Ocaso #5
Era cierto que Jeff y ella tenían una excelente relación y en ocasiones se intercambiaban confidencias.
—Ya sabes, si hay otro hombre. —Jeff parecía cohibido.
—No, te aseguro que no sé nada —repuso ella tajante.
Ahora Carmen sintió una prisa repentina. No se atrevía a insinuarse y la conversación del chico centrada todo el tiempo en Muriel le dolía. Era evidente que ella no gozaba de la menor oportunidad.
—Lo siento, Jeff —dijo después de una pausa mientras apartaba suave y lentamente sus manos de las de él—. Tengo que irme. Me esperan y voy a llegar tarde.
El coyote llegó del sur, desde el lugar al que van los espíritus de los que mueren.
Era un animal viejo, de andar cansino. Ni siquiera las gallinas que correteaban alrededor del ranchito se asustaron.
Anselmo estaba sentado bajo la enramada de buganvillas, mirando el océano, y solo se percató de su presencia cuando el animal empezó a hablar.
—Vas a morir solo, Anselmo. —Y la lengua le colgaba entre los dientes en lo que parecía una sonrisa burlona.
Anselmo dio una chupada a su pipa de barro, soltando una nube de humo.
—Todo el mundo muere solo, Coyote. ¿Era para decirme eso que viniste a verme? ¡Vaya novedad!
—Pero es que tú, además de morir solo, vives solo. ¿A quién le enseñarás lo que yo te enseñé? ¿Quién hará curación mágica cuando mueras?
—Me gustaría tener una familia, pero no es fácil. —El viejo suspiró—. Quisiera enseñarle a Lucía todo lo que sé, pero la engañaron para que fuera al norte. —Y luego dijo de mala gana—: Sí, tienes razón, es verdad que estoy solo.
—Has dedicado tu vida al conocimiento. —El animal se había colocado de frente y lo miraba fijamente—. Eres el último simup kwisiyay. [1] Sabes curar el cuerpo y el alma. Conoces lo visible y lo invisible, lo oculto y lo que salta a la vista. ¿Dejarás que todo eso muera contigo?
—¿Qué más da? —El viejo se encogió de hombros—. Hoy hay médicos de batas blancas. Y nuestras gentes, los paisanos, [2] se juntan con los mexicanos; han perdido las tradiciones. Pronto no quedarán indígenas en Baja. Y si alguno queda será mestizo de alma. Lo nuestro está muriendo.
—Eso no es excusa. Tú eres la tradición; eres nuestra cultura y aún estás vivo.
—Yo tampoco estoy limpio. —Anselmo hizo una pausa antes de continuar; hablaba para sí mismo—.
Mi linaje de sangre es paipai puro, pero he aprendido demasiado, me he apartado de los míos.
Ya no soy el que era. He pecado para saber más y luego más; ese es el pecado del demonio Lucifer de los cristianos.
—Sabes mucho, pero eres estúpido, viejo.
—El coyote volvía a enseñar sus fauces en su extraña sonrisa.
Anselmo observó que le faltaban muchos dientes—.
Todo cambia. Nuestra cultura, nuestro conocimiento se debe fundir con el de las gentes nuevas.
Es así como se sobrevive, mezclándose. Debes pasar tu saber a otros.
Anselmo chupó su pipa pensando. Después lanzó una bocanada de humo y repuso:
—He perdido a mi nieta. Era ella a quien yo debía enseñar. No me interesan los demás.
—Debes transmitir lo que sabes antes de morir. Es la tarea que te impongo. —Y el coyote, cansino, dio media vuelta y se fue en dirección sur.
Entonces el viejo despertó. El océano continuaba allí y su pipa de barro se había caído al suelo.
Hacía tiempo que no soñaba con Coyote. Él fue el primero de los animales mágicos que se le apareció.
Y lo hizo antes de que probara el toloache; [3] tendría solo ocho años y aún faltaba para su ceremonia de iniciación.
La abuela se puso muy contenta. Anselmo sería un hombre de magia, esa era la señal.
La mayoría de sus paisanos, ni siquiera chupando la raíz, eran capaces de tener aquellas visiones.
Así, al ser el primer animal mágico que lo visitó, el coyote pasó a ser su tótem.
Y eso le fastidiaba mucho. Le habría gustado que hubiera sido un águila, como le ocurrió a su nieta, Lucía.
Un águila era un tótem para sentirse orgulloso.
O un puma lleno de poder. O una peligrosa serpiente de cascabel.
Pero no, a él se le tuvo que aparecer un coyote pulgoso, el animal que ejercía de villano en los cuentos populares de las tribus.
Se lamentaba de eso con su abuela y esta lo consolaba diciéndole que el coyote era astuto y que peor habría sido una rata o un sapo.
Lo cierto era que Coyote le había enseñado mucho a través de los años: cómo curar heridas, cómo bajar la fiebre, cómo ayudar en los partos.
Pero también aprendió de los otros animales mágicos que se le fueron apareciendo y más aún de los hombres sabios de las tribus que él conoció viajando en busca de saber.
Al cabo de los años se había encariñado con el viejo coyote.
Pero ya desde el primer día aquel bicho se empecinó en darle consejos no pedidos; incluso órdenes.
Era un pesado. De joven le hacía caso, pero ahora cada vez menos.
Y en esta ocasión no le apetecía obedecerle.
Le era indiferente que se perdiera la tradición, él solo quería enseñar a su nieta.
