18 #3
Horas más tarde, a bordo del avión de regreso, el abogado ocupaba el asiento de la ventanilla. Julia se acomodó a su lado con movimientos lentos y pausados.
—¿Estás bien? —le preguntó él en voz baja.
—Sí —respondió Julia.
Ambos se abrocharon los cinturones de seguridad mientras la aeronave encendía sus motores para despegar.
A bordo del avión, el ambiente en la cabina de pasajeros era de absoluta serenidad.
Casi todos los viajeros dormían. A pocos asientos de distancia, el abogado y Julia también descansaban, hasta que Julia se despertó de repente.
Abrió los ojos de golpe. Sentía una opresión inaguantable en el abdomen.
Se llevó la mano al vientre y ahogó una arcada.
Se puso de pie bruscamente, tomó su cartera y, cubriéndose la boca mientras se sujetaba de los respaldos, caminó a paso ágil hacia los sanitarios.
Al ingresar, le pasó el cerrojo de seguridad.
Desorientada y dominada por el pánico, caminó en círculos abrazándose el estómago mientras su respiración se volvía agitada.
Al mirarse al espejo comenzó a sufrir náuseas violentas.
Negó con la cabeza intentando contenerse, pero el cuerpo no le respondió.
Se arrojó sobre el inodoro y comenzó a vomitar entre sus manos para interceptar los envoltorios que intentaba devolver.
Tras expulsar dos bolsas, una de ellas se desgarró al golpear el borde y desparramó parte del polvo en el interior del inodoro. Julia contempló la escena con absoluta desesperación.
En el pasillo exterior, una pasajera le advirtió a la azafata sobre los ruidos extraños que venían del baño. La empleada golpeó la puerta.
—¿Señorita, se encuentra bien? —preguntó la azafata.
Paralizada por el pánico, Julia expulsó dos bolsas más entre arcadas desesperadas.
Buscó frenéticamente en su cartera, extrajo un blíster de pastillas para no vomitar y se tragó varias de ellas.
Apoyada sobre el lavabo, acomodó las tres bolsitas intactas sobre el mármol y bebió agua directamente del pico de la canilla para limpiarse.
—¿Señorita? —insistió la azafata desde el pasillo.
—¡Estoy bien! Es que me cayó mal la comida —gritó, buscando su mirada en el espejo para infundirse valor—. Solo son un par de horas... tranquila.
Tomó la primera bolsa y la tragó de un golpe, conteniendo la náusea. Se miró al cristal intentando mantener la compostura.
—Tiene que salir ahora —exigió la azafata, golpeando la madera con mayor firmeza.
Julia tomó la segunda bolsa y volvió a tragarla. Llegó un tripulante de cabina y comenzó a sacudir la puerta con fuerza.
—Señora, abra la puerta —ordenó el tripulante.
Los golpes se volvieron ensordecedores. Julia, dominada por la desesperación, intentó tragar la última dosis de droga.
La bolsa se le atascó justo a la altura de la garganta y comenzó a toser sin control, sufriendo arcadas continuas.
La bolsa no subía ni bajaba. Empezó a asfixiarse.
Se sujetó el cuello con ambas manos mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y el rostro se le tornaba violeta por la falta de aire.
Con un esfuerzo sobrehumano asestó un golpe de tos feroz.
El envoltorio cedió y una densa nube de polvo blanco estalló de golpe, chocando contra el espejo y el lavabo.
Un desastre de droga cubrió la mesada. Aferrada a la canilla, Julia abrió la canilla al máximo e hizo gárgaras de desesperación para limpiar las vías respiratorias.
—¡Abra inmediatamente la puerta! —gritó el tripulante.
Miró para todos lados, tomó un rollo de papel higiénico e intentó limpiar la superficie a manotazos.
En la cabina, el abogado se despertó de golpe. Al notar la ausencia de Julia y escuchar los gritos que provenían de los sanitarios, se puso de pie alarmado.
—¡Voy a abrir a la fuerza! —anunció el tripulante.
De repente, la puerta se abrió de par en par y Julia emergió rociándose perfume de manera exagerada. La azafata y el tripulante se cubrieron el rostro, tosiendo por el denso vapor de la fragancia. Julia aprovechó el desconcierto para escurrirse a paso rápido por el pasillo hacia su asiento.
—¿Qué le pasó? ¿Está bien? —preguntó la azafata.
—¡Cómo voy a comer paella antes de viajar! Necesito ir a sentarme. Si pueden llevarme un vaso con agua se los agradecería —exclamó Julia sin detenerse.
Se dejó caer en su butaca. El abogado la escrutó con la mirada y descubrió un fino resto de polvo blanco depositado en el pliegue de su fosa nasal. Abrió los ojos con espanto y la miró de forma siniestra. Julia sostuvo su mirada.
—Estoy bien —dijo ella.
El abogado le hizo una seña sutil para que se revisara la cara. Julia sacó un espejo pequeño de su bolso y descubrió el polvo. Se limpió bruscamente con la manga de la prenda y volvió a guardar el espejo.
—Dije que está todo bien. Ya lo solucioné. Está todo donde tiene que estar —reiteró en voz baja.
El abogado se reclinó sobre su asiento. Disimuladamente, sacó el celular a mitad de su bolsillo y escribió un mensaje de texto.
Julia no sabía cuanta droga había perdido. Creyó que no se darían cuenta, ingenua a la precisión del mercado.