Ojos en la noche Ocaso #2
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Ocaso #2

—Lo siento. Pero de pronto se le ha ocurrido a alguna de esas mentes brillantes de Planificación Estratégica que debemos incluir en la presentación opciones de un diseño más moderno para esa maldita comida para perros.

Hay que hacerlo. El porqué lo desconozco.

—Jeff hizo una pausa y luego le dedicó a Sara otra de sus sonrisas—.

Preséntale mis disculpas a Ernest —añadió—. Dile que esta vez no ha sido culpa mía.

Sara se lo quedó mirando, hizo un gesto de desaliento y se fue hacia su teléfono murmurando en voz baja.

Jeff se sentó frente al tablero para retocar los dibujos de perros que describían el anuncio televisivo de quince segundos que presentarían a la Metropol, la segunda empresa de comida para mascotas del país.

Oía a Sara que, con voz más alta de lo habitual, trataba de apaciguar a su amigo al teléfono.

Jeff sonreía con tristeza al pensar que no le sería tan fácil tranquilizarlo hoy después de tener que cancelar su cita el martes.

Pero seguro que Ernest reaccionaría peor cuando Sara le dijera que posiblemente tampoco podrían salir el fin de semana. Ella aún no lo sabía.

Para Reynolds no solo por su inteligencia, o por su hermosura, ni por esa chispa tan especial en sus ojos y su sonrisa.

Para Jeff era mucho mucho más. Ella era su chica. La mujer por la que él había renunciado a todas las demás. Y no cambiaría el amor de Muriel ni por la aventura en general ni por ninguna otra hembra en concreto. Lo retaba, lo excitaba, enloquecía con ella.

—¿Has traído las propuestas gráficas para revistas y vallas publicitarias? —preguntó Muriel manteniendo el tono profesional, sin darse por enterada más que por su leve sonrisa de la doble intención de la respuesta.

—Sí, aquí están. Geniales, como siempre, ¿verdad?

Ella lo miró con picardía, soltando a continuación una tos falsa.

—No está mal. Se aproxima bastante a lo que discutimos, pero tendrás que modificarlo.

—¿Qué?

—Mike dejó claro que quería que los perros fueran dálmatas para capitalizar en la moda cinematográfica. Y tú no solo has dibujado dálmatas, sino también huskies y hasta chihuahuas. Cuando él lo vea mañana por la mañana, tendremos problemas.

—¡Pero Muriel! ¡Qué tontería! Ni que esto fuera Disneylandia. En la vida real hay todo tipo de perros. Mike se equivoca.

—Jeff, es lo que acordamos.

—Sí, eso acordamos. Pero lo he pensado mejor.

—No es cuestión de que lo pienses mejor, Jeff —repuso ella hablando lentamente como una profesora que le repite la lección a un niño torpe—. Aquí trabajamos en equipo y bajo reglas preestablecidas. Cada uno hace la parte que le corresponde. Y a ti te correspondía pintar dálmatas.

—¡Pero Muriel! —exclamó él, irritado—. ¿No te das cuenta de que para cuando lancemos la campaña todo el mundo estará harto de ver dálmatas?

Esos perros ya estuvieron de moda varias veces antes.

Dálmatas en las camisetas, dálmatas en los platos, dálmatas en las bragas y en los calzoncillos…

¡Hasta en el puto papel higiénico! Van a explotar a los dálmatas hasta que todos lloremos de aburrimiento.

Simplemente lo he pensado mejor y mi propuesta creativa supera en mucho lo que hablamos.

—Puede ser que tengas razón, Jeff. —Muriel lo miraba fijamente clavando sus ojos en los de él—. Pero nosotros te pedimos dálmatas.

—¿Cómo puedes ser tan tozuda? Tú entiendes mi argumento, ¿verdad?

—Claro que te entiendo —aseguró la chica utilizando un tono más conciliador y suavizando con una sonrisa sus palabras—.

Pero deberías haberlo hablado antes conmigo o con Mike.

