Ojos de Nadie 21
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Julia cruzó el umbral del departamento de su tía Mónica con la respiración entrecortada. Tomó un litro de agua y velozmente tomo su celular para llamar a Nacho.

—Hola— contestó del otro lado.

—¡Nacho! ¡Gracias a dios contestas! No sabes lo que pasó. Me desperté en un hospital —decía Julia con la voz agitada— Luego te cuento. Ahora necesito la plata. Voy para allí.

Julia espero unos segundos y al ver que no contestaba, un nudo se le hizo en la panza.

—Nacho, hice el trabajo y tienen lo que querían. Necesito la plata—. Continuó Julia.

—No terminaste el trabajo. No hay plata.

Nacho cortó la llamada.

—¿Hola? —insistió en vano—. ¡Maldito hijo de puta!

Julia estaba en shock. Un grito de furia contenida escapó de su garganta mientras arrojaba el teléfono contra el suelo.

El impacto resonó con fuerza. Con el pecho agitado, buscando aire en bocanadas hondas y violentas, comenzó a caminar de un lado a otro llevándose las manos a la cabeza, intentando aplacar la marejada de sus pensamientos.

Tras unos segundos, se agachó para recoger el aparato. Lo examinó con expresión de confusión antes de apoyarlo lentamente sobre la mesada. Se quedó mirándolo fijamente, hasta que, al levantar la mirada, el espacio pareció distorsionarse.

Una voz del pasado retumbó en el lugar con una nitidez escalofriante.

—¡¿Qué hiciste esta vez?!

Julia se sobrecogió. Sonó tan real, tan cercana, que la piel se le erizó. Negó con la cabeza desesperadamente, intentando espantar el fantasma de su propia infancia.

—No no, no. —intentó convencerse, para no caer en su trampa mental. Pero la voz, tan familiar, era más fuerte…

—¡No puede ser! ¿Una sola vez no puedes hacer bien las cosas?

Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, con la vulnerabilidad indefensa de una niña aterrorizada. Se apoyó contra el borde de la mesada de la cocina, buscando sostén.

—No hice nada malo...

El recuerdo irrumpió con violencia: era el pasillo tenue y lúgubre de la casa de su niñez.

Su madre, la arrastraba sin piedad tomándola con firmeza de la oreja.

Una Julia de niña agachaba la cabeza en señal de sometimiento.

Era llevada hasta una pequeña puerta. Su madre la abrió de golpe y la empujó al interior.

De vuelta al presente, Julia abrió la alacena de la cocina y extrajo una botella de vidrio grueso vacía.

Caminó hacia el baño como autómata y regresó con una toalla.

Envolvió la botella entre la tela y, tomando un palo de amasar, descargó varios golpes hasta sentir cómo el vidrio se hacía añicos en el interior.

No dejaba de llorar y suspirar, pero sus movimientos eran fluidos, fríos y automáticos, como si ejecutara un ritual dolorosamente conocido.

Se dirigió al baño. Dejó sobre el piso, justo al lado de la bañera, el envoltorio de toalla que ocultaba las esquirlas filosas.

La voz de su madre volvió a resonar en su cabeza, tajante y punitiva:

—¡Diez Ave María!

Julia contempló el bulto en el suelo. Se apartó el pelo de la cara, mezclándolo con las lágrimas que le empapaban las mejillas.

—No hice nada malo... —murmuró con una vocecita infantil

El recuerdo volvió a adueñarse de la escena.

La pequeña Julia dentro de aquel cuartucho de limpieza transformado en altar de suplicio.

Imágenes sagradas, velas encendidas en un costado y crucifijos por todas las paredes custodiaban un reclinatorio de madera.

Sobre la superficie donde debían apoyarse las rodillas, descansaban piedras puntiagudas dispuestas para infligir dolor.

Desde el marco de la puerta, su madre la vigilaba con severidad.

—Hasta que yo no abra esta puerta, ¡tú no te levantas!

Entre sollozos, la niña se arrodilló sobre las piedras. Un gesto de dolor cruzó su rostro al sentir el hincado del mineral en su piel, pero comenzó a rezar sumisa, mientras su madre daba un portazo y la dejaba a oscuras.

En la penumbra del baño actual, Julia permanecía de pie frente a la bañera, observando la toalla repleta de cristales gruesos rotos. Con las manos temblorosas, se bajó los pantalones, dejando al descubierto las viejas cicatrices que marcaban sus rodillas.

Poco a poco, aferrándose al borde de la loza para no caer, comenzó a agacharse. El cuerpo le temblaba; intentaba secarse las lágrimas, luchando contra la fuerza invisible que la empujaba. Intentaba resistirse, pero su cuerpo avanzaba hacia el castigo, rozando ya los cristales envueltos.

—¡No! —gritó de pronto.

Quebrando la estabilidad del trauma, Julia se arrojó hacia un costado sobre el azulejo frío. Rompió en un llanto desgarrador, respirando a bocanadas agitadas mientras se cubría el rostro con las manos. Pero al ver un juguete de su hijo al costado de la bañera, su estado se apaciguó.

Julia se levantó y con contundencia se dirigió a la cocina. Abrió la tapa del tacho de basura, tomó el bulto de toalla con el vidrio roto y lo arrojó al fondo. Lo contempló un segundo con determinación.

—Dije, que no hice nada malo. —dijo,agotada.

Cerró la tapa del tacho con fuerza. Tomó sus llaves y salió del departamento.

