Ojos en la noche Ocaso #8
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Ocaso #8

Aquella mañana, Carmen sentía tensión y notaba la de Jeff y Muriel.

Iban bien preparados y en sus ensayos habían revisado tanto argumentos como posibles preguntas que podrían formularles.

Pero conseguir aquella cuenta para su agencia representaba mucho prestigio y dinero; Jeff, Muriel y Carmen sabían que dentro de unos minutos se jugaban su futuro profesional.

La sala de conferencias de la Metropol estaba repleta. No solo asistían a la presentación un buen número de altos ejecutivos del cliente, sino que Reynolds seguramente, si todo iba bien, se citarían para jugar al golf.

Carmen admitía que sí, que para jugar al golf sí servían los jefazos.

La sala estaba ocupada en su centro por una larga mesa alrededor de la cual se sentaban los hombres y mujeres de ambas compañías.

Por encima de uno de los extremos de la estancia, suspendido en el techo, había un cañón de proyección por el que lanzaban las imágenes procedentes de un ordenador a una pantalla situada en el lado opuesto.

El conferenciante se ubicaba de espaldas a la pantalla y hablaba de cara a los asistentes viendo las imágenes en su ordenador.

Después de los saludos de rigor, John Carlton, presidente de Reynolds & Carlton, agradeció a los ejecutivos de la Metropol que le dieran a su agencia la oportunidad de ser elegida para trabajar en la cuenta de Friendlydog.

Expresó enfáticamente cuán grande era el interés y el entusiasmo de Reynolds & Carlton por Metropol y su marca Friendlydog y la convicción de que, de producirse, este sería un matrimonio feliz.

Luego presentó a los altos ejecutivos de la agencia, capitaneados por el vicepresidente Rich Reynolds.

Carmen observó a Rich con atención. No lograba ver el encanto que Muriel encontraba en aquel hombre bien parecido, pero ya cincuentón. Rich no podía competir con Jeff. Finalmente, Carlton pasó la palabra a Mike Dixon, el ejecutivo que sería, junto con su equipo, el responsable de la cuenta.

Mike hizo una descripción del sumario que la Metropol les había dado como orientación a su trabajo y la forma en que habían desarrollado el proyecto.

Luego presentó a las personas que formaban el equipo.

Muriel Mahare, ejecutiva de cuentas, explicaría la estrategia de comunicación y la diferenciación frente a la competencia.

Jeff Ray, director de creatividad, iba a exponer sus propuestas.

Y Carmen Clemente, ejecutiva de planificación de medios, recomendaría los impactos publicitarios necesarios para alcanzar con efectividad al consumidor objetivo y cómo distribuir el presupuesto de comunicación.

Mike cedió el estrado a Muriel y esta tomó su lugar con una calma y una aparente seguridad en sí misma que sorprendió a Carmen, a pesar de conocerla bien.

Muriel hizo una pausa calculada, con la que logró la atención de toda la sala.

Con una sonrisa segura y no excesiva dio los buenos días y anunció que el resto de la charla se haría proyectando en la pantalla, pero que los materiales y diseños estarían disponibles para quien quisiera verlos y tocarlos al final de su exposición.

Habían decidido esa estrategia durante los ensayos para evitar que los ejecutivos de la Metropol se distrajeran. Si los dejaran manosear los materiales gráficos ahora, se formarían conversaciones paralelas comentando las opciones creativas. Así mantenían el control.

—Cualquier pregunta será bienvenida en cualquier momento —dijo con otra encantadora sonrisa—.

Por favor, bajen las luces. —La sala quedó con una iluminación moderada, que permitía ver a Muriel y que ella viera a los reunidos.

Los logos de la Metropol y de Reynolds & Carlton se proyectaban ya en la pantalla.

Y empezó su charla con voz firme y convincente.

Conforme iban pasando las imágenes, Muriel marcaba con un puntero láser lo que deseaba destacar en la pantalla.

Carmen observó de reojo a Mike Dixon diciéndose que debía de sentir el aliento de Muriel en su cogote.

Sabía cuánto ambicionaba su amiga la posición de Mike y se mostraba brillante.

¡Y allí estaban los grandes jefes! Al menor descuido le quitaba la silla y el despacho.

Pero de pronto Carmen percibió algo extraño.

En la tenue luz de la habitación pudo ver, al lado derecho de Muriel, junto al atril, una forma luminosa suave y de menor intensidad que la de la pantalla.

¿Un reflejo? Carmen miró del lado contrario y no vio la causa de aquel curioso resplandor.

Revisó el resto de la sala sin encontrar la fuente de la tenue claridad.

Su amiga continuaba con su charla y mantenía, con toda facilidad, la plena atención del público.

Al cabo de unos minutos, aquella forma luminosa inició un movimiento hacia la derecha. Carmen miró otra ver alrededor para comprobar si algo producía el desplazamiento de la luz. Tampoco vio nada.