Cuando el despertador de Carmen sonó, el sol de la mañana entraba ya en su dormitorio. Lo que en algo alivió sus penas.
Odiaba tener que trabajar en domingo y empezaba a odiar aquel bonito apartamento cercano a Marina del Rey, desde donde se divisaban las aguas, los botes y las gaviotas.
Albert le había propuesto pasar la noche en su casa y Carmen había estado a punto de aceptar.
No tanto por la atracción que sintiera por él, sino por miedo a oír a su regreso los murmullos de amor de Jeff esparciéndose desde la habitación de Muriel a toda la casa.
Pero, finalmente, la obligación de levantarse pronto al día siguiente la ayudó a decidirse.
Al llegar al apartamento hizo girar la llave temerosa, entrando en silencio y con el corazón encogido en el salón. Suspiró aliviada al no oír ruidos.
Sin embargo, al acostarse se preguntaba si Jeff estaría en la cama de Muriel.
Cuando se levantó al día siguiente, fue de inmediato a la ducha y no salió de su habitación hasta sentirse satisfecha de su aspecto y del sencillo conjunto de tejanos y jersey que vestía.
Sencillo, aunque le llevó un buen rato de pruebas y ensayos frente al espejo antes de decidir qué pantalones, qué jersey, qué zapatos. ¡Podía encontrarse a Jeff en la cocina!
Pero a quien encontró fue a Muriel, manipulando la cafetera, en camisón y con aspecto de haberse levantado de la cama justo segundos antes.
—Buenos días, Muriel.
—Buenos días —repuso ella llenando el depósito de la cafetera con agua—. ¡Qué fastidio tener que trabajar hoy!
—¿Encontraste al fin a Jeff?
—Sí, pero de muy mal humor.
—¿Sí?
—Sí. Me esperaba aquí sentado en este sofá y oliendo a whisky.
—Lo dejé entrar yo. Espero que no te molestara.
—No, en absoluto —contestó Muriel con una de sus brillantes sonrisas—. El que estaba molesto era él. Y creo que se bebió nuestro whisky.
—Pues no lo dejaremos entrar hoy en casa si no nos trae otra botella —bromeó Carmen, sintiéndose más relajada—. Dijo que habíais quedado para salir y trató de localizarte por teléfono.
—Sí, es verdad, habíamos quedado. Pero se me pasó el tiempo volando.
—¿A qué hora llegaste?
—Serían las nueve y media.
—¡Las nueve y media! —exclamó Carmen con sorpresa—. ¡Tan tarde! ¡No me extraña que estuviera enfadado!
—¿Enfadado? —Muriel puso los brazos en jarras—. Estaba hecho una fiera. Discutimos.
—Bueno. Espero que no fuera muy grave —dijo Carmen deseando todo lo contrario.
—¡Nooo! Apuesto a que hoy viene hecho un corderito.
—Muriel aparentaba estar convencida de ello—.
Me pidió explicaciones, no se las di y finalmente se fue dando un portazo.
Ya verás, hoy le diré que no me quedó más remedio que atar un par de cabos sueltos de la presentación y le reprocharé que se comportase tan mal ayer, pero pediré disculpas por mi retraso.
Su ego se verá satisfecho y como si no hubiera pasado nada.
Y él tendrá a su vez que pedirme a mí disculpas por su actitud y por el portazo.
Carmen miraba con asombro a Muriel, que sonreía satisfecha mientras alcanzaba un par de tazas de café de la repisa, encima de la barra de la cocina.
Al hacerlo, su camisón se abrió mostrando un bien formado seno que seguro hubiera inflamado a Jeff de encontrarse allí.
Lo peor era que Carmen estaba convencida de que finalmente Muriel manejaría al muchacho tal y como decía.
Se lo había visto hacer antes, y no solo con Jeff; era una de las habilidades de Muriel.
—¿Qué pasó para que te retrasaras tanto ayer? Espero que no surgiera ningún problema —preguntó Carmen con una aparente inocencia.
—No, no era un problema. —Muriel sonreía, misteriosa—. Aunque quizá sea una oportunidad.
—¿Sí?
—Sí, estuve con Rich.
—¿Qué Rich?
—Rich Reynolds.
—¿Cómo? ¿Richard Reynolds? ¿El vicepresidente? —preguntó sorprendida.
—Exacto. El mismo —respondió Muriel, triunfal.
Carmen calló esperando a que continuara y ella lo hizo sin hacerse de rogar.
—Estaba a punto de salir de la oficina cuando apareció Rich, que había acudido a cerrar un par de asuntos. Entró en mi área de trabajo y preguntó por la presentación de mañana. Y cuando empecé a contárselo me invitó a comer.
—¿Pero así? —El asombro de Carmen iba en aumento—. Viene, te pregunta por la presentación y te invita a almorzar. ¿Sin más?
—Bueno, verás…
—Veo. —Carmen se sentó a la mesa con su taza vacía. El café ya no le importaba.
—Ya hace un tiempo que viene por mi despacho y se interesa por mi trabajo. Como debe hacer un buen vicepresidente con las jóvenes promesas de su equipo. —Sonreía, picara—. Pero ¿sabes?, creo que en mi caso le atrae algo más que mi habilidad profesional.
—¡Ah!
—Sí. Pero deja que te cuente; era un buen restaurante y Rich pidió vino. Estuvimos hablando durante horas. Es un hombre encantador y muy atractivo.
—¿Encantador? ¿Atractivo? ¡Pero Muriel, si debe de tener cincuenta años!