Ocaso #3
Debía de ser la carta que estaba esperando.
Aquel envoltorio llamó su atención al recoger el correo; era un sobre blanco, con sus señas impresas y sin remitente.
La expresión expectante del hombre le hacía entreabrir la boca, mostrando unos caninos afilados que parecían los de un perro.
Una vez en su apartamento, se dirigió a la cocina y esparció las cartas encima de la mesa.
Empujando a un lado las misivas bancarias, las que prometían facturas y publicidad, cogió un cuchillo con sus gruesas manos y, con sumo cuidado, fue abriendo el sobre.
El folio estaba prácticamente en blanco, a no ser por una sola palabra: «Acepto».
—¡Bien! —exclamó el hombretón golpeando su puño derecho contra la palma de la otra mano en señal de alegría—. Sabía que tragarías, amigo.
Alcanzó un vaso de la alacena y, presionando con él la palanca del frigorífico, dejó que cayeran unos cubitos de hielo y se sirvió una generosa cantidad de whisky.
—Esto hay que celebrarlo —murmuró, satisfecho—. No se ganan diez mil dólares todos los días. A tu salud —dijo lanzando un brindis hacia la ventana—. Y por tu éxito.
Una semana antes había ido a un cibercafé y, sentándose frente a un ordenador libre, escribió un mensaje que rezaba así:
Estimado cliente:
Una vez revisado al detalle el trabajo de decoración que nos encargó, lamento decirle que existen complicaciones adicionales que nos obligan a subir nuestro presupuesto en diez mil dólares.
Usted conoce nuestra profesionalidad, y estamos seguros de que sabe que nunca aumentaríamos nuestros presupuestos si no fuera absolutamente necesario.
Quedamos a la espera de su aprobación.
Atentamente,
F ULLDECORATION
El hombre rebuscó en una pequeña agenda, tecleó la dirección de correo electrónico y, una vez tuvo la certeza de que era la correcta, pulsó «enviar». Sabía que su cliente odiaba que él le enviara mensajes por internet, y que el aumento le iba a indignar, pero podía permitirse presionarlo.
Y por fin, como él había previsto, a pesar de su irritación, el cliente aceptaba.
Era un viejo amigo, tenía mucho dinero y siempre admitía algún incremento.
El hombre tomó un trago y al sonreír satisfecho dejó ver aquella boca que recordaba a unas fauces caninas y que confería a su alegría un aspecto perruno.
—¡Maldito farsante! —murmuraba don Agustín entre dientes, mientras avanzaba a grandes zancadas hacia la taberna del puerto, cubriéndose del sol de la tarde con su boina.
Su silueta negra de sotana gastada por el tiempo, pero erguida a pesar de los años, se desplazaba enérgica a través de la calle solitaria en la busca del individuo que era el motivo de su indignación.
La sotana era una prenda formal en exceso y anticuada para muchos, pero a él le gustaba.
Había situaciones que la requerían, y aquella era una de ellas.
Al cruzar el umbral de la taberna se detuvo unos instantes para acostumbrar sus ojos, cegados por un sol de desierto, a la penumbra interior.
Su silueta, con los brazos algo separados del cuerpo, se recortó a la luz.
Como en veces anteriores, la ridícula similitud con un vaquero de película del Oeste entrando en el bar de los malos antes del tiroteo acudió a su mente.
Estaba seguro de que aquel sujeto se encontraba allí; le dejaría las cosas claras de una vez por todas.
Pronto distinguió las mesas junto a las paredes con algún parroquiano en ellas, la barra al fondo y, en el centro, moscas volando frenéticamente. Y vio en un extremo, apoyado en la barra y de espaldas, a un tipo frente a un vaso y una botella. Era él.
Agustín se dirigió al hombre, que lucía un sombrero blanco de campesino, y por todo saludo le propinó un golpe en el hombro. Era viejo, y al girarse apretó los párpados de sus ojos almendrados como para evaluar a su agresor.
—¡Me han dicho que lo has vuelto a hacer! —le increpó Agustín.
Anselmo, impasible, lo ponderaba: no, aquel no era el águila, ojos de poder, del presagio. Todo lo más, un viejo cuervo graznando, pero aun así podía ser peligroso.
—¿Qué le dijeron? —quiso saber, en apariencia sumiso.
—Que volviste a engañar a alguien, con el cuento de que le sacabas los demonios, y que cobraste una gallina por ello.
El bar quedó en silencio y todos se acomodaron para presenciar el espectáculo. Durante más de veinte años, aquellos hombres se habían enfrentado, una y otra vez, en públicas y sonadas discusiones.
—¡Ah!, eso. No se preocupe, padrecito, eran demonios pequeñitos y no volverán a molestar.
—¿Que no volverán a molestar? ¡Farsante! ¡Te voy a denunciar a la policía!
—¿Por qué? ¿Qué mal he hecho? —preguntó Anselmo abriendo los ojos en una expresión inocente a sabiendas de que irritaría más aún a su enemigo.
—Por intrusismo profesional.
—¿Y eso qué es?
—Pretender que haces un trabajo para el que no estás ni reconocido ni capacitado.
—¿Pero es que cree que le estoy quitando limosnas a su iglesia, padrecito? Yo no digo misas.
—¡Claro que no, faltaría más! ¡Sería un sacrilegio! Pero engañar a la gente simulando exorcismos es casi tan malo como eso.
