Ocaso #4
Al apartarse del espejo para contemplar el conjunto, sonrió satisfecha. El resultado era hermoso; Carmen se sabía una mujer con éxito entre los varones.
De pronto la expresión feliz que el espejo ofrecía se oscureció cuando un pensamiento doloroso borró su sonrisa. Era una reflexión que ella se esforzaba en rechazar pero que volvía una y otra vez.
Sí, decían que era hermosa, inteligente y atractiva. Pero no debía de ser ni lo bastante hermosa, ni lo suficientemente inteligente o atractiva como para atraer al hombre que ella deseaba. «¿Por qué tantas veces queremos lo que está fuera de nuestro alcance?», se dijo de nuevo.
Tomó el carmín y lo pasó lenta y cuidadosamente, pero con firmeza, por sus labios. Generosos y provocativos, eran fruta deseada para muchos. Pero no parecían serlo para el hombre con el que ella soñaba.
Apretó los labios para asentar mejor el carmín y, viendo su expresión algo ceñuda en el reflejo, sacudió levemente la cabeza para alejar pensamientos tristes, y se dedicó a continuación una leve sonrisa.
El sol salía de nuevo y le gustó la imagen confiada que le devolvía el espejo.
«¡Mucho mejor! —se dijo animándose a sí misma—. ¡Estás guapa, Carmen!».
Albert, el chico con el que se había estado citando las últimas cuatro semanas, era agradable y atractivo. Parecía muy interesado en ella. Quizá lograra cogerle cariño. Y si no, al menos se divertirían durante un tiempo y ella podría olvidarse por unos momentos de aquella obsesión.
¿Estaba tan enamorada de ese otro? ¿No estaría sintiendo por él solo la atracción de lo prohibido?
Debía de ser eso, se dijo. Lo suyo era una bobada, como la de la quinceañera que desea al cantante de moda. Él jamás había dado muestras de que le gustara más que como amiga. En realidad, no le hacía el menor caso como mujer.
«Lo que tienes que hacer es divertirte a tope con Albert —se dijo—. A tu edad te conviene un hombre de carne y hueso, sudor y pelo. Y no un chico póster de papel cuché».
Y mirando de nuevo al espejo, Carmen sonrió, se dedicó un guiño de complicidad y un gesto enérgico y positivo de puño cerrado con pulgar hacia arriba.
Después eligió uno de los perfumes y, vaporizando desde cierta distancia la esencia, cerró los ojos mientras notaba cómo una pequeña nube de aquella poción amorosa alcanzaba y envolvía su cuerpo.
Dio un último vistazo al espejo y se sintió con todo su poder de seducción.
«Lista», murmuró yendo a buscar el bolso que había dejado encima de la cama. Pero justo cuando regresaba hacia la puerta sonó el telefonillo interior del edificio.
«¿Quién será ahora?», se preguntó al acercarse al aparato.
—¿Dígame?
—¡Hola, Carmen! —Era la agradable voz de Jeff—. He quedado en recoger a Muriel para salir.
—Pues Muriel no está, Jeff —contestó Carmen casi en un susurro—. Lo siento, pero no la he visto en toda la tarde. Quizá se haya quedado en la oficina terminando algo de la presentación.
—Bueno, ¿me invitas a subir al apartamento o vas a hacer que la espere en recepción?
—Naturalmente, Jeff —dijo Carmen dando un respingo—. Sube.
Carmen colgó el telefonillo notando cómo la seguridad en sí misma, esa que la animaba solo segundos antes, se desvanecía y le dejaba un nudo en el estómago.
Era él. Era Jeff. Su desesperado amor platónico. El hombre al que ella deseaba.
Y a la vez, desgraciadamente, el amigo íntimo de Muriel, su mejor amiga y compañera de apartamento.
Jeff había estado muchas veces antes en la casa y había dormido allí con Muriel.
Carmen se tropezaba con él en la cocina a la mañana siguiente y, entre bromas, preparaban juntos el desayuno para los tres mientras su amiga continuaba durmiendo.
Y aunque las responsabilidades de ambos en Reynolds & Carlton se situaban en áreas distintas, coincidían a menudo en algún proyecto, trabajando los dos en la misma sala.
Pero jamás habían estado solos en el apartamento, tan cerca de su habitación como ahora. Ni tampoco con esa estúpida pasión suya, tan intensa en los últimos días.
Carmen se sentía azorada. Le faltaba el aire. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué haría él? ¿Qué pasaría?
Se dio cuenta de que se había quedado de pie junto al telefonillo y con el bolso cogido con ambas manos. Fue a dejarlo a su habitación y no pudo evitar visitar de nuevo su espejo.
Sí, allí estaba ella, tan guapa como antes, solo que ahora con una sonrisa asustada.
El espejo la obsequiaba con una imagen halagadora que le devolvió algo de tranquilidad.
¿Sería un problema para Jeff que ella fuera latina?
No, Carmen pensaba que no. De padre natural de Baja California y madre norteamericana, cuando estaba entre gringos sus raíces mexicanas solo se notaban en el nombre y apellido.
Y aun así estaba segura de que a Jeff no le importaba eso. Al muchacho le atraía la cultura hispana y a veces incluso trataba de hablarle en español. No creía que eso fuera ningún problema.
El problema era que él amaba a Muriel. Y que Muriel le correspondía. Y que ambas eran amigas íntimas. Por eso, aun deseándolo, ella no se atrevía a insinuarse. Miró su imagen, ahora otra vez seria, en el espejo. Vio cómo su pecho subía y bajaba con un suspiro.