En la calle, Julia subió a toda prisa a un taxi estacionado sobre la acera.

—Vamos a Florida al 5000 —indicó al chofer.

Al ingresar a su antigua vivienda, Julia se encontró con un escenario de puro caos.

El hedor a alcohol rancio, cigarrillo concentrado y encierro le revolvió el estómago.

A pesar de ser de noche, las ventanas permanecían cubiertas por cortinas tupidas.

Ropa y fichas de casino cubrían el piso y los sillones.

Sobre la mesa de centro reposaban botellas de cerveza volcadas, ceniceros colmados y un habano aún humeante.

Al lado, un arma de fuego descansaba rodeada de bolsas de droga desparramadas en cantidades desmedidas.

En la alfombra quemada se veían copas marcadas con lápiz labial rojo.

Julia recorrió el desastre buscando a Nacho. Lo descubrió tirado detrás del sofá, vestido únicamente con un calzoncillo, sumido en un letargo profundo. Intentó ponerlo de pie, pero estaba completamente drogado. Lo sacudió de los hombros.

—¡Levántate! —exigió.

Nacho penas despegó un ojo. Julia corrió a la cocina, regresó con una jarra de agua fría y se la arrojó de lleno en el rostro.

—¡Espera! —gritó Nacho escupiendo agua.

—¿Dónde está la plata?

Desorientado, Nacho intentó procesar la pregunta.

—¿Plata?

Julia le arrojó una remera en la cara y comenzó a dar vuelta los muebles buscando el dinero. Nacho se colocó la prenda al revés, intentó incorporarse, pero volvió a caer sobre la alfombra, soltando una risotada vacía.

—Estás muy drogado —sentenció ella.

Nacho la señaló con el dedo, riéndose sin control.

—See... en eso tienes mucha razón.

Julia se agachó a su lado, sintiendo cómo una punzada de dolor le desgarraba las suturas del abdomen. Lo tomó con fuerza de la remera y lo puso de pie. Quedaron frente a frente. La mirada de Nacho se volvió sobria de golpe.

—Te lo voy a preguntar una vez más —dijo Julia, haciendo una pausa helada—. ¿Dónde está la plata para la operación de mi hijo?

—Pffff... —resopló Nacho.

La empujó con desprecio y caminó hacia la mesa de centro. Abrió los brazos mostrando el despliegue de excesos que cubría la madera.

—Está toda aquí. Me la tomé toda —reveló con una sonrisa desencajada.

Julia lo miró sin poder dar crédito a lo que escuchaba.

—No pudiste... ¡¿Qué hiciste?!

Se arrojó sobre él, pero Nacho la atajó del brazo, le dobló la articulación y la inmovilizó, obligándola a hincar las rodillas en la alfombra. Se inclinó y le habló directamente al oído.

—Ya no necesitas la plata.

—¿De qué hablas, hijo de puta? —gritó Julia fuera de sí.

—Que tu hijo ya no está más.

Julia giró el cuello y clavó sus ojos desorbitados en los de él.

—Se murió. Iván se murió —soltó Nacho sin piedad.

La soltó. Con la cabeza baja y una actitud abatida por el consumo, Nacho aspiró otra línea de cocaína de la mesa y tomó una botella de vodka.

Julia quedó tendida en la alfombra, incapaz de levantar la cabeza. Rompió en un llanto desgarrador y ahogado.

—No... —alcanzó a pronunciar.

La respiración se le aceleró de forma peligrosa. Sufrió una arcada violenta y vomitó sobre la tela. Nacho bebió los últimos sorbos de la botella.

—Qué mierda. Ni siquiera era mi hijo —masculló.

Empezó a caminar a pasos tambaleantes hacia el dormitorio. Julia levantó el rostro desfigurado por el dolor, con la vista nublada.

—¿Qué... dijiste? —preguntó, entre la furia y la confusión.

Nacho ya cruzaba el pasillo para entrar al cuarto.

Julia lo siguió con la mirada, inmóvil. Repentinamente, la angustia de su rostro se transformó en un vacío absoluto.

El párpado de su ojo de vidrio se retrajo de forma anómala, dejando expuesta la prótesis de vidrio.

Cerró las manos en puños sobre la alfombra, se puso de pie en un movimiento mecánico y corrió frenéticamente tras él.

—¡AHHHHHHH! —alzó la voz en un alarido de furia animal.

Alcanzó a Nacho justo en el umbral del dormitorio y se le abalanzó encima. Ambos cayeron pesadamente sobre la cama.

—¡Que no es tu hijo, hijo de puta! —gritó desencajada.

Forcejearon brutalmente. Nacho logró reducirla y se posicionó sobre su pecho, apretándole el cuello con ambas manos mientras reía eufóricamente por el efecto de las drogas.

Julia, ahogándose, intentó arrancarle los dedos de la garganta; logró girar el cuerpo y ambos rodaron al piso.

Julia lo envolvió con las piernas y estiró el brazo hasta alcanzar la botella de vodka que yacía en el suelo.

La reventó con toda su fuerza en la cabeza.

Nacho quedó tendido en el piso quejándose de dolor, y luego se desmayó.

Julia, agotada y al borde del colapso, se cubrió la prótesis con la mano, doblándose sobre sí misma por el dolor punzante en la órbita.

Instantes después, Julia salió hacia el pasillo. Tomó el arma que reposaba sobre la mesa del comedor y cruzó la puerta de entrada a toda prisa.