Ojos en la noche Ocaso #7
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Ocaso #7

A partir de aquel momento, el sacerdote tuvo que trabajar los campos del padre de Agustín.

A cambio, este lo protegía, le daba comida y un poco de dinero.

Muy poco. También le dejaba que al final de la jornada continuara con su culto.

Las relaciones de ambos habían sido siempre tensas y ahora lo eran aún más.

El cura odiaba la costumbre de su nuevo patrón, común en otros del pueblo, de hacer trabajar a las mulas a gritos que en su mayoría eran blasfemias contra el Señor, la Virgen María, su hijo Jesucristo o contra el primer santo, real o inventado, cuyo nombre le venía a la mente.

—Tienes que jurarles, si no, no trabajan —argüía Francisco cuando el cura le censuraba, indignado, su impiedad al mancillar los nombres sagrados.

—Las mulas no entienden —respondía el sacerdote—, solo reaccionan al tono de enfado que usas.

Al no convencerlo, el cura tomó el arado y las riendas y empezó a gritar a los animales:

—Ánimo, queridas mías, trabajad, que Dios os ama como a todos los seres que creó.

—Usaba el mismo tono agresivo y amenazante que Francisco.

Al principio, los animales, acostumbrados a su amo, no se movieron, pero al insistir el cura en sus bendiciones en tono violento y sus alabanzas intimidantes, decidieron al fin andar.

Francisco lo contemplaba sentado a la sombra, realmente sorprendido.

—¿Lo ves? —le dijo el cura sonriente—. Bendice a Dios y tus mulas trabajarán mejor.

—Eso te funciona a ti—repuso Francisco disimulando su admiración con una sonrisa socarrona—, porque esas mulas son tan beatas como mi mujer y quieren quedar bien con el cura.

—¡Dios mío! —se desesperaba el sacerdote—. ¿Qué puedo hacer para salvarle el alma a este descreído blasfemo? ¡Ayuda, Señor!

Sus rezos debieron de ser escuchados en las alturas porque al cabo de unos meses el ejército de los sublevados avanzaba ya sobre el pueblo.

—Huyamos de aquí —le decían a Francisco sus amigos—. Te van a matar. Todos los que tienen que ver con instituciones o partidos de la República son fusilados o encerrados en campos de concentración.

—Vete, por favor —le decía su esposa.

—Sal del pueblo, escóndete en el monte —le suplicaba su madre.

Pero Francisco, con su característica tozudez, se negó una y mil veces.

—Esta es la tierra de mis padres y de mis abuelos. Yo no me voy. Si he de morir, moriré aquí.

Cuando las tropas entraron en el pueblo no quedaba ninguno de los antiguos responsables republicanos con excepción de Francisco. Y fue encerrado junto a los acusados de izquierdistas.

Seguramente habría terminado en un campo de prisioneros o ajusticiado, pero el cura, restituida y aumentada entonces su autoridad terrenal por el nuevo régimen, intervino.

—Dejadlo libre —dijo en un tono que no admitía réplica—. Tiene mujer, seis hijos que mantener y no ha hecho mal a nadie. Creo que hasta le debo la vida.

—Pero padre —argumentó el capitán—, ese hombre era juez republicano. No puedo dejarlo ir. Tengo órdenes.

—Es un buen hombre —repuso el cura—. Solo debe dejar de mancillar el nombre del Señor e ir a misa cada domingo. Yo respondo por él. Si hace algo malo, lo llamaré para que lo encierre.

El capitán tuvo que consultar con el comandante y el cura habló con Francisco.

Le propuso un pacto. Debía bautizar a su hijo menor, no tomar el nombre de Dios en vano e ir a misa con la familia todos los domingos.

Francisco se resistía a aceptar, insistiendo en que no había perjudicado a nadie, pero el cura se mantuvo firme y al fin, presionado por todos, el hombre claudicó.

Cuando la familia iba a misa, la madre y los hermanos ocupaban las primeras filas, pero Agustín recordaba a su padre siempre de pie en el fondo o sentado en el último banco, con su traje de domingo, camisa blanca sin corbata y boina entre las manos.

Evocaba su figura un poco encorvada; su pose había perdido la arrogancia; la mirada, el orgullo de antes. Era uno de los vencidos.

Quizá por eso y por la religiosidad de su madre, Agustín empezó a sentir la presencia del capellán mucho más cercana que la del padre.

El cura era autoritario, su opinión era respetada por todos y a él lo trataba con especial cariño, como a su ahijado.

Y eso hacía que el chico se sintiera partícipe del mando que el cura demostraba en el pueblo.

Admiraba a aquel hombre de sotana negra que no escatimaba tiempo para estar con él.

Ahora, pasados los años, Agustín se preguntaba si aquel cariño que le demostraba el mosén era genuino y puro, o si en el fondo de su alma el capellán se deleitaba en una venganza encubierta hacia Francisco.

Y él, Agustín, era el símbolo de su victoria.

Pronto empezó a ayudar en la misa como monaguillo, a querer imitar al cura y a sentir vocación sacerdotal.

