22
Frente a la imponente fachada del hospital central, la silueta de Julia permanecía inmóvil contemplando el acceso principal. En el costado de su remera blanca, a la altura de la sutura médica, una mancha de sangre comenzaba a expandirse sobre la tela. Echó a caminar hacia las escalinatas.
En el hall central de la guardia había poca gente. Cerca del mostrador de recepción, un efectivo de seguridad privada conversaba con un paciente que le hacía una consulta. Detrás de la barra, la recepcionista se limaba las uñas mientras hablaba por teléfono.
—¿Dónde está mi hijo? —interrumpió una voz desde el frente.
La empleada levantó la vista y quedó paralizada. Cortó la llamada de inmediato.
Julia lucía la cara sucia y desencajada. Su ojo de vidrio presentaba una pequeña grieta visible con un hilo de sangre brotando del lagrimal, mientras el párpado continuaba retraído de forma impresionante.
—¿La... la puedo ayudar en algo...? —titubeó la recepcionista.
Julia apoyó el arma de fuego sobre el mostrador de madera.
—Llama al Dr. Giménez. Es urgente. Dile que soy Julia Martínez.
Al divisar el arma, la mujer palideció de pánico, provocando que los pacientes cercanos comenzaran a retroceder asustados.
La recepcionista marcó febrilmente el interno del médico mientras ingresaba los datos de Julia en el sistema: al desplegarse el historial de Iván y la fecha de su deceso, abrió los ojos con horror.
—¿Sí, doctor? Tiene que venir urgente a la recepción —habló con la voz temblorosa—. No, no.. es urgente. Julia Martínez.
El guardia advirtió el tumulto y se aproximó a la barra.
—¿Qué está pasando? —inquirió.
Julia tomó el arma del mostrador y lo encañonó directamente al pecho. El guardia levantó los brazos al instante. Las personas alrededor comenzaron a gritar y corrieron hacia la salida.
—No quiero problemas. Tire el arma —ordenó Julia.
El efectivo desabrochó la funda y pateó su revólver por el piso. Julia se agachó, recogió el arma y se la guardó en la cintura, detrás del pantalón.
—Salga.
El guardia abandonó el hospital a la carrera. La recepción quedó absolutamente desierta.
A los pocos segundos, el Dr. Giménez irrumpió en el hall. Al ver a Julia se detuvo en seco.
—Julia...
Julia lo apuntó directamente a la cabeza.
—Quiero ver a mi hijo.
El médico levantó las manos con un gesto de calma.
—Julia, tranquila... ¿Dónde estabas? Iván no...
Julia cortó sus palabras de golpe.
—Quiero verlo —exigió, montando el martillo del arma con un chasquido seco—. Ahora.
En el exterior del hospital varios patrulleros cercaban la entrada, mientras los efectivos policiales evacuaban a los transeúntes. Desde un auto negro sin insignias descendió el detective Suárez, ajustándose la chaqueta con gesto severo.
En el pasillo del subsuelo, la luz fluorescente zumbaba sobre el piso.
Julia avanzaba encañonando al Dr. Giménez, a quien mantenía tomado por el cuello como escudo humano, mientras la recepcionista caminaba a paso tembloroso un par de metros adelante.
De pronto, la puerta del elevador se abrió y un guardia de seguridad privada desenfundó su arma al verlas.
—¡Tranquila! —advirtió el efectivo, levantando los brazos con cautela.
Julia no dudó. Apuntó hacia el techo y percutió un disparo seco que retumbó en las paredes. El estruendo provocó pánico entre el personal del subsuelo, que echó a correr hacia las salidas de emergencia.
—¡Fuera todos! Deja el arma y vete —ordenó Julia con la voz desencajada.
El guardia dejó su arma en el suelo y se retiró con las manos en alto. Julia le dio un empujón suave al médico para obligarlo a avanzar, indicándole a la recepcionista con la barbilla.
