Ocaso
El viejo salió de su ranchito de adobe y estuco y olfateando el aire sintió unas vibraciones extrañas. Había algo inusual, inquietante, en aquella tarde.
Desde el enramado cubierto por buganvillas malvas podía ver el azul del océano y la línea perfecta del horizonte. Y buscándolo, sobre un fondo pálido de un cielo sin límites, flotaba el disco de oro y fuego del sol.
El rostro cobrizo de Anselmo estaba surcado por mil arrugas y su piel curtida por las muchas horas trabajadas bajo aquel sol.
Sus ojos almendrados tensaron los párpados de forma que solo un poco de aquella luz, aún intensa y peligrosa, penetrara en sus retinas y así poder ver el astro.
Solo se podía mirar a la cara al dios Mitapá cuando empezaba a adormilarse para la noche.
El rumor de las olas y el graznido de las gaviotas que buscaban comida rompían el silencio. Pero el viejo oía el ronroneo de la tierra, la música del cielo, el canto de despedida del sol y el coro de los animales que poblaban el océano.
Y como todos los días el hombre se unió a la canción que lo rodeaba y moviéndose de atrás hacia delante empezó a tararear suavemente aquel canto antiguo, sin palabras. Porque aquellas palabras eran, de tan sagradas, impronunciables, y el viejo solo dejaba brotar de sus labios un murmullo tenue.
Al cabo de un tiempo detuvo su canto y su moción, y atrapando unos rayos de sol dentro de los ojos cerró los párpados para que la luz no pudiera salir. Y su interior se iluminó. Lentamente las imágenes se encarnaban, primero amorfas, viscosas, luego definidas y contundentes.
Él dominaba el rito sagrado y sabía cómo dirigir sus visiones, pero la sensación inquietante de antes volvió y supo que lo que iba a ver escaparía de su control.
Vio la monstruosa ciudad gigante que se extendía ciento cincuenta millas al noroeste, creciendo sin parar, engullendo campos, valles y montes.
La conocía bien. Sin haberla pisado jamás, la conocía muy bien.
Porque la visitaba con frecuencia, igual que ahora, desde hacía muchos años; cuando aquella urbe era joven y pequeña.
Y vio el enorme edificio de acero y cristal que se erguía, altísimo, creído de su poder, insultando al cielo.
Desde su punto más alto un ave poderosa vigilaba, pico hambriento, al pobre sur con ojos de codicia.
Su mirada se cruzó con la del viejo, y al sentirse este descubierto un escalofrío recorrió su cuerpo.
El águila, símbolo del imperio, ladeó la cabeza sin dejar de mirarlo y abriendo sus inmensos brazos se lanzó al vacío.
Extendió las plumas a su máxima longitud mientras tanteaba el viento. Luego, batiendo las alas, hizo que su cuerpo se elevara sobre el cielo de la ciudad hasta encontrar una corriente propicia e, inexorable como una maldición, emprendió su viaje al sur.
Entró en el cielo del mar sobre Long Beach, voló paralela a la costa para penetrar de nuevo en el cielo de la tierra por Laguna y cruzó por encima de la antigua misión de San Juan Capistrano.
Las golondrinas de San Juan, espantadas, vieron la silueta recortarse al sol y buscaron refugio en los viejos muros.
Pero el águila no se detuvo por ellas. En unos minutos sobrevolaba San Luis Rey, después la bahía de Misión y al fin la de San Diego.
El viejo veía ahora con claridad el pico curvado en la blanca cabeza del ave, y el brillo despiadado de sus ojos amarillos. Lo miraba a él.
El águila del norte, sin detenerse, cruzaba ya la frontera con México y llegando a una ciudad empezó a trazar círculos sobre unas calles desiertas, pero llenas de gente, y castigadas en plena noche por luz de mediodía.
Un ratón huía, presa del pánico. Y el ave, alas de poder, se lanzó sobre el animalillo que, infeliz, había creído que la multitud lo ocultaba.
Pero ahora, en medio del gentío, estaba solo.
El ratón corría con sus fuerzas al límite.
El águila, pico hambriento, se abalanzó hacia él con sus afiladas garras por delante.
Entonces, al asestar el pájaro el picotazo definitivo, fue cuando el pico se convirtió en fauces de perro.
Y de las fauces surgió la cara de un hombre, un hombre de sonrisa canina.
Cuando el viejo abrió los párpados, aquella visión de futuro se había desvanecido. Su cuerpo estaba cubierto por un sudor frío, de angustia.
La brisa llegaba desde el mar y el sol ya no daba calor.
Sabía que el ratón de su ensueño era él y notaba su miedo.
El dios Mitapá, sumergido más de la mitad en el océano, parecía una enorme moneda de oro rojizo penetrando una inmensa hucha azul.
El mar llevaba reflejos dorados hasta la orilla, donde las luces de sol y cielo quedaban prisioneras en el agua atrapada en la arena.
Pero había algo en aquello peor que la amenaza física. Eran los ojos del águila. Él había reconocido su brillo.