Cuanto más se acercaba al religioso más lejos parecía estar su padre y al final, excepto cuando lo ayudaba en los trabajos del campo, o cuando la familia se reunía en las veladas invernales junto al fuego de la cocina, apenas lo veía.

Por su actitud, se diría que a Francisco no le preocupaba la influencia del cura en su hijo —o quizá disimulara—, ni que este oficiara de monaguillo.

Parecía esperar a que Agustín, como hijo menor, le dijera que quería entrar en el seminario, y cuando al fin se lo dijo, Francisco se limitó a encogerse de hombros.

—Ese es un trabajo mucho mejor que el mío.

Nuestra tierra es dura y avara —repuso—.

Los curas viven muy bien. Y además yo puedo darte poco; ya sabes, la casa y las tierras que tenemos apenas dan para que viva una familia.

Sois seis y solo uno puede quedarse. —Hizo una pausa y le puso la mano en el hombro—.

Buena suerte, hijo, y que Dios te dé con los curas lo que yo no puedo darte en herencia.

—Agustín sabía que aquello era lo más parecido a una bendición que podría esperar de aquel hombre.

En un gesto raro en él, Francisco le acarició la mejilla.

Tenía lágrimas en los ojos—. Que te vaya bien —concluyó, girándose para alejarse.

Uno de los recuerdos más intensos que Agustín conservaba de su infancia eran los rezos constantes y angustiados de su madre por una lluvia que nunca llegaba a tiempo o en cantidad suficiente.

Pero más intensa quedó aún en su memoria la mirada triste de su padre y el abrazo al despedirlo en el autobús de línea cuando a los once años se fue del pueblo para ingresar en el seminario.

—Hijo, aprende a ser hombre antes que cura —le murmuró al oído.

Aún hoy Agustín se preguntaba con frecuencia qué quiso decirle.

Al llegar a la plaza comercial de las palmeras Anne se dijo que, a pesar de sus cuarenta años, estaba en plena forma.

Acudía al gimnasio tres veces a la semana; un poco de musculación y mucho aerobic.

Decían que el ejercicio no solo era bueno para el cuerpo, sino también para la mente.

Ella estaba de acuerdo y añadía algo más: era mejor incluso para su vanidad y su autoestima.

No pasaba desapercibida entre sus compañeros masculinos y le complacía notar que en competencia con las jovencitas salía bien parada.

Había superado el tiempo en que las miradas lujuriosas la molestaban.

Ella no las invitaba, pero cuando provenían de hombres jóvenes de buen aspecto y respetuosos, le producían un secreto placer.

Cruzando en busca de espacio para aparcar pudo ver a través de los grandes ventanales del gimnasio a los clientes que trabajaban sus cuerpos en las máquinas. Le apetecía.

Esa mañana tuvo que estacionar más lejos que de costumbre, aunque la mayoría de los establecimientos de la plaza no estaban aún abiertos.

Encontraría las instalaciones muy concurridas.

Puso la marcha en posición de aparcamiento, desconectó el encendido y extrajo la llave.

Tomó su bolsa y cerró con el mando a distancia.

Pero al girarse para subir a la acera se dio de bruces con un hombre cuya presencia no había percibido.

—Hola —le dijo de forma automática.

Y se asombró al verle la cara. Una cara de niño en un cuerpo corpulento de hombre. No tuvo tiempo de sentir miedo. El primer puñetazo percutió brutal en su nariz, empujándola hacia atrás, con tal fuerza que su espalda golpeó contra el coche y su cabeza en el techo del vehículo.

«No es su cara, es una máscara». Este pensamiento se impuso a la confusión.

Sus rodillas se doblaban, y mientras caía sintió el dolor del siguiente puñetazo golpeándole la parte derecha del rostro, en el ojo.

Al llegar al suelo se dijo que debía gritar, pero lo único que supo hacer fue llevarse la mano a la nariz.

Algo húmedo manchaba sus labios. Era sangre.

Oyó el sonido metálico de un resorte y vio un brillo siniestro en la mano de su atacante. Iba a perder el conocimiento. Cuando él le rajó el rostro, desde el pómulo izquierdo a la barbilla, ella casi no sintió dolor.

El hombre se fue, a paso rápido, pero sin correr, cruzando el aparcamiento hacia la avenida. Justo al llegar a esta un coche se detuvo para recogerlo.

—Adelante, puedes quitártela —le dijo el conductor al tiempo que ponía el vehículo en movimiento.

El hombre obedeció y quitándose la máscara echó un vistazo cuidadosamente a su alrededor.

—Parece que no me ha visto nadie.

—Ni nadie te ha seguido —convino el otro.

Giraron a la derecha en la siguiente esquina y accedieron a una zona residencial para seguir casi durante un kilómetro a lo largo de la calle. Al fin se detuvieron detrás de un coche aparcado en una plazoleta.

Cuando cruzando el semáforo se incorporaban a la avenida principal en el nuevo automóvil, el conductor exclamó:

—Trabajo terminado. ¡Bien hecho, jefe!

—Sí, ha sido un buen trabajo. —El hombre sonreía mostrando unos dientes afilados que recordaban a los de un perro—. Un trabajo de decoración muy bien pagado.