Ocaso #13
—No seas tonta. Tal vez haya tomado demasiado vino en la cena. ¿Ves? Ahora no veo ninguna lucecita. Ni tú tampoco la has visto, ¿verdad? —Muriel negó con la cabeza—. ¡Pues no hay nada! Olvidémoslo.
—¿Estás segura?
—Naturalmente. Cambiemos de tema; hay que limpiar la mesa. —Y empezó a recoger los platos de ambas. Su amiga la imitó, pero, al mirarla disimuladamente, la veía observando las cortinas con recelo.
Carmen estaba segura de haber visto lo que vio.
Y ahora sabía que solo ella era capaz de verlo.
Pero había algo más que le extrañaba. ¿Por qué Muriel se había alterado tanto?
A pesar de haber pretendido disimular con humor, estaba afectada, la conocía.
¿Era quizá la tensión de aquellos días? Muriel mostraba siempre una gran curiosidad por lo que ella le contaba de Santa Águeda, pero nunca temor. Estaba rara. ¿Qué le ocultaba?
Su compañero no se quejaba, pero se retorcía angustiado mientras la serpiente de cascabel reptaba hacia unas matas en busca de refugio. El hechicero, cuchillo en mano, se precipitó hacia el muchacho para sacarle el veneno.
«Mala suerte», se dijo Anselmo, estremeciéndose. Al intentarlo, la serpiente mordió al chico. Aunque sobreviviera a la mordedura igualmente moriría joven, esa era la tradición.
Ahora le tocaba a él y Anselmo se acercó a las matas, apoyando con cuidado en el suelo uno de los extremos de su ipa’lili , el bordón ceremonial que lo distinguía como a uno de los iniciados.
Entonces comenzó a sisear, silbando entre dientes la canción del fuego, la misma que los paisanos cantaban y bailaban cuando le presentaron a los demás clanes hacía ya casi once años.
Se puso en cuclillas e inició la espera, paciente, mientras los siete muchachos restantes observaban a distancia.
Sentía temor, pero su pulso no temblaba.
¡La víbora debía salir, tenía que lograr que saliera!
La ceremonia de iniciación de aquel grupo de muchachos había empezado dos meses antes, justo cuando las Pléyades se mostraban por primera vez al atardecer y Anselmo tenía quince años.
Aquella noche cantaron y bailaron la danza del fuego hasta que el primer rayo de sol iluminó la colina sagrada.
Entonces fue cuando el hechicero perforó la nariz a cada uno de los neófitos con un palo afilado e introdujo un pedazo de junco para evitar que se cerrara el agujero.
Desde aquel momento, los chicos tuvieron que sobrevivir comiendo solo plantas silvestres; los rayos del sol no debían tocar su cuerpo y nadie excepto el brujo estaba autorizado a verlos.
Al fin, al cicatrizar la herida de la nariz, el hechicero dijo que estaban preparados para la gran prueba.
Anselmo notaba cómo el corazón batía en su pecho cuando un movimiento en las matas indicó que la víbora regresaba.
No detuvo su silbido, y al poco rato vio la cabeza del reptil asomando entre la hojarasca.
El chico hizo vibrar su palo con suavidad, lo suficiente para llamar la atención de la serpiente, pero no tanto como para asustarla.
Y ella, poco a poco, ondulando su cuerpo alrededor del bordón, inició su ascenso hacia el brazo que lo sostenía.
Era el gran momento de su vida. La serpiente lo miraba con sus ojos fijos y balanceaba la cabeza antes de abrazar de nuevo el palo para subir un poco más.
Y así, enroscándose alrededor del bordón, fue ascendiendo como hipnotizada por el sonido hasta que llegó a la mano y su piel fría se aferró a la carne caliente de Anselmo.
Este no apartaba la vista del animal ni detenía su silbido.
Aun sin distraerse de su tarea sabía que sus compañeros no se perdían detalle y que quizá a alguno le gustara que la serpiente le mordiera.
Pero él no cejaba en su empeño; era la gran prueba.
Y el animal siguió, lento, ascendiendo por el brazo, y al alcanzar el hombro desnudo la cabeza de la víbora se balanceaba a tan solo unos centímetros de sus ojos.
Allí estaba la lengua bífida entrando y saliendo de la boca, sin llegar a abrirla.
No mostraba en ningún momento los colmillos, pero con toda seguridad estaban allí, mortales.
El reptil continuó hasta colocar su cuerpo encima de los hombros del muchacho, manteniendo su mirada en la suya.
Entonces fue cuando Anselmo interrumpió el siseo.
El animal movió la cabeza a un lado y a otro, primero desconcertado, pero luego en súbito movimiento lanzó la testa hacia atrás, como para tomar impulso e hincar los dientes.
Y se detuvo. Con angustia Anselmo notaba cómo el sudor, que ahora perlaba su frente, caería de un momento a otro en gotas.
Sabía que una mordedura tan cerca de la cabeza representaba la muerte instantánea.
Le habría gustado cerrar los ojos, pero no quería, ni tampoco debía.
Sentía el frío del animal en su piel, enrollándose en su cuello antes de detenerse.
La cabeza salió de su campo de visión. No sabía qué era peor: si ver aquellos ojos o adivinarlos.
