20
La sala del hospital era amplia y descuidada. Una habitación compartida de internación,con cinco camas ocupadas por pacientes. Una enfermera recorría el pasillo central de la sala.
Julia abrió los ojos despacio. Intentó incorporarse, pero los sedantes pesaban en su cuerpo.
Miró a su alrededor con confusión, descubriendo la vía de suero conectada a su antebrazo.
Sintió un tirón agudo en el vientre y se llevó la mano a la zona.
Al correr la bata de paciente, descubrió una incisión quirúrgica cerrada, con una sutura casera que recientemente habían limpiado.
Se echó hacia atrás de inmediato y cerró los ojos, haciéndose la dormida al ver pasar nuevamente a la enfermera.
En la recepción del hospital, el detective Suárez, un hombre de cincuenta años, cabello castaño con entradas prominentes, vestido con un desaliñado traje, aguardaba junto a su joven asistente.
—¿Sí? —atendió la recepcionista.
—Sí, señorita. Soy el detective Suárez. Nos llamaron por un posible caso de tráfico de drogas —se identificó el policía.
En la sala compartida, en cuanto la enfermera se alejó, Julia se incorporó en la cama y tomó la planilla médica enganchada a los pies del colchón.
Leyó sus datos y el parte de ingreso: figuraba que había sido hallada abandonada en un descampado con una herida quirúrgica infectada, bajo la carátula de "posible tráfico de drogas".
Desvió la vista hacia una silla cercana y reconoció su ropa y cartera. Tras cerciorarse de que nadie la observaba, tomó sus pertenencias y cruzó una puerta de servicio que conectaba con el área de personal.
El detective Suárez y su asistente irrumpieron en la sala compartida y caminaron directo hacia la cama de Julia, pero la encontraron vacía. El detective tomó la planilla, la leyó de un vistazo y la arrojó sobre la sábana con frustración.
—Llegamos tarde —maldijo.