—Vamos. Tú indícanos el camino.
En la calle, el detective Suárez se aproximó a un patrullero donde un oficial se comunicaba febrilmente por walkie-talkie.
—¿Qué tenemos? ¿Hay identificados? —exigió el detective.
—Sí, detective. Su nombre es Julia Martínez. Tiene de rehén a un doctor y a la recepcionista.
—¿Tenemos ubicación y posición?
—Sí, están por el subsuelo. Ya tenemos al grupo comando en posición.
En el tramo final del pasillo, los tres llegaron ante una puerta vaivén de doble hoja etiquetada con el cartel "Morgue". La recepcionista empujó el metal y cruzaron al recinto.
El sector de conservación era un espacio cerrado de luz blanca e higiénica, lleno de las compuertas metálicas alineadas en la pared. Una camilla de acero vacía ocupaba el centro de la estancia.
Julia empujó al Dr. Giménez y a la recepcionista hacia una esquina.
—Se quedan ahí —sentenció.
—Julia... —intentó interceder el médico.
—Shhh
Julia comenzó a recorrer las compuertas, leyendo los carteles con los nombres de los fallecidos. Se detuvo ante una bandeja metálica. Una expresión de terror absoluto se dibujó en su rostro; sus manos temblaban de forma incontrolable mientras sujetaba el tirador.
Deslizó la camilla lentamente hacia afuera: sobre el acero reposaba un cuerpo cubierto por una bolsa blanca con cierre.
Julia rompió a llorar, apoyó los brazos sobre el bulto e hincó el rostro contra la tela helada.
A un lado, la recepcionista amagó con extender la mano para consolarla, pero se reprimió y terminó tapándose los ojos.
Julia juntó valor, se despegó del cuerpo y bajó la cremallera de la bolsa con lentitud para contemplar el rostro de su hijo. Al fijar la vista en las facciones, se detuvo en seco. La sorpresa dio paso a una negación vehemente.
—No... —murmuró, retrocediendo un paso, tambaleándose—. ¡No! —gritó con desesperación—. ¡No es mi hijo!
Se llevó las manos a la cabeza, mareada, con la respiración hiperventilada.
—¡¿Dónde está mi hijo?!
En ese instante, la puerta de la morgue colapsó y varios efectivos policiales irrumpieron en el lugar, abalanzándose sobre ella para reducirla en el suelo. Julia no ofreció resistencia: se dejó apresar entre sollozos, vencida por completo.
Minutos después, Julia permanecía esposada en el asiento trasero de un patrullero en el exterior del hospital.
Se mecía frenéticamente hacia adelante y hacia atrás, sumida en un estado de shock.
El detective Suárez le cerró la puerta desde afuera y se quedó observándola a través del cristal, mientras ella repetía en un susurro inaudible:
—Dónde está mi hijo... dónde está mi hijo...
Bajo la luz radiante de la mañana, el vasto jardín del hospital psiquiátrico Azul lucía un césped perfectamente nivelado, flanqueado por senderos de gravilla y bancos de madera.
Algunos pacientes descansaban sobre el pasto mientras un médico guiaba a una comitiva de visitantes por las instalaciones.
En el interior, la sala común para los internos albergaba un televisor encendido frente al cual se agrupaban varias sillas. Un paciente delgado, vestido con el uniforme blanco reglamentario, contemplaba el canal de noticias con absoluta fijación.
La pantalla mostraba imágenes aéreas captadas desde un helicóptero sobre el hospital central, con los patrulleros cercando el perímetro. Una cronista de cabello rubio informaba desde el estudio:
—Julia Martínez, la mujer que tomó rehenes en el hospital público la semana pasada...
Dos pacientes ingresaron a la sala haciendo alboroto, pero el primer interno los acalló con un gesto severo.
—Shhh.
Los recién llegados retrocedieron asustados, mientras el hombre dejaba escapar una risita perturbadora entre dientes.