En ese instante lo oyó. Era aterrador. La víbora hacía sonar su cascabel.
Anselmo contuvo el aliento. ¡Estaba ocurriendo tal y como lo contaban los viejos!
Al poco la serpiente volvió al brazo, de este al bordón y, con sorprendente rapidez, al suelo, para adentrarse en las matas. Anselmo gateó en dirección contraria y unos cuantos metros más allá se dejó caer. Sus piernas no lo sostenían y rompió a llorar. ¡Lo había logrado! ¡Sería un gran hechicero!
Entonces miró a sus compañeros. Lo envidiaban, lo temían. Y supo que a pesar de su valor, a pesar de ser el único en su generación y el último de los paipais en conseguir el favor de la víbora de cascabel, ellos no le perdonarían. [8]
Continuaba siendo Haw’ama.i, el que mató a su madre.
Muriel no cabía en sí de felicidad, y se preguntaba cómo reaccionaría Jeff cuando lo supiera. Decidió comprobarlo bajando a la planta donde se ubicaba el área creativa.
Él estaba al teléfono y vio a Muriel aparecer detrás del medio tabique que separaba su lugar de trabajo del resto de la gran sala.
Jeff continuó su conversación, la saludó levantando las cejas con asombro y esbozando una sonrisa al tiempo que le hacía un gesto para que se sentara en la silla frente a su mesa.
Muriel obedeció sin decir palabra y estuvo contemplándolo mientras hablaba.
«Está guapísimo», se dijo. El chico bromeaba con un proveedor y abría sus ojos azules de cuando en cuando en expresión de divertida sorpresa mientras en un gesto típico en él se frotaba la cortísima perilla rubia.
Cuando colgó el teléfono, antes de que pudiera hablar, Muriel, siguiendo aquel juego mudo, le silenció colocando su dedo frente a los labios y le pidió con las manos que se mantuviera quieto.
Él la miraba desconcertado, sin decir nada, pero su sonrisa reflejaba como un espejo la sonrisa de ella.
Supo que no ocurría nada grave y que Muriel estaba de buen humor.
Cuando ella vio que Jeff seguía correctamente sus silenciosas instrucciones, de nuevo sin pronunciar palabra, le hizo un gesto para que la siguiera. Él obedeció.
Lo condujo fuera de la sala, y avanzando por el corredor en dirección opuesta a los ascensores, se detuvo frente a la puerta de los aseos de señoras.
Indicó al muchacho, otra vez en su lenguaje de señas, que esperara.
Él seguía la misteriosa representación intrigado y divertido.
La vio entrar y salir al cabo de unos segundos.
Lo agarró de la mano, lo introdujo en el aseo y lo empujó contra la puerta de entrada de forma que impedían el paso; luego, sin mediar palabra, le puso los brazos al cuello y lo besó en la boca.
Él correspondió, sorprendido al principio, pero apasionado después.
Nunca antes se habían besado en la oficina.
Jeff creyó enloquecer; aquel lugar femenino prohibido para el hombre, la sorpresa de la inusual pasión de su amiga en horas de trabajo y la sensación de peligro le abrumaban.
Muriel percibió el ardor creciendo en él y cómo también ella se encendía, estaban yendo demasiado lejos; no pretendía aquello.
Jeff le levantaba ya la falda y, poniéndole las manos en los muslos, la subió hasta la cintura, bajó los pantis y llegando a las braguitas palpó el vello púbico. Al acariciarle el sexo y comprobar su excitación, empezó a tirar hacia abajo de su prenda íntima.
Ella lo deseaba. Y supo que Jeff la penetraría al cabo de unos segundos, allí, contra la puerta del aseo de señoras. La idea le pareció erótica en extremo.
Pero como si de pronto despertara de un sueño tomó conciencia del riesgo que corrían consumando su amor allí.
Hizo un gran esfuerzo y lo empujó hacia atrás con las dos manos.
Jeff, que había empezado a bajarse los pantalones, no pudo ofrecer resistencia, retrocedió un par de pasos perdiendo el equilibrio y la miró sorprendido.
—Aquí no, Jeff —le dijo ella con un susurro mientras se recolocaba la ropa.
—¿Pero a qué viene eso ahora? ¿Me traes aquí, me pones a cien y luego me cortas? —Jeff hizo ademán de volver sobre ella.
Muriel extendió los brazos a modo de barrera y repuso aún en voz baja:
—Lo siento, no quería llegar tan lejos. Solo deseaba darte una noticia.
—Estoy seguro de que la noticia puede esperar. —Y Jeff la forzó de nuevo contra la puerta.
Ella trató de rechazarlo sin lograr moverlo.
—Jeff, ya basta. ¡Voy a gritar que me violas!
—Grita —dijo él sin apartarse.
—Jeff. Lo hacemos luego, por la tarde o por la noche. —Muriel hablaba firme, con expresión severa—. De pie o como quieras. Pero ahora no, por favor.
Él la miró a los ojos unos instantes y separándose empezó a colocarse el pantalón con expresión de enfado.
—¿Qué ocurre? ¿Disfrutas provocándome para frustrarme después?
—No, tonto. Quería besarte en privado para celebrar que hemos ganado.
—¿Ganado?
—Sí, ¡la cuenta de Friendlydog!
—¿Cómo lo sabes?