho amigas. La chica es muy inteligente, ha ido a la escuela y, aunque no ha llegado a la universidad, tiene una gran educación en otras cosas.
—¿A qué cosas te refieres? —preguntó Jeff.
—A cosas. Tiene capacidades que nosotros no tenemos, pero no le gusta hablar de ello.
—¿Como qué?
—Os contaré algo que nos pasó. ¡No os lo vais a creer!
—Muriel estaba excitada—. Un buen día había ido a cenar a casa de mis padres, la mesa estaba puesta y mi padre no aparecía.
Últimamente se muestra muy deprimido. Tenía el móvil desconectado y empezamos a sufrir por él conforme pasaba el tiempo.
Mi madre y yo íbamos a llamar a la policía cuando esa chica nos dijo que por favor esperáramos unos minutos y fue a encerrarse en su habitación.
Al salir explicó que papá estaba bien, pero que había bebido bastante y me dio el nombre del bar donde podíamos encontrarlo.
Llamé por teléfono y efectivamente allí estaba, sano y salvo.
—¡Asombroso! —exclamó Jeff, incrédulo, pero con un fingido entusiasmo risueño.
Pero Carmen no compartía su alegría.
—Muriel —dijo—. ¿Nos estás contando que tus padres metieron a una bruja en su casa? ¿Y además por mi culpa?
—No, Lucía no es una bruja. Solo que tiene conocimientos muy particulares; por lo demás es una chica moderna y ha decidido labrarse un futuro aquí. Es mi amiga, está aprendiendo muy rápido nuestra forma de vida y posee una belleza étnica muy singular; es muy hermosa.
—Pero tiene un poder especial. Y ese tipo de poderes al otro lado de la frontera se llaman brujería. ¿Cómo supo dónde estaba tu padre? ¿Qué hizo para saberlo?
—Mira, Carmen, lo de bruja no se puede aplicar a esa chica.
Deja que te cuente. A mí me sorprendió lo ocurrido tanto como a vosotros ahora y le pregunté a Lucía cómo lo había hecho.
Ella y yo tenemos confianza, así que me contó su secreto.
—Muriel los miró con una ligera sonrisa de triunfo—. Hizo una velación.
—¿Una qué? —preguntaron Carmen y Jeff al tiempo.
—Una velación.
—¿Y eso qué es? —inquirió Jeff.
—Algo extraordinario. Los que saben de eso le llaman bilocación o viaje astral.
Se encierra en su habitación y enciende una vela.
Se queda quieta mirando la llama, se concentra pensando en una persona y entra en una especie de trance.
¡Y sorpresa! ¡Consigue ver y oír, además de a esa persona, todo lo que ocurre alrededor de ella!
—Muriel contemplaba, divertida, la expresión boquiabierta de los otros dos—.
Hablé después con nuestra amiga antropóloga y me confirmó que, efectivamente, tenía noticias de que el viejo chamán de Santa Águeda puede hacer eso, y que la vela es un simple instrumento que les induce al trance por el que consiguen desdoblar su ser.
La parte física se queda frente a la vela, mientras que su mente, o su otro yo, se desplaza hasta su objetivo, lo ve y lo escucha.
—Pues yo no me lo creo —dijo Jeff rompiendo el sorprendido silencio que siguió la explicación de Muriel.
—¿Me creerás si te digo que estuviste trabajando horas extras gracias a ella? —repuso la chica con mirada irónica.
—¿Cómo?