Ocaso #9
Carmen tuvo siempre una gran imaginación y sensibilidad. Sus padres la encontraban muchas veces jugando con amigos invisibles que tenían sus propios nombres y personalidades. Y los amigos regresaban al día siguiente para reemprender los juegos.
Pero a partir de lo ocurrido con Alicia, Carmen empezó a ser trágicamente consciente de los límites entre lo real y lo imaginario.
Se dio cuenta de que en su caso ese límite no estaba claramente definido.
Tenía impresiones, percibía cosas que los demás no apreciaban.
Pero lo que empezó a atemorizarla de verdad fueron los sueños premonitorios y aquellas sensaciones que notaba despierta.
—Niña, tienes un don —le decía la tía—. Eso ha pasado antes en nuestra familia.
Pero ella no quería el don. La atemorizaba.
Habría sido estupendo si le contara cosas buenas, pero no siempre era así.
Y cuando le hablaba de penas, ¿cómo podía convivir o mirar la cara de alguien a quien sabía que le ocurriría una desgracia?
¿No sería ella, con su aciago pensamiento, la que provocaba el mal? ¿Acaso era una bruja?
Carmen luchó para evitar sus premoniciones.
Quería ser como los demás y con la ayuda de su confesor, don Agustín, el cura español, logró poco a poco que a fuerza de oraciones aquello fuera desapareciendo.
De vez en cuando, pero cada vez menos, volvía alguna de aquellas impresiones.
Ella pretendía ignorarlas, olvidarlas, no quería darles crédito; que se fueran.
Conservó una sensibilidad especial, pero solo funcionaba donde las casas y los lugares eran viejos de muchos años, como en Santa Águeda; no en los edificios nuevos de Los Ángeles.
La casa de Alicia quedó tal como ella la dejó.
Por alguna razón, sus herederos no quisieron o no pudieron venderla y tampoco la habitaron.
Ya de mayor, durante la universidad, Carmen iba a pasar temporadas de vacaciones e incluso a preparar exámenes junto a alguna amiga a Santa Águeda.
En verano, la casa de los tíos, aunque grande, estaba siempre llena de primos y amigos.
Entonces, por poco dinero, los herederos de Alicia le alquilaban su casa.
Carmen sabía que su amiga aún estaba allí.
De repente, por la noche, mientras leía en la cama, notaba una pequeña corriente de aire y una presión a los pies del lecho.
—Hola, Alicia —le decía—. Gracias por venir a desearme buenas noches. —Y empezaba a contarle lo ocurrido durante el día.
No sentía miedo. A veces, estando sola en la casa, oía correr el agua del baño y se acordaba de que al salir no había tirado de la cisterna.
—Lo siento, Alicia, se me olvidó.
O, en ocasiones, aparecían húmedas las macetas que Carmen no había regado cuando debería haberlo hecho.
A veces las puertas y las ventanas se abrían o cerraban.
Sabía que era su amiga. Sentía su presencia y a veces, en la oscuridad, podía ver la luz tenue de Alicia que continuaba cuidando de su casa y de ella.
Mientras Carmen se encontraba sumida en sus pensamientos, la presentación seguía su curso y Muriel le había cedido el turno a Jeff, que mantenía la tónica profesional y segura de su compañera.
Pero aquella luz sutil que solo Carmen parecía apreciar permanecía en la habitación.
Estaba casi segura de que se trataba de algún tipo de presencia, pero bien distinta de la que había podido sentir en casa de Alicia.
No sabía por qué, pero era distinta. Sin embargo, había algo aún más insólito; un edificio de apenas diez años era un lugar extraño para aquel tipo de fenómenos.
—Y ahora Carmen Clemente, del departamento de medios, presentará nuestra propuesta de cómo distribuir el presupuesto publicitario.
¡Jeff había terminado! De pronto Carmen salió de su ensimismamiento para darse cuenta de que era su turno. ¿Cómo podía haberse despistado? ¡Y nada menos que en el día de la Metropol! Era imperdonable que la cogieran por sorpresa.
Carmen se levantó y avanzó hacia el frente, sintiendo la responsabilidad sobre el futuro de la agencia, de sus amigos y del suyo propio en sus hombros. ¡Debería haber prestado atención a la exposición y a las preguntas de los ejecutivos de la Metropol! Era tarde para lamentarse ahora.
—Gracias, Jeff —se oyó decir justo al girarse hacia el público mientras su amigo la animaba con una palmadita en la espalda—. Buenos días a todos.
Su discurso empezó a fluir correctamente.
Carmen bendijo, en su interior, todo lo ensayado que ahora le permitía proseguir la charla de forma natural, a pesar de su despiste.
Aquella luz tenue estaba aún allí y Carmen podía verla al levantar la mirada.
Pero la concentración que precisaba al presentar le hizo aceptar aquello como si se tratara de un asistente más en la sala.
Al terminar con su parte, Carmen sintió que lo había hecho bien y devolvió la palabra a Muriel.
—Gracias, Carmen —dijo esta—. Antes de terminar quisiera introducir un elemento que, aunque no se encuentra especificado en su sumario, creemos que debemos exponer.
