Ocaso #11
—Esta vida no va a durar. Lo sé. Lo he visto.
Los ranchos devorarán el monte libre, construirán explotaciones agrícolas en los lugares con aguajes, llamarán parques a los montes piñoneros y no querrán que pizquemos el piñón.
Los paisanos seremos excluidos. Solo como peones para los mexicanos, o con suerte cultivando algo o con algún ganado, podremos sobrevivir. Aprende más, hazte un gran hechicero.
Era el año 1944 y Anselmo, a pesar de lo mucho que le dolía dejar a la abuela, decidió seguir su consejo.
Ella convenció al más sabio de los doctores kiliwas para que lo tomara como aprendiz, y al terminar la pizca del piñón de aquel año, se fue con él.
Con su maestro supo de ceremonias y curaciones distintas de las de los paipais y de los ritos de las capas de cabelleras humanas que se escondían en cavernas [5] y que reservaban para ceremonias muy especiales. Pero él aún quería saber más.
Y pasados dos años, después de la fiesta del piñón, Anselmo fue aceptado como ayudante del mayor chamán cochimí, que le enseñó todo sobre los cuñados, [6] las figuras de terribles poderes mágicos escondidas en cuevas.
Unos años después se fue con los cucapás, al norte, al golfo de Cortés; esta vez no era solo alumno, ya curaba con sus propios métodos y enseñaba a sus nuevos maestros.
Allí aprendió más de hierbas, sugestiones y hechizos, de los buenos y de los malos.
Así supo de la nigromancia de los habitantes del delta del río Colorado. Y conoció cómo se hacía el mal. [7]
Pero él aún quería saber más. Quería saber de la magia y la medicina de los mexicanos. Tenía veinticuatro años. Dejó a la esposa que había tomado estando con los cucapás y se fue a Tijuana.
Allí descubrió que necesitaba dinero. Al principio trabajaba en cualquier cosa, no le importaba limpiar letrinas de burdeles, ayudar en la construcción o en cocinas de restaurantes.
Se dio cuenta de que había mucho que aprender de los dioses cristianos y por un tiempo hizo trabajos como voluntario en la catedral de Tijuana, en la época en que esta aún era solo parroquia.
Aprendió más sobre los santos, la liturgia y sobre cómo ayudar en la misa, y también que a las puertas de la catedral, en los puestos ambulantes donde se vendían velas, estampas y medallas, se escondían otras cosas.
Luego puso su atención en los vendedores de remedios y en los masajistas callejeros, los llamados «sobadores».
Al fin decidió colgar su propio cartel de sobador.
Sus clientes repetían; él sí que curaba los dolores, ya fueran de cuerpo o de espíritu.
Anselmo no solo daba masajes, sino que usaba todo lo aprendido; ofrecía hierbas, rezos, invocaciones. Pronto alcanzó una cierta fama.
Pero Tijuana era ciudad de luz y de noche, de día y de oscuridad, y allí descubrió curanderos distintos, inquietantes.
De esos también quiso aprender. Y los brujos de tradición mixteca le ofrecieron saber a cambio del suyo.
Algunos eran farsantes, otros no, y dando un paso más allá alcanzó a conocer a los del otro lado, a los que adoraban al diablo.
Y quiso saber más. Allí supo de quién eran las estatuillas rojas de yeso que se vendían en el mercado junto a las imágenes de los santos. Eran de Lucifer.
«Cuesta librarse del diablo —cavilaba cuando al siguiente recodo del camino empezó a ver las primeras casas del pueblo—.
Es por su culpa por lo que estoy tan solo.
Por saber demasiado. El pecado de Lucifer —se dijo de nuevo—.
Lucifer quiso saber lo que Dios sabía. Buscó la luz, el conocimiento, y su soberbia lo condenó».
Los días siguientes a la presentación transcurrieron demasiado lentos para la impaciencia de los tres amigos por conocer la respuesta de la Metropol; sabían que contaban con grandes posibilidades de ser los elegidos y eso aumentaba la tensión.
Muriel era la que sufría una mayor inquietud, en especial cuando sus temores se materializaron al citarla Mike Dixon frente al vicepresidente para responder de su comportamiento.
—Muriel utilizó recursos de investigación y creatividad de la agencia sin ni siquiera comentármelo —expuso Dixon indignado—.
No podemos consentir que alguien trabaje por su cuenta, sin el consenso de su jefe, solo porque piense que es más listo que los demás y crea tener una idea brillante.
Y aún menos, aceptar que nos comprometa en gastos de trabajos no autorizados.
—Mike tiene razón, Muriel —admitió Rich Reynolds mirándola severamente—. ¿Qué tienes que decir a eso?
—La agencia no ha gastado nada en el diseño de marca —repuso Muriel aparentando calma—.
La parte creativa la ha realizado Jeff Ray en horas extras, y lo ha hecho porque yo se lo pedí como favor personal.
Y la investigación previa se hizo entre un grupo de amigos, con el apoyo de Carmen Clemente, Anne la socióloga y de un par de personas del equipo de investigación.