Bueno, acepto que le presentes a Mike tu versión como propuesta alternativa, pero aún necesitamos la de los dálmatas. O sea que tendrás que hacerla.

Se hizo el silencio mientras Jeff miraba ceñudo a través de la ventana.

Muriel lo observaba con expresión dulce pero firme.

Tendría que dibujar una versión blanca con manchitas negras solo por esa estupidez que Mike llamaba «disciplina de equipo».

Eso lo obligaría a trabajar también la mañana del sábado.

—¿Y qué me dices del diseño de marca? —repuso él al rato—.

Tanto hablar de equipo y de que cada uno debe hacer su parte y de pronto apareces tú pidiéndonos urgentemente el desarrollo de varias propuestas creativas sobre el grafismo de Friendlydog.

Eso no está en el sumario que nos dio el cliente ni en lo que acordamos en las reuniones de coordinación.

—Es una sorpresa para la Metropol. Un golpe escondido en la presentación.

—¿Una sorpresa, Muriel? ¿Un golpe escondido?

—Jeff sintió que la irritación crecía en su interior—.

¿Y para hacer una gracia al cliente has decidido, sin más, que mi equipo se mate trabajando día y noche?

Y luego yo no puedo cambiar, aunque sea por una buena razón, un solo elemento. ¡Maldita sea, yo soy el creativo!

—El diseño de la marca será clave en la presentación.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que el diseño de la marca es tan importante para ellos si ni siquiera lo han mencionado?

—Lo sé, simplemente.

—¿Así, sin más? Pero algún fundamento habrá, espero.

Mi equipo está invirtiendo horas y horas en ese desarrollo, ¿y tu único argumento es que lo sabes?

¿Y eso es todo? —Había levantado la voz—.

Me niego a continuar el diseño. Voy a decirles a Sara y a James que se vayan a casa.

En eso seguro que Mike me apoya. ¿No éramos un equipo?

¿Y ahora quieres que por un capricho tuyo, una inspiración, abuse de mi gente y les haga trabajar todas las noches?

¡Pero si tú estás haciendo exactamente lo que acabas de censurarme!

Muriel lo miró unos momentos en silencio con aquellos ojos dulces que lo hacían estremecer.

—Sé que no está en el sumario —dijo ella al fin—. Sé que es trabajo adicional a lo acordado y sé que no tienes por qué hacerlo. Pero tú conoces lo importante que es esa presentación. Si obtenemos la cuenta de la Metropol, será un hito en nuestras carreras profesionales. ¡Por favor, Jeff!

—¿Pero por qué el diseño de marca, precisamente? ¿Por qué no nos centramos en la estrategia de comunicación y en presentar desarrollos paralelos a dicha estrategia? No lo entiendo. ¿De dónde has sacado esa idea?

—No le des más vueltas. No podrás entenderlo racionalmente.

—Muriel le acarició la mano y él sintió que su tensión se relajaba—.

Es mi instinto femenino. Debe de ser eso, pero estoy convencida de que el diseño de marca será fundamental.

Hazlo por mí, como un favor personal. —Ahora Muriel sonreía con un toque malicioso en sus labios—.

Te lo pagaré, no te arrepentirás. Por favor.

Él fijó su vista en los labios de ella, que se acercaban, y empezó a sentir una presión en la entrepierna mientras recordaba que no habían hecho el amor desde el fin de semana por culpa de ese maldito trabajo. Jeff supo que no tenía alternativa.

—Sí, pero ¿quién le va a compensar a mi gente las horas extras? —protestó levemente.

—Cuando ganemos la cuenta estoy segura de que el presidente se sentirá generoso. Apoyaré lo que tú propongas para ellos.

Jeff se sentía vencido, pero no convencido. Ella lo utilizaba. No era normal lo del diseño de marca ni aquella explicación sobre el instinto. ¿Por qué estaba Muriel tan segura? Jeff tuvo la certeza de que ella no se lo había contado todo, de que había algo más. ¿Qué le estaba ocultando?