18
Nacho cerró la puerta detrás de Julia. Ella sabía que no le haría nada, solo quería complacer al Sr. B. para saldar la deuda.
—Bien. Hay una mercadería importante en Colombia. Muy importante... y tú la vas a traer.
Julia cruzó los brazos observándolo sin ánimos, pero expectante de lo que debía hacer.
—Vas a encontrarte en el aeropuerto con Guillermo, le decimos el abogado. Él te va a acompañar —continuaba explicando la voz de Nacho. —Tienes que hacer todo lo que él te diga. Es importante que pasen desapercibidos.
Ella escuchaba mientras solo pensaba en volver sana y salva para estar con su hijo.
—Cuando lleguen a Colombia los va a estar esperando un chofer —indicaba la voz de Nacho. —Tranqui, es de confianza. Trabaja para el Sr. B.
Julia asentía a medida que escuchaba las palabras de Nacho, pero su mente estaba en otro lugar. Solo quería terminar con esto de la forma mas rápida.
Al otro día, el clima en Colombia era de los más tropical.
Las ruedas del avión tocaron tierra firme sobre la pista de aterrizaje bajo la luz de la tarde.
Minutos después, Julia y el abogado descendían por las escaleras mecánicas del aeropuerto.
Cerca de la salida, un grupo de choferes sostenía carteles con nombres de pasajeros; uno de ellos exhibía el apellido del letrado.
En la acera exterior, un coche negro con vidrios polarizados aguardaba detenido.
El conductor cargó las valijas en el baúl y ambos abordaron el vehículo.
En el interior del auto, los asientos traseros eran de un elegante cuero negro.
Una mampara vidriada separaba la cabina del chofer.
El abogado presionó un botón en el respaldo delantero y se abrió una compuerta que revelaba un mini bar integrado.
Se sirvió un trago y le ofreció a Julia con un gesto, pero ella negó con la cabeza.
Reclinó la cabeza contra el cristal de la ventanilla y se quedó observando las luces de la ciudad que desfilaban por la acalorada ciudad.
La fachada del Hotel Hilldor, un establecimiento cinco estrellas de Cartagena, irradiaba lujo. Su amplia recepción, alfombrada de extremo a extremo, combinaba sofás clásicos de estilo señorial con mesas de centro y acceso directo a un bar exclusivo.
Julia y el abogado cruzaron el umbral. Mientras él se dirigía de frente a la recepción, un botones pasó a su lado empujando un carro con perchero. Julia se detuvo un instante a admirar la opulencia del lugar.
—El chofer los va a dejar en el hotel Hilldor —la voz de Nacho retumbaba en la mente de Julia—. Es uno de los mejores hoteles de Cartagena.
El abogado se dio vuelta y la llamó con la mano para que se acercara.
—Se van a registrar como marido y mujer. —continuó la voz de Nacho en su recuerdo.
Frente al mostrador, la recepcionista los aguardaba con una sonrisa amable.
—Nombre, apellido y medio de pago, Sr. —solicitó.
El abogado miró a Julia de reojo y sonrió.
—Claro. Sr. y Sra. Gutiérrez.
Tras registrarse, el botones guio a Julia y al abogado hasta su suite, por un largo pasillo alfombrado y flanqueado por puertas de caoba.
Luego abrió la puerta y Julia ingresó, inspeccionando el lugar con cautela.
Se trataba de un espacio descomunal con dos áreas de estar diferenciadas, amuebladas con sillones amplios, mesas de centro y una decoración clásica con detalles dorados.
Del otro lado de un enorme ventanal cubierto por pesadas cortinas, Julia presionó un botón en la pared y los mantos se corrieron automáticamente, revelando un balcón corrido que se extendía a lo largo de toda la fachada.
El abogado le entregó una propina al botones y avanzó hacia el centro de la estancia, donde se abría una puerta doble. Al empujarla, descubrió un dormitorio principal con una cama king size.
—¿Puedes llamar a recepción y pedir menú? Los viajes me dan hambre —le indicó el hombre, antes de echarse a reír al ver el tamaño de la cama—. Hay lugar, pero puedo dormir en el sofá.
Mientras él dejaba su bolso en el suelo, Julia se aproximó al teléfono fijo.
—Al otro día van a ir a la fiesta de quince de la sobrina del Sr. López, una de las cabezas más importantes del narcotráfico de Colombia, y amigo del Sr. B —continuaban las indicaciones de Nacho en la mente de Julia.
—Lo vas a conocer ahí al Sr. López, y es importante que le causes una buena impresión.
Julia se acostó de costado sobre el colchón y apagó la lámpara de la mesa de luz, quedándose en penumbras.
A la mañana siguiente, el sonido insistente del teléfono sobre la mesa despertó a Julia. Atendió con voz adormilada.
—Vamos, bella durmiente, te espero en planta baja para desayunar —le dijo el abogado desde el otro extremo de la línea.
—Ya voy.
Al bajar, Julia observo por un momento el tamaño del lugar.
Grandes ventanales de vidrio separaban el interior del hotel de la zona de la piscina al aire libre, rodeada de reposeras, sombrillas y vegetación tropical.
El abogado la aguardaba sentado en una mesa del jardín colmada de platos con frutas, panes y elaboraciones finas.
