23 #2
De vuelta en el calabozo, Julia continuaba contemplando la bombilla colgada del techo.
Un hilo de lágrimas corría por su mejilla, pero su rostro no reflejaba emoción alguna.
El trauma y el recuerdo lúcido finalmente encajaban; la ira había tomado el control.
De pronto, el párpado de su prótesis de vidrio se retrajo de forma espeluznante, dejando la pieza totalmente expuesta a la luz.
El cristal interior crujió, resquebrajándose hasta implosionar desde la cavidad: la forma externa se mantuvo intacta, pero el interior quedó hecho trizas, mientras la sangre comenzaba a brotar del lagrimal y a cubrir la superficie del ojo.
Con una fuerza abismal, aferró con fuerza la cadena metálica amarrada a su muñeca. Juntó el último aliento que le quedaba en las entrañas y pronunció en un susurro:
—Cobarde.
Emitiendo un alarido desgarrador que brotó desde el fondo de su ser, Julia se impulsó hacia atrás con violencia desmedida, partiendo el eslabón de la cadena y arrastrando al agresor consigo.
Lo estampó con ferocidad contra los barrotes del calabozo.
Aferrándose a la rejilla de hierro con la mano encadenada, impidió que el hombre se zafara.
El sujeto intentó quitársela de encima y le apretó el rostro con violencia.
Julia ahogó un grito de dolor, pero enroscó el tramo suelto de la cadena alrededor del cuello del hombre y lo pasó entre dos barrotes, tirando del extremo con la otra mano para estrangularlo.
Desesperado, el agresor le dio varios golpes brutales sobre la herida suturada del abdomen.
La remera blanca de Julia se tiñó al instante de sangre fresca.
Julia gritó del dolor, pero jamás cedió la presión.
Trancó sus pies entre los barrotes inferiores, quedando prácticamente colgada y aplicando todo el peso de su cuerpo para asfixiarlo contra la estructura.
Poco a poco, el hombre perdió las fuerzas hasta que sus brazos cayeron desplomados. Julia, llorando sin parar, pero manteniendo el estrangulamiento unos segundos más, se soltó finalmente y ambos cayeron pesadamente al suelo. El agresor quedó inmóvil.
Secándose las lágrimas con rabia, Julia revisó los bolsillos de la chaqueta del hombre hasta dar con su teléfono celular. Marcó febrilmente el 911.
—¡Soy Julia Martínez! Me están buscando... no sé dónde estoy... ¡por favor, estoy secuestrada! —gritó a la pantalla—. Sí, dejo el celular prendido.
Soltó el teléfono sobre el cemento, le arrancó el manojo de llaves enganchado al cinturón al sujeto y salió al pasillo exterior.
La cadena suelta arrastraba contra el piso produciendo un arrastre metálico.
Se encontró en un extenso túnel subterráneo de ladrillo visto con puertas a ambos lados.
Miró a izquierda y derecha, sin saber qué dirección tomar, y echó a correr hacia la izquierda.
—¡Iván! —clamó.
Abrió la primera celda: estaba vacía. Continuó la carrera y abrió dos puertas más, pero los cuartos estaban desiertos.
—¿Dónde estás...? —sollozó.
De pronto, un murmullo imperceptible flotó en el aire. Julia se detuvo, buscando la procedencia del sonido.
—¡¿Hijo, eres tú?! —gritó.
El eco regresó, muy distante. Corrió hacia la puerta siguiente, giró la llave en la cerradura y empujó la hoja, quedando paralizada ante lo que vio en el interior.
En la superficie del puerto, dos patrulleros permanecían estacionados entre las filas de grandes contenedores.
Varios efectivos habían contestado a la llamada y rastreaban el área sin éxito.
El detective Suárez se detuvo al divisar una colilla de cigarrillo mal apagada en el suelo junto a un contenedor. El detalle le pareció sospechoso.
—Hay que abrir aquí —ordenó a sus hombres.
Un agente utilizó una tenaza industrial para cortar el candado y abrir las chapas. El detective ingresó y, tras remover un montón de chatarra apilada, descubrió una escotilla de hierro en el suelo. La levantó, dejando al descubierto un pasaje hacia los ductos subterráneos.
