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Seis meses después
En la cafetería de una terminal de ómnibus, la luz del día iluminaba el salón. Un televisor colgado en una esquina transmitía el noticiero. Julia e Iván desayunaban juntos en una mesa pegada al ventanal. Julia hablaba por su teléfono celular.
—Sí. Todo preparado. Te avisamos cuando estemos por llegar... Te queremos, besos —dijo antes de cortar.
Guardó el aparato y miró a su hijo con una sonrisa.
—Muy bien... ¿Preparado, señor, para conocer el mar?
Iván asintió encogiéndose de hombros, sin reflejar mayor entusiasmo.
—¿Qué te pasa, hijo?
—Es que con la malla se me ve la cicatriz de la operación —murmuró el pequeño bajando la vista.
Julia le tomó la mano con ternura.
—No tiene nada de malo la cicatriz. Al contrario, todos los guerreros las tienen, ¿o no?
—Sí... —admitió él con timidez.
—Y las cicatrices nos recuerdan nuestras batallas. Entonces... ¿somos guerreros o no somos guerreros?
Iván esbozó una sonrisa tímida.
—Sí.
Ambos compartieron una mirada de complicidad y continuaron desayunando. En la pantalla de televisión, la conductora del noticiero informaba sobre imágenes de varios operativos policiales:
—Tras detener a varios sospechosos por el secuestro de Julia Martínez y su hijo, la policía desmanteló lo que se cree es la punta del iceberg de una gran red de mafia local...
A través del ventanal se divisó la llegada de un autobús de larga distancia que maniobraba para estacionar.
—Vamos terminando, hijo —avisó Julia.
La voz de la periodista continuó resonando en el local:
—Luego de una semana de búsqueda del paradero de Oscar Martínez, más conocido como el Padre Oscar, hallaron el cuerpo de un masculino en la orilla del río...
Julia detuvo sus movimientos en seco y clavó la mirada en la pantalla de televisión, donde la fotografía del sacerdote ilustraba la placa de noticias. Permaneció inmóvil, sin pestañear.
De pronto, el párpado de su nueva prótesis de vidrio se retrajo levemente de forma anómala.
Su pupila se dilató en un extraño destello y el ojo titiló con un espasmo frío e intimidante.
Las voces de varias personas en auxilio comenzaron a resonar en su cabeza, provenientes de todas partes.
Su ojo de vidrio comenzó a palpitar. Una grieta comenzó a crecer visiblemente en el vidrio de su ojo…
—¡Mamá! —la llamó Iván.
Julia reaccionó de golpe, recuperando la compostura. Su ojo volvió a la normalidad. Dejó el dinero del consumo sobre la mesa y se puso de pie.
—Vamos, amor.
Ambos tomaron sus bolsos y salieron a la plataforma.
—Mami, ¿cuando lleguemos vamos directo a la playa? —preguntó el niño mientras caminaban hacia la unidad.
—Primero vamos a comer con la tía. Y después sí, vamos a la playa —respondió Julia.
Los dos salieron de la cafetería y abordaron el ómnibus que los llevaría a su nuevo destino.
Mientras tanto en la cafetería, la voz de la reportera seguía dando las noticias.
—El reconocido padre fue acusado de varios abusos y estaba pronto a recibir condena. La Iglesia, por su parte, ha apoyado y acompañado a las víctimas y abrirá un sector dentro del organismo para la denuncia anónima e investigación interna…
Para Julia no había vuelta atrás. Algo se había despertado en ella y en lo más visceral de sus entrañas.
Las voces volvieron a llamarla. Gritos y pedidos de auxilio que no tenían origen ni destino. Eran súplicas perdidas en el olvido de esta cruda ciudad.
Julia no las podía callar, y ahora más que nunca, no las iba a callar.
—Otro ataque brutal de un misterioso encapuchado, a quien los testigos llaman «Ojo de Vidrio», ha puesto a la policía local en alerta máxima...