—Lucía, mi querida nieta —murmuró—. La que esos malditos me robaron. ¿Pondrás mi vida en peligro? —La angustia le retorcía las entrañas—. ¿Te volverás contra mí?
Sin nubes y sin reflejos del sol, ya oculto, la noche crecía veloz.
El viejo, escuchando otra vez la voz de la tierra, el mar y el cielo, empezó a tararear de nuevo mientras se mecía atrás y adelante al ritmo de su cantinela.
Pero ahora ya no recitaba en su mente las palabras prohibidas.
Solo rezaba. Por su nieta. Por sí mismo.
Por su vida y por la de ella. Rezaba al Dios Jesucristo para que lo salvara a él del peligro que vendría del norte y a ella de ser aquel peligro.
Y un ocaso preñado de presagios fue apagando las últimas luces del día.
Área de Los Ángeles, California, EE. UU.
Jeff se inclinó sobre la mesa retocando la viñeta que tenía en su tablero de diseño. La luz del día entraba por su izquierda desde el ventanal que daba a la calle. Se distanció del dibujo para apreciar mejor el conjunto, y al cabo de unos instantes meneaba la cabeza disgustado.
No era el dibujo lo que le molestaba, sino aquel pensamiento que, insistente, volvía una y otra vez como mosca de verano. «¿Qué es lo que Muriel me oculta?».
Miró a su alrededor. En la amplia sala había otros tableros de dibujo con taburetes altos, sillas y mesas ordinarias de oficina llenas de bandejas repletas de documentos, teléfonos y ordenadores.
Mamparas de metro y medio establecían límites entre los puestos de trabajo y permitían una precaria intimidad a cada uno de los habitantes de aquel lugar, donde moraban algunos de los grandes talentos creativos de Reynolds una jaula de acero y cristal tan monótona y uniforme como la que lo encerraba a él, allí, en el centro de la ciudad, en el llamado downtown de Los Ángeles.
De repente sintió ese impulso. Arrugó uno de los papeles que le habían servido de boceto, con el que formó una bola consistente.
Se levantó apoyando los pies en la barra inferior del asiento y logró una magnífica vista de Sara que, inclinada dibujando sobre su mesa, dejaba ver parte de su espalda entre el corto jersey y un pantalón que presentaba un redondeado trasero.
Sonrió satisfecho al ver que la trayectoria de su proyectil se dirigía directamente a la cabeza de su colega y, fingiendo trabajar concentrado en su dibujo, se inclinó sobre la mesa.
—Jeff. ¡Tarado! —oyó quejarse, divertida, a su compañera y subordinada.
—¿Qué ocurre, Sara? —dijo Jeff incorporándose en su taburete y mostrando sorpresa al mirar por encima de la mampara—. ¿Terminaste los diseños que te pedí? ¡Bravo! Eso es rapidez.
Sara se lo quedó mirando con una amplia sonrisa.
Jeff era un muchacho de unos veintiséis años, al que se le adivinaba un torso corpulento bajo su jersey de cuello alto.
Rubio claro y con profundos ojos azules, sabía usarlos con gran eficacia cuando ponía esa cara de inocente sorprendido.
Lucía pelo corto con un pequeño tupé y perilla a juego.
Un aspecto muy apropiado para un prometedor creativo que cuidaba una imagen diferenciada pero acorde a la moda.
—¡Cómo quieres que lo haya terminado ya! —empezó a protestar Sara al cabo de unos instantes de contemplarlo—. ¡Me diste trabajo para dos días! ¡Eres un negrero! Y encima me acabas de agredir físicamente.
—Yo no he sido —contestó Jeff mostrándole las dos manos para que ella viera que las tenía limpias—. Quizá te hayan golpeado los remordimientos, tu mala conciencia, por no haber terminado aún mi encargo.
—¡Serás cabrón! —exclamó ella fingiendo enojo—. ¡Me tienes aquí encerrada once y doce horas al día y ni siquiera me das las putas gracias!
—No te preocupes, seré un buen jefe; me las ingeniaré para compensarte. Pero primero tienes que terminar el trabajo; lo necesito mañana al mediodía.
—Jeff, ¿estás loco? —repuso Sara, esta vez con aspecto de auténtico enfado.
—Por favor, lo necesito —dijo él con sonrisa humilde—. Me juego el empleo. ¿No me dejarás solo y abandonado ahora? Tú sabes lo importante que es la presentación del lunes, ¿verdad?
Sara lo miraba relajando la tensión del rostro. Y comprendió que no podía decirle que no a Jeff. Nunca podría.
—Tengo cita esta tarde con Ernest —protestó ella en tono quejumbroso—. No puedo quedarme.
—Por favor.
Los ojos azules del muchacho brillaban hermosos y suplicantes.
Ella soltó un resoplido. No podía negarse, no frente a aquella mirada. Sabía que tendría que encargar una pizza y quedarse hasta las doce de la noche.
—Jeff —continuó Sara—. ¿Por qué de repente tenemos que dibujar esos diseños de marca? ¿A qué viene de la noche a la mañana trabajar tantas horas de más cuando sabíamos desde hace un par de semanas que la presentación era el lunes?