Ojos en la noche Ocaso #6
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Ocaso #6

—Sí, gracias. Yo también sé contar. Me encanta su seguridad y cómo controla las situaciones. Es bien parecido y habla sobre cualquier tema con conocimiento y autoridad; pasaría horas escuchándolo. Además, puedes oler su poder, y eso me excita.

—Pero habías quedado con el pobre Jeff.

—Cierto. En un principio pensé que tenía tiempo de sobra.

Pero hablamos y hablamos y el tiempo voló.

Nos encontrábamos estupendamente. Cuando cerraron el restaurante fuimos a la oficina para que le enseñara lo nuevo en la presentación.

Estábamos solos y él se acercaba mucho para ver mejor la pantalla de mi ordenador.

Olía su colonia y nuestras manos se tocaban al pasar los documentos.

—Muriel hizo una pausa y, mirándola intensamente con sus ojos verdes que brillaban de forma especial aquella mañana, dijo—: Me sentía muy excitada.

—¿Y pasó algo?

—No. Solo que me aconsejó cómo mejorar la exposición. Nada más.

Muriel hizo una pausa para añadir con una sonrisa traviesa:

—¿Sabes?

Carmen la miró mientras negaba instintivamente con la cabeza.

—Traté de provocarlo.

Y se llevó la taza de café a los labios mientras disfrutaba del suspense y la expectación que creaba en su amiga.

—¿Y qué pasó?

—Nada. Pero creo que él se quemaba por dentro.

—¿Y tú?

—También. Tenía fuego en la sangre. —Y luego añadió con toda tranquilidad—: Creo que nos deseamos.

—¿Os deseáis? —repitió, pasmada.

—Pues sí. Creo que sí. —Muriel sonreía.

—Pero ¿qué hiciste para provocarlo así?

—Vamos, Carmen. Ya sabes, esa sonrisa; un tropiezo que te deja en sus brazos; lo rozas con la pierna cuando estáis sentados muy juntos frente al ordenador… En un momento dado empecé a frenar. No habría sido bueno ir demasiado lejos tan pronto.

—¿Qué quieres decir? ¿Que mañana puede haber más?

—Quién sabe —dijo Muriel con una leve sonrisa pícara y haciendo un gesto con su taza de café.

—¿Y qué vas a hacer con Jeff? —Carmen se sentía esperanzada.

—Bueno, a Jeff lo amo. Y lo paso muy bien con él. Seguirá siendo mi novio. Además, no ha ocurrido nada con Rich.

«Aún», pensó Carmen.

—Pero ¿no crees que es demasiado hacer esperar a Jeff hasta las nueve y media sin avisarle?

—Sí, tienes razón. Pero no pude evitarlo. Apagué mi teléfono móvil en el restaurante y no sentí ninguna necesidad de conectarlo. Jeff tuvo suerte.

—¿Qué suerte?

—Rich y su esposa habían invitado a unos amigos a cenar ayer y él tuvo que salir corriendo. Llegó tarde, por supuesto.

—¿Y si no llega a ser por la cena?

—Jeff habría esperado más.

Carmen meneó la cabeza, incrédula, mientras alcanzaba los cereales de uno de los armarios y luego la leche desnatada de la nevera.

—¡Eres terrible, Muriel! Oye, y esa historia del diseño de marca que le pediste a Jeff y que no está en el sumario, ¿de qué se trata?

—¡Ah! —dijo Muriel usando de nuevo su tono misterioso—. ¡Es mi arma secreta!

—¿Fue Rich quien te pidió incluir el diseño de marca?

—¡No! Ayer fue la primera vez que pude tratar la presentación a fondo con él. Mike hace siempre de intermediario con las altas esferas y trata de controlarlo todo.

—Entonces fue Mike, tu jefe, quien te lo pidió…

—Tampoco. A ese jamás se le ocurriría.

—Pero ¿sabe que vas a presentar una propuesta de diseño de marca?

—No, aunque ahora lo sabe Rich. Sé que eso va a cabrear a Mike, pero que se joda.

—Jeff y su equipo han invertido un montón de horas desarrollando las propuestas para ese diseño… ¿Quieres decir que lo inventaste tú, sin más?

—No exactamente.

—Entonces, ¿de dónde has sacado la idea? ¿Cómo estás tan segura de que no vas a estropear el conjunto de la presentación con un elemento no pedido?

—Quizá te lo cuente una vez la cosa funcione —le contestó Muriel mirándola ahora con seriedad. Y luego añadió con otra de sus sonrisas misteriosas—: Pero por ahora guardaré ese secreto incluso para ti.

Agustín estaba tendido en el suelo de su iglesia, boca abajo y con los brazos en cruz, frente al altar mayor. La fría oscuridad era atravesada por la tenue luz de una llama que anunciaba la presencia del Santísimo en el altar.

Aquella noche no había podido conciliar el sueño.

No. A pesar de que su cena fue parca en comida y abundante en vino.

Pero el vino no pudo mitigar la angustia.

Desde su último altercado con Anselmo, las palabras del viejo continuaban golpeándole, allí dentro, en su mente y también en su corazón, sin piedad.

«Yo lo sé. Lo sé —decían una y otra vez.

Y Agustín las oía con la misma claridad que cuando se enfrentó con Anselmo en la taberna—.