—La mujer está siendo trasladada al hospital psiquiátrico Azul para su evaluación... —continuó la periodista.
Una alarma sonora retumbó por los altavoces de la pared, seguida de un aviso oficial:
—Atención enfermeros del sector B. Ingreso de nuevo interno; presentarse en entrada.
Por la noche, el comedor del complejo bullía con el murmullo de los residentes. Frente al mostrador de autoservicio, los pacientes hacían fila para recibir sus raciones.
Julia, ya enfundada en el enterito blanco, permanecía sentada en una de las mesas masticando despacio, con la vista fija en la dinámica del lugar, analizando cada movimiento del personal.
Un pasillo largo conducía hacia la ventanilla de la farmacia interna, donde varios pacientes aguardaban en fila la entrega de sus dosis.
Julia ocupaba su lugar en el turno. Al llegar al mostrador, la enfermera le extendió una pastilla y un vaso de agua, esperando a que tragara la dosis antes de habilitarle el paso.
Julia disimuló el trago, dio media vuelta y escupió la píldora en la palma de su mano sin ser detectada.
Por la madrugada, en el corredor de los dormitorios, un celador recorría las puertas inspeccionando las celdas a través de las mirillas de vidrio.
Al detenerse frente a una de las aberturas, algo en el interior llamó su atención.
Extrajo el manojo de llaves, pero al posar la mano sobre la cerradura descubrió que el cerrojo estaba destrabado.
Empujó la puerta con prisa y se aproximó a la cama.
Al retirar la frazada, descubrió que una almohada apilada simulaba la silueta del cuerpo de Julia.
En el perímetro exterior, el cerco de alambre marcaba el límite de los jardines vacíos. Las instalaciones lucían a oscuras, a excepción de los reflectores de la entrada principal.
Una figura corría a través del pasto hacia el perímetro: era Julia. Las sirenas de alarma del hospital comenzaron a sonar en la noche mientras ella se aferraba al alambrado y comenzaba a trepar con desesperación.
En el departamento, Nacho cruzó la puerta de entrada luciendo exhausto. Se desperezó los hombros, caminó hacia la cocina y extrajo una lata de cerveza del refrigerador. La abrió, bebió el contenido de un solo trago, aplastó el aluminio con el puño y lo arrojó.
Se encaminó hacia el dormitorio para descansar, pero al cruzar el umbral se detuvo sorprendido al ver sobre la cama el enterito blanco de paciente del psiquiátrico.
—¿Qué...? —alcanzó a pronunciar.
Julia emergió desde detrás de la puerta y lo apuntó directamente al rostro. Nacho la miró fijo y levantó las manos despacio.
—¿Qué haces con mi arma? —inquirió con tono despectivo.
—Dónde está el Sr. B —exigió ella.
Nacho dejó escapar una risa burlona.
—¿Tú te piensas que...?
Julia montó el martillo del arma y le apoyó el cañón de metal directamente en la frente.
—Me vas a llevar ahora con ese hijo de puta.
Bajo la luz de la mañana, Julia ingresó al estacionamiento del edificio abandonado en la zona del puerto, manteniendo a Nacho acorralado a punta de pistola.
Recorrieron el pasillo interno hasta dar con la puerta de hierro.
Julia la empujó bruscamente, arrojó a Nacho sobre la mesa de escritorio y encañonó al Sr. B, quien se encontraba contando fardos de billetes detrás del mueble.
—¡Alto! —gritó Julia.
Echó una mirada rápida a su alrededor y divisó a un guardaespaldas plantado junto al capo y al abogado observando la secuencia desde un rincón.
Julia clavó sus ojos en el Sr. B.
—Quiero a mi hijo.
El Sr. B la contempló durante un segundo y soltó una carcajada visceral. Antes de que Julia pudiera reaccionar, una sombra se recortó a sus espaldas. Un culatazo brutal impactó de lleno en su nuca, sumiéndola instantáneamente en la inconsciencia.