Ojos de Nadie 18 #2
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18 #2

El Sr. López se inclinó levemente hacia su guardaespaldas para secretearle algo al oído. Julia, incómoda bajo la presión, le dio un largo sorbo a su trago. A su lado, el abogado cerró los ojos un instante y bajó la cabeza, temiendo lo peor.

En ese momento, una niña de diez años con un vestido blanco cruzó la pista corriendo mientras lloraba, rengueando visiblemente de una pierna. El Sr. López la frenó con dulzura.

—¿Qué pasó, amor?

—Esos niños se ríen de mí —dijo la pequeña entre sollozos—. Dicen que no puedo bailar por mi pierna.

A unos metros, un grupo de chicos de doce años la señalaba entre risas.

Sin dudarlo, Julia se agachó a la altura de la niña y la llamó con un gesto del dedo. El abogado la observó con evidente desconfianza, pero el Sr. López siguió la secuencia con atención.

—¿Ves mis ojos? —le preguntó Julia suavemente.

La niña pestañó y asintió.

—Mira. Uno es de mentira.

Con la uña, Julia dio un golpecito seco sobre la prótesis de su ojo izquierdo, produciendo un sonido hueco. La pequeña abrió grande los ojos, fascinada.

—¡Guau! Parece de verdad —sonrió la niña.

—Y no lo es, pero no se nota. Nunca escuches a nadie que te diga que no puedes hacer algo, ¿sí? —le aconsejó Julia con calidez.

—Sí —respondió la nena, devolviéndole la sonrisa.

Julia se puso de pie y dio unos pasos hacia la pista.

—Ahora vengo —avisó.

La niña regresó junto al Sr. López. A unos metros, el abogado observó cómo Julia se aproximaba a un muchachito de catorce años, mientras le entregaba unos billetes y le pedía un favor.

El jovencito corrió hacia la nena y la invitó a bailar.

Julia regresó a su posición y contempló sonriente cómo la pequeña bailaba en el centro de la pista y les sacaba la lengua a los chicos que antes se burlaban de ella.

El Sr. López miró a Julia con sorpresa. Le extendió la mano con amabilidad.

—Un gusto, señorita... ¿Julia, no? —Giró hacia el abogado y esbozó una sonrisa franca—. Disfruten la fiesta. Luego arreglamos.

El capo narco se alejó complacido hacia sus allegados.

—Te lo compraste —murmuró el abogado, dejando escapar un suspiro de alivio—. Relajemos un poco.

El hombre caminó hacia la barra. Julia continuó recorriendo el espacio, observando el festejo hasta quedar en el borde de la pista de baile.

De repente, el estruendo de la fiesta se disipó por completo en su mente.

En su lugar, los acordes dulces e imaginarios de Winter Wonderland comenzaron a resonar en el ambiente.

Julia comenzó a mover el cuerpo al ritmo de la música.

Poco a poco se fue soltando, dejando llevar sus pasos por la melodía mientras los haces de luces multicolores se reflejaban sobre su vestido violeta.

Cerró los ojos y se abandonó por completo al baile.

Por un instante precioso lució alegre, sintiéndose en un lugar lejano y olvidando el infierno de su realidad.

Luego de unos alucinantes minutos, la música mental cesó abruptamente y el murmullo de la fiesta volvió a colapsar sus sentidos. El abogado reapareció a su lado. La expresión de serenidad en el rostro de Julia se desvaneció al instante.

—Aquí estás. No te alejes nunca sin avisarme —le recriminó, extendiéndole un vaso.

Ella bebió un trago largo antes de mirarlo con frialdad.

—Por qué no me dejas en paz...

Sin esperar respuesta, caminó decidida hacia los ascensores para regresar a la habitación.

A la mañana siguiente, en la suite del hotel, Julia salió del baño secándose las manos. El abogado la aguardaba de pie en el centro de la sala con una valija mediana abierta sobre la mesa ratona.

—Ven, Julia. Esta es la mercadería.

Julia se aproximó con recelo. En el interior del maletín reposaban diez bolsas plásticas transparentes herméticamente selladas, conteniendo una sustancia en polvo.

—¿Qué es? ¿Heroína o cocaína? —preguntó.

El abogado dejó escapar una risita canchera.

—Las dos cosas, y a la vez no —respondió, disfrutando de su desconcierto.

—¿Y es...?

—Una mezcla muy pura de varias drogas que no puedo decirte, sintetizadas de tal forma que el efecto tenga lo mejor de ambas.

En pocas palabras... una bomba —presumió con orgullo.

Julia lo observó con profundo rechazo—. Por eso es importante que salga todo bien.

Muchos esperan este producto, y te hablo de lo más alto del poder.

—Bien. ¿En qué parte de la valija lo llevo?

El abogado se rio de forma burlona.

—¿Valija? —El abogado se agarró la cabeza con ambas manos, maldiciendo por lo bajo—. Este estúpido no te dijo nada...

—¿Decirme qué?

—Que lo tienes que tragar y llevar en el estómago.

Julia dio un paso hacia atrás con absoluto espanto y repugnancia.

—¿Qué? Estás loco —sentenció.

Dio media vuelta, corrió al baño y le pasó el cerrojo a la puerta. El abogado se pegó a la madera intentando persuadirla.

—Julia, es la única forma. Los perros la huelen, no queda otra... Te voy a dar unos minutos.

Del otro lado de la puerta, Julia permanecía apoyada sobre el borde del lavabo, contemplando su propio reflejo en el espejo con la respiración agitada. Se miró fijamente a los ojos, juntó el coraje que le quedaba y se dijo a sí misma:

—Vamos.

En el living de la suite, el abogado cabeceaba en un sillón individual, medio dormido por la espera. El chasquido de la puerta del baño al abrirse lo espabiló de golpe. Julia emergió con el rostro pálido pero la mirada decidida.