Ocaso #10
—¿Y qué dijiste?
—Nada, él me interrumpía cada vez que intentaba explicarme. Estaba furiosa por cómo me trataba y me asusté; iba a llorar. Odio que me ocurra eso. Salí de su despacho a toda prisa y de camino al aseo rompí en llanto.
—Bueno, seguro que eso te relajó. —Jeff sonreía—. No sabes cuánto me consuela saber que mi novia no es Superwoman.
—No iba a darle la satisfacción de verme sumida en un mar de lágrimas. Me encerré en el retrete y estuve llorando a moco tendido durante casi una hora.
—Es la tensión acumulada en las últimas semanas y el estrés de hoy. —Aunque divertido, él quería animarla—. Normal.
—Cuando regresé a mi despacho me encontré con un par de mensajes suyos para que fuera a verlo de inmediato. No fui, ni tampoco contesté el teléfono. Ese tipo va a por mí.
—Pero Muriel —dijo él, cauteloso, al rato—. ¿No crees que tiene razón? ¿Cómo te sentirías tú si lideraras un equipo y alguien te hiciera eso?
Ella guardaba silencio. El tráfico se detuvo de nuevo y el chico la miró. Las luces rojas de los coches de delante, más intensas ahora al pisar los frenos, iluminaban su cara. Su mirada estaba fija, concentrada, en los vehículos.
—Bueno. Quizá tenga algo de razón —reconoció al fin—. Pero ahora se trata de él o de mí.
—Míralo desde su punto de vista. No le eres leal, actúas a sus espaldas y se siente ridículo. Aunque tú seas mejor, Mike es tu jefe. No entiendo cómo tienes las narices de retarlo. Deberías disculparte mañana mismo y evitar que te llevara al despacho del vicepresidente.
—No. Es tarde para eso. Ahora todo depende de que ganemos la cuenta de Friendlydog. Si no, estoy perdida. —Muriel hizo una pausa para pensar—. Y prefiero tener una discusión frente a Rich Reynolds a que él hable de mí a mis espaldas cuando yo no pueda defenderme.
—Pero Muriel, vas demasiado deprisa, quieres promocionar a toda costa, pisoteas a la gente…
—No puedo evitarlo, Jeff. Quiero triunfar, quiero el poder. Se lo debo a mi padre.
—Bien, pero ve más despacio. Estás corriendo demasiados riesgos. Tu ambición te puede costar cara y puedes perderlo todo.
—Te he contado lo de mi padre, ¿verdad?
—Sí, claro. Varias veces. Trabajó toda su vida para esa empresa. Era la mano derecha del dueño. Luego este se jubila, el hijo se hace cargo del negocio y empieza a relegarle hasta que, al poco de morir el viejo, le dice que se busque otro empleo.
—¿Te imaginas, Jeff? ¿A su edad? —preguntó ella con una vehemencia cercana al llanto—.
Y después de meses de angustia, de buscar sin encontrar, lo despide.
¿Qué te parece? ¿De qué coño le sirvió a mi padre ser fiel y leal todos esos años?
Ese tipo lo ha indemnizado con una miseria. Como quien da una limosna.
Jeff guardó silencio; no deseaba que las lágrimas volvieran y sabía que era momento de escuchar.
—No me ocurrirá eso a mí, Jeff. Voy a triunfar, lo haré para satisfacer a mi padre y a mí misma. Mi fidelidad será solo para quien me ayude y durante el tiempo que pueda ayudarme. Ese es el juego. Y sabré jugarlo mejor que nadie. Tendré poder y nadie podrá traicionarme como le hicieron a él.
—Bueno, vale —repuso Jeff—. Pero yo no estoy de acuerdo. Todo lo supeditas a ganar en los negocios. Aunque a tu padre no le hayan ido bien las cosas, es un gran tipo, ¿no? Uno puede triunfar en la vida sin tener poder ni dinero.
—Y tú deberías ser más ambicioso —interrumpió ella—. Te conformas con demasiado poco…
—Vale —cortó—. Ya vale, Muriel. No vamos a discutir sobre eso otra vez. Al menos ahora no, tengamos la fiesta en paz. Solo te digo que no vayas tan aprisa, y que controles esos impulsos tuyos. Ve con cuidado.
El silencio se hizo entre ambos. Jeff buscó en la radio música para relajar la tensión, y el jazz llenó la cabina del automóvil con acordes suaves.
—Tengo miedo —dijo ella al rato apoyándose en el hombro del muchacho. Él aprovechó que el coche estaba parado para besarla en la mejilla—. ¿Cómo reaccionará Rich Reynolds? Tengo que preparar ese encuentro. Debo ir muy bien preparada. Mike quiere acabar conmigo.
—No te preocupes —repuso él animándola—. Saldrás de esta. Eres como un gato que siempre cae de pie.
El sol descendía ya, y después de comer en su ranchito unos frijoles con arroz y tortillas, Anselmo emprendió como casi todos los días su paseo hasta el pueblo.
«¿Por qué me siento tan solo?», cavilaba mientras el tortuoso camino se apartaba de la playa para bordear unas colinas pardas, llenas de matas ralas y piedras.
Por el lado del mar aquellos montes terminaban en abruptos rompientes que separaban su playa de la pequeña bahía de Santa Águeda a la que el pueblo se asomaba desde un puertecito rocoso.