«Esto puede estropearlo todo, distraerá a la gente», pensó.

El reflejo desapareció, y Carmen respiró aliviada. Se concentró en la presentación de Muriel. Pero enseguida la luminosidad empezó a deslizarse otra vez por la pared.

«¡Para, por favor!».

Pero no paró y, cambiando lentamente de dirección, fue a cruzar la sala entre los asistentes y por encima de la mesa.

Carmen pudo ver aquello mejor. ¡Era imposible que fuera un reflejo!

Tenía forma ovalada, era del tamaño de una persona, y al meterse en el haz de luz que el proyector lanzaba sobre la pantalla, se extinguió.

Carmen comprobó que todo el mundo seguía atento a Muriel.

Mantuvo su mirada por donde aquello había desaparecido y vio que salía por el otro lado del haz del proyector, quedándose junto a Rich Reynolds.

Pero este permanecía tan absorto en la presentación como los demás.

Nadie mostraba que algo anormal distrajera su atención. ¡Aparentemente solo Carmen podía verlo!

Se fijó a conciencia en la luz. Era blanquecina y tenue, pero en su interior podía distinguir discretas tonalidades de color. Tenía un volumen y una forma que vagamente corresponderían a una figura humana.

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué solo ella podía ver aquello?

Sin embargo, eso no era algo nuevo. Era una sensación familiar.

Y fue entonces cuando Carmen sintió miedo.

Estremeciéndose, rebuscó en su memoria, recordando aquellas historias que tenía sepultadas en algún rincón de su mente y que no habría deseado desenterrar.

Historias de su infancia, en un lugar lejano en espacio, tiempo y cultura.

La madre de Carmen era natural de San Diego, en la California estadounidense, y su padre de Ensenada, en Baja, México. Carmen había nacido en Estados Unidos y vivía a caballo entre dos culturas y dos paisajes. Lo que era imposible en un lado de la frontera era lo normal en el otro y viceversa.

De pequeña, había pasado muchos veranos en la casa que su única tía paterna tenía en un lugar cercano a Ensenada llamado Santa Águeda.

Durante esas estancias de veranos infantiles en aquel villorrio, con su iglesia que recordaba a la antigua misión de Loreto, encajado en un estrecho valle poblado de olivos, naranjos, vides y chiles, oasis entre desierto y océano, Carmen desarrolló una sensibilidad muy especial.

Tendría entonces unos seis o siete años, había caído la noche y Alicia llegó cuando Carmen y sus tíos iban a cenar.

Alicia era la vecina de la gran casa que se alzaba en un extremo de la calle y que miraba al pequeño puerto rocoso donde las barcas de madera, pintadas de blanco, azul y verde, flotaban en las aguas transparentes. Tenía una estrecha relación con la familia y amaba a la niña como a una hija.

—Mi marido y yo nos vamos de viaje a San Diego, para un asunto de negocios —le dijo a la tía, y luego añadió con una gran sonrisa—: y a mí me lleva de compras.

Te traigo las llaves de la casa por lo que pueda pasar.

Vigila, por favor, que la sirvienta riegue bien las plantas del patio interior y de los balcones.

—Naturalmente, Alicia, divertíos —contestó la tía—. ¡Qué suerte tienes!

—¿Y tú qué vas a querer que te compre en San Diego, cariño? —preguntó a Carmen.

—No sé —repuso ella, muy seria.

—¿Qué te pasa, mi amor? —le dijo Alicia dándole un beso.

—Debe de tener ya sueño —terció la tía—. Ha estado todo el día jugando.

—¡Ya sé qué te voy a traer! —exclamó Alicia con el tono de entusiasmo que se usa con los niños—. Una hermosa muñeca. ¿Qué te parece?

Carmen no contestó.

—¡Pero bueno, Carmen! ¡A qué viene esa cara tan seria! Anda, dame un beso.

Carmen le colgó los brazos al cuello y besó a su querida amiga.

Más tarde, al final de la cena, Carmen puso las manos sobre la mesa y apoyó en ellas la cabeza. Y empezó a llorar desconsoladamente.

—¿Qué te ocurre, cariño? —preguntó su tío—. ¿Por qué lloras?

Pero Carmen no podía detener el llanto. Por fin los tíos consiguieron calmarla lo suficiente para que pudiera hablar.

—Por Dios, Carmen. ¿Qué te sucede?

—Nunca más veré a Alicia.

—No, chiquilla, que volverán dentro de una semana. Se han ido solo por unos días.

—No, tío, no —contestó Carmen entre sollozos—. No podrán volver. Se han ido para siempre.

La tarde siguiente llegó la noticia. Alicia y su marido habían muerto en un accidente de automóvil antes de llegar a Tijuana.