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El aviso sonoro indicó el fin del vuelo. Los pasajeros se desabrocharon los cinturones y comenzaron a ponerse de pie. Julia sudaba copiosamente; lucía un aspecto demacrado. Al intentar incorporarse, el abogado la tomó con violencia del brazo y aproximó sus labios a su oído.
—Más te vale que llegues al auto —le susurró.
Julia caminó por la manga intentando mantener la compostura a duras penas.
En el sector de retiro de equipaje del aeropuerto, los pasajeros aguardaban la salida de las valijas.
Julia caminaba pegada al abogado, disimulando que se apoyaba en él para no desplomarse.
Varios agentes de seguridad patrullaban el área.
El abogado la guio hacia una fila de asientos y la obligó a sentarse.
—Quédate aquí. Voy a buscar las valijas. Y reza para que no nos paren —le ordenó antes de alejarse.
Julia permanecía al borde del desvanecimiento, pero juntó fuerzas para erguirse cada vez que el personal de seguridad pasaba a su lado. Los agentes siguieron de largo. A los pocos minutos, el abogado regresó arrastrando el equipaje.
—Vamos —indicó.
Cruzaron las puertas de salida de la terminal y divisaron al chofer sosteniendo el cartel indicador. Se aproximaron y el hombre tomó las maletas. Salieron apresuradamente a la acera.
En el exterior, el vehículo negro con cristales polarizados aguardaba estacionado. El chofer guardó las valijas en la baulera mientras el abogado abría la puerta trasera y empujaba a Julia al interior.
—Vamos.
Apenas Julia puso un pie dentro del habitáculo, un hombre agazapado en el asiento trasero la sujetó por la espalda y le aplicó un trapo embebido en formol sobre la nariz y la boca. Julia intentó zafarse con desesperación, pero la sustancia hizo efecto en cuestión de segundos y quedó inconsciente.