En el subsuelo, Julia atravesó el umbral y corrió hacia una joven que yacía encadenada a una litera. La muchacha tenía la ropa sucia, el cabello enredado y lloraba aterrorizada.
—¿Estás bien? —le preguntó, probando desesperada las llaves en el candado de la cadena. Las manos le temblaban tanto que se le cayeron al piso. Las recogió, acertó con la llave correcta y liberó a la víctima, abrazándola un segundo.
Cuando amagó con ponerse de pie, la joven se aferró a ella.
—Tengo que buscar a mi hijo —explicó Julia, apartándole los brazos con delicadeza—. Todo va a estar bien.
Salió al pasillo y fue abriendo las celdas contiguas: liberó a una segunda mujer, a una tercera y a una cuarta muchacha que aguardaba en la penumbra.
Al regresar al pasillo principal, Julia miró a su alrededor con la desesperación consumiéndole el pecho.
—Mami... —resonó una voz infantil desde el fondo del túnel.
Julia giró sobre sus talones, buscando el origen.
—¡¿Iván?!
—Mami...
—¡Grita más fuerte, hijo! —suplicó ella, corriendo hacia la última puerta.
Al empujar la puerta metálica, descubrió a su hijo tendido sobre un camastro.
Una sonrisa de alivio se le dibujó en el rostro, pero antes de que pudiera cruzar el umbral, una figura emergió desde las sombras y la derribó bruscamente contra el piso de cemento: el hombre que había estrangulado había recuperado el conocimiento.
El sujeto tomó la cadena que aún colgaba de la muñeca de Julia, se la enroscó alrededor del cuello y comenzó a asfixiarla con rabia.
Julia intentó zafarse, pero estaba exhausta.
—¡No, mami! —gritó Iván desde la cama.
Julia comenzó a entrecerrar los ojos por la falta de oxígeno.
En ese instante, la segunda mujer liberada se le arrojó encima al agresor para intentar despegarlo; la tercera joven se sumó al ataque.
El hombre, ciego de furia, se negó a soltar la cadena.
Entonces, la otra mujer tomó el extremo suelto del metal, le rodeó el cuello al sujeto y tiró hacia atrás con todas sus fuerzas, secundada por las demás.
El hombre perdió nuevamente el conocimiento y cayó desplomado sobre el piso. Julia inhaló una gran bocanada de aire, recuperando el aliento, y corrió a los brazos de su hijo. Ambos se estrecharon entre lágrimas.
Varios efectivos policiales irrumpieron en el pasillo, asistiendo a las jóvenes que lloraban de desahogo. El detective Suárez caminó directo hacia Julia e Iván.
—¿Están bien? —preguntó.
Julia asistió sin dejar de abrazar a su hijo.
Al poco tiempo, la zona estaba repleta de paramédicos y policías.
Julia fue escoltada fuera de la celda mientras dos paramédicos trasladaban a Iván en una camilla.
Al recorrer el pasillo hacia la salida, las mujeres rescatadas comenzaron a golpear rítmicamente los barrotes de las celdas y las puertas de hierro al unísono, rindiéndole un conmovedor homenaje a Julia.
En el exterior del puerto, la noche estaba copada por ambulancias y patrulleros con las balizas encendidas. Iván fue ingresado a una de las unidades médicas. Julia, tendida en otra camilla, estiró el brazo intentando no despegarse de su hijo. El detective Suárez se posicionó a su lado.
—Tranquila, voy a ir con él sin perderlo de vista —le prometió.
Julia se reclinó sobre la colchoneta, asintiendo con lágrimas en los ojos.
—Julia, ¿cómo escapaste del hospital? —indagó el detective.
Julia intentó acomodarse, adolorida por las suturas de la panza.
—Algo me despertó. Cuando me di cuenta, tenía las esposas sueltas y la puerta estaba abierta.
Un paramédico cerró las puertas de la ambulancia para iniciar el traslado. El detective Suárez se quedó en la acera, observando el vehículo marcharse.