23
Cuando Julia comenzó a recuperar el sentido, la luz difusa de una bombilla desnuda colgada del techo le lastimó los ojos. Tardó unos segundos en enfocar la vista, dominada por una punzada de dolor intenso en la cabeza.
Se encontraba en un calabozo subterráneo de paredes de ladrillo visto, cubiertas por un polvo antiguo y humedad. El piso era de cemento crudo y una ventana diminuta con barrotes de hierro se abría en lo alto de la pared. Yacía sobre una litera metálica provista de un colchón maltrecho.
—Y pensar que me caías bien... —resonó una voz desde las sombras.
Julia se despabiló de golpe y amagó con saltar de la cama, pero un tirón seco la frenó en seco: una gruesa cadena de hierro unía su muñeca derecha a los barrotes de la litera.
El abogado permanecía sentado en el piso contra la pared opuesta, con una pierna extendida, el brazo apoyado en la rodilla levantada y jugando indolentemente con un encendedor entre los dedos. Julia intentó alejarse de él dentro del rango de la cadena, desorientada.
—¿Dónde estoy? —preguntó, tironeando del metal con desesperación—. ¡Sácame esto!
El abogado dejó escapar una risita amarga.
—Ay, ay, ay... —suspiró, mientras extraía un cigarrillo del bolsillo de su saco y lo encendía con calma.
—¡Sácame esto ya! ¡¿Qué es este lugar?! —gritó ella fuera de sí.
—Tu destino.
Julia se arrojó hacia adelante intentando alcanzarlo, pero la cadena se tensó con un chasquido metálico, frenándola a mitad de camino.
—¡Hijo de puta! —maldijo con furia.
Agitada y abatida, retrocedió hacia el colchón e intentó otro enfoque, quebrándose por dentro.
—Por favor... suéltame. No le voy a decir nada a nadie, ¿sí? Solo quiero recuperar a mi hijo —suplicó—. Ya sé que está vivo. Dime dónde está.
El abogado observó la brasa de su cigarrillo y cómo la ceniza caía sobre el cemento.
—Esperando su destino, al igual que tú —respondió fríamente.
Julia volvió a abalanzarse hacia él con un alarido, pero el metal volvió a contenerla. Cayó de rodillas sobre el piso frío, rompiendo a llorar sin consuelo.
—Hago lo que quieras, solo...
—Ya es tarde —la cortó el hombre—. Tienes que pagar.
Julia levantó el rostro, sin comprender.
—¿Pagar...?
El abogado volvió a reírse con desprecio.
—Sigues sin entender. Le hiciste perder mucho dinero al Sr. B.
—¡Y casi me muero! —reclamó ella.
—Y bueno... —continuó el letrado, ignorando su interrupción—. El tráfico de, digamos... cierto tipo de mercadería es algo que el Sr. B dejó en el pasado. Pero, en ciertas ocasiones, puede hacer una excepción.
Julia abrió los ojos de par en par al deducir el horror implícito detrás de sus palabras.
—¿De qué estás hablando...? —preguntó, sintiendo que la sangre se le congelaba.
— Tu hijo es joven y tú... Tú tienes un perfil que cotiza muy bien.
Julia se lanzó contra él con toda la furia que le quedaba en el cuerpo, lastimándose la muñeca contra el grillete de hierro.
—¡Enfermo, sácame de aquí! —alzó la voz en un grito desgarrador.
El abogado sacó su teléfono celular del bolsillo, revisó una notificación en la pantalla que confirmaba la leyenda "Transferencia completada", guardó el aparato y se puso de pie. Dejó caer la colilla al piso, la aplastó con la suela del zapato y caminó hacia la puerta de hierro del calabozo.
—Ah, y un consejo... —agregó antes de salir.
Julia, arrodillada en el suelo y respirando con agitación, clavó una mirada de odio puro en la pared de ladrillo, rehusando mirarlo.
—No te resistas. Es más fácil así.
El abogado cruzó el umbral y le pasó el cerrojo a la reja, dejando a Julia sola en la penumbra, donde rompió en un llanto profundo y desconsolado.
En el exterior de la zona portuaria, bajo la oscuridad de la noche, el abogado atravesó una pesada puerta metálica que daba acceso al interior de un contenedor y le entregó un juego de llaves a un desconocido.
Dentro del calabozo subterráneo, el eco metálico de la puerta principal al cerrarse hizo que Julia se sobresaltara. Con el corazón acelerado, se echó sobre el colchón maltrecho y cerró los ojos, fingiendo estar profundamente dormida mientras contenía la respiración.
Afuera, junto al contenedor, el abogado observó detenidamente el entorno. El desierto de latón estaba en silencio. Satisfecho, encendió un cigarrillo y dio una larga pitada.
En el calabozo, Julia permanecía tendida de costado con los ojos cerrados.
El eco de unos pasos pesados aproximándose por el pasillo hizo que su pecho subiera y bajara con agitada violencia.
Un hombre de complexión imponente, vestido con pantalón y chaqueta negra, cruzó el umbral.
Avanzó directo hacia la pared, encendió una pequeña cámara oculta empotrada en la estructura y activó la grabación.
—Vamos a ver si eres tan viva como dicen... —masculló con voz ronca.