Entonces sonó el timbre de la puerta y Carmen fue a abrir.
—Buenas tardes, señorita.
Allí estaba Jeff, sonriente y tan atractivo como siempre, intentando hablarle con su español de acento divertido.
—Buenas tardes, caballero —repuso ella, también en español, mientras notaba cómo de forma automática, casi sin darse cuenta, le estaba devolviendo la sonrisa.
Él dio un paso hacia el interior del apartamento, apoyando su mano izquierda en la cintura de ella y dándole un beso en la mejilla.
Carmen sintió el ligero picor de los pelos rubios de la perilla del chico y se estremeció.
Hizo un esfuerzo por no lanzarle los brazos al cuello mientras hacía sonar sus labios en un falso beso evitando mancharle la mejilla con carmín.
—Estás muy guapa, Carmen. Y me encanta tu perfume —le dijo, ahora en inglés, mirándola de arriba abajo con gesto de aprobación.
—Gracias —respondió Carmen sin poder evitar otra sonrisa mientras su autoestima subía varios puntos.
—Te veo muy arreglada. ¿No estarías a punto de salir?
—Bueno, en realidad sí. —Y después de una pausa añadió con rapidez—: Pero aún dispongo de un par de minutos. ¿Quieres tomar algo?
Jeff pidió un refresco y se sentó con gesto relajado en el sofá del salón, frente a la barra de la cocina.
—¿Te dijo Muriel que se retrasaría? —A pesar de querer aparentar tranquilidad, era obvio que Jeff estaba inquieto.
—No. Regresé sola de la oficina. —Carmen se sentó en un sillón cercano a Jeff, de forma que sus piernas quedaban a menos de un metro de las de él.
Su falda subía y mostraba, generosa, las piernas.
Él lanzó una mirada furtiva. Y Carmen, complacida, dio un recatado tirón a la falda hacia abajo—.
Muriel no ha llamado ni ha dejado ningún mensaje.
En realidad, pensaba que habríais comido juntos.
—Pues no. Quedamos en que pasaría a recogerla —repuso Jeff, pensativo—. Salí de la oficina antes que ella y me dijo que iba a comer contigo. Yo creía que estaba aquí. La llamaré al móvil.
Se levantó y cruzando la habitación llegó a la barra que separaba la cocina del salón para coger el teléfono.
—Tiene puesto el contestador —dijo. Y luego, hablando por el aparato—: Muriel, soy Jeff. ¿Recuerdas que habíamos quedado en que te recogería en tu apartamento? ¿Dónde estás? Te espero.
Jeff volvió al sofá y, distraídamente, dio una palmadita a las rodillas de Carmen sin percatarse de la conmoción que eso causaba en ella.
—Espero que no le haya ocurrido nada —habló como para sí mismo—. Aunque últimamente la encuentro rara.
Carmen lo miraba, notando cómo sus emociones y pensamientos, corriendo veloces, le impedían seguir bien las palabras de Jeff.
Amaba a aquel hombre. ¿Y si intentara algo ahora?
¿Pero qué? No podía echarse a los brazos de él, así sin más.
No. No se atrevería, aunque Jeff fuera otro, y menos aun siendo el chico de Muriel.
Pero una oportunidad como aquella quizá no se volvería a presentar y si no hacía algo en ese momento después se arrepentiría una y otra vez.
Además, ahora estaba arreglada y se encontraba muy atractiva.
Ahora o nunca. ¿Pero qué? Deseaba abrazarlo.
Deseaba hacerlo. Pero ¿cómo reaccionaría él?
—¿No encuentras a Muriel rara últimamente? —inquirió Jeff, distrayéndola de sus pensamientos.
—Pues no especialmente. ¿Tú sí, Jeff?
—Pues sí. ¿Dónde está ahora? —Su voz denotaba irritación—.
Y además, me pregunto qué es lo que trama con ese asunto del diseño de marca que me ha pedido para la presentación del lunes.
Mi equipo y yo hemos invertido muchas horas en ello.
Y el sumario que nos dio la Metropol para la presentación ni siquiera insinúa que ese tema les preocupe.
Se lo he preguntado a Mike, su jefe, y él tampoco sabe nada. ¿De dónde habrá sacado eso?
—Debe de tener un buen motivo.
—Eso espero, porque creo que está abusando de nuestra relación. Estoy seguro de que me oculta algo.
—Yo tampoco sé nada, Jeff.
—¿Seguro que no hay algo sobre Muriel que tú conozcas y que no te atrevas a contarme? —inquirió Jeff mientras le cogía la mano a Carmen.
Ella notaba una especie de corriente que subía por su espina dorsal.
«¿Y si tomo yo la iniciativa? —pensó—. Y provocar que su instinto empiece a funcionar por sí mismo.
Como el piloto automático de un avión. ¿Pero y si me rechaza?
¡Qué vergüenza! Además, destrozaría mi amistad con Muriel».
Carmen supo en ese momento que, aquella tarde, no iba a intentar nada.
—No, te aseguro que yo no sabía lo del diseño de marca.
—No, Carmen. Ahora no me refiero al trabajo. —Él seguía con la mano de ella entre las suyas—. Carmen, tú y yo somos muy buenos amigos, cuéntame si sabes algo que yo debería saber.
—¿Algo como qué?