Julia se acercó sin dejar de asombrarse por la belleza del lugar.
—Siéntate. Sírvete.
Julia tomó asiento, desconcertada ante semejante despliegue.
—No tengo hambre. Gracias.
El abogado le sirvió café humeante en la taza que tenía enfrente.
—Hazme caso. Aprovecha y come ahora, que luego no vas a poder. —dijo, con encubierta ironía.
—¿Por? —preguntó ella con recelo.
En ese instante, una mesera se acercó a la mesa con una sonrisa.
—¿Todo bien por aquí? ¿Se les ofrece algo más?
—No, pero muchas gracias —respondió Julia.
—Cortesía del Sr. López —aclaró la empleada guiñándole un ojo.
Julia, todavía sin terminar de procesar el contexto en el que se encontraba, estiró la mano y tomó una tostada. Ambos comenzaron a desayunar en silencio.
En el ostentoso baño de la suite del Hotel Hilldor, la luz cálida del atardecer iluminaba la mesada alargada de mármol y el amplio espejo frente al lavabo. Sobre el mueble descansaban los frascos de un kit de aseo y cosméticos.
Julia vestía un elegante vestido de fiesta color violeta.
Llevaba el cabello recogido con esmero, dejando caer un mechón ondulado sobre su hombro.
Con mano firme, terminó de pasarse rímel por la prótesis de su ojo izquierdo.
Se miró al espejo, usó los dedos para estirar el párpado superior y examinó el interior de la cavidad: allí continuaba una fina fisura en el cristal, aunque afortunadamente sin llegar a la superficie exterior.
Unos golpeteos secos sonaron del otro lado de la puerta.
—Vamos, que se hace tarde —apuró la voz del abogado.
Dentro del ascensor que ascendía hacia la terraza, el indicador de pisos avanzaba velozmente. Julia permanecía rígida, dominada por los nervios.
—Estás muy nerviosa. Tienes que calmarte —le susurró el abogado a su lado.
A medida que se aproximaban al último nivel, los ecos de un carioca alegre y retumbante comenzaron a filtrarse por el hueco del elevador. Las puertas se abrieron de par en par.
Al salir, la terraza se desplegó como un auténtico festival de opulencia.
La enorme superficie al aire libre lucía decorada con guirnaldas y adornos festivos en tonos dorados y plateados.
Docenas de invitados circulaban entre las mesas vestidas con manteles blancos que rozaban el piso.
Una barra alargada bordeaba la pista de baile central, donde una banda en vivo tocaba ritmos tropicales, con una iluminación impactante que se reflejaba en la piscina del fondo.
Julia observó el panorama, sintiéndose completamente abrumada. El abogado se le aproximó al oído para hablarle con reserva.
—El Sr. López es un poco paranoico... algo te habrá contado Nacho. Tienes que relajarte, ¿sí?
—Sí —asintió ella, tragando saliva.
Avanzaron a paso lento entre la multitud.
Un mozo cruzó frente a ellos portando una bandeja con copas de champagne.
El abogado tomó dos y le extendió una a Julia.
Ella apuró el contenido de un solo trago.
A los pocos metros cruzó otro mozo, por lo que Julia depositó el cristal vacío y tomó una copa nueva.
—Ahí está —indicó el abogado discretamente con la cabeza.
Julia siguió su mirada y dio con el Sr. López, un hombre de cincuenta y cinco años, delgado, de baja estatura, ojos oscuros y una mirada intimidante.
Vestía un impecable traje blanco y lucía un fino bigote que remarcaba sus labios delgados.
Aunque fingía divertirse entre los presentes, sus ojos no dejaban de patrullar cada rincón del lugar.
Sostenía un trago de color naranja mientras un guardaespaldas permanecía plantado a su lado y otros cuatro custodiaban su perímetro inmediato.
El abogado y Julia comenzaron a acortar la distancia a paso cauteloso. Julia comenzó a recordar las palabras de Nacho, lo que empeoraba las cosas.
—¿Por qué no haces tú el trabajo? —resonó su propia voz, evocando la conversación previa con Nacho.
—El Sr. López es... especial —explicaba la voz de Nacho en su memoria—. Tiene una paranoia peligrosa. No confía en los hombres. Con las mujeres es un poco más dócil... Tú vas a ser la segunda que va a intentar.
—¿La segunda que va a intentar qué?
Julia continuó caminando, respirando hondo para mantener el eje.
—Darle confianza para el trabajo —concluyó la voz de Nacho—. Si eso no pasa... no vuelves. No le gusta dejar piezas sueltas.
El Sr. López advirtió la presencia de ambos y adoptó una postura defensiva de inmediato, midiéndolos de arriba a abajo con frialdad. Su guardaespaldas principal acomodó la postura, alerta a cualquier movimiento.
Julia intentó tragar saliva. Al llegar frente a él, el abogado dio un paso adelante y le extendió la mano con cortesía.
—¿Cómo está, Sr. López?
—Los esperaba, abogado —respondió el hombre con voz pausada. Desvió su mirada incisiva hacia Julia—. Y tu nombre es...
—Julia. Encantada de conocerlo, Sr. López —dijo ella. Los nervios le jugaron una mala pasada y se trabó un segundo al hablar—. Hermosa fiesta.