Sin advertencia, se arrojó sobre ella. Julia intentó incorporarse de un salto, pero la masa corporal del sujeto la aplastó contra el colchón.
—¡No, por favor! —suplicó entre jadeos.
El hombre la tomó violentamente del cabello y le aproximó los labios a la oreja.
—Shhh...
Julia se retorció con desesperación, intentando zafarse, mientras el agresor comenzaba a rasgarle la ropa a tirones.
En un último impulso de dignidad, le escupió de lleno en el rostro.
El hombre reaccionó dándole un puñetazo seco en la mandíbula que la dejó adormecida y aturdida. La giró bruscamente sobre el colchón.
Julia, paralizada por el golpe, clavó la mirada sin pestañear en la bombilla desnuda que colgaba del techo.
Ante los embates desmedidos, la luz de la lámpara comenzó a intensificarse en sus ojos, volviéndose deslumbrante, cegadora y blanca, hasta disolver la realidad.
A medida que iba perdiendo las fuerzas, las imágenes comenzaron a recobrar vida en su memoria.
Esta vez, el recuerdo era más nítido, el rompecabezas visual parecía encajar: el ambiente cálido y sereno de la niñez de Julia se impregnó con el susurro del viento entrelazado al tintineo de un llamador de ángeles.
Colgado del pórtico de la casa de su infancia, el ornamento circular de hilos de colores y estrella blanca tejida en el centro giraba suavemente.
Sus cañas de bambú chocaban entre sí, agitándose junto a las plumas azules, verdes, rojas y naranjas.
Una Julia de quince años disponía los cubiertos con esmero sobre la mesa servida. Las paredes lucían un empapelado floral, dominadas por la presencia de un crucifijo de madera y varias estampas de santos. Su madre ingresó desde la cocina sosteniendo una pesada olla humeante.
El viento afuera se tornó sofocante. El llamador de ángeles comenzó a sacudirse violentamente, emitiendo un repique frenético y metálico.
El timbre comenzó a sonar. La joven Julia corrió para abrir la puerta y se encontró con el padre Oscar, vestido de riguroso negro y portando un crucifijo de plata sobre el pecho.
Instantes después, Julia, su madre y el sacerdote permanecían entados a la mesa servida, tomados de las manos y rezando en devota armonía. Tras la oración, los tres compartieron el almuerzo entre sonrisas y conversación fluida.
Con la mesa ya despejada, el rumor del agua corriente resonaba desde la cocina.
El padre Oscar echó un vistazo sigiloso desde el pasillo.
La madre de Julia fregaba los platos de espaldas.
El sacerdote giró sobre sus talones y avanzó en silencio hacia las habitaciones.
Julia descansaba en su dormitorio cuando el padre Oscar irrumpió sin hacer ruido.
Se desabrochó la cadena del crucifijo de plata y la colgó en la lámpara de la mesa de noche, junto a la cama.
Sin darle tiempo a reaccionar, le cubrió la boca con una mano pesada y se abalanzó sobre ella.
Julia soltó un grito ahogado.
En la cocina, la madre de Julia lavaba la vajilla mientras entonaba un cántico religioso.
De pronto, el eco ahogado de los gritos de su hija atravesó el pasillo.
El plato que sostenía se le resbaló de los dedos y se hizo pedazos.
La mujer quedó paralizada, con la mirada perdida en la nada.
Caminó lentamente hacia la puerta de la cocina, la cerró y se apoyó contra la madera, cerrando los ojos con dolor.
Tras unos segundos, los abrió, regresó al lavadero con el rostro vacío de toda emoción y reanudó la canción a viva voz, con el tono quebrado mientras continuaba limpiando las fuentes.
Inesperadamente Nacho, siendo apenas un adolescente, ingresó a la casa para buscar a su reciente novia.
—¡Juli! —llamó.
Al percibir ruidos extraños en el pasillo, avanzó despacio hacia los dormitorios. Empujó la puerta del cuarto de Julia sin hacer ruido.
—Ni siquiera era mi hijo —resonó la voz de Nacho en el recuerdo de Julia, ahora, con un perturbador sentido.
Nacho observaba la escena espantado. El padre Oscar estaba encima de Julia, sometiéndola mientras tapaba sus labios. La joven abrió los ojos de par en par, suplicándole auxilio con la mirada. Nacho, congelado por la impresión, no reaccionó: dio media vuelta y huyó corriendo del lugar.
En la habitación, Julia dejó de resistirse. La expresión de su rostro se congeló en un vacío absoluto mientras fijaba sus ojos en el crucifijo plateado que colgaba del velador.
De pronto el padre Oscar percibió un intenso olor a humo.
Salió apresuradamente del dormitorio y descubrió que el comedor ardía en llamas.
La madre de Julia permanecía de pie en el centro de la sala, sosteniendo un crucifijo entre las manos y rezando entre el fuego.
Aterrorizado por la situación, el sacerdote huyó de la vivienda.
Julia emergió de la habitación tambaleándose.
—¿Mami...? —preguntó asustada.
Su madre la observó a través de la cortina de fuego, susurrando oraciones incomprensibles sin pestañear. Levantó el crucifijo de metal como si se tratara de una daga, se abalanzó sobre la joven y se lo clavó con furia ciega en la órbita del ojo izquierdo.