Carmen contuvo el aliento. Aquello no había sido ensayado, pero intuía lo que era. ¡Muriel iba a hacerlo!
—Hemos querido analizar todos los elementos claves del marketing mix de la marca.
Y someter un factor fundamental de Friendlydog a un estudio de mercado, limitado pero revelador.
—Su amiga aparentaba tranquilidad, pero Carmen sabía que se estaba jugando el empleo—.
El diseño de marca. En este cuadro pueden ver las respuestas de los consumidores.
Carmen miró a Mike Dixon. Contemplaba a Muriel con expresión incrédula.
¡Presentaba algo fuera del sumario sin comentarlo con él!
Su subordinada no solo lo ponía en una situación incómoda al desconocer lo que iba a exponer, sino que además lo obligaba a callar, aceptarlo como bueno, e incluso aparentar que ella tenía todo su apoyo.
La otra opción era contradecir a Muriel en público y reconocer un serio problema en su equipo, estropeando cualquier posibilidad de ganar la cuenta.
—La conclusión es que el consumidor percibe el diseño actual como anticuado y no proyecta la imagen que la marca pretende en su estrategia de comunicación —continuaba Muriel, brillante y segura.
La expresión de Mike estaba cambiando de sorpresa a indignación. Muriel jugaba fuerte. ¡Muy fuerte!
—Y nos hemos permitido desarrollar una colección de diseños de marca alternativos, que mantienen elementos claves del actual, pero que le confieren una estética atractiva y moderna.
Pueden verlos en pantalla. —En la sala reinaba un silencio absoluto—.
Y luego sometimos esos diseños, junto al actual, a un panel de consumidores. Con los siguientes resultados…
Carmen observó a los grandes ejecutivos de la Metropol, que contemplaban la pantalla con gran interés. Entonces empezaron las preguntas. Una. Otra. Muchas más. Muriel parecía haberlo previsto todo y respondía con brillantez.
Y supo que aquello sería un éxito. No tenía que recurrir a ninguna premonición paranormal. La actitud de los directores de la Metropol lo decía todo. El diseño de marca era crucial para ellos, Muriel había dado en el clavo.
«¡Tocado y hundido!», se dijo Carmen.
Cuando Muriel terminó, varios se acercaron a felicitarla.
—Muy oportuna su presentación, señorita Mahare —le dijo uno de los vicepresidentes de la Metropol—. Justo habíamos decidido que el cambio de diseño es prioritario para la marca. Coincidimos totalmente con su análisis.
Muriel estaba radiante. Las preocupaciones de Carmen con respecto a la extraña luz habían desaparecido justo cuando esta se desvaneció minutos antes. Otro misterio atraía ahora su pensamiento.
De nuevo la vieja pregunta adquiría actualidad y urgencia. ¿Cómo lo había sabido Muriel?
—¿Qué ocurre, Muriel? —Jeff la miraba preocupado al recogerla para cenar en su restaurante favorito de Santa Mónica—. ¿Por qué has llorado? —A pesar de querer disimularlo con maquillaje, sus ojos verdes se veían hinchados por el llanto.
—Hablemos en el coche —repuso ella muy seria—. Abre, por favor.
Después del estrés acumulado durante los últimos días y de su actuación de la mañana frente a la Metropol, aquella tarde decidieron no trabajar y en lugar de la acostumbrada comida rápida para el almuerzo se premiaron con un ágape en un buen restaurante, junto a Carmen.
¡Había tanto que comentar! Jeff había visto a Muriel feliz y satisfecha al mediodía; todo había funcionado según los planes que ella había trazado, incluso mejor. ¿Qué le pasaba ahora?
Esperó a que empezara a hablar mientras conducía por el centro de la ciudad, pero su amiga se mostraba ensimismada contemplando primero los grandilocuentes edificios de principios de siglo y luego los estilizados gigantes donde el cristal y la altura eran protagonistas.
El downtown de Los Ángeles es relativamente pequeño y al poco se encontraban frente al último semáforo para acceder a la autovía 10, la llamada Santa Mónica freeway .
Al incorporarse al tráfico se toparon con la consabida caravana formada por varias hileras de coches prácticamente detenidos.
Sus luces rojas brillaban en la noche. En el sentido contrario los faros denotaban un movimiento más fluido.
Era lo habitual a aquella hora, pero Muriel dejó escapar un resoplido de disgusto.
—¿Qué te ocurre? —volvió a preguntar Jeff.
—Mike me llamó a su oficina cuando volvimos de almorzar.
—Imagino que estaría enfadado, ¿no?
—¿Enfadado? —repuso Muriel—. Estaba indignado, hecho una fiera. Decía que lo había hecho quedar en ridículo a propósito, que no trabajo en equipo, que solo me preocupo de mi lucimiento personal y que soy una trepa sin escrúpulos.
—¿Y qué respondiste?
—Yo traté de calmarlo diciéndole que la presentación era la acordada, excepto aquella pequeña sorpresa. Pero me gritó y dijo que no quiere en su equipo a una persona como yo, que nos reuniríamos con Rich Reynolds y que debería dar explicaciones frente a él.