Anselmo, tranquilo, miró al que lo increpaba. Ojos oscuros, barba cerrada, nariz recta y, a pesar de sus sesenta años, pelo abundante peinado hacia atrás donde un contraste de blanco y negro intensos no daba opción al gris.
—No le quito cristianos, ni me meto en lo suyo. Déjeme en paz.
—No. Claro que no, pero los confundes y engañas.
—No puede denunciarlo, padre —intervino el propietario desde detrás de la barra—. Cada uno es libre de creer lo que quiera.
—No te metas, Emilio —le advirtió Agustín—. Esto no es asunto tuyo. Es entre este farsante y yo. ¡Claro que no lo denunciaré por pagano! Lo voy a denunciar por practicar medicina ilegal; por curandero.
—¡Chin mano! —le reprochó el hombre—. ¡Pero si le salvó a usted la vida cuando pilló aquellas fiebres!
—De aquello me libré por la gracia de Dios, que no quiso mi muerte entonces.
—Pues le echará usted agua bendita a la gente, pero quien coge esas fiebres se muere si Anselmo no lo sana.
—Yo no le pedí nada y si curé fue por la bondad de Nuestro Señor.
—Sí, seguro. Pero una de sus beatas fue a buscar el remedio donde Anselmo.
—Hubiera preferido morirse a deberme un favor, ¿verdad, padrecito? —intervino el viejo, esbozando una sonrisa—. ¿Tan orgulloso es?
—Dios me bendiga. Me haces perder la paciencia.
—Agustín se santiguó tratando de serenarse.
Sabía que ese tipo lo estaba provocando.
No solo no mostraba arrepentimiento alguno, sino que se permitía acusarlo a él—.
Por última vez, Anselmo, basta ya. —Trató, sin conseguirlo, de aparentar calma—.
Si repites una, una sola más de tus brujerías, te denuncio a la policía por ejercer medicina ilegal.
El viejo aguardó mientras de nuevo contemplaba, como queriendo penetrar en su interior, la cara de su rival, enrojecida por el calor del paseo bajo el sol y la discusión.
—Estos sofocos le sientan mal —dijo—. Un día se puede morir de eso. Ándele, le invito a tequila.
—No voy a beber contigo, pagano mentiroso —repuso el cura en mal tono.
Anselmo evaluó de nuevo a su oponente. Estaba acostumbrado a disimular la indignación que le producía que el cura viniera a darle órdenes y le hablara de aquella forma.
Y por eso respondía con la ironía aparentemente sumisa de quien se siente libre y superior enfrentándose a quien se cree superior y con autoridad.
Esa era la historia de la relación de ambos.
Pero en aquella ocasión quiso devolver la agresión al altanero español.
—¿Mentiroso me llama? ¿Dice que engaño a la gente? Usted sí que los engaña.
—¿Yo, engañarlos?
—Sí, usted, padrecito. Yo los curo, los ayudo. ¿Pero qué hace usted?
Agustín lo miró asombrado mientras el viejo continuaba:
—Usted les cuenta historias que no cree, los engaña a propósito. Porque hace tiempo que se le acabó su fe. Duda de su Dios. Duda. Ya no tiene fe. Pero finge y engaña. —Anselmo sonrió enseñando una boca que mostraba la falta de algunos dientes—. Y yo lo sé, lo sé.
¿Cómo se atrevía aquel miserable a cuestionar su fe? Agustín notaba cómo crecía su indignación. «Dios mío, ayúdame», se dijo mientras sentía la tentación de romperle la botella de tequila en la cabeza.
—La ha perdido. Usted engaña a la gente —repitió el viejo con su sonrisa mellada—. Lo sé, lo sé.
Agustín miró la botella y la puerta de salida, pidiendo a Dios que le diera fuerzas para no golpear a aquel infame.
—Ya he dicho lo que vine a decirte —sentenció, amenazándolo con el dedo—. Que sea la última vez que engañas a las buenas gentes con esas historias de que tienen demonios o te denuncio a la policía. ¡Farsante!
Y se fue hacia a la puerta para evitar la tentación. Al salir continuaba oyendo al viejo que cloqueaba en una risita.
—El cura es un farsante. Ha perdido su fe. Y yo lo sé, yo lo sé.
Agustín anduvo bajo el sol y entre el polvo hacia su iglesia. Notaba en su vieja sotana los agujeros de las balas de su enemigo. Y sentía que las heridas sangraban.
Cuando después de santiguarse varias veces con agua bendita se arrodilló a rezar en la pacífica penumbra del templo, el cloqueo de la risa del brujo y sus palabras resonaban aún en sus oídos: «Ha perdido su fe. Y yo lo sé, yo lo sé».
«¿Por qué deseamos tanto lo inalcanzable?». Carmen se maquillaba antes de acudir a su cita del sábado. Quiso librarse de aquel pensamiento recurrente y se dijo que debía divertirse aquella noche. Sería la única oportunidad que tendría en todo el fin de semana.
Había pasado la mañana en la oficina, junto a Muriel y Jeff, trabajando en los penúltimos cambios para la presentación del lunes. Y por si eso fuera poco, estaban citados también la tarde del domingo para un ensayo final con el propósito de ultimar algunos detalles.
Suspiró retocándose el rímel de las largas pestañas que enmarcaban unos ojos de pupilas oscuras.