Lo sé. Usted engaña a la gente. —Recordaba su sonrisa mellada—.

Les cuenta historias que no cree, porque hace tiempo que se le acabó la fe.

Duda de su Dios. Duda. Ya no tiene fe. Pero finge y engaña».

Después de dar vueltas en la cama sin poder pegar ojo, el cura decidió rezar en su iglesia.

Ella le daba paz, tranquilidad. Así que, después de entrar y cerrar la puerta con llave, apagó las luces para tenderse en el frío del suelo, brazos en cruz, en señal de humildad, tal como hizo cuando tomó las órdenes sacerdotales.

Pero ¿cómo podía saber ese maldito de su sufrimiento? ¿Cómo lo sabía? ¿Por qué siempre acertaba a golpearle en sus heridas?

—Por favor, Señor, ayúdame —murmuraba, angustiado—. Devuélveme mi fe, la que tenía de niño, la que me traje a América, la que me llevó a envejecer tan lejos de donde nací, tan lejos de mi familia.

¿Qué no daría por creer como entonces? ¿Qué no daría por dejar de sufrir esas dudas que ahora, con tanta frecuencia, lo atormentaban?

«¿Familia? —se decía—. ¿Pero qué familia?

Estas gentes son mi familia. Mis feligreses, la gente de esta tierra.

Ya no tengo otra». Hacía muchos años que sus padres habían muerto, y desde el entierro de su madre no había regresado ni a su pequeño pueblo ni a España.

Ya entonces se sintió extraño, incluso su acento había cambiado, sabía que su lugar no estaba allí, sino en Santa Águeda.

Se carteaba de vez en cuando con una de sus hermanas y ella respondía al cabo del tiempo, pero ese era su único vínculo con el pasado.

«La ha perdido. Ha perdido su fe. Usted engaña a la gente. —Podía ver la cara del viejo, sonriente—. Lo sé. Lo sé».

«Dios mío, devuélveme mi fe —gemía. Ahora, pasados los sesenta años, se cuestionaba toda su vida.

Perder la fe, dudar de Dios. ¿Cómo podía ocurrirle tal desgracia después de dedicar su vida al Señor?

—. ¿Y si no existiera, como dicen los ateos?

». La idea era tan horrible que lo hacía estremecerse.

Su vida habría sido una completa inutilidad, una farsa.

Sentía pena de sí mismo; las lágrimas acudieron a sus ojos y un sollozo rompió el silencio de la noche. Al poco su cuerpo se convulsionaba en un llanto incontenible. «¿Ha sido todo inútil? ¿Tendrá razón ese viejo pagano?».

A veces envidiaba a sus feligreses, a la gente de su edad.

Tenían esposa, hijos, nietos. Y jugaban con ellos.

Vivían rodeados de otras gentes que los querían.

De los amigos de la infancia. Él había renunciado a todo eso para mayor gloria del Señor y para propagar la fe en Cristo.

¿Y ahora dudaba? ¿Después de un sacrificio tan grande?

¿Habría sido todo inútil? ¿Todo en balde?

—Dios mío, por favor, devuélveme mi fe. Concédeme un signo, una señal, para que vuelva a creer. Por piedad, Señor…

Apoyando la frente en el suelo, ahora además de frío, húmedo de lágrimas, recordó su primer encuentro con Dios.

—C ollons! —exclamó el pequeño—. ¡Qué cosa tan salada me ha metido ese tío en la boca!

El cura acababa de poner unos granos de sal en los labios del niño, tal como el rito del bautismo exigía, y la madre, cubierta con una larga mantilla negra, miró horrorizada a su pequeño y luego al capellán.

El padre, vestido con traje oscuro y camisa blanca, aunque sin corbata, miró también al cura sin disimular una amplia sonrisa de satisfacción. El niño era un travieso incorregible, siempre cometiendo diabluras, pero de vez en cuando le daba una alegría como en aquel momento.

Ya lo llamaban Agustín antes del bautizo. Su padre lo había inscrito con ese nombre en el registro civil cuando nació, unos cuatro años antes. Pero entonces las cosas eran muy distintas en el pueblo.

Eran tiempos de la República y Francisco, su padre, un campesino al que sus tierras de secano apenas daban para mantener la extensa familia de seis hijos que habían sobrevivido a la mortandad infantil.

Pero era un personaje vital y extrovertido y al llegar la República sus paisanos lo nombraron juez de paz.

Al contrario que la madre, Francisco no iba a misa, ni le gustaban los sacerdotes, y animado por los nuevos aires izquierdistas, se negaba a bautizar a su hijo menor.

Pero era hombre recto y su sentido de la justicia lo hizo proteger al cura cuando algunos exaltados amenazaban con colgarlo al enterarse de que los militares se habían sublevado contra la República.

Decían que el capellán daba opio al pueblo y que, al igual que los rebeldes sublevados contra el Gobierno legítimo, estaba aliado con burgueses y terratenientes.

En lo segundo quizá tuvieran razón, pensaba Francisco, pero de dar opio nada de nada. Lo único que daba gratis el párroco era agua bendita.

—No es un mal hombre —argumentaba en defensa del cura—, pero necesita rezar menos y trabajar más. ¿Dónde se ha visto que un hombre sano, hecho y derecho, viva de limosnas?