«¿Cómo he podido llegar a estar tan solo?». Este pensamiento no lo había abandonado desde la última visita del viejo coyote.
Atendía a sus pacientes por la mañana todos los días excepto los domingos. En aquella jornada fueron cinco. Sí, veía a gente, trataba a gente, ayudaba a gente. Pero él estaba solo.
Anselmo podía vivir de la práctica de su medicina; en los últimos años su prestigio se había extendido más allá de Ensenada y la gente venía desde Tijuana e incluso de más lejos.
Él quitaba los males con sus manos, pero no era un sobador.
[4] Daba masajes si el caso lo requería, pero podía usar un número ilimitado de técnicas de curación.
Palpaba, apreciaba el cuerpo y luego ponía su fuerza en los lugares claves.
A veces presionaba zonas para luego aplicar la boca y succionar como si extrajera veneno y escupir los males del paciente junto a una saliva negruzca en una jofaina.
O frotaba con un huevo las zonas enfermas y al cascarlo el interior aparecía sanguinolento.
Había absorbido el mal. También recetaba hierbas e incluso ungüentos que él mismo elaboraba.
Y rezaba a los pacientes, y ellos rezaban con él.
A veces les gritaba dándoles órdenes. Y los cuerpos obedecían.
Así espantaba los malos humores, el mal de ojo e incluso a los malos espíritus.
Al principio de su práctica le pagaban con comida, utensilios o ropa; eran gente del pueblo, campesinos como él.
Ahora —aunque él no cobraba— los forasteros le daban dinero.
Aún cultivaba algo: calabazas, muy poco maíz y cuidaba varias colmenas.
Pero prefería el paseo por los montes con su cesta para recoger hierbas y raíces.
«La vida que decidí vivir, la búsqueda que busqué, me apartó de los míos», reflexionaba, cabizbajo.
Sí, él era indio yumano puro. De la rama de los paipais, linaje de los Cuero, y su apellido, transformación al español de un vocablo indígena antiguo. La palabra original había caído en el olvido.
Ahora ya no se relacionaba con paipais, kiliwas, cucapás ni con ningún otro indio de la zona. Claro que de paisanos puros, nativos de Baja como él, solo quedaban poco más de mil, y no vivían en la costa, sino en el interior de la península.
Anselmo trataba únicamente con sus pacientes y con los parroquianos de la taberna del puerto; algunos eran mestizos o indios, otros blancos, pero todos mexicanos. Y era la taberna el lugar que frecuentaba muchas tardes en busca de compañía.
—El pecado de Lucifer —dijo entre dientes—. Cometí el mismo pecado, por eso estoy solo.
Se había apartado por completo de su linaje, de los paisanos, y perdió a su familia.
Siempre quiso saber, conocer. Le venía de su abuela.
Ella era sabia, tenía poderes, le enseñaba y él aprendía con avidez.
Pero también aprendió de los mexicanos. De niño, su grupo hacía peonadas en un rancho, y a la ranchera le cayó en gracia aquel indiecito de ojos grandes y de aspecto inteligente.
Así que lo tomó bajo su protección y sus hijas jugaban a enseñarle a leer, a sumar, a recitar el padrenuestro y otras oraciones.
Decían que era muy listo. Allí fue donde un cura itinerante lo bautizó.
Y cuando acampaban en el valle de Guadalupe, para trabajar en la vendimia o en otras faenas temporeras, Anselmo asistía a la escuela del valle que ya en los años treinta funcionaba, aunque de forma intermitente.
Los maestros aguantaban poco y mal en aquel lugar lejano y extremo.
Cuando los linajes de las distintas tribus se reunían en los montes, después de la cosecha del piñón, él se apartaba de las hogueras grandes donde se reía y cantaba para acechar cerca del fuego pequeño en el que conversaban los hombres de medicina y espíritu.
Él quería aprender. Al principio, si lo descubrían escuchando lo echaban de allí sin contemplaciones.
Luego, cuando la abuela hizo correr la voz de que Anselmo había sido visitado por su animal mágico, su presencia, a cierta distancia y sin hablar, empezó a ser tolerada.
Pero después de su ceremonia de iniciación, al conocerse lo ocurrido con la serpiente de cascabel, los viejos le hicieron un sitio en el grupo.
Y así Anselmo supo de las tradiciones de los kiliwas, de los tipais, de los kumiais, de los cochimíes, de los cucapás. Todos tenían doctores hechiceros y magias distintas.
«El pecado de Lucifer», pensó Anselmo al recordarlo. Lucifer de la luz, el que quiere saber más.
Tenía diecisiete años y era edad de tomar esposa, pero no lo hizo.
—Anselmo —le dijo la abuela junto al fuego, al aire fresco de la sierra—.
Eres un elegido. La serpiente de cascabel te escogió, los animales te hablan en sueños sin necesidad de que tomes toloache, sabes leer en el fuego, viajar en él, conoces muchas hierbas y sus efectos.
Es el momento de ir a la búsqueda de más conocimientos.
—¿Y dejarte? —repuso el muchacho—. No puedo. Eres lo que más quiero.
—Debes irte y aprender más. Mírame a mí. Habría sido el mejor de los chamanes de haber nacido hombre. Tengo el don, como tú lo tienes; hazlo por tu abuela, por lo que yo no pude hacer.
—Me gusta esta vida.