Todos participaron sin cobrar nada. Ya indiqué en la presentación que, si la Metropol aprueba esa línea de trabajo, se debe realizar un estudio de consumidor mucho más profundo.
—Vaya, parece que Muriel ha hecho un uso muy hábil de los recursos «gratuitos» de la casa —comentó Rich Reynolds mirando a Dixon con un asomo de sonrisa en los labios.
Ella sintió una corriente de simpatía hacia el vicepresidente. Era un tipo guapo, seductor.
—¡Pero Rich! —protestó Dixon—. Muriel no puede presentarse frente a la Metropol con algo tan serio como un diseño de marca y sorprendernos a todos sacándoselo de la manga.
Si consentimos ese tipo de actuaciones, la agencia se convertirá en una empresa fuera de control.
¡Debemos tomar medidas ejemplares para que esto no vuelva a ocurrir!
—Bueno, Muriel —Rich la miraba de nuevo con expresión severa, pero la chica sentía que aquellos ojos azules brillaban simpáticos hacia ella—, ¿qué tienes que decir a eso?
—Francamente, fue algo que se me ocurrió de pronto.
Conozco a Dixon y pensé que como el diseño no estaba incluido en el sumario que nos dieron, no querría que lo presentáramos —contestó Muriel con expresión inocente, pero sabiendo que lanzaba una carga de profundidad contra Dixon—.
Si se negaba a tratar el diseño y una agencia competidora lo hacía, perderíamos el concurso.
Simplemente pensé que pedir perdón sería más fácil que pedir permiso.
—Muriel hizo una pequeña pausa y luego se dirigió con expresión suplicante a Mike Dixon—.
Mike, tienes razón. Debería haber comentado mi idea contigo.
No lo haré nunca más. Te pido disculpas.
—Disculparse no es suficiente —repuso Dixon, disgustado con unas explicaciones que criticaban su gestión—. No podemos permitir que se actúe de esa forma. Es inadmisible que alguien sorprenda al resto del equipo presentando algo que todos desconocíamos.
—Todos no, Mike —cortó Muriel con el mismo tono suave de antes—. El resto del equipo conocía la iniciativa. Y Rich también.
—¿Qué? —Dixon no salía de su asombro. Se daba cuenta de que se encontraba solo, de que Muriel lo tenía rodeado—. ¿Es eso cierto, Rich?
—Sí, es cierto —contestó el vicepresidente—. Me encontré por casualidad con Muriel aquí el sábado al mediodía y me comentó su presentación. Creía que estabais de acuerdo.
—No, no lo estábamos.
—Pues hay que comunicarse mejor en el futuro.
—Parecía como si la censura de Rich fuera dirigida a ambos—.
Somos un equipo y hay que esforzarse en trabajar como tal.
Unos debéis ser más receptivos y otros más abiertos.
En cuanto a la presentación, creo que fue muy bien, e incluir el diseño de marca, un acierto.
Y ahora, al trabajo. Para empezar, debéis resolver vuestras diferencias.
—Y Rich se levantó de su mesa indicando con un gesto que era el momento de que abandonaran su despacho.
Muriel salió con expresión seria, aunque aliviada y sabiendo que se anotaba un gran triunfo. Ahora tenía en Dixon a un enemigo, pero eso le importaba poco. Simplemente le había pasado por encima, le había salido bien y volvería a hacerlo cuando fuera necesario.
«Tengo que darle las gracias a Rich por su apoyo», se dijo. Y pensó que era una atractiva perspectiva.
La noche era desapacible, pero aun así Agustín salió a pasear después de la cena y se dirigió al puerto.
Vestía sotana y se había calado la boina para evitar que el viento frío, que soplaba a ráfagas desde el océano, se la quitara.
La calle principal estaba vacía y el bar del puerto ya cerrado, pero, al pasar frente a sus puertas, el cura notaba la alerta del soldado cruzando líneas enemigas.
—Debes usar menos la sotana, hijo —le decía con frecuencia su superior eclesiástico—. Con camisa oscura y alzacuellos, basta; es más cercano al feligrés.
Pero a él le gustaba lucir sotana. Era el uniforme del ejército de Dios y lo enorgullecía vestirlo, en especial frente a los descreídos de la taberna del puerto.
Y también le agradaba la boina. Ahora ya casi no se usaba en España, pero él se había acostumbrado a aquella gorra de campesino español de mediados del siglo anterior y pensaba continuar con ella.
—Eres terco, hijo, empecinado —le decía el obispo—, y el peor lugar donde puede ir a parar un cura español que se cree el último misionero es Baja California.
Quizá su superior tuviera razón, concedía Agustín, y él fuera tozudo; seguramente fruto de aquella tierra de secano, de su Aragón natal, recia y dura con sus hijos. En eso el pueblo donde nació se parecía mucho a Baja California.
Pero no era justo lo que algunos contaban en Baja sobre las misiones, y él siempre estaba presto a defender a los antiguos misioneros tan pronto encontraba ocasión.
—Buscas discusiones innecesarias —continuaba su superior—, te exaltas. Siempre crees tener razón.