Ojos en la noche
© inepub.com
Prefacio
Años antes en Hollywood, California
—¿Recuerda usted al pequeño bastardo?
La pregunta sorprendió al hombre encendiendo un cigarrillo y esperó a dar la primera calada antes de mirar al muchacho.
No debía de tener ni quince años. ¿De dónde salía ese chico a esas horas de la madrugada?
Seguro que era otro aspirante a actor que lo buscaba para suplicar una oportunidad.
Y le irritaba que lo abordaran en la calle.
—Es usted el señor Maxwell, ¿verdad? —volvió a preguntar el chico sin esperar a que él contestara.
—Sí, ¿y qué? —repuso el hombre, soltando humo en dirección a su inesperado interlocutor.
El muchacho sonreía con amabilidad y usaba un tono deferente, respetuoso. Pero mostraba unos caninos desarrollados que le conferían un aspecto inquietante; parecía un perro. El hombre pensó que esa cara, aunque original, provocaría rechazo en el espectador.
—Le he preguntado si se acuerda usted del pequeño hijoputa que hizo esas pruebas la semana pasada para el papel de Michael en su nueva película.
—Veo a muchos bastardos al día —contestó Maxwell riéndose; acababa de salir al callejón trasero del bar de copas de Hollywood donde se divertía con un grupo de amigos. Había bebido mucho y necesitaba respirar aire fresco.
—Uno rubio, de ojos azules. —El chico seguía mostrando sus dientes—. Uno que tiene una mamá guapísima, ¿se acuerda?
Empezó a recordar.
—Sí, esa… —Hizo un gesto con las manos para indicar unos pechos abundantes—. Sí que me acuerdo. —Su sonrisa se amplió, lasciva—. ¡Claro que me acuerdo! Y muy bien.
—Pues él es mi amigo —dijo el muchacho—. Y yo le traigo un recado.
El hombre oyó un chasquido, vio un brillo metálico y sintió dolor en la garganta.
—¡Pero qué…!
Su voz sonaba extraña, débil, y llevándose la mano al cuello vio que estaba llena de sangre. El chico tenía una navaja y se preparaba para herirle de nuevo.
Maxwell quiso parar el segundo golpe, pero iba tan fuerte que el estilete le atravesó la mano.
Dolor. Los efluvios alcohólicos se disiparon de pronto y, aterrorizado, pensó que debía huir.
Quiso gritar, pero solo podía emitir un sonido extraño.
El bar, tenía que volver al bar con sus amigos, ¡detrás de aquella puerta estaba su salvación!
Se cubría la herida de la garganta con la mano sana y al girarse sintió que le agarraban con fuerza por el faldón de la chaqueta.
Notó cómo la navaja le penetraba por la espalda, primero en los riñones y la base de la columna vertebral, luego entre las costillas.
¿Cómo podía hacerle eso un niño? Se extrañó al comprobar que no lograba llegar al pomo de la puerta y que la fuerza se le estaba yendo con la sangre. El otro continuaba acuchillándolo.
Al caer Maxwell, el chico buscó, tratando de no mancharse, la billetera en la chaqueta y el encendedor de oro en el bolsillo del pantalón. Para eso tuvo que girar el cuerpo. Y entonces, calculando dónde se encontraba el corazón, pinchó un par de veces para asegurarse.
Cuando se alejaba, después de limpiar su navaja en la chaqueta, el muchacho de la sonrisa de perro se dijo que no era tan difícil matar a un adulto.